“Francisco Sánchez, el Escéptico. Breve historia de un filósofo desenfocado” (Rafael V. Orden Jiménez)

FUNDACIÓN IGNACIO LARRAMENDI, Madrid, 2012

Francisco Sánchez, un filósofo de disputada procedencia

El autor de la obra escéptica más intransigente del Renacimiento, Quod nihil scitur, cuyo autógrafo concluía con un signo de interrogación y empleaba como lema la pregunta «quid?», tenía por nombre el de «Franciscus», y por apellido aquel patronímico con el que rubricaba sus documentos, «Sanchez», «Sanctius» en su forma latina.

Bajo esta denominación fue como se le conoció hasta que los historiadores lusos adaptaron idiomáticamente el apellido en el siglo XIX y generaron el hábito que terminó por imponerse en la literatura internacional de nombrarlo «Sanches», razón por la cual al autor de Quod nihil scitur lo encontramos actualmente bajo dos apellidos distintos: «Sánchez» entre los hispanohablantes y «Sanches» entre quienes emplean la forma portuguesa. La circunstancia de este doble apelativo ha incomodado y sigue dificultando la labor de los investigadores, ya que les obliga a rastrear la obra de y sobre él bajo dos supuestas identidades diferentes.

No terminan aquí los problemas ligados a su nombre, pues hay otros que provienen de la coincidencia en el apellido con tocayos que vivieron en aquella época e, incluso, se dedicaron también a la medicina. Por esta casualidad fue por lo que se hizo costumbre la de identificarlo con un sobrenombre, habitualmente, el de «el escéptico», para distinguirlo de aquel otro Francisco Sánchez apodado «el brocense». También se han empleado otros motes, uno más antiguo, «el pirrónico», y otros que tienen que ver con razones historiográficas que ahora comentaremos, como, entre los españoles, el de «el tudense», todo lo cual poco ha servido para impedir que se vea afectada la clasificación de sus obras en las bibliotecas, que a veces hay que rastrearlas bajo la entrada equivocada de «Francisco Sánchez el de las Brozas». Y si por esta casualidad era desposeído «el escéptico» de alguna obra para dársela al «brocense», lo contrario también ha sucedido, y se le han atribuido en algunas ocasiones obras del brocense, como también otras del médico Francisco Sánchez de Oropesa, por ejemplo, el Discurso sobre los efectos de las vías urinarias, impreso en Sevilla en 1594.

Y si su nombre ha sido motivo de confusión, lo que se refiere a su lugar de procedencia tampoco ha resultado fácil, e incluso ha sido causa de enconados enfrentamientos entre historiadores portugueses y españoles; en este caso, el proceso ha sido inverso al sucedido con el apellido, a saber, Sánchez, dado durante mucho tiempo por filósofo luso, resultó, de pronto, que había de ser considerado un pensador español.

En efecto, si durante el siglo XIX solía dársele por portugués nacido en Braga, nada más comenzar la nueva centuria se dio por probado a partir de un documento autógrafo que era español y nacido en la ciudad gallega limítrofe con Portugal de Tuy, un hallazgo el de ese documento que no debilitó el empeño de los historiadores portugueses en tenerlo por uno de los suyos y por lo que se dieron en plantear múltiples y variadas hipótesis para mantener la nacionalidad lusitana de Sánchez.

Por desgracia, poco podía ayudar a resolver este dilema la procedencia de sus progenitores, pues fue hijo de padre español, de nombre Antonio y profesión médico, y de madre portuguesa, Filipa de Sousa, y hay indicios de que su tío, Adán Francisco, era vecino de la ciudad portuguesa fronteriza de Valença do Minho hasta que emigró a Burdeos, la misma población en la que estaba avecindado su tío político Antonio López, emparentado, supuestamente, con la madre de Montaigne y que ha llevado a alguno a buscar una raíz común entre el escepticismo del filósofo ibérico y el del francés. Darío Álvarez Blázquez componía el árbol familiar de Sánchez en su obra, Francisco Sánchez, «El Escéptico».

