«Je me vois, à Braşov, dans cette maison juchée sur la colline,
je me vois plongé dans la vie des saints!».
Cioran, Cahiers, p. 967.

Cioran escribe Lágrimas y santos entre 1936 y 1937, durante el año que pasa en Braşov como profesor de filosofía y lógica en el actual Colegio Nacional Andrei Şaguna. El nombre de Cioran era por entonces conocido. Su primer libro, Pe culmile disperării (En las cimas de la desesperación), había aparecido en 1934, tras obtener el premio que la Fundación para la Literatura y el Arte Rey Carol II comenzaba a otorgar ese año a jóvenes autores inéditos. Su segundo libro, Cartea amăgirilor (El libro de las ilusiones), se había publicado en mayo de 1936, y Schimbarea la faţă a României (La transfiguración de Rumanía) lo haría a finales de ese mismo año. Por lo demás, desde 1931 sus fulgurantes ensayos habían ido sembrando las páginas de algunas de las publicaciones más importantes de la época, como el diario Vremea.

A su llegada a Braşov, pocos días antes de dar comienzo el curso, Cioran se instala provisionalmente en el hotel Coroana, alquilando poco después una habitación separada en la planta baja de una villa situada en Livada Poştii, entonces propiedad del poeta tradicionalista Ioan Alexandru Bran-Lemeny (1886-1954), quien en 1916 había publicado un poemario curiosamente titulado Lacrimi şi clocot (Lágrimas y agitación). Una cama, un armario, una mesa y un par de sillas componen el mobiliario del cuarto. En una de las esquinas, una estufa de leña. Las ventanas dan a los jardines y a las montañas. Desde allí Cioran contempla el paisaje, enfrentándose diariamente a ese abeto que se yergue frente a la casa como una evidencia de la vida contra sí misma. Más de una vez, en el fluir de los años, estos motivos resurgirían emotivamente en su memoria: «De pronto, la imagen de ese abeto del que había perdido completamente el recuerdo se me ha aparecido con una extraordinaria nitidez», leemos en una nota de enero de 1972. Es por entonces cuando el conflicto que sacude interiormente su existencia («la vida no es sino una constante crisis religiosa, superficial en los creyentes, perturbadora en los que dudan») parece alcanzar su punto culminante. Es en esa villa encaramada donde Cioran escribe Lágrimas y santos, sumergiéndose durante un año entero en la lectura de los místicos, en las vidas de los santos, y en Shakespeare. El acercamiento de Cioran a la mística se halla directamente vinculado a sus crisis de insomnio, a las más íntimas revelaciones de la soledad, a los insólitos estados de conciencia que por aquellos años le será dado conocer:

«Durante ese periodo de tensión interior realicé en varias ocasiones la experiencia del éxtasis. En todo caso, viví instantes en los que uno es conducido fuera de las apariencias. Un estremecimiento repentino te acomete sin ninguna preparación. El ser se ve de pronto inmerso en una plenitud extraordinaria, o más bien en un vacío triunfal. Fue ésta una experiencia capital, la revelación directa de la inanidad de todo. Estas pocas iluminaciones me abrieron al conocimiento de la felicidad suprema de la que hablan los místicos. Fuera de esta felicidad, a la que no somos sino excepcional y brevemente convidados, nada tiene una verdadera existencia, vivimos en el reino de las sombras».

Tras alguna que otra peripecia, el libro saldría a la luz en noviembre de 1937, coincidiendo con la partida de Cioran a París. Poco antes de su aparición, recibe una llamada de Bucarest. Su editor, que en un principio había aceptado publicar la obra, acababa de ser advertido por el tipógrafo sobre el carácter aberrante de ciertos pasajes, por lo que ahora se negaba rotundamente a hacerse cargo. Poco después, hallándose Cioran en Bucarest, coincide un día en el café Corso con un conocido que había trabajado en Rusia como tipógrafo, quien, enterándose de lo sucedido, se ofrece inmediatamente a ayudarlo. Lágrimas y santos aparecería finalmente así con el siguiente rótulo: editura autorului (edición del autor). Su difusión sería más bien escasa, despertando un unánime rechazo entre los miembros de su generación. Sus amigos Mircea Eliade y Arşavir Acterian lo atacarían duramente. La obra provocaría por lo demás amargas incidencias en su círculo familiar. Cioran cuenta la anécdota en una de sus entrevistas:

