“La presencia de E. M. Ciorán en la escritura de Guillermo Fadanelli” (Antonio Durán Ruiz)

Revista Fuentes Humanísticas – Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco, vol. 20, no. 37 (2008).

El presente artículo se propone señalar algunos aspectos del pensamiento del filósofo rumano Émile Michel Ciorán en la escritura y concepción del mundo del escritor mexicano Guillermo Fadanelli, quien ha publicado, entre 1991 y 2006, trece libros de narrativa, uno de aforismos, uno de ensayos y otro misceláneo. Los temas filosóficos están presentes en todos. En particular, la novela Lodo (2002) es el mejor ejemplo. Su labor ensayística corrobora su inclinación hacia el pensamiento filosófico, como se observa en su Weblog Porquería, el libro En busca de un lugar más habitable y en la mayor parte de Plegarias de un inquilino.

Fadanelli ha confesado una profunda afinidad hacia la pasión, el pensamiento y actitud cínica del rumano frente a la filosofía. En su Weblog, fechado el 4 de enero de 2004, escribió que leyó a Cioran cuando le era imposible defenderse de sentencias como ésta: “Una visión del mundo articulada en conceptos no es más legítima que otra surgida de las lágrimas”. En “Contra los muertos”, el escritor mexicano menciona su frecuente interés por Cioran porque “es uno de los escépticos que aún viven”. En una entrevista con María Eugenia Sevilla, en la que habla de la publicación de su libro de aforismos Dios siempre se equivoca, se reconoce “hijo de una generación influida por Cioran, cuyos aforismos son siempre reveladores, a veces demasiado luminosos en su pesimismo”. Las frases presentes en este libro intentan, a través de una mirada franca, teñida de humor, señalar un mundo absurdo; constituyen atisbos de verdades que no explican el mundo, ni importa que lo hagan, puesto que “la explicación […] sólo consuela al llevarnos a creer que hemos dominado el contenido de las cosas”. Se transcriben cinco de de los 278 aforismos presentes en el libro:

Una de las pruebas más contundentes de que Dios existe es la humanidad. Tanta imbecilidad sólo puede ser dispuesta por una mano divina (p. 13).

Una mujer que aprecio más de lo necesario, me dijo cierta noche lo siguiente: he llegado a querer tanto a mis amigos que preferiría no existieran (p. 18).

Dios siempre se equivoca, ésa es su única virtud (p. 45).

Me gusta perder las peleas (en cualquier sentido) pues todos se olvidan del perdedor y lo dejan en paz. En cambio el ganador debe seguir midiendo sus fuerzas con otros tan estúpidos como él (p. 78).

Que dos o más mujeres se desprecien y odien entre sí debe agradecérseles, pues esta guerra permanente entre ellas hace más sencillo el trabajo de conquistarlas (p. 80).

Fadanelli afirma que se recurre a Ciorán cuando se comprueba el absurdo de pensar el mundo, cuando las palabras ya no son una liberación sino un penoso encierro. Considera que los libros del rumano se presentan como un intento de liberarse del sinsentido de estar en el mundo, de ejercer por medio de las palabras ese mínimo derecho que el hombre tiene de rebelarse contra los efectos de la creación. En el Weblog mencionado, escribe que Cioran condenaba al hombre a la imposibilidad de una evolución o de un progreso y que su interés fundamental “giraba en torno a la liberación del hombre como hombre mismo […] solía referirse a la condición humana como una carga o una malformación”. Esta misma afirmación también aparece en el libro En busca de un lugar más habitable.

