Cioran o la voz de la conciencia

La muerte sólo me interesa en la que medida en que cierra la historia de una locura.

El Tiempo, Colombia, 21 de junio de 1995

La muerte fue una reiteración en la escritura del filósofo rumano Emile Mihai Cioran, quien murió ayer en París a los 84 años, víctima de la enfermedad de alzheimer.

Este es un luto para quienes siguieron sus obras, especialmente los jóvenes, que encontraron en sus desesperados aforismos las respuestas a muchas inquietudes de la existencia.

El filósofo rumano de expresión francesa se había convertido en los últimos años de su vida no sólo en un ídolo de los jóvenes estudiantes en el mundo entero, sino en un personaje novelesco muy europeo, a quien todos querían ir a visitar en su buhardilla del barrio latino.

Escuche usted, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero abandoné rápidamente toda idea de lanzarme a la enseñanza. No soy más que un pensador privado, trato de hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales , declaró en 1988 en una entrevista con el filósofo argentino Luis Jorge Jalfen.

Nacido en 1911 en la localidad rumana de Rasinari, E. M. Cioran llegó en 1937 a París, y desde entonces se quedó allí para siempre, salvo en los largos paseos en bicicleta que hizo por las costas del sur de Francia después de la segunda guerra mundial.

La obra de Cioran es una larga y dolorosa meditación sobre el vacío y la nada . Escribió siempre en francés, lengua que utilizó con una precisión que aún sorprende y deslumbra a los propios franceses (los críticos lo consideran, junto a Valery, el más importante prosista en esa lengua de este siglo). Escribo una prosa exange, no es un lenguaje directo. Jamás habría podido escribir una novela. Y la lengua francesa me gusta justamente porque es una lengua para juristas y lógicos , dijo.

Canoso, amante de Bach, fino, irónico, sonriente, el rumano gustaba de la compañía de los jóvenes, a quienes no daba consejos acerca de cómo vivir, pero a quienes consolaba con sus libros y su conversación, reconociendo que cada día es más difícil dedicarse a pensar, a leer y a escribir. Y es que no puedo hablar de lo que me afecta en lo mas profundo -añadía- si no es a solas con alguien: ese momento en que dos soledades pueden comunicarse .

Respecto de su vida, el filósofo rumano narró en varias ocasiones que a los 20 años ya había perdido todas las ilusiones y que su destino ya estaba sellado. Después, solo se reafirmó en su visión de las cosas.

No todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Escribir, por poco que sea, me ayudó a pasar de un año a otro, pues cuando uno expresa sus obsesiones éstas se debilitan y en parte quedan superadas. Estoy seguro de que si no hubiera emborronado papel me habría matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario , le dijo al filósofo español Fernando Savater en 1977.

Nada y así sea Si Albert Camus aseguró que el único problema filosófico que valía la pena ser planteado es el del suicidio, Cioran (en cierta medida un anti-Camus), considerado como alguien muy pesimista, salvó a varias personas de la autoeliminación provocándoles la risa, convencido como estaba de que si uno es capaz de reírse no debe desaparecer así como así.

Además del tema del fracaso, otro de los principales motores de la obra de Cioran fue el aburrimiento, el tedio, el hastío. Con los años el aburrimiento ha aumentado, este aburrimiento sin fondo. Mi madre, que fue la esposa de un sacerdote, me dijo una vez algo que jamás olvidé: si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría dado a luz. Esa frase me hizo mucho bien , confesó.

Irónico, escéptico, sarcástico y febril denunciador de la miseria humana, habló de la inutilidad de escribir y publicó mas de quince libros, entre estos El inconveniente de haber nacido, En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, En las cumbres de la desesperanza (fue su primer libro, 1933) El libro de los engaños, De las lágrimas y de los santos, Historia y utopía, La caída en el tiempo y Desgarradura.

Fernando Savater tradujo su obra del francés, lo que sirvió para introducir sus acerados aforismos en el ámbito hispanoamericano. Sin embargo, Cioran en los últimos años había dejado de escribir. Según explicó a un amigo rumano, siento una disminución, una baja de intensidad y, por otra parte, todo el mundo escribe libros y eso me termina de asquear .

Cioran decía que su inclinación por la filosofía surgió en las largas y terribles noches de sus insomnios a los 20 años, cuando lo único que lo consolaba era la compañía de alguna mujer en un cabaret.

