“Relámpagos de lucidez: el arte del aforismo” (Javier Recas)

Madrid: Biblioteca Nueva, 2014. 344 p., 23 cm. (Colección Ensayo). ISBN: 978-84-9940-509-4. 1. Aforismos 2. Máximas 3. Sentencias 4. Filosofía occidental 5. Filosofía oriental 6. Literatura. [PDF]

PRÓLOGO:
Menos es más

En muchas ocasiones «menos es más» es una sabia sentencia tan elogiada como poco cultivada. Por desgracia, la simplicidad y la concisión han sido frecuentemente devaluadas, cuando no despreciadas, por quienes las consideran incompatibles con la profundidad y el rigor, por aquellos que las identifican con lo incompleto y falto de solidez, reservando para la verdad el largo y meticuloso camino del argumento. A veces conviene solo sugerir, insinuar o apenas esbozar. Hay cosas que solo alcanzan la excelencia en el difícil equilibrio de la concisión, si no abandonan el terreno de la escueta elocuencia, del apunte incisivo y provocador o del esbozo sugerente. El complejo arte de deleitar, persuadir o conmover no surge necesariamente de la abundancia, con más asiduidad de lo que creemos se encuentra en la simplicidad y la brevedad. «La elocuencia continuada —nos previene Pascal— causa bostezo.»

Menos es más, conocida máxima en el mundo artístico, alude a la magistral economía expresiva de la auténtica obra de arte, a su esencial sencillez frente a lo artificioso y recompuesto. Una cualidad llevada a la cima por el moderno reconocimiento del apunte y del esbozo como obra de arte en sí misma con sus peculiares caracteres estéticos de inmediatez, espontaneidad, pureza formal y simplicidad. «Dios está en los detalles», afirmaba el arquitecto Mies van der Rohe, uno de los principales referentes del movimiento vanguardista de posguerra, y autor del manifiesto minimalista que portara como bandera la mencionada máxima.

Pero en esta exitosa sentencia, y más allá de su calado estético, subyace una legendaria sabiduría de oriente a occidente, de la antigüedad a nuestros días: Lao Tse como Heráclito, Marco Aurelio como Cioran… La sola insinuación, el modesto apunte o la parca sentencia tienen profundas raíces que trascienden la cruda austeridad en que se manifiestan. Fascinante y silencioso poder de lo escueto, rumor abisal desconcertante, tan bello como terrible, tan auténtico como inasible.

Aforismos, sentencias, proverbios, máximas, refranes, adagios, dichos, preceptos, epigramas, apotegmas… mil rostros para el arte de la concisión. Un arte antiguo y noble, que, sin embargo —en paralelo destino con el apunte o el esbozo artístico—, no ha gozado hasta muy recientemente de pleno reconocimiento.

Es curioso lo sucedido con el aforismo. Si bien es innegable la admiración que siempre suscitó, cultivado por grandes figuras de todos los campos de la cultura (de la literatura a la ciencia, de la filosofía al arte, etc.), quedó, sin embargo, como un meritorio arte menor. Un género de penetrantes intuiciones, en el mejor de los casos, cuando no, desdeñosamente asociado a insustanciales fuegos de artificio intelectual con ribetes de frivolidad. Refugio, se ha llegado a decir, de quienes no alcanzaron a componer una gran obra. Elogio sin reconocimiento, admiración sin prestigio, en suma.

Se lamentaba Nietzsche de la incomprensión del estilo aforístico de sus obras: «hoy no se toma esta forma en serio…, por eso pasará aún mucho tiempo antes de que mis escritos sean legibles». Los caracteres de la concepción tradicional de la verdad y de la belleza fueron asociados con lo completo, lo armonioso, lo sistemático, lo ordenado, lo coherente y lo fundamentado, férreas exigencias que durante el siglo XX se han ido desmoronando. Desde estos rasgos clásicos se ha comparado al aforismo con una flor cortada, desvitalizada reflexión a la que se habría privado de su raíz: la justificación. Condición ineludible, al parecer, de toda auténtica reflexión filosófica. Se olvida que una justificación es tan solo el instrumento de una idea. El aforismo obvia aquella para destilar el néctar de la reflexión, solo muestra el resultado, no el recorrido. Esta es su seña de identidad y el sentido de su sorprendente intensidad. «Lo que necesita ser demostrado para ser creído no vale la pena», escribió Nietzsche.

