“Reflexiones ontológicas a partir del pensamiento de Cioran” (José Martín Hurtado Galves)

A Parte Rei – Revista de Filosofía, n. 60, noviembre 2008

1. Datos sobre Cioran

Su nombre completo era Emil Michel Cioran1. Nació el 8 de abril de 1911, en un pequeño pueblo llamado Rasinari, región de Transilvania en Rumania (entonces parte del Imperio Austrohúngaro). Ahí estuvo hasta 1921. Fue hijo de un pope de la Iglesia ortodoxa. Vivió su infancia, hasta los diez años, en el campo. De 1920 a 1928 estudió en el Liceo de Sibiu, en Bucarest, en donde conoció a Eugene Ionesco y a Mircea Eliade. Fue ateo hasta los diecisiete años de edad. Nunca profesó ninguna religión.

De 1929 a 1931 estudió en la Facultad de Letras de Bucarest. En 1932 se tituló de filósofo, en la Universidad de Bucarest, con un trabajo sobre Henri Bergson. Empezó a leer a Dostoyevski, Flaubert, Pascal y Nietzsche, entre otros. En esa época empezó a sufrir de insomnio, problema que lo llevó a escribir el libro En las cimas de la desesperación, publicado en 1933. Con él recibió el premio de los Jóvenes Escritores Rumanos. Manifestó la idea de matarse antes de cumplir los 22 años de edad, aunque, en vez de hacerlo, desarrolló la escritura como una acción liberadora. Aún así, el suicidio fue uno de sus temas recurrentes. Escribió sus primeros libros en rumano, posteriormente, en 1941, escribió solamente en francés. Utilizó sobre todo el aforismo. En sus textos se nota la influencia nihilista de Nietzsche y el pesimismo de Schopenhauer y Philipp Mainländer.

En 1935 su madre le dijo que si hubiera sabido que iba a ser tan infeliz, mejor hubiera abortado, él decía “soy sólo un accidente, ¿por qué debo tomarme en serio?”. Entre los años 1936 y 1937 trabajó como docente, agregado de Filosofía, en un liceo de Brasov, en Rumania. Obtuvo en 1937 una beca del Instituto Francés de Bucarest para realizar un doctorado en París, por lo que dejó Rumania. No volvió a trabajar. Jean Paul Sartre lo calificó entonces como “un hombrecillo de vida e ideas patéticas”.

Estudió en el Instituto Francés de París, donde vivió la mayor parte del resto de su vida. Decía “No tengo nacionalidad, el mejor status posible para un intelectual”. Formó parte de la Guardia de Hierro, organización fascista, hasta los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Años después expresó su pesar y arrepentimiento por su colaboración.

En 1939, después de viajar por última vez a su país, regresó a París, de donde ya no saldría nunca. Ahí se convirtió en una especie de pseudo estudiante, pues a pesar de que se matriculó en la Sorbona, se dedicó a leer y a escribir.

A principios de 1944, firmó la petición encabezada por Jean Paulhan para que los nazis dejaran en libertad al poeta judío rumano Benjamin Fondane, quien había sido denunciado por la portera de la casa donde vivía, debido a que se había negado a coser la estrella amarilla en su ropa. Increíblemente la petición fue aceptada. Pero Fondane se rehusó a dejar el campo de detención de Drancy si no lo acompañaba su hermana Line. Ante esto, como la orden de liberación sólo estaba dirigida al poeta, ambos –él y su hermana– fueron enviados al campo de concentración en Auschwitz, en donde entraron a la cámara de gas en octubre de 1944, cuando París ya había sido liberado de los nazis. Años después, en 1986, Cioran dedicaría a Fondane uno de los ensayos de sus Exercises d’admiration.

Desde joven obtuvo reconocimientos por sus escritos. Así vivió hasta 1950, gracias a las becas que recibía como estudiante, viviendo casi siempre en hoteles y comiendo en restaurantes universitarios. A partir de ese año rechazó todos los premios que le otorgaron. Dejó el cuarto de hotel y se fue a vivir a las dos chambres- de-bonne comunicadas de la rue de l’Odéon que iban a ser su departamento por el resto de su vida. Siguió comiendo en restaurantes universitarios. Así vivió el resto de su vida, sin necesitar dinero, ni depender de un trabajo para subsistir. Lo ayudaban económicamente su editor y algunos admiradores. Nunca tuvo computadora. Nunca se casó. Se resistió a recibir premios por su reticencia a “aceptar dinero en público”.