No forjó en sus libros sistema de pensamiento alguno, gustaba de los místicos españoles y de William Shakespeare, se nutría del pensamiento budista, admiraba a Jorge Luis Borges, a Samuel Beckett, a su compatriota y amigo Mircea Eliade, el historiador de religiones, y al dramaturgo Eugene Ionesco.

Los filósofos escriben para los profesores, los pensadores para los escritores (…) En Alemania se mira por encima del hombro a los pensadores. Por el contrario el filósofo es alguien bien considerado: ha construido un sistema, tiene el privilegio de ser ilegible. En Francia el escritor es dios, también el pensador en la medida en que éste escribe para el otro , dijo en otra entrevista.

Antes de ser célebre (es decir leído y traducido y por ello mismo apto a ganarse la vida gracias a la escritura) Cioran pasó muchos años oscuros, en los que con secreto orgullo escribía para él y algunos amigos e iba a los cocteles para beber vino gratis.

Para él no había diferencia entre el ser y la nada: la nada impregna el ser como la muerte anida en toda vida . Una recién aparecida primera edición de sus obras completas lleva anexo un elocuente glosario de sus temas: melancolía, hastío, fracaso, lucidez, suicidio, nada…

Aforismos de Cioran

– El aforismo es un fuego sin llama .

– París es el único lugar en el que la desesperación es agradable .

– Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la soledad. Se vengarán un día de haber renunciado a todo eso .

– Las especies animales hubieran durado millones de años si el hombre no hubiera acabado con ellas, pero la aventura humana no puede ser indefinida. El hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo. Todos sentimos que las grandes civilizaciones han quedado atrás. Lo que no sabemos es cómo será el fin .

– La creación es un sabotaje definitivo .

– La peor desgracia que le puede ocurrir a un escritor es ser comprendido y la consagración es su peor castigo .

– Para ser libre marca distancias, desconfía del tiempo y de los horarios .

– Cada individuo, como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su capacidad de supervalorar, por sus dioses .

– Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la creación, quedara vacío, será a la vez Dios y fantasma .

– Escribir una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir .

A alegria inaudita de Cioran (José Thomaz Brum)

JOSÉ THOMAZ BRUM – ESPECIAL PARA A FOLHA

Folha de S. Paulo, Caderno Mais!, domingo, 2 de julho de 1995

Rue Garancière, rue Saint-Sulpice, rue de l’Odéon -quantas vezes não rememorei este trajeto que tanto significou para mim? Era 1990, fevereiro, estávamos- eu e Katia (Muricy) em Paris, rue de Vaugirard. A chegada fora tumultuada e trouxera um problema inesperado: Katia perdera a sua mala, aquela com todas as roupas e documentos importantes.

O estado de espírito não era lá muito animador. Tensão, nervosismo, comprometiam o início daquela temporada parisiense. Inscrito em Nice para um doutorado, resolvera residir em Paris, perto daquele a quem considerava um “amigo longínquo” e de quem já traduzira duas obras, “Exercícios de Admiração” e “Breviário de Decomposição”.
Uma tarde em que saíra para tentar resolver a questão da mala, Katia recebe um telefonema, o primeiro nosso em Paris; Cioran, o próprio, com a solicitude e afeto que ainda desconhecíamos, nos intimava a jantar em sua mansarda naquela noite mesma. Por razões diversas, não pudemos ir. Mas, na noite seguinte, seguindo suas instruções (código de porta etc.) subimos as escadas daquele prédio antigo, mais ou menos às oito da noite. No quinto andar, de braços abertos e expressão luminosa, Cioran nos aguardava.

Seguiu-se uma cena inesperada: Cioran, sabendo de nossa mala extraviada, nos deu roupas e um jantar digno de um príncipe. Em sua mansarda diminuta, Cioran e Simone Boné (sua companheiro há mais de 40 anos) recebiam como em um palácio. Despojados, altivos e cheios de cumplicidade com o casal de estrangeiros recém-chegado. Este momento -isento de formalidades, repleto de um calor gratuito- marcou todos os dias de nossa relação em Paris.

