“Cioran, el suicidio como proyecto de vida” (Jairo Alberto Cardona Reyes)

En Reflexiones marginales

En el presente trabajo trataremos de mostrar cómo el filósofo rumano Emil Cioran reflexiona sobre la idea del suicidio, la cual permite traer a primer plano el tema de la vida, pues sólo por aquel se pone en tela de juicio la importancia y la necesidad de vivir y nos lleva a repensar la existencia misma.

Cioran estaba obsesionado con el tema de la muerte y el sinsentido de la existencia,de los cuales, afirmaba, no podemos liberarnos. La existencia, para Cioran, no tiene sentido, ya que no escogimos nacer, ante ella sólo nos queda la libertad y dos opciones: podemos elegir el suicidio o elegir el desafío. Dicho desafío es el que Cioran asume reflexionando sobre su propia muerte por medio de la escritura, esa propuesta que hace al distanciarse de algún modo de su deseo de muerte, convierte la reflexión en una necesidad, en una purga, expresando, a la vez, lo que siente y dejando que el lector saque sus propias conclusiones. Al mismo tiempo, nos muestra implícitamente su aprecio por la vida misma, que es la única que otorga la posibilidad del suicidio.

Este trabajo pretende acercarse más a esa posición de resistencia, en la cual Cioran contempla el suicidio a distancia, vislumbrando sus implicaciones existenciales, por las cuales puede comprender el suicidio del otro como si fuera el suyo propio, es decir, reconoce al suicida como a un igual, tratando de comprender e incluso defendiendo tal acción como una elección libre que cualquier persona puede tomar. Dicha apreciación del suicidio se da a modo de una introspección, proponiéndolo como una experiencia de vida y como un proyecto… [+]

“El insomnio de Cioran” (Willis G. Regier)

“Cioran’s Insomnia”, en MLN, Volume 119, Number 5, December 2004 (Comparative Literature Issue), Johns Hopkins University. Versión de Rodrigo García Bonilla. Descargables [ensayo], 4, en Fundación. Revista en Línea, núm. 6, abril – mayo 2013.

Insomne de carrera, Cioran hizo del insomnio un laboratorio —lugar poco cómodo para trabajar a gusto. En 1970 le confesó a François Bondy: “sólo he podido escribir en la melancolía de las noches de insomnio”. En 1994 le dijo a Michael Jakob que consideraba el insomnio como la “mayor experiencia” de su vida. Cioran describía “un drama que duró muchos años y que me ha marcado por el resto de mis días. Todo lo que he escrito, todo lo que he pensado, todo lo que he elaborado, todas mis divagaciones tienen su origen en ese drama. Fue más o menos a los veinte años cuando perdí el sueño y lo considero el mayor drama que pudo ocurrir… Erraba por horas en las calles, como una especie de fantasma, y todo lo que escribí más tarde fue elaborado durante aquellas noches”. Adam Gopnik dijo que Cioran consideraba no haber dormido durante cincuenta años: “Esta afirmación, concuerdan los doctores y el sentido común, era una exageración poética; sólo se preocupaba demasiado por tener un buen descanso en la noche. Pero la insistencia en vestir sus piyamas como cilicios, en hacer absoluto su insomnio —un tipo de estado mental simbólico—, era, en un país tan afecto a los absolutos como Francia, irresistible”. El insomnio se convirtió en su rúbrica, un tema trascendental que lo vinculó con otros insomnes; durante el curso de su carrera nombró a Hitler, Nerón y Mallamé. “Para Mallarmé, condenado —creía él— a velar las veinticuatro horas, el sueño no era una ‘verdadera necesidad’ sino un ‘favor’. Sólo un gran poeta puede permitirse el lujo de tal insania”… [+]

 

Cioran o la voz de la conciencia

La muerte sólo me interesa en la que medida en que cierra la historia de una locura.

El Tiempo, Colombia, 21 de junio de 1995

La muerte fue una reiteración en la escritura del filósofo rumano Emile Mihai Cioran, quien murió ayer en París a los 84 años, víctima de la enfermedad de alzheimer.

Este es un luto para quienes siguieron sus obras, especialmente los jóvenes, que encontraron en sus desesperados aforismos las respuestas a muchas inquietudes de la existencia.