Su propia existencia le producía frustraciones. Decía “La gente me produce asco, tengo asco hasta de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos”. Murió de Alzheimmer a los 84 años de edad, el 20 de junio de 1995. Algunos de sus libros han vendido más de un millón de ejemplares en inglés.

2. Sobre el lenguaje y el pensamiento

La mayoría de la gente utiliza el pensamiento de manera convencional, reproduciendo sin alteraciones las categorías o conceptos con los que construyen sus ideas. Pero otros, como Cioran, le dan un sentido distinto, al menos no lo usan como herramienta, sino como materia prima.

Para comprender el pensamiento de Cioran es necesario que revisemos su lenguaje. Veamos lo que piensa de éste, y, con base en ello, analicemos la construcción de su pensamiento. Dice que “la lengua es una amarra, un fundamento, una certidumbre. No somos de una nacionalidad, somos de una lengua. Fuera de ella, todo se vuelve abstracto e irreal” (CO). Resulta interesante observar que no parte de una identidad nacional unívoca, sino de una identidad en construcción a partir del uso de la lengua. Somos, en otras palabras, de la lengua que usamos, con todas los cambios que ésta tiene a través del tiempo. Por eso dice que “nuestro modo de concebir las cosas depende de tantos condicionantes externos que podría escribirse la geografía de cada pensamiento” (OP), porque no tenemos un pensamiento estático, antes bien, continuamente se está moviendo debido a muchas condicionantes.

Pero no siempre somos conscientes de nuestros pensamientos. “Si fuéramos en cada instante conscientes de lo que sabemos, si, por ejemplo, el sentimiento de la falta de fundamento de todo fuera a la vez continuo e intenso, nos liquidaríamos o nos dejaríamos invadir por la idiotez. Se existe gracias a los momentos en que se olvidan ciertas verdades, y ello porque durante esos intervalos se acumula la energía que permite afrontar dichas verdades” (EA). Parece que sólo pensamos lo que necesitamos, lo estrictamente necesario para sobrevivir. Olvidamos fácilmente lo que pensamos un día o, incluso, unas horas antes. Pensamos a partir de que podemos olvidar. El lenguaje se recrea después del olvido. Y es ese olvido el que nos permite soportar la vida que vamos construyendo. Pero hay pensamientos que nos siguen, nos los recuerdan las personas con las que convivimos. Aunque ya no los vemos igual. Las circunstancias nos llevan a verlos desde otro ángulo. Les otorgamos un nuevo soporte sustancial.

Y es que “toda lucidez es la consecuencia de una pérdida” (OP). Cioran piensa en el lenguaje como una forma de olvidar y construir nuevas formas de la realidad. El lenguaje cambia, la realidad también, ¿por qué no habríamos de hacerlo también nosotros? Pero, aún así, a pesar de que podemos cambiar, y de hecho cambiamos aunque no nos demos cuenta de ello, “el individuo tiende a elevar su propia existencia al rango de absoluto: todos vivimos como si fuéramos el centro del universo o de la historia […] ¿Qué sucedería si el rostro humano expresara con fidelidad el sufrimiento interior, si todo el suplicio interno se manifestara en la expresión? ¿Podríamos conversar aún? ¿Podríamos intercambiar palabras sin ocultar nuestro rostro con las manos? La vida sería realmente imposible si la intensidad de nuestros sentimientos pudiera leerse sobre nuestra cara. Nadie se atrevería entonces a mirarse en un espejo, pues una imagen grotesca y trágica a la vez mezclaría los contornos de la fisonomía con manchas de sangre, llagas permanentemente abiertas y regueros de lágrimas irreprimibles” (BV). Parece que la simulación es el refugio en el que podemos escondernos de los demás y de nosotros mismos. Escondernos del lenguaje por medio del lenguaje que vamos olvidando es una estrategia común entre los que vamos conformando una idea etnocentrista. Vivimos como si fuéramos el centro del universo, como si todo girara al rededor nuestro. El lenguaje nos sirve para decir lo que tenemos que decir, aunque muchas veces no sean ciertas nuestras palabras. Con el lenguaje nos vamos volviendo hipócritas, nos vamos volviendo parte de una sociedad que celebra el lenguaje a través del uso de éste sólo en un mínimo sentido.

