LA TRASTIENDA, 2 junio 2017

Asumen los lectores, a base de argumentos ya recurrentes, que los aforismos son un género que crece con la ayuda de las redes sociales, plataformas virtuales en donde  nos invitan a plasmar nuestros pensamientos en píldoras, en pequeños fragmentos, ya sea por límite de caracteres o por lógica de espacio en la entrada de un perfil, acumulando así epigramas, haikus, diarios y otros modos de expresión de la literatura y de la filosofía. El acceso a estas plataformas virtuales, tan sencillo, tan fácil, con un correo electrónico, una contraseña e Internet es suficiente, contribuiría al auge y a la difusión –el fenómeno viral, la multiplicación de un mensaje en el conjunto de la sociedad- de esa expresión mínima entre las personas con inquietudes humanísticas, o con vocación de escritura. Este es el planteamiento que tanto se suele leer últimamente. Pero basta un breve repaso a la historia para ver que esta afirmación es más un tópico, cuando no una obviedad, que un argumento sólido para explicar la relevancia social y cultural del aforismo.

Un ejemplo contemporáneo de autor de aforismos, aunque en vida no disfrutara de una cuenta gratuita en Facebook o Twitter, es Emile Michel Cioran (Rasinari, 1911 – París, 1995), filósofo y escritor de origen rumano, autor de De lágrimas y de santos, obra que hoy nos ocupa. Cioran toma en las páginas de este libro una forma común de divulgación del pensamiento: la sentencia y el aforismo. De Hipócrates hasta Bobin; de Nietzsche a Juan Ramón Jiménez. Quien quiera ver, tras el ruido de la moda, novedad en la concisión de la expresión siempre se perderá su auténtica procedencia, que no es el tecleo del Smartphone, sino el eco de los clásicos. Unido a que la comunicación, ya sea en papel o digitalizada, es un medio que nunca pierde vigencia, por más que los apocalípticos se empeñen en hacernos creer que somos cada vez más individualistas y distantes unos de otros, tomando como estudio el vistazo en un vagón del metro o en una parada del bus.

Escrito en 1937, cuando el autor contaba aún con años de juventud, De lágrimas y de santos reflexiona sobre cómo plantear los absolutos –en este caso, Dios- en un mundo en donde predomina el nihilismo y el escepticismo, en un mundo en donde nada mantiene autoridad y todo es objeto de duda, de sospecha, anticipando los rasgos que determinarán el acervo cultural de Occidente en la segunda mitad del siglo XX. Cioran también se pregunta por la necesidad de Dios en un tiempo en el que el hombre es ya, desde Marx y el positivismo, partícipe de su voluntad, sin concesiones. Nada impide el desarrollo moral e intelectual de un individuo, tan solo él mismo. El hombre es el único responsable de su proyecto vital, sin intervención de una voluntad ajena o de entidades sin sustento racional, apoyadas tan solo en la superstición. O en el dolor: “La religión es una sonrisa que planea sobre un sinsentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también”… [+]

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