El filósofo rumano de expresión francesa se había convertido en los últimos años de su vida no sólo en un ídolo de los jóvenes estudiantes en el mundo entero, sino en un personaje novelesco muy europeo, a quien todos querían ir a visitar en su buhardilla del barrio latino.

Escuche usted, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero abandoné rápidamente toda idea de lanzarme a la enseñanza. No soy más que un pensador privado, trato de hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales , declaró en 1988 en una entrevista con el filósofo argentino Luis Jorge Jalfen.

Nacido en 1911 en la localidad rumana de Rasinari, E. M. Cioran llegó en 1937 a París, y desde entonces se quedó allí para siempre, salvo en los largos paseos en bicicleta que hizo por las costas del sur de Francia después de la segunda guerra mundial.

La obra de Cioran es una larga y dolorosa meditación sobre el vacío y la nada . Escribió siempre en francés, lengua que utilizó con una precisión que aún sorprende y deslumbra a los propios franceses (los críticos lo consideran, junto a Valery, el más importante prosista en esa lengua de este siglo). Escribo una prosa exange, no es un lenguaje directo. Jamás habría podido escribir una novela. Y la lengua francesa me gusta justamente porque es una lengua para juristas y lógicos , dijo.

Canoso, amante de Bach, fino, irónico, sonriente, el rumano gustaba de la compañía de los jóvenes, a quienes no daba consejos acerca de cómo vivir, pero a quienes consolaba con sus libros y su conversación, reconociendo que cada día es más difícil dedicarse a pensar, a leer y a escribir. Y es que no puedo hablar de lo que me afecta en lo mas profundo -añadía- si no es a solas con alguien: ese momento en que dos soledades pueden comunicarse .

Respecto de su vida, el filósofo rumano narró en varias ocasiones que a los 20 años ya había perdido todas las ilusiones y que su destino ya estaba sellado. Después, solo se reafirmó en su visión de las cosas.

No todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Escribir, por poco que sea, me ayudó a pasar de un año a otro, pues cuando uno expresa sus obsesiones éstas se debilitan y en parte quedan superadas. Estoy seguro de que si no hubiera emborronado papel me habría matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario , le dijo al filósofo español Fernando Savater en 1977.

Nada y así sea Si Albert Camus aseguró que el único problema filosófico que valía la pena ser planteado es el del suicidio, Cioran (en cierta medida un anti-Camus), considerado como alguien muy pesimista, salvó a varias personas de la autoeliminación provocándoles la risa, convencido como estaba de que si uno es capaz de reírse no debe desaparecer así como así.

Además del tema del fracaso, otro de los principales motores de la obra de Cioran fue el aburrimiento, el tedio, el hastío. Con los años el aburrimiento ha aumentado, este aburrimiento sin fondo. Mi madre, que fue la esposa de un sacerdote, me dijo una vez algo que jamás olvidé: si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría dado a luz. Esa frase me hizo mucho bien , confesó.

Irónico, escéptico, sarcástico y febril denunciador de la miseria humana, habló de la inutilidad de escribir y publicó mas de quince libros, entre estos El inconveniente de haber nacido, En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, En las cumbres de la desesperanza (fue su primer libro, 1933) El libro de los engaños, De las lágrimas y de los santos, Historia y utopía, La caída en el tiempo y Desgarradura.

Fernando Savater tradujo su obra del francés, lo que sirvió para introducir sus acerados aforismos en el ámbito hispanoamericano. Sin embargo, Cioran en los últimos años había dejado de escribir. Según explicó a un amigo rumano, siento una disminución, una baja de intensidad y, por otra parte, todo el mundo escribe libros y eso me termina de asquear .

Cioran decía que su inclinación por la filosofía surgió en las largas y terribles noches de sus insomnios a los 20 años, cuando lo único que lo consolaba era la compañía de alguna mujer en un cabaret.

No forjó en sus libros sistema de pensamiento alguno, gustaba de los místicos españoles y de William Shakespeare, se nutría del pensamiento budista, admiraba a Jorge Luis Borges, a Samuel Beckett, a su compatriota y amigo Mircea Eliade, el historiador de religiones, y al dramaturgo Eugene Ionesco.

Los filósofos escriben para los profesores, los pensadores para los escritores (…) En Alemania se mira por encima del hombro a los pensadores. Por el contrario el filósofo es alguien bien considerado: ha construido un sistema, tiene el privilegio de ser ilegible. En Francia el escritor es dios, también el pensador en la medida en que éste escribe para el otro , dijo en otra entrevista.

