Cuadernos Hispanoamericanos, 4 de noviembre 2019

Lev Shestov
Atenas y Jerusalén
Traducción de Alejandro Ariel González
Ediciones Hermida, Madrid, 2018
533 páginas, 25.00 €

Se leía a León Chestov —así escrito— en los años de 1940, mayormente en ediciones argentinas quizá retraducidas del francés. Chestov era un exilado ruso que vivió en Francia, de donde había partido su predicamento internacional. A la distancia, lo veo, entre otros, junto a Berdiaev, Mounier, Gabriel Marcel y Mauriac, en el espacio del existencialismo cristiano. Ampliando el sendero: Unamuno que lleva a Kierkegaard, que lleva a Pascal, que lleva a Agustín en el ejercicio de lo que podría llamarse la angustia creativa. Este hombre existencial es, en efecto, desesperado y agónico: requiere esperanzas y se siente morir a cada instante de la vida, alternando el hallazgo de una trascendencia salvadora con la cerrazón de un mundo otro, inalcanzable.

Muy oportuno es el rescate del texto más notorio de Lev Shestov —ahora así escrito: Atenas y Jerusalén (traducción de Alejandro Ariel González y prólogo de Alejandro Roque Hermida). El prologuista nos sitúa eficazmente en la deriva y los libros de Shestov, en tanto el traductor cumple admirablemente con la tarea de volcar en español el ruso original, con los insistentes encabalgamientos de la prosa chestoviana, en buena parte redactada en griego, latín y algo de alemán. Un enjambre de notas al pie completa este imprescindible y gran trabajo.

Hay quienes juzgan este libro como uno de los grandes textos filosóficos del siglo xx. Lo desdigo y no por devaluar lo hecho por su autor sino porque no se trata de un texto filosófico. Si acaso, de un texto antifilosófico que puede adscribirse a la filosofía como una estatua a su vaciado. No está lejos de otros intentos similares. Él lo formula en términos simbólicos, figurativos: conciliar los dos árboles del perdido paraíso: el de la vida y el del conocimiento. Se trata de pensar conforme a lo que se vive y no vivir conforme a lo que se piensa. Al respecto caben dos extremos: el pesimismo de Nietzsche, para quien pensar la vida es una locura y tal vez la mayor, y el optimismo de Bergson, para quien inteligencia y vida son incompatibles porque no podemos escapar de la vida para considerarla un objeto, de modo que vivimos unidos a ella, todo lo mejor posible, e inteligimos en otros campos. La paradoja bergsoniana, y su mejor habilidad, consiste en que siendo irrazonable, sólo intuible y, redundantemente, apenas vivible, la vida hace razonar y únicamente podemos razonar si seguimos vivos, ni antes ni después.

Shestov se desprende de tales minucias y opta por oponer al pensamiento filosófico los textos de la Revelación, los inspirados, la Biblia. La crítica bíblica —que él soslaya por su total falta de interés— muestra que las Escrituras son el resultado de plagios, refritos, citas, añadidos, cuñas y glosas. A nuestro hombre lo trae sin cuidado porque su calidad reveladora funciona como un dogma. Es a partir de él que formula todos sus cuestionamientos. El fundamental es el que les da título: Atenas es la búsqueda de la verdad eterna e increada; Jerusalén es la verdad de Dios como creador de cuanto existe. La primera plantea una pesquisa infinita y vana, la segunda proporciona un hallazgo definitivo y absoluto. La primera es obra humana; la segunda, obra divina.

Dios, el inefable Dios, tiene sin embargo una palabra que lo señala y que acabo de escribir. Esta dualidad entre lo decible y lo indecible plantea a Shestov un dilema, a su pesar, filosófico. Puede definir a Dios como el verdadero ser, todo el ser, pero al acotar el ser por medio del ser —no hay otra— cae en una tautología que nada significa y/o que significa el no ser. Desde luego, lo que sabe es que aún en sus momentos de mayor debilidad, Dios es más fuerte que los hombres y en sus momentos de mayor locura, más sabio que ellos. Infinito y esencial, no tiene más remedio que estar siempre lejos del hombre, según advirtió el cardenal de Cusa a comienzos de la modernidad. Produce el mismo desasosiego desesperado que la duda irreparable que Shestov atribuye al hombre moderno.

Por el lado ontológico, entonces, con Dios no vamos muy lejos o vamos tan lejos que no llegamos nunca y a ninguna parte. En cambio, hay Dios como creador de todo lo existente, el que ordena el cosmos una sola vez y para siempre. De él nos ha venido aquel enigmático ser y —alguien o algo— es el no dado dador de ser a cuanto es. Los hombres, desde entonces, no hacen más que obedecer. El mundo ha sido creado para los hombres mas para que sean engranajes de una máquina, la que Calderón adjetivó de gallarda.

Tras la creación del hombre, vino la bendición del hombre, su catarsis dentro de un orden sagrado y bendito. El hombre ha de consolarse y acatar el orden cósmico por medio de la metafísica y las religiones. En ello consiste su disposición del mundo. Shestov es conciente de que tal tarea es de pocos, de unos cuantos elegidos que, para colmo, no forman un organismo sino que son escogidos uno a uno. Son los autores de la paz, enceguecidos por el resplandor de la verdad, lo contrario de quienes pelean en una guerra interminable, promovida por la contradicción. El autor la considera mortal, mientras los modernos la juzgan almendra de la vida filosófica. Para ésta, los hombres tratan de lo posible entre sí. Para Dios, es imposible la tarea del hombre que ha creado, ya que consiste en instalar lo absoluto en este mundo donde, según señaló Pascal, no cabe. Entonces: sólo queda al hombre reconocer su impotencia y rendir devoción a la omnipotencia divina.

Se ve al hombre constreñido por la necesidad, que es la objeción hecha por Shestov a los filósofos de todo lugar y época. Acosado por esta constricción de un lado y del otro, el hombre apaga la luz de la conciencia que lo atormenta y se sumerge en la oscuridad abismal de lo inconciente. Desde esa hondura exclama su De profundis, invocando al creador y sometiéndose a su orden, aceptando lo real como obra de Dios, que merece una devota celebración.

Esta construcción parece sólida pero a Shestov le cruje la carpintería. ¿Qué hacemos con el mal, con los horrores de la vida? ¿Forman parte de la exaltación? La escena fundante de la historia humana transcurre en el paraíso, donde están los dichosos árboles, la mujer y el hombre inocente y el demonio, serpiente con cabeza humana que habla y no para de hablar, lo mismo que Jehová. ¿Quién los ha creado? ¿Quién ha creado al hombre parlanchín y razonador? Pareciera que son obra divina, ya que el creador es uno solo. Aquí Shestov se desconcierta y habla de un milagro inexplicable. Una fuerza oscura y despiadada se apodera del mundo, Dios sabrá por qué, ya que él todo lo sabe.

Antes de la caída, el hombre es libre porque es ignorante. Es lo que Hegel llama la zoología del espíritu, el ser humano que hace el bien sin saber lo que es porque ignora el mal. La libertad chestoviana se adquiere cuando el hombre se somete a la fe, la extrema necesidad, que nada significa. ¿Para qué, entonces, la palabra inspirada que intenta significar? Sólo cabe dejar actuar a la fe… [+]

Publicado por:Portal E.M.Cioran/Br

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