«En París recibí una carta de mi madre: “No te das cuenta con cuánta tristeza he leído tu libro. Al escribirlo tendrías que haber pensado en tu padre”. Yo le contesté que era el único libro de mística que se había escrito en los Balcanes. No logré convencer a nadie, a mis padres en ningún caso. Una señora le había dicho a mi madre, que era presidenta de las Mujeres Ortodoxas de la ciudad: “Usted, cuando tiene un hijo que escribe semejantes cosas sobre Dios, no tiene autoridad para venir a darnos lecciones a nosotras”».

La sola excepción a este respecto sería su amiga Jeni Acterian, hermana menor de Arşavir, quien pocos meses después le escribía a París para expresarle su entusiasmo: «Al fin he logrado escribirle a E. C. No sé por qué, pero me hubiera dolido no haberle escrito para comunicarle cuánto me ha gustado su libro. Hubiera tenido la impresión de solidarizarme con todos aquellos que lo escupen desde arriba», apunta en su diario el 29 de marzo de 1938. Cioran le responde emocionado, con fecha de 28 de marzo: «Justamente me disponía a partir durante un mes al sur de Francia, sin pasárseme por la cabeza que un signo de vida pudiera aliviar mis fatigados sueños, ¡cuando en eso recibo tu carta de una tan delicada atención, de una profundidad humana tan conmovedora! Sería un mentiroso y un estúpido si te ocultase la alegría que me han provocado tus apreciaciones, tanto más cuanto que las noticias de nuestro país me revelaban la sombría necedad que envuelven los comentarios de este libro».

Cioran jamás olvidaría el gesto de su amiga, refiriéndose a ella constantemente a lo largo de sus entrevistas, en sus anotaciones, así como en su correspondencia. El nombre de Jeni Acterian, uno de los espíritus más sensibles de su generación, quedaría así definitivamente ligado a las circunstancias que rodearon la aparición de Lacrimi şi Sfinţi, constituyendo las bellas páginas de su diario uno de los documentos más profundamente esclarecedores en cuanto a la paradójica religiosidad de Cioran.

(…)

LÁGRIMAS Y SANTOS

I

He intentado comprender de dónde provienen las lágrimas y me he detenido en los santos. ¿Serán ellos responsables de su fulgor amargo? ¿Quién podría saberlo? Parece, sin embargo, que las lágrimas son sus huellas. No por los santos entraron ellas al mundo; mas sin ellos no sabríamos que lloramos por la pérdida del paraíso. Querría ver una sola
lágrima tragada por la tierra… Todas apuntan al cielo por vías para nosotros desconocidas. Sólo el dolor precede a las lágrimas. Los santos no han hecho más que rehabilitarlas. Es imposible acercarse a los santos mediante el conocimiento. Sólo cuando despertamos las lágrimas dormidas en lo más profundo de nosotros mismos y conocemos mediante ellas, comprendemos cómo alguien, habiendo sido hombre, puede ya no serlo.
La santidad en sí no es lo interesante, sino sólo las vidas de los santos; el proceso por el cual un hombre renuncia a sí mismo y emprende el camino de la santidad… ¿Y el proceso por el que alguien deviene hagiógrafo? Seguir las huellas de los santos… humedecer tus plantas con sus lágrimas…

§

Ŷalāl al-Dīn Rūmī: «La voz del violín es el ruido que hace la puerta del paraíso al abrirse».
¿Con qué podría compararse entonces un suspiro de ángel?

