En 1997 aparecieron los Cahiers (1957-1972) por primera vez en Gallimard. Casi paralelamente, corrieron una polémica pública y una causa jurídica en torno a la propiedad de los cuadernos manuscritos, cuyo número era de 34 (sí, como los 34 cuadernos negros de Heidegger). Con independencia de que Simone Boué los corrigiera y Gallimard los publicara, la propietaria del material manuscrito era la anticuaria Simone Boulez, que fue la que los descubrió en el trastero de Cioran y Boué al poco de morir el escritor allá por 1995. Finalmente, en 2008 los tribunales le dieron la razón (la propiedad) a la anticuaria Simone Boulez. En todo este embrollo es de suponer que Gallimard y S. Boué accedieron al material escrito de esos cuadernos con el consentimiento de la anticuaria para hacer alguna copia, o tal vez antes. Suposición, he de decir, que nunca he visto confirmada, pero que veo como necesaria para que todo este asunto tenga su lógica.

Al margen de estos supuestos e intrigas, el caso es que ahora aparecen en español los Cuadernos (1957-1972) de la mano de la editorial Tusquets e inaugurando la Biblioteca Emil Cioran. Ahí se irán reeditando otras obras de Cioran. No sabemos si todas ¡y si estará también Transfiguración de Rumanía, cuya ausencia en español ya clama al cielo! Por último, he de anotar que en el año 2000 la propia Tusquets editó una antología de dichos cuadernos con una nota inicial en la que se afirmaba que “los cuadernos fueron descubiertos por su compañera Simone Boué” (Verena von der Heyden-Rynsch dixit). Sin comentarios. En cualquier caso, como estos Cuadernos solo son parte, 18, de los 34 encontrados, es de esperar que el futuro nos deparará alguna que otra novedad de Cioran.

Una vez señaladas las circunstancias que rodean la obra es el momento de entrar en los Cuadernos. Y lo primero que se me ocurre plantear es si en verdad se trata de una obra. En absoluto, ni es ensayo, ni diario, ni memorias, ni colección de aforismos… Nada de eso es en exclusiva y sin embargo de todo hay un poco en sus mas de mil páginas. Durante quince años Cioran fue escribiendo de buena y de mala gana en esos cuadernos sus ocurrencias, sus reflexiones, sus hallazgos, las anécdotas que le sucedían, sus rabias y decepciones, sus atisbos de proyectos… En fin, lo que comúnmente se conoce como laboratorio, taller o cocina. Repárese, además, en que en ese periodo la edad de Cioran va de los 46 a los 61 años y que es cuando escribe las obras que luego tendrán más repercusión, y digo “luego” porque por aquel entonces lo que privaba en Francia era el existencialismo y el estructuralismo. Asomarse, pues, a estos Cuadernos tiene algo de voyeurisme por lo que supone de espiar en una intimidad que él no quiso que se observara mucho, o el menos no en vida. De hecho, dejó inscrito en ellos la indicación (al modo kafkiano) de “destruir”. Aunque hay que suponer que bien sabía que así no sería… En los Cuadernos apenas hay fechas, solo aparecen algunas de vez cuando que son de suponer importantes para él. Eso descarta la intención de exactitud cronológica de los escritos. A pesar de ello, las escasas fechas nos sirven para orientarnos por los años (y a veces meses).