Son reveladoras al respecto las consideraciones que hiciera Francis Bacon sobre la necesidad de renovación del conocimiento ya a comienzos del siglo XVII. Se lamentaba Bacon —entusiasta coleccionista de aforismos, por cierto— del carácter cerrado, estático y puramente metodológico del conocimiento de su tiempo. Cualidades, a su juicio, que no hacen progresar al saber sino, todo lo más, presentarse más pulido o ilustrado. «La escritura en aforismos —opinaba— tiene muchas virtudes excelentes, a las cuales no alcanza la escritura sistemática»: su capacidad para suscitar nuevas formas de comprensión; su inmediatez y autenticidad frente a la retórica, dominante en el conocimiento desde la antigüedad; su mejor disposición para orientar la acción; etc. Desgraciadamente, el destino de no pocas ideas lúcidas y revolucionarias se vieron postergadas por el lastre de su propia concisión.

No podríamos dejar de lado una pregunta que sobrevuela siempre que se habla del aforismo. ¿Cómo definirlo? Lamentablemente, no es tarea fácil.

Vaya por delante que no considero el problema de una definición como el asunto más importante. En todo caso, en nada afecta al disfrute de la chispeante creatividad de esas maravillosas gemas de sabia lucidez y a la estimulante perplejidad intelectual que nos provocan.

Queremos acotar el estilo, delimitar características, pero me temo que solo alcanzaríamos tal objetivo a costa de la efectiva exclusión del género aforístico de algunos de sus más señalados cultivadores. Parece una contradicción, pero no lo es. Cabría decir que la despreocupación por la fidelidad estilística es una de las características más evidentes del estilo aforístico. La negación misma del estilo como tal o la falta de conciencia de género no son infrecuentes entre los grandes aforistas.

Forjado por las múltiples vicisitudes de una larga tradición en la que se desarrolló y se transformó en fusión y confusión con otras formas de expresión breve como el proverbio, el apotegma, la sentencia o la máxima, ha derivado en un concepto semánticamente muy cargado, rico pero con fronteras muy borrosas. Una rápida ojeada a su historia certifica esta ambigüedad.

El término aforismo ni siquiera fue siempre utilizado. Nacido en el mundo griego, arraigaría en el ámbito científico hasta llegar a identificarse durante largo tiempo como expresión breve y doctrinal que se propone como pauta de maestría técnica en un arte o una ciencia. Debemos a Hipócrates los primeros aforismos (Aphorismoi) reconocidos como tales: «A grandes males, grandes remedios.» Durante toda la Edad Media y el Renacimiento, sin embargo, la primacía de la sentencia fue absoluta, frente al casi completo desuso del término aforismo, algo que tiene que ver con el valor didáctico que otorgaron a aquella como herramienta de instrucción moral. Proliferaron colecciones y antologías (florilegios, llamaron a estas selecciones de las mejores «flores» de cada autor), de las que fueron entusiastas lectores (la selección que Erasmo publicó en 1500 bajo el nombre de Adagios fue un auténtico best seller en la época). Prácticamente hasta el siglo XVII no reaparece el concepto de aforismo tal y como hoy lo conocemos, con entidad propia y conciencia de género, filosófica y literariamente relevante a un tiempo.

Es habitual distinguir el aforismo de la sentencia y la máxima. Mientras estas dos últimas se caracterizarían por contener reglas, normas o preceptos morales, recomendaciones o advertencias, que, implícita o explícitamente exhortan a su cumplimiento, el aforismo, por el contrario, carecería de naturaleza normativa. No prescribe ni recomienda, antes bien, suscita y estimula la reflexión. Hay en sentencias y máximas un tono grave y doctrinal ausente en el aforismo. La sentencia dictamina, como muestra claramente su uso jurídico, y la máxima, como indica su etimología, expresa grado supremo, punto final. Tal vez por esta diferencia el aforismo se caracteriza por su manifiesto ejercicio de ingenio o agudeza, mucho menos frecuente en máximas y sentencias, más atentas al contenido que a la forma. Tal es, al menos, la delimitación clásica.

Con todo, la distinción entre sentencias, máximas y aforismos resulta en la práctica mucho menos evidente. Tanto las preferencias personales como las tradiciones nacionales determinaron su uso.