Y si ni su nombre es constante ni tampoco se conoce con exactitud dónde vio la luz por vez primera, no es menos incierto que naciese en 1550, como suele asegurarse, pues hasta finales del siglo XIX se le tuvo por nacido en 1562, y hay quienes encuentran hoy en día razones para adoptar como año natal el de su bautizo, 1551; ni menos enigmático tampoco por qué fue bautizado en Braga; ni si, tras nacer supuestamente en Tui, vivió parte de su infancia en Portugal hasta marchar a Francia; ni, por último, el motivo por el que emigró con su familia a Burdeos.

Suele admitirse que procedía de una familia judeoconversa, y suele atribuirse también a esta circunstancia el abandono de la Península Ibérica, aunque no faltan quienes ponen en duda todo esto y defienden que era cristiano viejo. A su vez, entre los que han aceptado la raigambre hebrea de su árbol genealógico, los hay que dudan de la sinceridad de su conversión, mientras otros se muestran convencidos de su franqueza religiosa; así, las menciones que hay en su obra que probarían una clara profesión cristiana, incluso una fe netamente católica, como las que hay a la Virgen, resultan para unos mero disimulo marrano, mientras para otros, en cambio, son prueba fehaciente de una auténtica conversión religiosa. El hecho de su bautizo y, sobre todo, el de que sus dos hijos, Dionisio y Guillermo, tomaran los hábitos, podrían considerarse, sin embargo, razón suficiente para dar por sincera su conversión.

Según lo señalado, cuatro, al menos, son las naciones que tienen motivos para apropiarse del legado filosófico de este médico renacentista: España y Portugal se han disputado haber sido la tierra que lo engendró; Francia, por su parte, tiene derecho a reivindicarlo aduciendo que fue la patria que lo adoptó, y podría ofrecer como pruebas a su favor la referencia de Sánchez de darse en Quod nihil scitur por ciudadano galo, la opinión de su discípulo y editor póstumo de las Opera Medica, Raymundus Delassus, quien escribió de su admirado tutor que «debía más al cielo galo que al hispano», y la partida de defunción, en la que ya aparece su nombre bajo la forma afrancesada de «François Chance»; pero también podría ser clasificado, sencillamente, como hijo del pueblo de Israel, tal y como viene a considerar la Enciclopedia Hebrea al reservarle una entrada.

Añádase a tanta confusión el hecho de que Sánchez ha sido adoptado por el nacionalismo gallego como una de sus figuras renacentistas emblemáticas, y no debe extrañar por ello la pronta traducción de su obra más reconocida al gallego en la revista nacionalista Nós, que se enorgullecía en los años veinte del siglo pasado por haber sido la primera en ofrecer en una lengua europea moderna una traducción de Quod nihil scitur. Esto explicaría, además, una curiosidad historiográfica, a saber, que una parte apreciable de la investigación sobre Francisco Sánchez en español se haya desarrollado en el marco de instituciones científicas y académicas de Galicia o por investigadores ligados a la cultura gallega, incluso más allá del Atlántico, pues sólo por este motivo de su procedencia se explica que el Centro Gallego de Montevideo promoviese en el año 1929 una conferencia sobre Francisco Sánchez a cargo del filósofo uruguayo Luis Gil Salguero, la cual publicaría al año siguiente en la revista del propio Centro.

Para ilustrar brevemente el debate sobre la procedencia del médico escéptico hay que remontarse al siglo XIX, cuando, a partir de una serie de datos circunstanciales e imprecisos, los historiadores daban por sentado lo que venía repitiéndose desde antaño, que era un filósofo portugués natural de Braga; así lo venían asegurando los sucesivos manuales a partir de la información facilitada por el mencionado Delassus en el prólogo a la edición de sus Opera Medica, quien lo daba por nacido en la lusitana Braga.

Es cierto que circulaban algunas débiles referencias a que era nacido en Tuy, como la que contenía la Nouvelle Biographie Générale a mitad del siglo XIX, así como también se comentaba que Sánchez era autor de un tratado en castellano titulado «Método universal de las ciencias», pero, a pesar de estos datos, los historiadores españoles daban por asumida la procedencia lusa de Sánchez. Entendían, sin embargo, que esto no les impedía considerarlo uno de los suyos, algo que era y sigue siendo habitual entre los historiadores del pensamiento español y luso, pues ambos suelen compartir e incluir en sus respectivos listados nacionales de pensadores modernos destacados a aquellos que los dos países tienen algún motivo para considerar como propios… [PDF]

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