Antes de ser célebre (es decir leído y traducido y por ello mismo apto a ganarse la vida gracias a la escritura) Cioran pasó muchos años oscuros, en los que con secreto orgullo escribía para él y algunos amigos e iba a los cocteles para beber vino gratis.

Para él no había diferencia entre el ser y la nada: la nada impregna el ser como la muerte anida en toda vida . Una recién aparecida primera edición de sus obras completas lleva anexo un elocuente glosario de sus temas: melancolía, hastío, fracaso, lucidez, suicidio, nada…

Aforismos de Cioran

– El aforismo es un fuego sin llama .

– París es el único lugar en el que la desesperación es agradable .

– Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la soledad. Se vengarán un día de haber renunciado a todo eso .

– Las especies animales hubieran durado millones de años si el hombre no hubiera acabado con ellas, pero la aventura humana no puede ser indefinida. El hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo. Todos sentimos que las grandes civilizaciones han quedado atrás. Lo que no sabemos es cómo será el fin .

– La creación es un sabotaje definitivo .

– La peor desgracia que le puede ocurrir a un escritor es ser comprendido y la consagración es su peor castigo .

– Para ser libre marca distancias, desconfía del tiempo y de los horarios .

– Cada individuo, como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su capacidad de supervalorar, por sus dioses .

– Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la creación, quedara vacío, será a la vez Dios y fantasma .

– Escribir una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir .

“Simone Boué compañera de Cioran” (Fernando Savater)

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El País30 septiembre de 1997

Fernando SAVATER

Simone Boué, profesora de Liceo y compañera de E.M. Cioran durante más de 50 años, falleció ahogada en una playa francesa el pasado verano. Dice Stendhal: “Hacen falta al menos 10 líneas en francés para alabar a una mujer con delicadeza”. Yo necesitaría muchas más en español para hacer medianamente justicia a Simone en esta despedida. Era inteligente, vivaz, irónica, discreta. Sobre todo era la elegancia misma, la encarnación de ese chic parisiense que puede pasarse de pasarelas y que no se adquiere derrochando dinero en casa de los modistas. A ella le bastaba -tenía que bastarle porque eran pobres- con un pañuelo, una sencilla rebeca, con cambiar de sitio una flor. En la casa minúscula de la rue de l’Odeon todo era perfecto y humilde, como pintado por Vermeer. “¡Agáchesel”, me ‘ decía Cioran al entrar. “¡Cuidado con la cabeza, la puerta es muy baja!”. Parte del gozo de su hospitalidad generosa y cordial era oírles contar las anécdotas a medias, lanzándose tiernas puyas: él criticando a Francia sin la cual no podía vivir; ella, francesa a más no poder. Al final, cuando Cioran empezaba a perder la cabeza, ella completaba, sin que se notaran sus balbuceos, y hacía ambos papeles, el censor acerbo y la amable réplica.La vi por última vez en junio, en el primer aniversario de la muerte de Cioran. “Por favor, cuidado con la cabeza”, me dijo al entrar. Me contó su amargura por una biografía reciente de Cioran, no tanto por la insistencia escandalosa en sus veleidades fascistas juveniles como por la pedante bobada de compararle ¡con Wittgenstein! Luego nos despedimos y era para siempre. No sé quién será el próximo inquilino del pequeño apartamento en el corazón del barrio latino; no sé si sabrá que en esas tres habitaciones se vivió una tan larga y preciosa historia de amor. Por favor, agachen la cabeza; y descúbranse.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 30 de septiembre de 1997

Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

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Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

“Una amistad filosófica: Cioran y su amigo italiano Mario Andrea Rigoni” (Alberto Pinzón León)

Artículo publicado en los Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, Colombia, vol. 32, núm. 105 (2011)

EL AUTOR: Alberto Pinzón León es licenciado, magíster, doctorado en Filosofía. Profesor de la Universidad Católica.
RESUMEN: El artículo muestra las relaciones de amistad que se van tornando en reflexiones filosóficas entre Cioran y el escritor italiano Mario Andrea Rigoni, a partir de su obra: Cioran dans mes souvenirs. Nuestro interés está en dar a conocer las reflexiones que hace Rigoni sobre la obra y el carácter humano de Cioran.
PALABRAS CLAVE: Amistad filosófica, libertad, antisemitismo, el poder y la muerte.

