“Del escepticismo helenístico al escepticismo actual: la charlatanería” (Isabel Aísa Fernández)

Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, España, año 2016, número 18 [PDF]

La etapa helenística, en la Grecia antigua, constituye un período de derrumbe tras las etapas anteriores, en las que desde el punto de vista filosófico alumbraron genios del pensamiento como Anaximandro, Parménides, Platón o Aristóteles. Con sólo constatar las corrientes fi losóficas que nacen en dicha etapa, advertimos ya la profunda crisis que las inspira. El epicureismo se orienta al placer, el estoicismo y el escepticismo a la serenidad del ánimo o ataraxia. El malestar que acontece a todos los niveles parece impedir elevadas metas de conocimiento o voluntad, y precipitar a las escuelas filosóficas hacia el mero pero básico bienestar.

El escepticismo se posiciona de manera ambigua o negativa ante la verdad: nada es más verdadero que falso, o la verdad no se ha encontrado ni se encontrará jamás. Son dos posturas muy diferentes, dos formas de escepticismo.

Aunque durante la Edad Media el escepticismo pasará desapercibido prácticamente, en el Renacimiento aflorará con fuerza suficiente para permanecer en distintas versiones hasta nuestros días. Los Ensayos de Montaigne, el problema religioso de la Reforma, las fi losofías que, sin ser escépticas, tuvieron presentes la duda y la crítica y desembocaron en la convicción del límite cognoscitivo, como en los casos de Descartes y Kant, hasta llegar a uno de los pensadores escépticos más populares: E. M. Cioran, en el siglo XX.

Hoy padecemos una crisis generalizada y global: los problemas económicos, políticos, sociales, éticos, ecológicos… pueden considerarse universales. De manera similar a lo ocurrido en la etapa helenística, el escepticismo ha cobrado fuerza; en su forma más dañina o, tal vez, transformado en algo distinto y peor, que es la charlatanería.

DE PIRRÓN A E. M. CIORAN

Aunque la natural tendencia a simplificar nos pueda conducir a considerar que escéptico es el que niega la posibilidad de alcanzar la verdad, lo cierto es que el primer escéptico no negaba ni afi rmaba la verdad, sino que se abstenía al respecto. El fundador del escepticismo fue Pirrón, en el siglo IV a. C., y su lema, secundado por los denominados «pirrónicos», afirma que «Nada es más»: nada es, por ejemplo, más verdadero que falso. Tampoco debemos caer en la fácil crítica de que «Nada es más» no deja de ser una afirmación con pretensiones de verdad, pues hay que advertir que para Pirrón ni siquiera «Nada es más» es más. Así de radical nace el escepticismo en la Grecia antigua, por lo que teóricamente es inmune a la crítica en términos de contradicción.

La personalidad de Pirrón tiene cierto paralelismo con la de Sócrates: salvo un poema dedicado a Alejandro Magno, no escribió nada, divulgó sus enseñanzas oralmente, y si las conocemos es gracias a su discípulo Timón. De joven visitó distintas escuelas filosóficas, pero lo que marcaría un hito en su vida fue el acompañar a Alejandro en sus conquistas por Oriente. Allí contactó con formas de sabiduría oriental, que le llevaron a su defi nitivo pensar y hacer cuando regresa a Grecia.

Pirrón, a diferencia de los estoicos y epicúreos, sostiene un fenomenismo. Por ejemplo, afirma que si bien la miel «parece» dulce, hemos de preguntarnos si ella es «realmente» dulce. Resulta sorprendente constatar que el fenomenismo triunfaría sólo con Kant en el siglo XVIII, aunque ya en Descartes esté anunciado. Si algo caracteriza la fi losofía de Kant es su distinción entre fenómeno y noúmeno o cosa en sí: conocemos únicamente fenómenos, es decir, conocemos las cosas pero sólo según se muestran a nuestra subjetividad, que las tamiza (formaliza) de acuerdo a sus propios a prioris o condiciones universales de cognoscibilidad.