La tradición francesa siempre prefirió el término maxime, pese a que las notas de Chamfort o La Rochefoucauld, por citar a dos eminentes representantes, carecían en su mayoría de ese carácter normativo, rector de la acción moral, que caracteriza teóricamente a la máxima. En Inglaterra se usó indiferentemente maxim o aforism, y en Alemania Schopenhauer habla de aphorism, Goethe de maxim y Nietzsche de sentenz. En España tampoco encontramos mayor fidelidad conceptual. En nuestro país se usaba mayoritariamente el término aforismo, cuya moda pronto se extendió por Europa, pero su significado inundaba el terreno de máximas y sentencias. Muchos aforismos de Baltasar Gracián, el mayor aforista español del XVII (y tal vez de toda Europa), son sentencias.

A partir del siglo XVII la delimitación resulta cada vez más artificiosa. La realidad es que el aforismo moderno ha superado integradoramente las formas antiguas de la literatura breve: sentencias, máximas, apotegmas… para servirse de ellas como meros registros expresivos al servicio de ese ideal de todo aforismo, como dijera Mark Twain, de transmitir «un mínimo de sonido con un máximo de sentido».

Esta vocación de concisión expresiva al servicio de un saber sin desarrollo argumentativo es, tal vez, la única caracterización realista del aforismo actual.

Hoy día nadie escribe sentencias en el sentido clásico del término, por mucho que no pocos aforismos se muevan en registros sentenciosos. Lo que diferencia a estos, ya desde el XVII, es el abandono de la antigua intención ejemplarizante en favor de su reconocimiento como expresión de una profunda sabiduría de vida, lúcida radiografía, cabe decir, del tráfico mundano: «El más plático saber consiste en dissimular; lleva riesgo de perder el que juega a juego descubierto» (Gracián); «No hay disfraz que pueda durante mucho tiempo ocultar el amor donde está, ni fingirlo donde no está» (La Rochefoucauld).

La pérdida de la hegemonía de la forma sentenciosa ha tenido clara expresión en el gusto actual por los aforismos de carácter subjetivista, que no pretenden ya expresar una verdad, sino tan solo hacer una declaración personal. Declaración, eso sí, que, en el fondo, nos atañe a todos en tanto seres humanos. La obra de Antonio Porchia, por ejemplo, es fiel y genial reflejo de esto: «Hallé lo más bello de las flores en las flores caídas.»

¿Dónde reside la magia del aforismo? Es huidiza la sustancia que hace de una modesta frase un deslumbrante y penetrante resplandor, capaz de suplir ventajosamente a prolijas explicaciones, dejándonos perplejos al descubrir algo que siempre estuvo ante nosotros: «Si sois pobre, nadie os conocerá; si sois rico, no conoceréis a nadie», destiló la agudeza quevediana. Nada de esto es nuevo. La poesía también bebe de esta magia de la palabra sencilla y frágil frente a la robustez del concepto, vive de este sutil e intangible misterio capaz de elevar a la palabra por encima de su humilde presencia. Lo que hace que un aforismo lo consiga, que llegue a ser una frase feliz, es una incógnita, tan sorprendente como imprevisible, tan fascinante como infrecuente.

Son numerosos los recursos formales del aforismo, «trucos» al servicio de esta magia singular. Uno de los más comunes es la definición: «La vida es un negocio que no cubre gastos», rubricó Schopenhauer. Tras su típica y aparentemente sencilla estructura predicativa: (a es b), se esconde un juego de dobles sentidos (ironía, figuración, provocación…), un fondo alusivo de gran calado: «Aburrirse es mascar tiempo», dice Cioran.

Otras formas habituales son la metáfora: «los pobres son los negros de Europa» (Chamfort); la paradoja, tan querida por la sabiduría taoísta: «Actúa sin actuar (practica el no-actuar). Ocúpate en no ocuparte en nada»; el juego de palabras: «Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre» (Gracián); la repetición: «Extraños, extraños, extraños, un infinito de extraños. Y yo, un extraño, solo» (Porchia); la comparación: «la mujer es como la sombra: si la huyes, sigue. Si la sigues, huye» (Chamfort); el omnipresente sarcasmo, como en la definición de Ambrose Bierce de congregación: «conjunto de sujetos sometidos a un experimento de hipnotismo»; la sátira, como esta de Mark Twain, especialmente dotado para ella: «El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno, por la compañía»; etc.

