La Jornada, Mexico, 14 de febrero de 2010

“Tienes que poder.” “No puedo.” “Claro que puedes” – la voz se hace aún más tajante. “Esther, el 7 de julio es el cumpleaños de mi hijo.” Al oír la palabra “hijo”, Esther cambia radicalmente. (A ella se le murió su hijo Adrián, que voló de este mundo.) “Ah, entonces voy a buscar otra fecha. El miércoles 6 de julio en la Sala Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica.” Quería que Vicente Leñero, Margo Glantz y yo presentáramos su libro A campo traviesa, que se publicó en 2005.

El pasado lunes 8 de febrero, su infarto nos agarró de sorpresa y apenas unos cuantos se enteraron.

Esther Seligson fue definitiva, difícil, rotunda. De ella conservo una imagen inolvidable. Hace años, en un viaje a Israel, en 1982, la vi venir hacia nosotros por el desierto que rodea Massada, envuelta en el halo dorado de la luz que esparce la arena. Una larga falda del color del desierto (Esther no usaba más que faldas largas) la hacía aún más sorprendente. Con su pelo largo ensortijado, sus facciones de asceta, sus largas piernas de caminante, parecía un derviche, una domadora de la naturaleza. De hecho, en esos días tomaba un curso sobre la vida de las plantas en el desierto y cómo hacen para sobrevivir. “Hay cactáceas diminutas –me señaló– que se alimentan del aire”. A todos nos sedujo Esther y a Adolfo Gilly más que a nadie. La Histadrut reunió en Israel a una serie de periodistas: Carlos Monsiváis, Miguel Ángel Granados Chapa, Virgilio Caballero, Adolfo Gilly, la hija de Gregorio Selser, Irene Selser, Javier González Rubio, Froylán López Narváez y su mujer, Arturo Martínez Nateras y su mujer, y otro joven periodista, cuyo nombre no recuerdo. De inmediato, Esther nos invitó a cenar a su casa blanca dentro de la ciudad amurallada. Era la casa de una asceta. Minimalista. Nos sentamos en el suelo. Cuando abrí el refrigerador para ayudarla a servir la cena, vi en un platito cuatro aceitunas negras y en otro un queso diminuto: “¿Es esto lo que nos vas a dar de cenar?” – pregunté aterrada–. “Sí”. “Esther, no alcanza”, “Claro que alcanza”. No sé qué brujería hizo, o a lo mejor nos dio mucho de beber, pero alcanzó. A partir de ese momento me quedé con la idea de que era un ser singular que hacía surgir el agua del desierto y daba vida a las más mínimas especies.

Esa noche habló de astrología, de la que era una gran estudiosa, afirmó que su signo era Escorpión con ascendente en Leo, y que según el horóscopo chino le tocaba ser una serpiente. Todos, hasta Granados Chapa, fuimos analizados por ella y terminamos configurando un zoológico en el que yo resulté un buey.

A Esther Seligson le interesaba el misticismo, las mitologías y los rituales, las leyendas y los antiguos misterios que también llevó a su literatura. No le preocupaba que sus libros fueran complejos o difíciles. Pedía al lector un esfuerzo, pretendía crear un lector sabio como ella, que la entendiera y se identificara con sus pasiones. Quería que quien la leyera supiera de qué estaba hablando. Sus lectores no podían ser aquellos que esperan a que el escritor les ponga todo sobre la mesa. Esther Seligson incitaba a la reflexión y en alguna tarde gritó que no creía en el éxito. “La literatura, y que me perdonen, no ésta escrita para los ignorantes; lo siento muchísimo, de ninguna manera; un inculto no puede leer nada. La literatura es de todos, menos de los ignorantes”.

Siempre me asaetó su vehemencia, su forma de hablar tan clara y tan veraz, hasta hiriente. Su facultad de determinarse a sí misma, también a mí me definía. “Tú eres así, yo soy de este modo”. Ejercía su poder. Ella mandaba. Siempre mandó sobre sus lecturas, sobre sus alumnos, sobre sus amigos, sobre las transformaciones sociales. Maestra, Esther fue de las pocas personas que tomaban su vida entre las manos y decidían qué hacer con ella. Llevó sus ideas a consecuencias prácticas que mucho tienen que ver con la abstracción que hizo de sí misma.