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Cioran y Rigoni en Paris

Mario Andrea Rigoni es uno de los grandes escritores italianos del siglo XX. Falleció en el 2008, profesor de literatura en la universidad de Padua, editor de la obra de Leopardi, editor y traductor de la obra de Cioran en Italia. Las huellas de su amistad se evidencian en Mon cher ami, lettere a Mario Andrea Rigoni 1977-1990, (il notes magico, Padova, 2007). Texto que muestra el lado más humano y cotidiano, es decir, lo más íntimo de Cioran, en relación con el cultivo de la amistad; pero por otro lado, la penetración y aceptación de su obra en Italia. Mario Andrea Rigoni poeta, ensayista y un representante de la literatura aforística italiana, obras como La pensée de Leopardi (Bompiani, con prefacio de Cioran, 1977). Saggi sul pensiero leopardiano (con prólogo de Cioran, titulado “La supremacía del hastío”, que se encuentra en los Ejercicios de admiración y otros textos, p. 174). Los dos volúmenes, el primero Variations sur l’impossible (trad. Franç. M. Orcel, L’Alphée, 1986) el segundo, Éloge de l’Amérique (trad. Franç. M. Orcel, Le Capucin, 2002) dan muestra de la calidad literaria de Rigoni. En relación con Cioran fuera de la ya mencionada correspondencia Mon cher ami, una pequeña colección titulada: Fascinazione della cenere (Il Notes Magico, 2005) que son unos “ejercicios de admiración a la luz de las cenizas”, -como escribe su editor, es tal vez la forma más radical y clara de conocimiento- que realiza Cioran entre 1954 y 1991, publicados la mayoría en Ejercicios de admiración y otros textos (Tusquets, Barcelona, 1992). Y la obra que será motivo de nuestra reflexión In compagnia di Cioran (Il Notes Magico, 2004), es un “ejercicio de admiración” sobre Cioran, traducida al francés con el título: Cioran dans mes souvenirs (trad. Franç. M. Orcel, P.U.F., 2009) en la que se recoge algunos artículos y se agregan otros. [Pdf]

Filosofía para pesimistas y perdedores en ‘El ojo crítico’: “Cioran – Manual de antiayuda”, de Alberto Domínguez

“Descubrir a Cioran fue como descubrir a mi alma gemela” (Alberto Domínguez)

cioran-manual-de-antiayudaRTVE, ‘El ojo crítico’, 25.04.2014

Por Nelly Romanos

Cioran. Manual de antiayuda de Alberto Domínguez es -en palabras de su autor- un ensayo más literario que filosófico. Aunque reconoce que “el título es una provocación”, en una entrevista en el programa El ojo crítico. Un pensamiento a la contra de los libros de autoayuda, que se encuentran entre los más vendidos de las librerías.

Y precisamente en el propio título encontramos la piedra angular de este texto, el considerado uno de los más lúcidos filósofos del pesimismo que ha dado el siglo XX, Emile Cioran, autor de libros como Breviario de podredumbre La tentación de existir.

“Descubrir a Cioran fue como descubrir a mi alma gemela”, asegura el autor. “Encontré a alguien que pensaba de manera muy similar al concepto que yo tenía de la vida. Pensé que no estaba solo en este mundo”. Porque de los temas que aborda este autor rumano no se suele hablar con nadie, aunque apunta Domínguez: “creo que todo el mundo piensa en ellos”.

La muerte, el suicidio, la falta de sentido de la vida… “pero lo importante en Cioran es su estilo, su ironía, el humor con el que escribe todo”. Incluso Dominguez recomienda este Cioran. Manual de antiayuda, editado por el sello Al Revés, para las personas que no consiguen estar bien. “Creo que en lugar de deprimir, anima a tirar adelante”.

CIORAN. MANUAL DE ANTIAYUDA

EDITORIAL: Al Revés
AÑO DE PUBLICACIÓN:
2014
IDIOMA: Castellano
ISBN: 978-84-15900-42-9
NÚMERO DE PÁGINAS: 268
DIMENSIONES: 14×21
FORMATO: Rústica con solapas
PRECIO: 17,00 €

EL AUTOR: Alberto Domínguez nació en Mataró (Barcelona) en 1975. Se licenció en Filosofía en la Universidad de Barcelona y ha colaborado en diversas publicaciones. Cioran. Manual de antiayuda es su primer libro.