“Ciorán o el Deseo de la Verdad” (Vicente Niño Orti)

POSMODERNÍA, 26/03/2018

  1. Aproximación biográfica

Emil Cioran nació en Rumania el 8 de abril de 1911, en el pueblo de Rasinari, en la Transilvania de la monarquía austrohúngara. Su padre, Emilian, fue un pope miembro prominente de la comunidad ortodoxa de Rasinari y su madre, Elvirei, era originaria de Venetia de Jos. En su obra y sus entrevistas, Cioran reconoce que su infancia fue feliz, corriendo y jugando en lo que él denominó un paraíso, rodeado de la paz sublime de los Cárpatos. A pesar de una niñez mágica, el mismo Cioran reconoce que, desde entonces, su personalidad estaría marcada por la tristeza y la melancolía: En efecto soy unzufrieden (depresivo, descontento), pero siempre lo he sido, y éste es un mal del que siempre hemos padecido en nuestra familia, atormentada, ansiosa.[1]

Dejará Rasinari en 1921 para estudiar en Sibiu, un lugar que también recordará con cariño. Durante el bachillerato dedica muchas horas a la lectura y en 1928 se matricula en la facultad de literatura y filosofía de la Universidad de Bucarest. Desde 1932 escribía y colaboraba en varias revistas, lo que anunciaba un oficio con posibilidades de éxito, y en ese mismo año supera su examen de licenciatura, con los elogios del tribunal, en la especialidad de filosofía, con una tesis sobre el intuicionismo bergsoniano.

Después de publicar su primera obra, En las cimas de la desesperación, y de ser premiado como un joven valor de la literatura rumana en 1934, obtiene una beca de la Fundación Humboldt para estudiar filosofía en Berlín. Regresará a Rumania en 1936 para salir nuevamente con rumbo definitivo a París un año después, amparado por el Instituto Francés de Bucarest. No se sabe con certeza si se quedó en París durante la guerra o si llegó a viajar hasta Rumania. De este convulso tiempo son sus posibles -nunca completamente demostradas- conexiones con la fuerza fascista rumana de la Legión del Arcángel San Miguel, de Corneliu Codreanu.

Lo definitivo es que Cioran será definitivamente, y ya por siempre, un apátrida. Nació rumano bajo el dominio católico del imperio austrohúngaro. Extranjero nuevamente, París se convertiría en su hogar definitivo, al grado de renunciar a escribir en rumano después de su emblemático libro Breviario de podredumbre. Adoptará el francés en su escritura, recorrerá Francia en bicicleta, durmiendo en los albergues juveniles, renovará su beca pero nunca estudiará ni redactará tesis alguna y vivirá de la “caridad pública” frecuentando los comedores estudiantiles.

Su oficio de escritor le permitirá vivir con la frugalidad propia de un monje, dedicado a rescatar sus impresiones en brillantes fragmentos que luego publicará, no sin antes vacilar ante la posibilidad de compartir con los demás ese mundo interior de un hombre sin fe ni profesión. Cuando Branka Bogavac Le Compte le preguntó “para usted ¿qué significa escribir?”, Cioran contestó:

Tuve que hacer algo en mi vida, ya que vivía sin una profesión. Es así de sencillo. He intentado no trabajar, he leído y escrito mucho. Todo lo que he escrito, lo he escrito en momentos de depresión. Cuando escribo, es para liberarme de mí mismo, de mis obsesiones. Eso hace que mis libros sean un aspecto de mí, son confesiones más o menos camufladas. Escribir es una forma de vaciarse en sí mismo. Es una liberación. De lo contrario, lo que llevas dentro se convertiría en un complejo.[2]

Precisamente, su apartamento austero desde el que se veían los tejados del barrio latino, lo consiguió gracias a sus libros, gracias a que publicaba y eso en París, debido al “esnobismo literario”, le convertía en una figura sobresaliente, emblemática, alguien a quien se le podía conceder un lugar dónde vivir por una módica cantidad.

Al margen de la academia, Cioran pronto se convirtió en un autor de culto para los jóvenes universitarios de posguerra. Sus libros alcanzaban un éxito tan marginal como el mismo Cioran, pero despertaron el interés de españoles, alemanes, argentinos y estadounidenses, que en varias ocasiones lo buscaron para entrevistarlo y charlar con él. Esa figura escurridiza, misteriosa y enigmáticamente depresiva y melancólica, que gustaba de pasear por las callejuelas del barrio latino, observando prostitutas y analizando los recovecos psicológicos del pueblo francés, era percibido como una autoridad del nihilismo, el suicido y la inutilidad, precisamente por no haber sido nunca una autoridad formal.