A editora Rocco, do Rio de Janeiro, havia comprado os direitos dos “Silogismos da Amargura”. Aproveitei esta estada em Paris para traduzi-los juntamente com Cioran. Os encontros -regados a “jus de pomme- eram geralmente sexta-feira à tarde. Traduzia em casa duas ou três páginas e depois ia para a mansarda ler em voz alta minha versão e discutir as nuances e o peso de cada adjetivo ou expressão.

Cioran, com uma generosidade e interesse autênticos, falou de sua admiração por Antero de Quental e extasiou-se com a “virgindade” de Fernando Pessoa. Sua verve sutil, sua poesia onipresente sempre davam um aspecto meio intemporal a esses encontros. Fazia questão de ressaltar uma cumplicidade que sentia de fato, talvez por -romeno- sentir-se próximo daquele latino-americano que chegava a Paris um pouco perplexo, como ele em 1937.

Além das reuniões específicas de tradução houve jantares onde Cioran brilhava com seu humor “non-sense”. Houve uma noite em que estávamos, eu, Katia, Lidia Breda (que dirige uma coleção na editora francesa Rivages) e Christiane Frémont (tradutora de algumas de suas obras romenas).

No ar, nas conversas daquela noite, o espírito dos salões do século 18 que Cioran tanto admirava. Algo de Julie de Lespinasse, um tanto de Madame du Deffand. Cioran, o cético mais radical, o niilista menos autocomplacente, sabia, na intimidade, ser um “causeur” admirável. Envolvia seus convidados, discorria sobre Shakespeare, encantava com uma “joie de vivre” paradoxal e inaudita.

A mansarda de Cioran estava cheia de livros espalhados pelo chão. Edições antigas de Endre Ady -o grande poeta húngaro- acomodavam-se ao lado de livros de gnose, Herder e algum dicionário de inglês ou de latim. Cioran recebia muitos livros -de escritores novos ou de editoras que o presenteavam.

Ele os deixava pelo chão, amontoados, e os dava aos amigos como quem distribui bens efêmeros. Eu próprio ganhei um exemplar das “Confissões” de Santo Agostinho que provavelmente o acompanhara durante muitos anos. De nossa parte, recebeu um exemplar francês de “Memórias Póstumas de Brás Cubas”, (presente de Katia), que apreciou sinceramente.

Não foram poucas as conversas “tête-a-tête” com este apátrida cheio de vivacidade. Tinha 79 anos, mas suas “boutades” eram rápidas como as de um rapaz. Falou de Spengler, de como ninguém o lia mais hoje, e de como a decadência do Império Romano se assemelhava à européia, com seus bárbaros muçulmanos se espalhando por uma Paris mestiça e, às vezes, perigosa.

Falou de Léon Chestov, o pensador russo que tanto o marcou, do pesar de não havê-lo conhecido. Falou -por iniciativa e curiosidade- de sua admiração por Vassily Rozanov, o panfletário místico que o influenciou com seus aforismos instantâneos e acompanhados do local e circunstância da escrita (ex: “escrito no trem”, “escrito tarde da noite”).
Para este romeno que fizera do sexto “arrondissement o seu jardim, Paris era uma “cidade maldita” (como me disse certa vez ao telefone). Paris era “maldita”, compreendi melhor depois, porque era seu calvário e seu lugar de eleição. No jardim de Louxembourg, muito perto de sua rue de l’Odéon, passeava frequentemente com suas idéias negras e sentimentos de tédio desolador e incurável.

Uma das histórias mais curiosas que ouvi de Cioran foi a que se referia a uma de suas viagens, na década de 60, pela Inglaterra. Um dia, na porta de um bar, parara encantado ouvindo uma música de uma “juke-box”: “A Whiter Shade of Pale”, do Procol Harum. A introdução ao órgão era tirada de Bach, o “deus” de Cioran. Repetiu a música diversas vezes, fazendo eco ao aforismo de “Écartèlement” (1979): “Em música, em filosofia e em tudo, amo o que incomoda pela insistência, pela recorrência…” A música -Brahms, Schumann, Schubert- sempre acompanhou o ceticismo do filósofo como um contraponto necessário.

Cioran pertencia a uma estirpe hoje extinta. Além de amigo e compatriota de Ionesco e Mircea Eliade, sua alma artística e filosófica estava do lado de um Borges, de um Michaux, de um Beckett. Tendo se afirmado, por um talento ímpar de escritor, em uma língua estrangeira, Cioran trazia a ironia e a distância do não-europeu, o pesar de haver nascido alhures -como nós, brasileiros- em algum “subúrbio do globo”.

