“Soledad y destino en Cioran” (José Ignacio Nájera)

De nuevo Hermida Editores nos ofrece en castellano un manjar cioraniano. Se trata de los famosos artículos que van de 1931 a 1943. Los años feroces de Cioran. Sin saber a ciencia cierta las causas, el anciano escritor autorizó en 1991 su publicación en rumano (Singuratate si destin, ed. Humanitas), y un poco después, en 2004, apareció su traducción al francés como Solitude et destin en Gallimard. Son casi treinta años de distancia, pero bienvenidos sean estos artículos traducidos por Christian Santacroce. Quizá algún día veamos al completo las más de cien páginas que el propio Cioran expurgó por inapropiadas. En cualquier caso, son tan suculentas las que tenemos delante que nos podemos dar cuenta de la naturaleza de lo que falta. Item más, dado lo manifiesto, cómo será lo vedado.

En la portada del libro aparecen dos personajes, Cioran y Petre Tutea. Es una foto de 1937 en una calle de Bucarest y por ella caminan el joven discípulo y uno de sus maestros —ambos trajeados y sin corbata, americanas abiertas. Caminan y nos miran. El joven tiene un aire inexpresivo y un tanto confuso; Petre sonríe algo y su mirada se nos mete dentro. Parece que han hecho un alto en la conversación para mirarnos. ¿De qué irán hablando? Cioran, comentando la foto, responde al respecto: de la maldición de un mismo destino. Y es que han bebido en las mismas fuentes y urden semejantes proyectos. Si queremos averiguarlo, no hay más que llamar a la portada y pasar al interior para leer el libro.

Son setenta y nueve los artículos que recolecta el volumen a lo largo de los trece citados años. Cioran los comienza cuando tenía veinte años y todavía era estudiante de filosofía,  la fecha del último coincide con sus treinta y dos años de edad. Además, junto a ellos, hay que señalar que ha escrito seis libros, todos ellos en rumano. Al conjunto de todos estos escritos se le conoce con el nombre de etapa rumana, si nos atenemos al idioma y no a la localización geográfica en exclusiva. Una etapa, la rumana, muy grafómana desde el punto de vista productivo. A este respecto, baste con reparar, por ejemplo, que el 32 y 33 reúnen ellos solos cuarenta y seis artículos. Con todo, no es en el año 43 donde acaba su articulismo en rumano, pues se tiene constancia (Laignel-Lavastine: Cioran, Eliade, Ionesco: L’oubli du fascisme, 2002) de que en París colabora en la revista Luceafarul bajo la firma Z.P.

Expuestos estos detalles menores, pero no sin interés, es menester hacer algunos comentarios sobre los contenidos. Adelanto de antemano, dadas las características de este escrito, que no voy a ser exhaustivo. Serán solo unas breves y salteadas incursiones, aunque el libro de Cioran bien merecería un libro. Lo primero que hay que indicar es el carácter misceláneo de la colección. En ella hay de todo. Desde semblanzas de personajes (escritores, filósofos, artistas, rumanos más o menos insignes…) hasta reflexiones sobre la cultura, los pueblos, la religión, la creatividad o los propios rumanos. Pero lo que más luce, sin lugar a dudas, son dos cosas: sus reflexiones sobre eso que se denomina vida y el tema de Rumanía.

Empezaré por el segundo, pues bien directa o indirectamente atraviesa todo el libro. En este sentido, se trata de una recopilación de dolor y queja. Así, el joven Cioran, obrando en nacionalista autofóbico, se queja y se duele del estado de su Rumanía. Una nación que siempre ha sido una nada tanto en el ámbito internacional como en el de la cultura europea. Y más que de complejo de inferioridad, Cioran se lamenta de una neta inferioridad rumana. Ni el pueblo, ni los políticos, ni los intelectuales han sabido estar a la altura mínima. Sin duda, le parece a él, ha habido una confabulación destinal entre la Historia y el género humano rumano para dar lugar a semejante situación: una Rumanía cristiano-agraria sin interior (sin corazón) y sin exterior (más bien siempre sojuzgada por los otros, llámeseles turcos, griegos o eslavos). A los rumanos ni siquiera se les puede tachar de decadentes, porque nunca supieron de un cenit. Han sido siempre un pueblo con la vista baja, todo el tiempo mirado al suelo. Inanes, estériles e inocurrentes, han ignorado la creatividad, la entrega y la excelencia en cualquier asunto de la vida. Por no saber, no han sabido ni explorar en su vacío y su ruina. Podrían haber sido al menos poetas de su precariedad, pero ni eso.

