“E.M. Cioran o el fin de la historia” (Armando Pereira)

Revista de la Universidad de México, 10 de junio 1978

1. En la línea de Baudelaire, Rimbaud y Lautréamont, la obra de Cioran irrumpe en un vasto haz de múltiples significaciones. No hay un solo sector de la realidad (y de lo irreal) en el que no incida el pensamiento del filósofo rumano, para minarlo, para corroerlo, para gozar de ese lento desgaste al que el lenguaje somete a las cosas. La historia, el hombre, la civilización, el arte, la religión, la vida, el poder, la razón, el tiempo, Dios, la eternidad, la muerte, esos grandes temas que cada época ha abordado desde su particular perspectiva histórica, en un inútil y efímero intento de explicación aparecen, bajo su pluma, más allá de toda máscara temporal. La historia, parece decirnos Cioran, no puede ser nunca criterio de verdad. La historia es un producto de los hombres, y por lo tanto, el terreno del error, de la ilusión, de las ideologías: “manufacturera de ideales, mitología lunática, frenesí de hordas y de solitarios, rechazo de aceptar la realidad tal cual es, sed mortal de ficciones”. Sólo situándose fuera de la ilusión temporal, sólo asumiendo el sinsentido de la existencia, volviéndole definitivamente la espalda al devenir (que no es otra cosa que repetición, eterno retorno), sólo entonces es posible desnudar a las cosas de la mentira que las cubre, reecontrar su esqueleto. “No hay obra que no se vuelva Contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera, que respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposar en el ser.”

No hay otra historia que la que emerge del cuerpo, ese único lugar que hace posibles las experiencias del placer y del dolor. Y es desde allí, desde el cuerpo atormentado, desde donde puede surgir un tipo de pensamiento que nos exima de la propensión ideologizante. “Sin el dolor, bien lo vio el autor de la Voix souterraine, no habría conciencia (…) Para que la conciencia alcance una cierta intensidad, es necesario que el organismo sufra y que incluso se disgregue: la conciencia, en sus principios, es conciencia de los órganos”. Y más adelante, e inviertiendo la fórmula pascaliana, Cioran escribe: “Nuestros males físicos, más bien causas que reflejos de nuestros males espirituales, determinan nuestra visión de las cosas y deciden la dirección que tomarán nuestras ideas”. Toda doctrina, toda filosofía, todo pensamiento riguroso y sistemático que se erige -no desde el cuerpo, sino desde esa alienación del cuerpo que es la historia- como una “verdad” para los otros, no es en realidad otra cosa que un Sistema de Creencias impuesto sobre los otros. Toda Doctrina de Salvación, provenga de donde provenga, descansa sobre el discurso del poder. Su lógica es la de la razón, que reúne y homologa, que totaliza reduciendo la diversidad: en aras de la unidad, suprime la diferencia. “Lo que vale esta razón no se lo preguntéis a los filósofos, cuyo oficio es cuidarla y defenderla. Para penetrar su secreto, dirigiros a los que la conocieron a sus expensas y en su carne.”

El dolor, en cambio, individualiza, dota de realidad al cuerpo que somos. “Durante el sueño [que en este sentido no se diferencia mucho de las producciones ideológicas] participamos del anonimato universal, somos todos los seres; en cuanto el dolor nos despierta y sacude, ya sólo somos nosotros mismos, a solas con nuestro mal, con los mil pensamientos que suscita en nosotros y contra nosotros… ¿Cómo concebir una sensación tal cual sin el soporte del ‘yo’, cómo imaginarnos un sufrimiento que no sea nuestro? Sufrir es ser totalmente uno mismo, es acceder a un estado de no-coincidencia con el mundo.” La conciencia que emerge de ese cuerpo enfermo, dolorido, será entonces, necesariamente, una conciencia atormentada. De vuelta de todos los sistemas filosóficos, de todas las ideologías, Cioran habla desde el único sitio desde el que aún es posible hablar: su propio dolor. Nada que emerja de él puede constituir una imposición sobre los otros, porque el dolor es único e irrepetible. Su geografía es la del cuerpo que habita, fuera de él se diluye, se extingue en esa extensión sin límites que es el mundo. “Frente a pensadores desprovistos de patetismo, de carácter y de intensidad, y que se modelan sobre las formas de su tiempo, se yerguen otros en los cuales se siente que, en cualquier momento en que hubieran aparecido, hubieran sido semejantes a sí mismos, despreocupados de su época, extrayendo sus pensamientos de su propio fono do, de la eternidad específica de sus taras… Prendados de su fatalidad, se asemejan a irrupciones, fulgores trágicos y solitarios, cercanos al apocalipsis ya la psiquiatría.” Estas palabras que Cioran escribe sobre Kierkegaard y Nietzche son enteramente aplicables a él mismo. Su escepticismo, su descreimiento de toda doctrina o sistema (“nuestra fuerza se mide por el número de creencias a las que hemos abjurado; así, cada uno de nosotros debería concluir su carrera como desertor de todas las causas”) nos remite a esa única región donde el dolor (y la conciencia) es posible. “Instrumento o método en un principio, el escepticismo ha acabado por instaurarse en mí, por llegar a ser mi fisiología, el destino de mi cuerpo, mi principio visceral, el mal del que no sé cómo curarme ni cómo perecer.”