LA CAÍDA EN EL TIEMPO

La caída en el tiempo es el aspecto esencial del pensamiento de Cioran. Sus escritos parten de su acusación contra la creación. La historia del hombre comenzó con una caída cuando optó por el conocimiento y decidió aventurarse a fin de mejorar su situación, pero su propia obra se vuelve contra él. Lo grotesco del desarrollo histórico consiste en que “las cosas ocurren sin piedad, de un modo irreparable, triunfa lo falso, lo arbitrario, lo fatal. Es imposible meditar sobre la historia sin sentir hacia ella una especie de horror”. El hombre tomó una ruta que ha de conducirlo por fuerza a la ruina. Siguió un mal camino y no puede dejar de recorrerlo. Originalmente fue sujeto de la historia para convertirse después en objeto de ella, para ser su víctima. Muchos pueblos han sido únicamente objetos de la historia, sólo la han padecido. El tiempo es un cáncer en la sociedad y en el individuo porque todo lo corroe.

El sinsentido constituye el marco de toda obra humana. La historia tiene un curso, pero carece de sentido; y dentro de la historia ocurre lo mismo con las acciones de cada individuo, lo que no obsta para que mientras viva proyecte un sentido. Afirma que:

Cuando presenciamos un entierro no podemos decir que el morir sea el sentido de esa vida. No hay un objetivo en sí. La ilusión del objetivo es el gran motor. Salvo que quien lo tenga no sepa que se trata de una pura ilusión.

Toda acción, por lo tanto, es fundamentalmente inútil, pero el hombre está contaminado por su deseo de superación. Su ambición es lo que hace desgraciada a la gente, deseosa de superarse. Todo el mal se debe a esa voluntad de superación, a esa enfermedad mental, a esa omnipotencia […]. Estoy convencido de que el hombre acabará –metafísica e históricamente– siendo una sombra, o que llegará a ser como un jubilado o un imbécil.

Para el filósofo del pesimismo, los utopistas se basaron en la errónea idea de la perfectibilidad indefinida del hombre. Sin embargo, ha sido precisamente la historia el antídoto contra la utopía, la prueba evidente de su irrealización, pero “no actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible”. Sin la creación de la utopía no se movería la sociedad, se tornaría esclerótica, pues “duramos mientras duran nuestras ficciones”.

Fadanelli observa que El llamado progreso, propio de la modernidad, contribuye a la enfermedad social. El desarrollo ha sido nefasto, el exceso de construcción ha desembocado en destrucción descomunal.

En el ensayo “Historia Universal de la banana” acepta sus comentarios sobre “el patético espectáculo del progreso”; concede mucha razón a las siguientes palabras del filósofo rumano: “debimos conformarnos, piojosos y serenos, con las compañías de las bestias, estancados a su lado durante algunos milenios, respirar el olor de los establos y no el de los laboratorios, morir de nuestras enfermedades y no de nuestros remedios”.

En una entrevista con Fransesc Bombí-Vilaseca dijo estar de acuerdo con Charles Chaplin en que “Todos los grandes negocios acaban en asesinatos”, y con la frase de Cioran: “Siempre hay un poco de farsante en aquél que tiene éxito”.

Yo, Fadanelli, añado una mía: “Cada vez que un hombre se asume como mediocre, la humanidad descansa”. Creo que las más grandes penurias y catástrofes que ha vivido la sociedad se deben a los hombres de talento o de éxito; es mejor estar tranquilos, con una sabiduría casi bovina, envejecer, esperarse, no querer ser más que los otros, tomárselo con calma y no hacer daño a los otros.

El éxito es un malentendido; y el movimiento, el principio del mal, el fondo que determina la vida de sus personajes “estrictamente mediocres”

LA CARRERA DEL MAL

El filósofo rumano no dejó de cavilar sobre la triunfante carrera del mal. El mal está en la idea del progreso infinito, pero el hombre ha ignorado que su aparente progreso sólo lo lleva hacia su propia ruina. Si bien en el mundo animal, los cambios climáticos fueron los que hicieron desaparecer ciertas razas, el hombre también desaparecerá pero será por sus mismas creaciones, por su impulso que le impide detenerse a tiempo: “el hombre está convencido de que lo imposible no existe. En los siglos XVIII y XIX nació la idea de que el progreso de la humanidad sería ilimitado. Sin embargo, existen límites. Todas las generaciones terminan reconociéndolo, pero demasiado tarde”… [PDF]