Mas também falou com carinho de sua infância, dos “camponeses analfabetos” e, dizia rindo, que aceitara ingressar na Academia Romena de Letras (recusara-se a entrar na francesa, embora muitas vezes convidado) porque “não se pode renunciar a tudo”.
Acostumara-me, nas cartas que me enviava desde 1988, a esta verve instantânea, a seu humor às vezes cortante. “O ser ideal? Um anjo devastado pelo humor”, dissera em um de seus livros. Mas este eremita fechava-se a qualquer assédio em que percebesse adulação ou lisonja interesseira. Ele, o grande estilista, gostava de compartilhar conivências silenciosas e comunhões gratuitas. Quando, por hesitação ou emoção, eu demorava para completar uma frase em francês, Cioran encerrava o constrangimento com um “já entendi” amistoso e encorajador.

Falamos de Schopenhauer, de Sartre com quem esbarrava no Café de Flore na época da guerra; falamos de muitos autores, sobretudo do passado. Saint-Évremond, perguntei certa vez, você o praticou muito, não? Um pouco só, respondeu rindo. “As pessoas que não se expressam literariamente são as mais ricas, sempre afirmou, acentuando o abismo onde se encontrava.

Sua morte, que já esperava com tristeza pois sabia de seu estado, priva o Ocidente de um de seus maiores pensadores e a Europa de seu último poeta elegíaco. Seu pessimismo, temperado por um ceticismo refinado, era a maior prova de uma superabundância espiritual e expressiva. Sua energia, que se traduzia em negações veementes, era reflexo de um caráter vigoroso e de uma alma exaltada.

Havia raiva em Cioran -em suas obras ácidas e crepusculares. E também uma vitalidade enorme, desmedida: eco dos Balcãs que o rigor herdado dos moralistas franceses filtrou em uma mistura sábia e tonificante. “Não há razão para não ser triste”, disse em “Cartea Amagirilor” (“O Livro dos Logros”, 1936).

Neste momento, em que se perde um grande amigo, só me ocorre citar, com o dicionário na mão, o sentido da palavra romena “dor”: desejo ardente, nostalgia, saudade…

Sentencias para los que merecen morir

Autor desconocido – El País, 21 de Junio de 1995

Maestro en el escepticismo, con una visión de la vida como huida de la catástrofe del nacimiento, se ofrecen a continuación unos extractos del pensamiento de Cioran: Cómo imaginar la vida de los otros, si hasta la propia parece apenas concebible?” Breviario de podredumbre?”

“¿Por qué Dios es tan incoloro, tan débil, tan mediocremente pintoresco? ¿Por qué carece de interés, de vigor y de actualidad y senos parece tan poco? ¿Existe una imagen menos antropormórfica y más gratuitamente lejana?” Breviario de podredumbre.

“Quien no ha muerto joven, merece morir”. El aciago demiurgo.

“Si las, veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad, emancipada del sudor libre del peso de la primera maldición? (…) Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalarían un canibalismo estragado y una tristeza de hiena”. Breviario de podredumbre.

“Me aparté de la filosofía en el momento en que se me hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza, ni en Kant ni en ninguno de los de más filósofos”. Breviario de podredumbre,

“Toda santidad es más o menos española: si Dios fuera cíclope, España le serviría de ojo”. Breviario de podredumbre.

“Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el, universo”. El aciago demiurgo.

“Sólo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido”. El aciago demiurgo.

“Frívolo y disperso, aficionado en todos los campos, no habré conocido a fondo más que el inconveniente de haber nacido”. El aciago demiurgo.

“Es casi imposible hablar con un español de otra cosa que de su país, universo cerrado, tema de su lirismo y de sus reflexiones, provincia absoluta, fuera del mundo. Alternativamente exaltado y abatido, lanza miradas deslumbradoras y morosas; el descoyuntamiento es su forma de rigor. Si se concede un futuro, no cree en él realmente. Su descubrimiento: la ilusión sombría, el orgullo de despertar; su genio: el genio del pesar”. La tentación de existir.

“La muerte es lo sublime al alcance de cualquiera”. El ocaso del pensamiento.