Para decir de qué tratan estos Cuadernos no estaría mal recurrir al tópico de que de “todo lo divino y humano”. Son tan numerosísimas las entradas que es difícil pensar en algo a lo que no haya dedicado unas palabras. Ahorro la lista en la que los lectores de Cioran ya están pensando, es preferible centrarse en el tono dimisionario con el que se enfrenta con la Vida y sus ingredientes. Cioran, ya lo sabemos, es un escéptico, un pesimista, un desencantado… alguien que cree más en el arte forense que en las odas a la alegría. Por sus libros ya lo sabíamos. Ahora los lectores en español de sus cuadernos sabemos que el humus cotidiano en el que el personaje vivía era el mismo. Incluso se nos confirma que había algo excepcional (por único) que lo exaltaba: la música. Y así aparece también en sus anotaciones: decía ser su único paraíso porque era lo que lo extraía de sí mismo. Su conciencia de sí y de la otredad era tan delicadamente analítica como dolorosa. El alma humana y la Naturaleza le resultaban dos fiascos a cuál más espectacular en su crueldad. Desde que se le terminó la infancia, vivir se convirtió en una pesadilla existencial. Escribir y pensar no fueron sino meditar sobre ello. De ahí la negrura que exhalan por doquier sus puntos de vista, tanta que uno piensa en si no la profesionalizó. Se asomaba tanto a la tarde tediosa de la vida que sobrevaloró el propio tedio que la vida le producía. Sí, hay que admitirlo —incluidos los abducidos por Cioran— su versión no dependía del tema. El destino lo había dotado de un a priori nihilizador irrebatible con el que teñía todo lo que tocaba. Y él, que creía tanto en el sino, se entregó con voluptuosidad al fatalismo. Diríase que hasta se gozaba de aguafiestas. No sé por qué, pero se me ocurre que fue un Hegel al revés, que frente a la Enciclopedia donde el alemán ponía cada cosa en su lugar (en su buen lugar), los Cuadernos proclaman una y otra vez el descabalamiento de todo, su desajuste y su cruel relacionalidad. Lo real racional frente a la fechoría universal. El Sumo Hacedor frente al Gran Incompetente… Así, nada puede caminar a un final feliz, ni siquiera a un final, porque el caos cuando sobrevenga será eterno. Su ontología es pura distopía.

Por mis palabras podría deducirse que con Cioran estamos ante un romántico negro. No habría inconveniente en admitirlo si no estuviesen copresentes el humor, la ironía y el sarcasmo. Cioran al mismo tiempo que se sobrecoge, incluso que llora, se ríe de la malandanza de todo, incluido él mismo. Véase si no la siguiente autoevaluación: “Mis estados habituales, digamos que predominantes: piedad, asco, desolación, horror, nostalgia, pesares en serie” (Cuadernos p. 376). O esto otro: “Con una visión de la vida como la que yo tengo, cualquiera se habría matado. Siento algo de estima por mí cuando pienso que he aguantado” (C. p 635). Así guiña Cioran sus bromas tras sus anatemas y sus decepciones. Sus producciones qué duda cabe de que son sombrías, pero también están pobladas de sarcasmos. Al hacer burla y sangre de lo sombrío como que se rebaja un poco.

Bien, sería sobreabundar si insistiera en el tono dimisionario que puebla los Cuadernos. Despidámonos con otro asunto. Estos escritos que se extienden a lo largo de 15 años van a permitir (a quienes lo deseen) ejercitarse en una práctica en cierto modo académica. ¡La Academia está cada vez más pendiente de este anómalo! Me refiero a un escrutinio de la evolución de la obra cioraniana. Y aludo no tanto al contenido como al estilo. A lo largo de esas mil y pico páginas vemos cómo poco a poco Cioran se desbarroquiza, se vuelve más austero, controla la adjetivación, recela de su lirismo y va más al grano. Y al mismo tiempo que se lo aplica a sí mismo va distanciándose de los autores sobreabundantes que ofertan más de lo necesario y que en tiempos pasados le agradaron. Así, nos dice que detesta cada vez más las florituras, las sutilezas inútiles y el preciosismo (C. p 1023). Quizá semejante y progresiva renuncia fue la que lo llevó un buen día a detener los  cuadernos en 1972, la última fecha que consta es el 14 de noviembre. No sabemos lo que escribió después ni cómo lo hizo. Tal vez se aburrió de la importancia que se concede a sí mismo todo autobiógrafo. No lo sé, no aventuro nada. De momento, perdámonos en este océano de los Cuadernos.

Publicado por:Portal E.M.Cioran/Br

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