Diversidad de registros, solos o en conjunción, al servicio de esa aguda elocuencia de concentrada hondura que vulgarmente se recono- ce como una «frase feliz». La agudeza (esa «lente de aumento», como la definía Lichtenberg), aunque motivo de legión de admiradores, tiene también su escollo. Y es que cuando la voluntad de agudeza prevalece por encima de todo, el aforismo se convierte en un mero juego de inge- nio intelectual, en filosofía de gabinete típica del entretenimiento cana- lla de los salones sociales.

El auténtico aforismo no es meramente una frase ocurrente. La grandeza de estas miniaturas no reside en la agudeza per se, sino en la agudeza al servicio de una genuina reflexión. Su fuerza, es cierto, pro- viene de su sagacidad y elocuencia, pero su hondura procede de su carga alusiva. En el aforismo tanto pesa lo que se expresa como lo que inspira. Profundidad, en todo caso, desde la ligereza, desde la triviali- dad incluso, profundidad sin esa impostada intencionalidad que con- duce inexorablemente al tedio y a la ñoñería pedante. «Lo hondo —como señala Antonio Porchia— visto con hondura, es superficie.» «Que la afectación no maquille tu reflexión», nos aconseja sabiamente Marco Aurelio.

La originalidad de un aforismo no es un valor decisivo. No es ni más certero ni más profundo por ello. La forma en él, como en un poe- ma, lo es todo, la sustancia misma de su ser. Su agudeza, su elocuencia, su hondura están en ella. Las grandes inquietudes del alma humana son eternas. «El meollo, el alma es plagio. Sustancialmente todas las ideas son de segunda mano», escribió Mark Twain.

Uno de los aspectos más desconcertantes del aforismo es su aire rotundo, incluso arrogante, a veces. Esa es la impresión que suelen cau- sar sus concluyentes afirmaciones. Un género aristocrático, al decir de H. Auden. Pero esta robustez es solo fachada. Porque tras su enérgi- ca exposición se esconde una invitación a cuestionar lo que pensamos y hacemos, lejos de fomentar el crudo asentimiento, suscita y promueve su prolongación entregándonos el testigo de la reflexión. Un factor, por cierto, en profunda sintonía con la estética literaria de la recepción y su concepción de la obra como una creación abierta, necesitada de la complicidad del lector. El trabajo de un aforismo constituye una tarea de zapa, subterráneo y silencioso, que no concluye con su lectura, antes bien, empieza tras ella, como recordara Nietzsche. Es el momento de la rumia, lenta e insistente, única forma de digerir estos pequeños pero contundentes bocados.

El aforismo es duro y frágil a un tiempo, se mueve en el difícil equilibrio entre su modesta incitación a la reflexión y su orgullosa pretensión de verdad. Una verdad que no se despliega lentamente sino de manera súbita, con un golpe de efecto que llega con la última palabra, como si de un espectáculo se tratara. El auténtico aforismo es, ante todo, efectista, se asemeja a un número de circo: gusta de la sorpresa y siembra la confusión. Es «fuego sin llama», como dijera Cioran.

Aunque no todo es estruendo. La fuerza de un aforismo no solo se mide por el estrépito de su sonoro final, los densos silencios que le acompañan son, a menudo, tanto más poderosos. El perfecto aforismo es una flecha que da en la diana. Es esta una sensación que nos cautiva y azora. Aunque esa diana puede ser la verdad misma, una verdad cotidiana o arcana, antigua o por venir; pero puede también ser una pregunta compartida (¡tan frecuentemente incómoda!), o vol- carse en personalísimas obsesiones, aflicciones… El poeta José Bergamín, gran aforista, dicho sea de paso, lo ha expresado muy bien: «no importa si un aforismo es cierto o incierto. Lo que importa es que sea certero». Karl Kraus, otro de los referentes del género en España, desliga de un modo más radical verdad y aforismo: «el aforismo nunca coincide con la verdad; o es una media verdad, o es una y media». En las antípodas estarían quienes, como John Stuart Mill, conciben el auténtico aforismo como expresión de una verdad primigenia, de una sabiduría intemporal sobre la naturaleza humana y nuestra experiencia originaria del mundo.