Codigos de ratas

TRIBUNA: DESAPARECE EL GRAN TEÓRICO DEL ESCEPTICISMO

Fernando Arrabal – El País, 21 de Junio 1995

Hace un par de años, ingresó en hospital parisiense Ciorán, fatigado rapaz con alas de mármol.Emergía al amanecer de su naufragio preguntando

¿En qué calabozo estoy? ¿Qué crímenes he cometido?

Sus Précis de décomposition habían propuesto hedónicas normas de mal vivir y de buen escribir. Poco antes de morir, sus libros le condujeron al triunfo según códigos de ratas y de más vendidos.

Ciorán apareció dejando el diálogo postrado en el tránsito. Pero, cansado de existir, sin trozo de esperanza, se recluyó en sus harapos de César desterrado y dejó su cerebro en rebujal de olvido.

Sus Ejercicios de admiración fueron su manera elegante y silenciosa de comportarse como latir oculto, de decirnos adiós.

Cioran o la voz de la conciencia

La muerte sólo me interesa en la que medida en que cierra la historia de una locura.

Autor desconocido – El Tiempo (Colómbia), 21 de junio de 1995

La muerte fue una reiteración en la escritura del filósofo rumano Emile Mihai Cioran, quien murió ayer en París a los 84 años, víctima de la enfermedad de alzheimer.

Este es un luto para quienes siguieron sus obras, especialmente los jóvenes, que encontraron en sus desesperados aforismos las respuestas a muchas inquietudes de la existencia.

El filósofo rumano de expresión francesa se había convertido en los últimos años de su vida no sólo en un ídolo de los jóvenes estudiantes en el mundo entero, sino en un personaje novelesco muy europeo, a quien todos querían ir a visitar en su buhardilla del barrio latino.

Escuche usted, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero abandoné rápidamente toda idea de lanzarme a la enseñanza. No soy más que un pensador privado, trato de hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales , declaró en 1988 en una entrevista con el filósofo argentino Luis Jorge Jalfen.

Nacido en 1911 en la localidad rumana de Rasinari, E. M. Cioran llegó en 1937 a París, y desde entonces se quedó allí para siempre, salvo en los largos paseos en bicicleta que hizo por las costas del sur de Francia después de la segunda guerra mundial.

La obra de Cioran es una larga y dolorosa meditación sobre el vacío y la nada . Escribió siempre en francés, lengua que utilizó con una precisión que aún sorprende y deslumbra a los propios franceses (los críticos lo consideran, junto a Valery, el más importante prosista en esa lengua de este siglo). Escribo una prosa exange, no es un lenguaje directo. Jamás habría podido escribir una novela. Y la lengua francesa me gusta justamente porque es una lengua para juristas y lógicos , dijo.

Canoso, amante de Bach, fino, irónico, sonriente, el rumano gustaba de la compañía de los jóvenes, a quienes no daba consejos acerca de cómo vivir, pero a quienes consolaba con sus libros y su conversación, reconociendo que cada día es más difícil dedicarse a pensar, a leer y a escribir. Y es que no puedo hablar de lo que me afecta en lo mas profundo -añadía- si no es a solas con alguien: ese momento en que dos soledades pueden comunicarse .

Respecto de su vida, el filósofo rumano narró en varias ocasiones que a los 20 años ya había perdido todas las ilusiones y que su destino ya estaba sellado. Después, solo se reafirmó en su visión de las cosas.

No todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Escribir, por poco que sea, me ayudó a pasar de un año a otro, pues cuando uno expresa sus obsesiones éstas se debilitan y en parte quedan superadas. Estoy seguro de que si no hubiera emborronado papel me habría matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario , le dijo al filósofo español Fernando Savater en 1977.

Nada y así sea Si Albert Camus aseguró que el único problema filosófico que valía la pena ser planteado es el del suicidio, Cioran (en cierta medida un anti-Camus), considerado como alguien muy pesimista, salvó a varias personas de la autoeliminación provocándoles la risa, convencido como estaba de que si uno es capaz de reírse no debe desaparecer así como así.

Además del tema del fracaso, otro de los principales motores de la obra de Cioran fue el aburrimiento, el tedio, el hastío. Con los años el aburrimiento ha aumentado, este aburrimiento sin fondo. Mi madre, que fue la esposa de un sacerdote, me dijo una vez algo que jamás olvidé: si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría dado a luz. Esa frase me hizo mucho bien , confesó.

