“Cioran: el Horror y la Gloria” (Ubaldo León Barreto)

RIALTA, abril 2018

Hay siempre en el pensamiento de Cioran, en inesperado contrapunto al más radical nihilismo, una innegable exultación, un goce salvaje, un éxtasis perpetuo que convierte la lectura de sus textos en lo contrario de una experiencia desalentadora.

Lo que convierte a Cioran en un escritor excepcional es la presencia en sus textos de dos tendencias antitéticas: por un lado, el nihilismo radical, que en su afán de aniquilación llega a considerar la existencia misma como la catástrofe irredimible; por el otro, un anhelo religioso de gran intensidad, una auténtica nostalgia del absoluto y una “sed de vida casi mórbida” que lo convierten en esa rareza suprema: un místico sin fe. Esta tensión recorre todos sus libros, pero resulta particularmente notoria en los Cuadernos (1957-1972).

Este vasto volumen es precisamente el lugar fundamental para comprender la estructura profunda del pensamiento de Cioran: el laboratorio infernal donde se pulen los celebrados aforismos, donde la obra surge y coge cuerpo, donde las contradicciones insalvables que agitan su poderosa y desgarrada conciencia se convierten en el principio que rige cualquier exégesis. Scott Fitzgerald escribió que “la marca de una inteligencia superior es la capacidad para sostener dos ideas opuestas al mismo tiempo”: según este criterio Cioran sería uno de los más grandes pensadores de Occidente, y los Cuadernos su mejor libro. Podríamos ofrecer argumentos interminables para justificar la irreductible singularidad de esta escritura, pero al final todo se resume en la espléndida observación de Baudelaire sobre aquellos que experimentan constantemente “el horror y el éxtasis” inherentes a la existencia. No basta con percibir la futilidad de todo empeño: muchos lo han conseguido (de Marco Aurelio y el Eclesiastés a Thomas Ligotti). Tampoco funciona, como es natural, el arrobamiento ante las supuestas maravillas de la existencia (el mero asombro de ser que experimentan ciertos místicos) o la afirmación constante según la cual “a pesar de todo, la realidad tiene que tener un sentido” (sospechosa petición de principio más cercana a la estupidez supina que a un pensamiento riguroso, y a la que, en sus peores momentos, no escapan ni siquiera pensadores del calibre de George Steiner, como ya veremos). No: la verdadera complejidad radica en asumir estas dos posturas con la máxima seriedad al mismo tiempo, “en un eclecticismo de la sonrisa y de la destrucción”. Claro, los Cuadernos son mucho más que eso, pero es esta dualidad simultánea la que les confiere su extrañeza esencial.

Ahora bien, el nihilismo de Cioran gira en torno de un principio inamovible, verdadero sol negro de su pensamiento: la conciencia como fatalidad. Se trata de una interpretación intensamente personal y heterodoxa de los primeros capítulos del Génesis, en la que el pecado original no es la desobediencia sino el conocimiento mismo: según la idiosincrásica exégesis de Cioran, al comer del Árbol del Conocimiento el hombre malogró su destino (la vida plena en el presente eterno y sin muerte del Jardín del Edén) y se convirtió en un animal enfermo, mortalmente herido por la conciencia de su finitud. Todo lo demás (la Historia y la Filosofía que intenta conferirle un sentido) son sólo comentarios a este acontecimiento primordial. Claro, todo esto debe ser leído en clave metafísica: en la perversa antifilosofía del más célebre meteco parisino, el pecado original es simplemente una “poderosa mitología”, una imprescindible hipótesis de trabajo (o al menos una de ellas: Cioran también manifestó gran predilección por la concepción gnóstica sobre “el aciago demiurgo) sin la cual sería imposible comprender lo que lo budistas llaman “el gran problema de la vida y de la muerte”. La cuestión fundamental es que existe en la estructura del hombre (y de todo lo existente, de la materia misma) un fallo ontológico, un defecto abisal e irreparable que nada puede subsanar. Y aquí Cioran se aparta bruscamente de la teología cristiana y esboza los despiadados contornos de una teología atea, sin Dios ni redención posible, que proclama la duda, el hastío y la destrucción de todas las ilusiones que hacen posible la existencia como sus dogmas irrenunciables: atroz secta de un solo miembro que no elude los callejones sin salida del pensamiento, sino que los corteja con entusiasmo para hundirse en el abismo con todo el peso de sus certezas irrespirables. Si la idea de una “religión de la desesperación” resulta demasiado extrema para algunos, no deberían olvidar que ya Novalis había escrito a finales del siglo XVIII que “toda sensación absoluta es de naturaleza religiosa”… [+]