Hay que decir que en paralelo a semejante proceso de autoflagelación se va atisbando en Cioran una gana de que las cosas cambien. Tal vez ese deseo surja de su interior, no hay por qué dudarlo, pero no se ha de pasar por alto el contexto rumano de aquellos años. Y me estoy refiriendo a su inmersión en el ambiente de la Joven Generación de 1927. Los intelectuales de aquel momento (Eliade, Ionescu, Noica, P. Tutea…) más las influencias exteriores —sobre todo de la Lebensphilosophie— suponen un caldo de cultivo de ideas pesimistas y regeneradoras a la vez —al estilo de  la España de entonces— que va a dar lugar a ciertas movilizaciones. Podrían haber sido comunistas, pero por circunstancias muy otras la mayoría del grupo se inclinó por el fascismo. Cioran también, como es sabido. Y su estancia en Alemania entre el 33 y el 35 no hizo sino acentuar la inclinación hasta mostrarse admirador de Hitler. La razón de esta última aseveración mía habría que encontrarla en otro lugar articulístico, véase al respecto “Articles politiques, Berlín-Bucarest (1933-1937” (en Cioran, Les Cahiers de l’Herne, 2009). Ahí hay más escándalo. Bien, el caso es que el resultado de todo este tráfico de influencias, de idas y de venidas, fue su libro Transfiguración de Rumanía, de 1936. Libro en el que están expuestas por junto y de corrida todas sus ínfulas revolucionarias con respecto a su Rumanía. No insistiré en ello porque ya lo he hecho en otro tiempo y circunstancia y no es cuestión de repetirme.

No muy alejada del tema de Rumanía está la otra cuestión que he señalado. Y digo “no muy alejada” porque lo que Cioran está demandando a sus compatriotas es que vivan y dejen su estado de inanidad. Para que la vida se expanda, nos dice, no hay sino que dejarla en libertad. Cualquier determinación que le impongamos la debilitará. La intencionalidad, el sentido, la finalidad o la moralización no son sino coacciones falsificadoras. La vida en sí misma es irracional (“Lo irracional en la vida”) y, al no  saber de componendas, su pujanza es tan innovadora como trágica: no duda en operar contra sí misma, para volver a renacer y hacer lo mismo sin cuidado ni mesura. La vida odia coagularse y por eso es tan derrochadora de formas y contenidos. Cierto que en medio de tanta exuberancia se echa de menos, por poner un ejemplo, a un Hegel que pusiera orden y concierto mediante una tinción teológica o finalista. Pero, por si acaso, no hace falta alargarse hasta Hegel. Invoquemos solamente la cultura, aceptemos su pacto nivelador como mal menor, nos viene a decir Cioran, y ya estaremos medio salvados. Pero desde el interior de la cultura siempre se mirará con nostalgia un sentido inédito y absoluto de la libertad. He ahí el peaje de la supervivencia y la garantía de poder vivir a medio gas. Cultos, cultivados, duraremos más… artificiosamente, y más desprendidos de la vida.

Hay que decir que el mismo deseo de renovar Rumanía puede contradecir la malhadada noción que de cultura expone Cioran. Y así es, ahí hay una oposición, o una contradicción juvenil, como le gustaba decir. Mas esa oposición desaparecerá unos años después, cuando todo fracase, cuando se precipiten los acontecimientos y no tenga más remedio que acogerse al estado de exiliado y apátrida. Su Breviario de podredumbre, de 1949, ya transitará por la queja y la decepción definitivas tanto de la cultura como de la vida. Ya no querrá renovar ni revolucionar nada. Y no habrá ni síntesis ni superación. En ocasiones pienso que cómo duró tanto.