La ética no enseña directamente qué debe ocurrir aquí y ahora, en el estado de cosas dado, sino en términos generales cómo está constituido lo que debe ocurrir. Quizás sea mucho y diverso lo que en general deba ocurrir. Sin embargo, no puede ocurrir en cada estado de cosas todo lo que en general deba ocurrir. Conserva aquí el momento, con sus requerimientos, un margen en el seno de lo que enseña la reflexión ética. La ética procura una base universal desde la que se ve objetivamente lo actual, como a vista de pájaro. Ante ella, la tarea del individuo y la de la época son igualmente particulares. Mantiene la misma distancia frente a ambas; significa para las dos la elevación sobre el caso particular, la liberación de influencias externas, de la sugestión, de la falsificación, del fanatismo. La ética no se conduce en este punto de forma distinta a toda la filosofía: no enseña juicios definitivos sino a «juzgar».

La ética toma en este sentido la pregunta: «¿Qué debemos hacer?». No determina, no describe, no define el auténtico «qué» del deber, pero sí da los criterios por los cuales se puede reconocerlo. Este es el fundamento interno de por qué se encuentra muy por encima de toda disputa sobre orientaciones particulares, intereses y partidos. Sus perspectivas se comportan respecto de las de la vida diaria, pública y privada, como las de la astronomía respecto de la visión terrestre de las cosas. No obstante, los puntos de vista de estas orientaciones particulares tienen su justificación únicamente en ella. La distancia no es separación o disociación, no es una pérdida del caso particular, sino sólo perspectiva, visión panorámica, visión de conjunto; y —en la idea— la tendencia a la unidad, a la totalidad, a la integridad.

El carácter de la «filosofía práctica» pierde en este punto toda imposición. La filosofía práctica no se mezcla en los conflictos de la vida, no da prescripciones que estuvieran acuñadas para ellos, no es ningún código de mandatos y prohibiciones como el Derecho. Precisamente se dirige a lo creativo en el hombre, reta a ver de nuevo en cada nuevo caso —en cierto modo, a adivinar— lo que aquí y ahora debe ocurrir. La ética filosófica no es casuística y nunca debe llegar a serlo: sofocaría en el hombre, de ese modo, precisamente lo que debe despertar y educar, lo creativo, lo espontáneo, el contacto vivo e íntimo del hombre con lo que debe ser, con lo valioso en sí. Esto no es una renuncia a la elevada tarea de lo «práctico». Precisamente sólo así puede ser práctica la ética: sacando, cuidando y haciendo que madure lo práctico del hombre —esto es, lo activo y lo espiritualmente fecundo en él. Su objetivo no es el tutelaje y la sujeción del hombre bajo un esquema, sino su elevación a la plena mayoría de edad y capacidad de responsabilidad. Sólo la emancipación del hombre es su verdadera humanización. Y sólo la reflexión ética lo puede emancipar.

La ética es, en este sentido, filosofía práctica. No es una conformación de la vida humana por encima del hombre, sino precisamente su instrucción para la propia y libre conformación de su vida. La ética es un saber del bien y del mal, saber que equipara al hombre con la divinidad; es su fuerza y atribución para tener voz en el acontecer del mundo, para cooperar en el taller de la realidad. Es su educación para su vocación mundana; es el requerimiento al hombre para ser co-configurador del Demiurgo, co-creador del mundo.

Pues la creación del mundo no está acabada mientras el hombre no cumpla en el mundo su vocación creadora. Pero el hombre se ha dispensado de cumplirla. Pues no está preparado, no se encuentra a la altura de su humanidad. Antes se tiene que colmar a sí mismo en ella. La creación, que le obliga en el mundo, se resuelve en su autocreación, en el cumplimiento de su ethos.

En el ethos del hombre hay ambas cosas: lo caótico y lo demiúrgico. En lo caótico radican sus posibilidades, pero también sus riesgos; en lo demiúrgico, su vocación. Cumplirla es ser hombre.

La ética se dirige, en el hombre, al Demiurgo. He aquí al pensamiento humano a la búsqueda y exploración del sentido de la vida. Precisamente así es práctico. Así conforma la vida a su modo. No es la ética filosofía primera y fundamental. Su saber no es ni saber primero ni saber más cierto. Pero la ética, en otro sentido, es algo primero en la filosofía: su primera y más íntima demanda, su competencia más responsable, su μέγῐστον μάθημα. Su pathos es un pathos no buscado, íntimamente condicionado. Su ámbito es eternamente esotérico —comparado con el del entendimiento y el de los conceptos acuñados—, un adyton natural de la sabiduría, en el que aún el más sabio refrena el paso respetuosamente. Y no obstante, la ética es lo más cercano y lo más tangible, lo dado y lo común a todos. Es el interés filosófico primero y más actual en el hombre; sólo por este interés se distingue históricamente al mitólogo y al filósofo. Es el origen y el más íntimo resorte del pensar filosófico, quizás incluso de todo el pensamiento humano en general. Y precisamente es porque ella vive en lo supratemporal, por lo que vive en lo futuro, la mirada dirigida siempre a lo lejano, a lo no real, y por lo que incluso mira lo presente bajo el aspecto de lo venidero.

HARTMANN, Nicolai, Ética. Trad. de Javier Palacios. Madrid: Ediciones Encuentro, 2011.

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