§

¿Qué le responderíamos a la ciega que se lamenta en el poema de Rilke?: «Ya no puedo vivir así, con el cielo sobre mí». ¿Acaso la consolaríamos si le dijésemos que no podemos ya vivir con la tierra bajo nuestros pies?

§

Muchos santos —y santas, sobre todo— confesaron el deseo de reposar su frente sobre el corazón de Jesús. A todos se les concedió. Entiendo ahora por qué el corazón del Redentor no ha cesado de latir en estos dos mil años. ¡Señor, has nutrido tu corazón con la sangre de los santos, cubriéndolo con el sudor de sus frentes!
El mundo se crea en el delirio, pues todo, fuera de él, es ilusión.
… Y entonces cómo no sentirse próximo a santa Teresa, quien, un día, tras habérsele revelado Jesús como prometido, dándole un anillo de amatista como símbolo de su unión divina, corre al patio del monasterio y comienza a bailar presa de un rapto único, golpeando el tambor para invitar a sus hermanas a la alegría y al frenesí. En esos momentos tomaron brío esos versos etéreos y ardientes como el equívoco divino del éxtasis:

Vivo sin vivir en mí
Porque tal vida espero
Que muero porque no muero…

§

A la edad de 6 años lee las vidas de los mártires y su corazón encuentra una única respuesta en este grito repetido: «Eternidad, eternidad». Es entonces cuando decide ir a tierra de moros a convertirlos, arriesgando en cualquier caso su vida. Su deseo no pudo cumplirse: su exaltación sin embargo creció y ni siquiera hoy se ha extinguido el fuego de su alma, desde el momento en que vivía de Su calor.

§

Por el beso culpable de una santa aceptaría la peste como una bendición. ¿Qué Teresa o Catalina me abrazarían con el cielo entero?

§

«Si una sola gota de lo que siento —dice en uno de sus éxtasis santa Catalina de Génova—, cayera en el infierno, en el acto lo transformaría en vida eterna».
… Y mi alma que con fervor espera esa gota, a la que no haría falta cambiar su objetivo…
¿Llegaré algún día a ser tan puro que no pueda reflejarme sino en las lágrimas de los santos?

§

Es curioso que hayan podido existir tantos santos al mismo tiempo. Intento representarme un encuentro entre ellos, y no me ayudan ni el fervor ni la imaginación. ¡Santa Teresa, a la edad de 52 años, célebre y admirada, encontrándose en Medina del Campo con un san Juan de la Cruz de 25, anónimo y apasionado! La mística española es un momento divino en la historia de la humanidad.
¿Quién podría escribir el diálogo de los santos? Un Shakespeare de corazón virginal o un Dostoievski exiliado en una Siberia celestial. Toda mi vida erraré en torno a los santos… Tal vez nadie haya hecho de la música y la danza una vía hacia Dios como Ŷalāl al-Dīn Rūmī, ese santo canonizado hace ya mucho tiempo por sus admiradores. Su encuentro con Shams al-Dīn, sabio fantástico, peregrino anónimo, tan insólito y original como inculto, posee un extraño encanto. Tras conocerse, se encerraron tres meses en la casa de Ŷalāl al-Dīn, en Konia, en cuyo tiempo no la abandonaron ni un momento. Una certeza irresistible me lleva a creer que allí se dijo todo. En aquel tiempo, los hombres cultivaban los misterios. Podías dirigirte cuando quisieras a un Dios que enterraba tus suspiros en su nada. Nuestro desconsuelo es no tener ya a quién dirigirnos. Hemos llegado a confesar nuestra soledad de mortales. Este mundo tuvo que haber estado una vez en Dios. La historia se divide en dos partes: aquella en la que los hombres se sentían atraídos por la nada vibrante de la divinidad y hoy, cuando el vacío del mundo se halla desposeído del soplo divino. La música me ha dado una audacia demasiado grande frente a Dios. Es esto lo que me aleja de los místicos orientales… [PDF]