La formulación aguda e ingeniosa del aforismo envuelve un núcleo a la vez poético y filosófico. Literatura y filosofía, arte y reflexión, terre- nos colindantes que se fusionan en el genuino aforismo. Escueta y per- pleja respuesta ante el enigma de la conciencia humana, ante la incerti- dumbre del vivir, del actuar y del convivir, y sus implacables contradic- ciones. Siempre desde ese intento intrínsecamente poético de decir con palabras lo que no se puede expresar, de decir más de lo que con ellas se expone. En esto reside también el arte del aforismo, aunque, a diferencia de la poesía, no fluye, es un bloque compacto, una pieza de peso y aristas cortantes.

Del aforismo se ha dicho que es una forma de expresión intrínsecamente en prosa. Nada hay en la poesía contradictorio con la escueta reflexión, ni en esta con la textura poética. Y ello, no solo porque es demasiado delgada la línea divisoria entre poesía y prosa, sino por la naturaleza misma de numerosos versos de Antonio Machado, Fernando Pessoa, William Blake, y tantos otros: «Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar» (A. Machado); «Ver un Mundo en un Grano de Arena / Y un Cielo en una Flor Silvestre: / Toma la Infinitud en la palma de tu mano / Y la Eternidad en una hora» (W. Blake).

Si tuviéramos que identificar el núcleo del aforismo, hablaríamos sin duda de la concisión. Que es su característica más palpable y reco- nocible (tal vez la única, al decir de algunos), es evidente. En lo concep- tual, nada que objetar. Pero, en la práctica, incluso este rasgo se torna borroso. ¿Qué ha de considerarse brevedad?, ¿dónde está la frontera que separa lo conciso de lo que ya no lo es? Algunos de los grandes maestros del género (si puede hablarse de tal) parecen estirar más y más sus agudezas hasta los confines de lo conciso —allá donde se encuentren— en un ejercicio, muchas veces consciente, de libérrima explotación de la economía expresiva. ¿Qué decir del estilo nietzscheano de aforismos encadenados? Frente a ello, lo que escribiera José Bergamín: «Ni una palabra más: aforismo perfecto.» El silencio, in extremis.

El silencio como paradigma de sabiduría ha estado presente desde tiempo inmemorial. Desde aquellas tablillas en que escribiera Lao-Tse: «el que sabe no habla, el que habla no sabe», hasta el místico colofón del Tractatus de Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar hay que callar.» Cabría decir que el aforismo, a semejanza de la poesía, se queda a un paso del silencio (Cioran daría con gusto ese paso: «Toda palabra es una palabra de más»). Pero, ¿por qué no callar, pues? Tal vez no poda- mos, tal vez, como dice Cioran, no seamos sino una «raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos», o quizá, porque en los márgenes del silencio, y únicamente allí, intuimos el néctar sagrado de la verdad y de la belleza.

Quienes ven en el aforismo un extravío de la auténtica reflexión filosófica no perciben su sintonía con la naturaleza de nuestra espontá- nea aprehensión del mundo. La comprensión de la vida, como la vida misma, no está forjada por piezas de llana continuidad, pulida coherencia y armoniosa totalidad. Muy al contrario, estamos hechos de retazos laboriosamente zurcidos, de relámpagos de discontinua claridad, de quiebras, contingencias e intermitencias, de instantes irreductibles e irrepetibles que pueblan la memoria de este fluir temporal que consti- tuye lo que somos. En realidad, toda trama lógica representa un esfuerzo de artificioso encadenamiento, de equilibrios forzados, de construcciones y reconstrucciones, de amalgamas y empastes, de rizos y torsio- nes de nuestra experiencia inmediata del mundo. «Vivimos —como decía Mairena— en un poema de nuestro pensar.» Lo cual, no nos engañemos, no convierte al aforismo en ningún atajo privilegiado al anhelado baluarte de la verdad, arrastra tras de sí, como el pensamiento sistemático, todo un universo de prejuicios, incertidumbres, expectativas e intereses, que, al fin y al cabo, evidencian nuestra limitada visión del mundo y nuestra búsqueda incesante de sentido.

Escribir aforismos encierra toda una filosofía del saber, una especie de minimalismo gnoseológico que alumbra sin fundamentar, que retrata sin pretensiones de objetividad, que abarca sin exhaustividad. Saber humilde de conciencia socrática de quien sabe al menos que nada sabe y que tan solo le queda la palabra como un eventual chispazo de lucidez.