Pero no siempre podemos huir de nosotros. “Cuando uno pasa desnudo frente a un espejo, se encuentra abocado a la destrucción porque el cuerpo es un yacimiento de vanidad donde enmohece el pensamiento de la inmortalidad” (OP). Cuando el espejo nos arroja a la cara la desnudez que somos. La condición de humanos frágiles que ocultamos, es entonces cuando el lenguaje surge de la penumbra. Pero estamos solos, y el lenguaje se queda en esa soledad, acompañándonos en nuestra condición existencial oculta. Después, al vestirnos, nuestro lenguaje se vuelve a sí y en sí, a partir de ese vestido. La ropa nos encamina por los senderos de nuestro pensamiento. Y la vanidad se vuelve el lenguaje social que compartimos en una cultura en movimiento vestida, desnuda y vuelta a vestir.

Pero no podemos escapar de una vanidad que surge del silencio que descubrimos frente al espejo. “No existe silencio frívolo, silencio superficial. Todo es silencio esencial” (EA). Así, el vacío que descubrimos en nuestro cuerpo nos remite a un silencio compartido, aunque simulado, por los demás que también gritan una decadencia disfrazada. La cultura se repite en nosotros, en nuestros gritos silenciosos. Pero no nos atrevemos a cuestionarnos ni a cuestionar lo que pensamos, quizá porque sabemos que “profundizar [en] una idea es atentar contra ella: [es] quitarle todo su encanto y hasta la vida…” (SA). Sabemos que pensar en la profundidad de las ideas puede provocar su aniquilación, de lo cual correríamos el riesgo de quedar más desnudos de lo que estamos. y tememos que la realidad se mueva. Es más fácil vivir en la cotidianidad que en el constante movimiento de la realidad que nos puede producir el pensamiento.

Preferimos buscar continuamente formas distintas de no aburrirnos. El tedio nos mata. No sé cómo surgió la idea de que debemos distraernos continuamente. Como si fuéramos homo ludens por definición, más que por convicción. Buscamos pasar el rato, matar el tiempo, quizá porque sabemos que “aburrirse es  mascar tiempo” (SA). Y mascar tiempo es nunca acabar de deglutirlo, no nos alimentamos de él, sólo lo mascamos. Lo tenemos en la boca pero no lo tragamos. Los medios de comunicación nos dicen como mascarlo, nos lo dan en pequeñas cápsulas que dejamos solamente cuando tenemos a la vista otro pedazo de tiempo. Y es el lenguaje mínimo con el que nos distraen, con el que nos permiten interpretarla realidad. “A causa de la palabra, los hombres dan la ilusión de ser libres” (IN). Pero la palabra que nos dan es una que se acaba en el discurso. Es efímera porque no llega a nuestra condición de humanos pensantes. Sólo se queda en la distracción y en masticar el tiempo; pero, aún así, nos han hecho creer que somos libres porque podemos “elegir” en un sin fin de productos que nos ofrecen. La libertad se ha vuelto una quimera comercial.

Y poco a poco, a veces más pronto de lo que imaginamos, las palabras empiezan a perder sentido. Empezamos a usar solamente las necesarias, y en su acepción más elemental. Preferimos usar clichés lingüísticos que no nos provoquen problemas en el pensamiento. Por ello, dice Cioran. “La palabra bien es tan insulsa e inexpresiva que me produce ganas de vomitar” (BV). ¿Dónde están nuestros bienes?, ¿son los materiales preferibles a otros?, ¿dónde quedan los derechos, las garantías, el arte, la cultura, el pensamiento, la dignidad? No cabe duda que el lenguaje es un arma peligrosa, con él que nos pueden arrinconar contra la pared del consumismo y la irreflexión.

El ser humano sigue usando el lenguaje como elemento de liberación. Sabe que es la herramienta con la que puede construir y construirse; sobre todo el escritor. Cioran nos dice, “rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: esa es la hazaña del escritor” (EA). Por eso le da tanta importancia al pensamiento. Éste es una forma de superar nuestra condición de seres creados, para volvernos seres creadores. Y es precisamente el lenguaje el que nos permite desarrollarnos en una constante evolución histórica. El lenguaje crítico nos salva de lenguaje mínimo. Por ello, Cioran advierte que “quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera” (EA). Y no se trata de ser arrogantes, sino de reclamar solamente el elemento que nos conforma como seres pensantes. Es sólo volver a ser dueños del lenguaje que necesitamos para no quedarnos en el tiempo como objetos. Por eso es lapidaria la siguiente frase de Cioran. “Estás inmóvil y esperas. Te estás esperando. Pero ¿qué vas a hacer contigo? ¿Qué te vas a decir, rodeado como estás de tanto no-decir?” (BV)… [PDF]