Entre los seguidores de Pirrón, destacan Enesidemo en el siglo I a. C. y Sexto Empírico, que vive entre el siglo I y II d. C. La gran contribución de Enesidemo fue su crítica a la noción de causalidad, muchos siglos antes de la de Hume, que tanta repercusión tendría en el pensamiento de Kant. En cuanto a Sexto Empírico, quizás carezca de la genialidad de Enesidemo; sin embargo, a partir del Renacimiento llegaría a adquirir tanta fama, que hubo quien le consideró padre de la Modernidad, honor que finalmente recayó en Descartes, como sabemos. La fama de Sexto tuvo mucho que ver con la lectura de los Esbozos pirrónicos que hiciera Montaigne, y su profunda influencia en los Ensayos de este último. Dicha fama llegaría a evaporarse, transformada incluso en cierto menosprecio. Pensamos que, como mínimo, Sexto supo exponer el escepticismo con tanto acierto y rigor, que sus Esbozos son de lectura obligada. Valga como ejemplo la definición que nos da en el libro I: ««Y el escepticismo es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los tropos; gracias a la cual nos encaminamos –en virtud de la equivalencia entre las cosas y proposiciones contrapuestas– primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ataraxia» (pp. 53-54). En esta definición se traza nítidamente el proceso escéptico: tropos-suspensión del juicio-ataraxia. Los tropos son consideraciones que conducen a aquella ambigüedad propia del escepticismo más radical, a la que antes nos referimos. Un sencillo ejemplo: el mismo barco visto en la lejanía o de cerca parece pequeño o grande, respectivamente; ¿es pequeño o es grande? A la suspensión del juicio o no pronunciamiento llegamos en virtud de los tropos, y con ella alcanzamos esa serenidad de ánimo tan escasa en épocas de penuria y tan necesaria.

El escepticismo de Pirrón y de los pirrónicos no es el único de la Antigüedad. En la Academia platónica llega a acontecer una revolución intelectual, que conduciría a la negación de la verdad: la verdad no se ha encontrado ni se encontrará jamás, defienden los escépticos académicos. Hay que reparar que en este caso no hay suspensión del juicio, como en el anterior, sino explícita negación. Con Arcesilao en la dirección de la Academia en el siglo III a. C., comienza el giro antidogmático, que se consolidará un siglo después con Carnéades, el cual defi ende un probabilismo cognoscitivo, a diferencia de los escépticos anteriores. Según Carnéades, hay un criterio para llegar a la verosimilitud, que no es verdad propiamente dicha, pero sí algo cercano a ella, algo así como una verdad subjetiva. La verosimilitud debe cumplir ciertas condiciones, como la probabilidad o el carácter no desconcertante de lo aprehendido. El probabilismo, criticado por los pirrónicos, saca del estancamiento de la duda permanente o suspensión
del juicio. De ahí que Brochard, estudioso del escepticismo antiguo, considere que los escépticos académicos son los precursores de la ciencia moderna. En general, esta forma de escepticismo concede una importancia a la cuestión cognoscitiva que no encontramos en la primera, centrada sobre todo en lo práctico o moral.

El triunfo del escepticismo comienza en el Renacimiento, impulsado por la nueva visión antropocéntrica, el problema religioso de la Reforma y el prestigio de Montaigne. Erasmo, por ejemplo, utilizará argumentos pirrónicos para defender el catolicismo, y lo mismo Montaigne. En los siglos XVI y XVII, ya no inmerso en la querella religiosa, hay que destacar a Francisco Sánchez, escéptico académico. En su libro: Que nada se sabe critica a Aristóteles y da otra vuelta de tuerca al «sólo se que no se nada» de Sócrates, con su «ni siquiera se si no se nada».

El escepticismo entiende la verdad de manera tan absoluta, que inexorablemente desemboca en la duda permanente o la negación que le caracteriza. Su valor estriba en impedir o difi cultar los dogmatismos y en facilitar la visión de los límites cognoscitivos, tan importantes para que los humanos podamos situarnos adecuadamente en el mundo. A diferencia de los meros animales, necesitamos la verdad para sobrevivir y vivir: una verdad que no deje de buscarse, porque tan cierto como que podemos acceder realmente a ella, es que únicamente lo hacemos limitadamente.

E. M. Cioran (1911-1995), filósofo rumano que vivió la mayor parte de su vida en París y publicó en francés a partir de 1947, es sin duda un pensador escéptico y con dudas nihilista y pesimista, porque esto último ha sido negado por él. Su primer libro, publicado en Rumanía en 1934, tiene como título: En las cimas de la desesperación. En él, nos dirá años después, está ya todo su pensamiento. No sería exagerado afirmar que su obra nace de la pura desesperación; en Cioran no hay, como por ejemplo en Nietzsche, un proyecto de superación tras la negación, en forma de «superhombre» o de «transvaloración» de todos los valores, sólo encontramos un reiterado «no» a la vida, tan plenamente sincero como fi el. Sin embargo, leerlo produce frecuentemente un efecto catártico. Él mismo nos ha relatado alguna anécdota al respecto: lectores que le expresaron su agradecimiento porque la lectura les había resultado terapéutica. Es preciso advertir que Cioran padeció insomnio, que En las cimas de la desesperación nació de las «noches blancas» en las que deambulaba por Sibiu, en Transilvania, como un grito de dolor. Su padecimiento no es ajeno a su fi losofía: no podría serlo. En cualquier caso, nunca se alejó intelectualmente de su primera obra… [PDF]