El aforismo es como una punzada, un aguijón y un puñal, es un torpedo bajo nuestra línea de flotación; es un tartamudeo, un balbuceo de perplejidad ante la vida, inasible, intangible, pero inaplazable. Una forma de la «eternidad», para decirlo con Nietzsche. El aforismo es reflexión en su puro esqueleto, es un apunte del natural, un esbozo con vocación de inmediatez, un chasquido de luminosidad, es concisión, que no síntesis, brevedad, que no pequeñez. No es fragmento de nada, aunque haya tendencia a calificarlo de literatura fragmentaria. A pesar de su laconismo, es, antes bien, un mundo en sí mismo con unidad de sentido, un círculo cerrado, aunque no por ello deje de ser, necesariamente, complementario y parcial. Pero, ¿qué no lo es?

Los aforistas ejercen de jíbaros, entusiastas reductores de la osamenta verbal a pulidas miniaturas. Descreídos de la tentativa de decirlo todo, que es, con frecuencia, una forma de no decir nada, y, cansar, por añadidura, al oyente o al lector. De pedante, tedioso y contrario al buen gusto calificaba la cultura francesa de los refinados salones parisinos del XVIII al espeso tratado sistemático. «El secreto de ser aburrido es decirlo todo», nos previene Voltaire. Fatigosa letanía, hastío sin fin, para un fatuo anhelo de completitud, tan impotente ante el asombroso poder de una breve frase: «La felicidad no es cosa fácil: es muy difícil encontrarla en nosotros, e imposible hallarla en otra parte» (Nicolas de Chamfort); o lo inquietante de una modesta pregunta: «¿Qué pensará el muro de mi sombra?» (Fernando Pessoa).

Desde su humilde silueta, cada una de estas miniaturas son auténticas radiografías de su autor. En pocos géneros existe tan íntima co- nexión entre vida y obra. Nietzsche quiso declarar expresamente su implicación en cada aforismo: «yo estoy en ellos con todo lo que me fue hostil», constituían, como él dijo, su yo más íntimo (ego ipssimus). Lo cual no contradice el hecho de que, en el fondo, hablan de todos y cada uno de nosotros, porque, como escribió Borges, «las cosas que le ocurren a un hombre le ocurren a todos».

En ocasiones estos pensamientos con el sello de identidad de su autor han sido absorbidos por la cultura popular, olvidando su autoría. Reflexiones convertidas en dichos, aforismos transformados en anóni- mos refranes. Casos como la célebre sentencia de Baltasar Gracián: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo», ha sido ya asimilada popularmente en el refranero. Buena caracteriza- ción esta de Gracián, dicho sea de paso, de la naturaleza de todo gran aforismo. O el no menos popular adagio de Erasmo de Rotterdam: «En el país de los ciegos el tuerto es rey.» Y tantos otros… Casos contrarios son los aforismos oscuros o enigmáticos cuya naturaleza los ha mante- nido alejados de cualquier popularización, confinados en el reino de la literatura minoritaria: «La gran perfección parece imperfecta, mas su eficiencia no sufre merma», sostiene Lao Tse; o la proposición número 5.632 del Tractatus de Wittgenstein: «El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo.»

El arte del aforismo, aunque no siempre se empleara este término, ha estado presente en todas las épocas, culturas y tradiciones literarias: desde el occidente presocrático al oriente taoísta; desde la sabiduría del refranero popular a las más oscuras y enigmáticas sentencias; desde el estoicismo al romanticismo; desde los moralistas franceses de los si- glos XVII y XVIII a los aforistas americanos del XIX; desde el optimismo ilustrado al desencantado escepticismo contemporáneo… Ha prestado su forma a muy distintas sensibilidades: a la serena y humilde sabiduría de Lao Tse; a la anhelada ataraxia de Marco Aurelio; a la sagacidad de Gracián; al elegante escepticismo de Montaigne; al implacable bisturí de La Rochefoucauld; a la mirada atormentada del vividor y rebelde Chamfort; a la lúdica imaginación de Lichtenberg; al humor mordaz de Twain; al pesimismo de Schopenhauer; a la intempestiva lucidez nietzscheana; a la sarcástica invectiva del iconoclasta Bierce; a la meta- física de poeta machadiana; al intimista y personalísimo Porchia; al sombrío desaliento de Cioran; y a tantas otras.