Sólo un espíritu tan desolado podía concebir títulos desgarradores para sus libros como La tentación de existir, Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Ese maldito yo. Si se trataban de una provocación, de una estrategia publicitaria, entonces podríamos decir que Cioran era también un artista de la atracción y la mercadotecnia.

Todos los temas posibles le invitaron a escribir, y seguramente a charlar durante horas interminables y suculentas, como recuerdan y cuentan quienes lo conocieron. Sin embargo, los que más destacan tienen que ver con el insomnio y la desesperanza de ver, con la “suerte” del iluminado, del Buda, la franca descomposición de las esperanzas racionales que los europeos depositaron en la humanidad. También destacan temas como la historia, Dios, y los dioses, los santos y la melancolía con todos sus motivos e inspiraciones, la literatura, la filosofía y la música. Generalmente se le ubica como miembro fundamental de la constelación de creadores rumanos que marcaron época en Francia:

Una foto reciente muestra a Cioran, Mircea Eliade y Eugéne Ionesco en un bulevar parisino. Sólo falta Paul Celan […] para completar la nómina de creadores rumanos que han ejercido, desde París y desde la lengua francesa, la más profunda influencia en lo mejor de la cultura occidental contemporánea. De todos ellos, quizá haya sido Cioran el que ha alcanzado más tarde el reconocimiento de la radical conmoción que su obra aporta a nuestro equipaje intelectual; me refiero, naturalmente, al reconocimiento más extenso y público […].[3]

Ese reconocimiento todavía dista de ser amplio. A pesar de que figuras como Saint-John Perse, Gabriel Marcel, Henri Michaux, Samuel Beckett, Roger Caillois, Octavio Paz, Susan Sontag o Fernando Savater en España hayan reconocido el valor de sus aportaciones, más emotivas e intuitivas que teóricas, Cioran continúa motivando epígrafes, algunas citas y notas al pie de página, pero todavía pocos estudios dedicados a su obra. Lo que suele destacarse de manera más insistente es la dificultad de encasillar a Cioran en uno u otro estilo teórico e ideológico: Se ha dicho de E. M. Cioran que es un escéptico, un nihilista o tal vez existencialista, que no es un filósofo de escuela, que su obra no admite comparación aceptable alguna y que resulta muy difícil calificarla por referencias.[4]

Sin embargo, se pueden encontrar coincidencias y similitudes, si de veras se quieren buscar, en muchos autores, y lo mismo ocurre con Cioran. El camino para trazar ciertas líneas de familiaridad pueden ser las referencias. Cioran cita a los místicos españoles (san Juan de la Cruz y santa Teresa), a los novelistas y cuentistas rusos, dialoga con la obra de María Zambrano y Paul Valéry y presume de su amistad con Samuel Beckett. Entonces se descubre que la estrategia para encasillarle resulta inútil. Tales referencias heterogéneas sólo nos permiten concebir a Cioran como un escritor ecléctico, algo que quizá debamos agradecerle.

La vida de Cioran estuvo marcada por la contradicción y la ironía. Cioran no creía en las instituciones, de eso no cabe la menor duda, pero su vida íntima estuvo marcada por la compañía siempre fiel de Simone Boué, compañía más consistente y solidaria que muchos matrimonios formales. Su muerte también fue irónica, sobre todo por el debate que despertara entre los espíritus mundanos. Cioran murió el 20 de junio de 1995 y lo enterraron el 23; sin embargo antes se había desatado un pleito entre los dos popes de París por decidir quién oficiaría la ceremonia fúnebre según el rito religioso ortodoxo, de una celebridad rumana en Francia, pero al que se le había tomado por un hombre sin fe.

Pero… ¿es eso realmente así?

2. La cuestión de Dios en Cioran

Mons. Ravasi[5] tiene relativamente claro que pese a sus múltiples declaraciones de ateísmo, Ciorán, bajo esa increencia, más que un posicionamiento a-teista, lo que denotaba era por un lado, una profunda crítica al modelo occidental cansado y seguro de sí mismo, que se había cimentado sobre un cristianismo -siquiera cultural desde la modernidad-, pero aun ampliamente extendido en todo el siglo XX, muy en la línea de Niestzche.