Gracias a un retrato que hizo a Esther Seligson, el fotógrafo Rogelio Cuéllar pudo conseguir una instantánea de EM Cioran, quien detestaba que le tomaran fotografías. Cuéllar le mostró el retrato que hizo de Seligson, a quien Cioran admiraba, porque era su traductora. No sólo la admiraba, la quería. Cioran vio en la imagen que Cuéllar hizo de Seligson su rigor y su compromiso. “Monsieur Cuéllar, haga lo que tenga que hacer…” Rogelio tomó la foto.

Cuando tuve en mis manos el libro de Esther Seligson A campo traviesa y leí su epílogo, no pude sino recordar a Antonio Machado en la canción de Joan Manuel Serrat que es ya un inmenso lugar común: Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Y es que eran 35 años de reflexión y trabajo reflejados en libros anteriores como La morada en el tiempo, La fugacidad como método de escritura, El teatro, festín efímero, Indicios y quimeras, Diálogos con el cuerpo y Sed de mar.

Esther surgía de un entrecruce de caminos, un rond point, diría mi mamá, una señalización múltiple y única a la vez y llegaba hendiendo el aire con su cuerpo trabajado por la vida, sus ideas pulidas por el viento, su ascetismo que le ha dado una dureza de sarmiento, los guijarros de su pensamiento tan definitivos como bólidos en A campo traviesa (¡qué buen título!), editado por el Fondo de Cultura Económica como una ofrenda de conocimiento hecha con severidad, con los movimientos austeros y críticos que la caracterizaban. Ella misma lo dijo: “Tú sabes que entre mis defectos no están ni el dolo ni la hipocresía”. Esos textos escritos a lo largo del tiempo se publicaron a partir de 1968 en suplementos y secciones de cultura de diferentes periódicos y revistas del país.

Habría que recordar el apoyo que le dio Esther a la fundación y promoción de la revista Vuelta, de Octavio Paz. Ahora Letras Libres le debe un homenaje, porque si alguien dio de sí y se movió para conseguir donadores para Vuelta fue Esther, quien unos años más tarde habría de asentarse en Israel y publicar sus propios textos en Noaj, revista literaria de Jerusalén.

Esther siguió las huellas de su propia conciencia que la dirigían con cautela y sabiduría. Como ella misma dijo, su recorrido fue como ir en un bosque húmedo y buscar las huellas frescas y afines de todos los seres que viven ahí, vivieron y siguen vivos gracias a analistas y a pensadores como Esther, que los ponderó a lo largo de su vida. En sus libros, Esther emparejó su paso al de Marcel Proust, Rainer Maria Rilke y Samuel Beckett. Los estudió, los evocó, los esculpió con su pluma, rastreó su escritura en el tiempo, desmenuzó su lenguaje y su realidad. En una ocasión dijo: No creo que ninguna obra de arte esté absolutamente separada de la vida interior de su autor, no sólo de sus sentimientos, sino también de sus ideas, de su concepción del mundo, de sus prejuicios y aspiraciones, sus fobias y sus sueños. También se sentía cerca de la brasileña Clarice Lispector: “Sus personajes-voz no intentan forzar a Dios ni acceder al orden inmutable del mundo, ni siquiera aspiran a descifrar o a encontrar la significación de la Vida; ellos quieren sólo ‘volver’ al asombro cotidiano del ser”.

Hay seres que tienen el sentimiento trágico de la vida y hay quienes no lo tienen, afirmaba Lispector, y eso pudo decirlo Esther como también habría suscrito lo que escribió Clarice: Mis intuiciones se vuelven más claras al esforzarme en trasponerlas en palabras. Es en este sentido, pues, que escribir me resulta una necesidad. Por un lado, porque escribir es una manera de no mentir el sentimiento (la transfiguración involuntaria de la imaginación es tan sólo un modo de llegar); por el otro lado, escribo por incapacidad de entender, a no ser a través del proceso de escribir[+]

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