No es gratuito, entonces, que Cioran abogue por los vagabundos, los pordioseros, los disidentes de cualquier credo, los exilados, los locos; es decir, los desheredados de la historia, aquellos que han sufrido el discurso del poder en su propio cuerpo. Y por ello mismo reniegan, en sus actos, de todo optimismo, de toda fe, de toda creencia en el devenir o en el progreso: “Los otros, me decía un pordiosero, encuentran placer en avanzar; yo, en retroceder”. Cioran cierra filas con ellos; es uno de ellos: exiliado voluntario de su país (Rumania), exiliado de su lengua, Cioran conoce el vértigo de no ser de ninguna parte. Pero hay aún un exilio mayor que los reúne y los contempla a todos, un exilio que nos separa de los hombres, que nos convierte en antípodas de la especie, en excrecencia de nosotros mismos: el exilio de la razón. “Cuando se execra esta sarna llamada vida, y se está harto de las comezones de la duración, la firmeza del loco en medio de todos sus agobios llega a ser una tentación y un modelo: ¡que una suerte clemente nos dispense de nuestra razón! … Aspiro a las noches del idiota, a sus sufrimientos minerales, a la dicha de gemir con indiferencia, como si fueran los gemidos de otro, a un calvario en donde se es extraño a uno mismo, donde los gritos propios vienen de otra parte, a un infierno anónimo donde se baila y se ríe mientras se destruye uno. Vivir y morir en tercera persona, exiliarme en mí mismo, disociarme de mi nombre, distraído por siempre del que fui…, alcanzar, finalmente -puesto que la vida sólo es tolerable a ese precio-, la sabiduría de la demencia.”

¿Cómo habitar, entonces, en la historia si los instrumentos (la lógica, la razón, la conciencia) que nos permitirían esa adecuación han sido denegados voluntariamente? Y sobre todo, ¿para qué habitar en ella? Cioran no encuentra ningún sentido, ninguna necesidad en la historia. “¿Hay que tomarse la Historia en serio o asistir a ella comol espectador? ¿Hay que ver en ella un esfuerzo hacia una meta o el juego de una luz que se aviva y palidece sin necesidad ni razón? “, se pregunta. Y en la respuesta que da a estas cuestiones está implícita su concepción general sobre la vida y el hombre y sobre la pertinencia de cada una de sus producciones. Para Cioran, la historia no es más que un carnaval de máscaras, una bufonada insufrible, un grotesco desfile circense. Habitarla, caer en ella, es deshabitarse uno mismo, asumir, como un rostro propio, las mentiras de la ideología en boga, y así, pertrechados en una nueva fe, salir al mundo, ese espacio -incierto, hostil- que pertenece a los otros. “La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable… La historia entera está en estado de putrefacción, y sus relentes se desplazan hacia el futuro.”

Sólo fuera de una perspectiva temporal, es posible cuestionar las producciones de la historia, su sentido (si es que tiene alguno), su pertinencia. Preso en las coordenadas históricas, sujeto del acontecer, todo juicio sobre la historia se anula en sí mismo desde su propia formulación: cómplice de lo que critica, todo cuestionamiento que emerja de sus formulaciones se torna una farsa, una ficción, una ideología. “Es un simple capricho aceptar o rechazar un periodo -escribe Cioran-: hay que aceptar o rechazar la historia en bloque“. Y en otra parte subraya: “Si queremos conservar cierta decencia intelectual, el entusiasmo por la civilización debe ser barrido, lo mismo que la superstición de la Historia.” Es desde este descreimiento en el devenir social desde donde Cioran escribe, y su discurso corroe no sólo la historia de la civilización y sus productos, sino al propio discurso racional que la ha hecho posible… [PDF]