Cioran acusa a Occidente de un delito extremo, el de haber extenuado y disecado la potencia regeneradora del Evangelio: “Consumado hasta los huesos, el cristianismo ha dejado de ser una fuente de maravilla y de escándalo, ha dejado de desencadenar vicios y fecundar inteligencias y amores”.[6]

Pero junto a ese posicionamiento “sociológico”, Ravasi ahonda en otra actitud mucho más interesante y central para nuestro interés, que es la de entender el ateísmo de Cioran como una cierta impotencia en creer en un Dios presentado como excesivamente conocido: Siempre he dado vueltas alrededor de Dios como un delator: al no ser capaz de invocarle, le he espiado.[7] En “De lágrimas y santos”,[8] escribía: Cuando escucháis a Bach, veis nacer a Dios… Después de un oratorio, una cantata, o una ‘Pasión’, Dios debe existir… ¡Y pensar que tantos teólogos y filósofos han derrochado noches y días buscando pruebas de la existencia de Dios, olvidando la única!

Nos compara Ravasi a Cioran con un Qohelet-Ecclesiastés moderno que realmente sería una especie de “místico de la Nada”, que en su apertura a la nada lo que dejaría entrever es el escalofrío de las “noches del alma” de ciertos grandes místicos, como Juan de la Cruz o Angelus Silesius, remontando hasta el desconcertante cantor del nexo Dios-Nada, el famoso Maestro Eckhart de la Edad Media. “Era todavía niño, cuando conocí por primera vez el sentimiento de la nada, tras una iluminación que no lograría definir”, nos cita el autor al propio Cioran.[9]

La nada como experiencia trascendente que se convierte en el nombre de un Dios, ciertamente muy diferente al Dios cristiano, y sin embargo dispuesto como él a recoger el malestar existencial de la humanidad. Escribía Cioran, evocando la “psicostasía” del antiguo Egipto, es decir, el momento en el que se pesaban las almas de los difuntos para verificar la gravedad de sus culpas: En el día del juicio sólo se pesarán las lágrimas. En el tiempo de la desesperación, de hecho, ciertas blasfemias –declaraba Cioran siguiendo a Job– son “oraciones negativas”, cuya virulencia es más acogida por Dios que la acompasada alabanza teológica.

La tesis de Ravasi es clara:

Cioran es un ateo-creyente sui generis. Su pesimismo, es más, su negacionismo se debe más bien a la humanidad (…). El hombre hace que pierdas toda fe, es una especie de demostración de la no existencia de Dios y desde esta perspectiva se explica el pesimismo radical de Cioran

Y con ciertos matices, nos parece una postura muy válida.

Entenderíamos que Cioran es -mutatis mutandi…- una posición próxima a la de nuestro Unamuno, incapaz de creer no tanto ya como nuestro don Miguel por un proceso racional, sino más bien porque su experiencia de desasosiego ante el sinsentido que encuentra en cuanto existe, le abre a una consideración apofática de Dios, pero no desde la fe, sino desde la protesta.

Así pueden entenderse sus manifestaciones contra Dios que dispersas por su obra, son como el grito del que culpa en definitiva a una idea de Dios de cómo ve él el mundo, lo cual le lleva a rechazar esa idea de Dios extendida y comprendida generalmente como creador, providente, benévolo y bondadoso.

Es inconcebible que ese Dios del que se habla sea como se dice, si cuanto existe no es sino un vacío absoluto de sentido. El grito ético en cierta forma, es el que le lleva a la negación de un Dios demasiado controlado y manejado, demasiado comprendido.

Pero lo más interesante de todo es que pese a todo ello, no puede apartarse de una apertura radical… Ravasi lo apunta con esa indicación de una Nada que está incluso por encima de Dios y que remite a los místicos cristianos y judíos.

Se une ciertamente que fue educado en el cristianismo ortodoxo -ya dijimos que su padre era un Pope rumano- pero más allá de su rechazo también familiar, y de su educación obviamente, el grito trascendente de Ciorán se nos presenta como un grito apofático del que le es imposible separarse, aunque no lo comprenda, o aún se revele contra él mismo…

Y no querríamos caer en un fácil movimiento de atraer el agua a nuestro molino, incorporándolo en una especie de creyente sin saberlo, anónimo, pero es innegable para cualquiera que lea sus obras alejado de una visión ideológica sesgada o partidista, que el grito de Ciorán sobre Dios es un grito concreto y a alguien concreto… un grito que habla de protesta, de desasosiego, de pesimismo, de queja profunda. Como Job.

Pero ¿qué grita Cioran? [+]