Esta es la lectura que aquí propongo de la gran tradición aforística, y esta es la lectura que sustenta la selección que presento. Obviamente, toda selección es subjetiva y, por tanto, decepcionante. Tanto para el lector, por no hallar siempre lo que espera, como para el que suscribe, por tener que elegir. He intentado dar cabida a autores de todas las épocas y latitudes, que, de algún modo, representen las principales manifestaciones del género aforístico: la tradición sapiencial oriental, el estoicismo grecorromano, los moralistas españoles y franceses del barroco, el aforismo humorístico americano, la Ilustración, el romanticismo, el aforismo poético español del siglo XX, junto a algunas aportacio- nes fundamentales de las últimas décadas. Catorce grandes nombres que, aunque no cancelen la decepción por las ausencias, compensan, cuanto menos, por la certidumbre de que los presentes figuran en la lista de los imprescindibles.

Un abanico de infinitas perspectivas, de matices y acentos, de mo- tivos y temas, que, no obstante, convergen en una profunda y afilada mirada al mundo y a los hombres, sin complacencia, sin componendas, sin refugio conciliador. Los grandes maestros del aforismo comparten rebeldía, desasimiento, orfandad, y también reflexión, cruda reflexión, con un profundo instinto poético, el que seguramente es necesario para hablar con elocuencia del misterio que somos y del abismo sobre el que caminamos. Pensaron y escribieron casi siempre de espaldas a la acade- mia, fuera de los círculos oficiales, ajenos a los laureles de la gloria, in- diferentes incluso, en tantos casos, al atractivo de la letra impresa. Nunca pensaron en nosotros, sus entusiastas lectores de hoy, ni Marco Au- relio, ni Lao Tse, ni Lichtenberg, ni Porchia… Otros, aun habiendo alcanzado el prestigio literario (Mark Twain, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez…), sucumbieron a la fascinación del ingenio conciso desde la modestia y la autenticidad del que le mueve la vocación más que el oficio. El aforismo es un género vocacional (en esto también es hermano de la poesía), extra-académico, más allá de las modas y movi- mientos literarios, y en franca oposición a toda erudición. La defensa de ese subsuelo de auténtica sabiduría más allá (o, tal vez, más acá) del pensamiento instituido ha sido una constante en la historia del aforis- mo. Antonio Machado puso en boca de Mairena su desdén por la erudición: «Aprendió tantas cosas —escribía mi maestro, a la muerte de un amigo erudito—, que no tuvo tiempo de pensar en ninguna de ellas.»

El genuino aforismo no navega en aguas tranquilas, infla sus velas con los fuertes vientos que azotan nuestra existencia. Sus provocadoras punzadas nada tienen que ver con las amables frases para consumo a granel de tarjetas de felicitación o libros de autoayuda. El auténtico aforismo es mucho más que una cita. Cuando nos auxilia es porque nos asalta, si nos estimula es porque nos provoca. Si no es provocador no es un aforismo logrado. Ambrose Bierce prevenía al lector en el prefacio a su Diccionario del diablo: «El que esto firma espera que le tengan por inocente aquellos a los que dirige la obra: almas ilustradas que prefieren los vinos secos a los dulces.»

No encontrarán aquí un mero compendio de aforismos, por más que estos tengan el gran protagonismo. En cada capítulo, desde la obligada brevedad, he pretendido hacer comprensible a cada autor (su vida, su personalidad, su filosofía…), en la certidumbre de que vida y obra están íntimamente ligadas.

Dejamos aquí estos ya prolongados comentarios sobre el arte del aforismo, excesivos, seguramente, para este elogio de la concisión. Que- da lo verdaderamente importante: dar la palabra a estas perlas de sabiduría. No es otro el propósito final de este libro: una invitación a reco- rrer por cuenta propia el fascinante mundo del aforismo, y dejarse cau- tivar por la agudeza, la gracia y la hondura que late en cada uno de estos relámpagos de lucidez.

Déjense contagiar por ese impulso irrefrenable del que hablaba Chamfort de los amantes de versos o chistes: «se asemejan a los que comen cerezas u ostras, que escogen al principio las mejores y acaban por comérselo todo». Buen provecho.