El carácter de las cosas de este mundo, en concreto del mundo humano, no es tanto la imperfección, como a menudo se ha dicho, cuanto la desfiguración, igual en lo moral que en lo intelectual y en lo físico: en todo. —

La disculpa de algunos vicios que a veces se oye: «pero es natural al hombre» no basta en modo alguno, sino que se debe replicar: «precisamente porque es malo es natural y precisamente porque es natural es malo». — Para comprender bien esto es necesario haber conocido el sentido de la doctrina del pecado original. —

Al juzgar a un individuo humano deberíamos atenernos siempre al punto de vista de que su fundamento es algo que no debería ser, algo pecaminoso, pervertido, aquello que se concibió como pecado original, aquello por lo que él está a merced de la muerte; esa naturaleza radicalmente mala se caracteriza incluso por el hecho de que nadie soporta que se le observe atentamente. ¿Qué se puede esperar de un ser así? Si partimos de ahí, le juzgaremos con indulgencia, no nos sorprenderemos si los demonios que se esconden en él se despiertan y se asoman, y sabremos apreciar mejor lo bueno que aun así se haya presentado en él, sea a consecuencia del intelecto o de cualquier otra causa. | — Pero, en segundo lugar, debemos tener en cuenta su situación y considerar que la vida es en esencia un estado de necesidad y a menudo de desolación, donde cada uno ha de luchar y combatir por su existencia, de modo que no siempre puede hacer gestos amables. — Si por el contrario el hombre fuera lo que pretenden hacer de él todas las religiones y filosofías optimistas —la obra o incluso la encarnación de un dios, en general un ser que en todos los sentidos debería ser, y ser como es—, ¡qué efecto tan distinto tendría que causar la primera vista, el conocimiento más cercano y el trato continuado de cada hombre con nosotros! —

Pardon’s the word to all (Cymbeline A. 5, esc. 5). Debemos tener indulgencia con toda necedad, defecto y vicio humanos, pensando que lo que tenemos ante nosotros no son sino nuestras propias necedades, defectos y vicios: pues son precisamente los defectos de la humanidad a la que también nosotros pertenecemos, por lo que tenemos en nosotros todos sus defectos; es decir, también aquellos que ahora nos enojan simplemente porque ahora mismo no se manifiestan en nosotros: en efecto, no están en la superficie pero se encuentran abajo, en el fondo, y a la primera ocasión llegarán arriba y se mostrarán exactamente igual que ahora los vemos en el otro; si bien en uno sobresale este, y en el otro, aquel, y tampoco se puede negar que la medida total de todas las malas cualidades es en uno mucho mayor que en el otro. Pues la diferencia de las individualidades es inmensurablemente grande.

SCHOPENHAUER, Arthur, Parerga y Paralipomena, vol. II, cap. 12, § 156a. Trad. de Pilar López de Santa María. Madrid: Editorial Trotta, 2009.

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