Irónico, escéptico, sarcástico y febril denunciador de la miseria humana, habló de la inutilidad de escribir y publicó mas de quince libros, entre estos El inconveniente de haber nacido, En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, En las cumbres de la desesperanza (fue su primer libro, 1933) El libro de los engaños, De las lágrimas y de los santos, Historia y utopía, La caída en el tiempo y Desgarradura.

Fernando Savater tradujo su obra del francés, lo que sirvió para introducir sus acerados aforismos en el ámbito hispanoamericano. Sin embargo, Cioran en los últimos años había dejado de escribir. Según explicó a un amigo rumano, siento una disminución, una baja de intensidad y, por otra parte, todo el mundo escribe libros y eso me termina de asquear .

Cioran decía que su inclinación por la filosofía surgió en las largas y terribles noches de sus insomnios a los 20 años, cuando lo único que lo consolaba era la compañía de alguna mujer en un cabaret.

No forjó en sus libros sistema de pensamiento alguno, gustaba de los místicos españoles y de William Shakespeare, se nutría del pensamiento budista, admiraba a Jorge Luis Borges, a Samuel Beckett, a su compatriota y amigo Mircea Eliade, el historiador de religiones, y al dramaturgo Eugene Ionesco.

Los filósofos escriben para los profesores, los pensadores para los escritores (…) En Alemania se mira por encima del hombro a los pensadores. Por el contrario el filósofo es alguien bien considerado: ha construido un sistema, tiene el privilegio de ser ilegible. En Francia el escritor es dios, también el pensador en la medida en que éste escribe para el otro , dijo en otra entrevista.

Antes de ser célebre (es decir leído y traducido y por ello mismo apto a ganarse la vida gracias a la escritura) Cioran pasó muchos años oscuros, en los que con secreto orgullo escribía para él y algunos amigos e iba a los cocteles para beber vino gratis.

Para él no había diferencia entre el ser y la nada: la nada impregna el ser como la muerte anida en toda vida . Una recién aparecida primera edición de sus obras completas lleva anexo un elocuente glosario de sus temas: melancolía, hastío, fracaso, lucidez, suicidio, nada…

Aforismos de Cioran – El aforismo es un fuego sin llama .

– París es el único lugar en el que la desesperación es agradable .

– Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la soledad. Se vengarán un día de haber renunciado a todo eso .

– Las especies animales hubieran durado millones de años si el hombre no hubiera acabado con ellas, pero la aventura humana no puede ser indefinida. El hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo. Todos sentimos que las grandes civilizaciones han quedado atrás. Lo que no sabemos es cómo será el fin .

– La creación es un sabotaje definitivo .

– La peor desgracia que le puede ocurrir a un escritor es ser comprendido y la consagración es su peor castigo .

– Para ser libre marca distancias, desconfía del tiempo y de los horarios .

– Cada individuo, como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su capacidad de supervalorar, por sus dioses .

– Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la creación, quedara vacío, será a la vez Dios y fantasma .

– Escribir una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir .

Obituary: Emil Cioran

James Kirkup — The Independent, Saturday 24, June 1995

Emil Mihai Cioran, philosopher, essayist: born Rasinari 8 April 1911; died Paris 20 June 1995.

In few authors is the work so much a part of the life as in the writings of Emil Cioran.

Cioran was an antiphilosopher, an antimoralist, perhaps because in his youth he had read such a wide variety of European philosophers, and all the elegant, ironic French moralists, He wrote: “Everything I have undertaken, everything I have expatiated upon all my life is inseparable from what I have lived. I invented nothing. I’ve been the one and only secretary of my own sensations.”

The very titles of Cioran’s books read like a litany of the writer’s obsessions: A Short Account of Decomposition (1949), Syllogisms of Bitterness (1952), The Inconvenience of Having Been Born (1973), Hacked to Pieces (1979), The Tears of the Saints (1988), On the Summits of Despair (1990), Breviary of the Vanquished (1992) among a host of others. An album of very fine black-and-white photographs of Cioran by Irmeli Jung, accompanied by his own text, is called The Rush Towards the Worst (1988).

Such despairing pessimism had, as is often the case, profound roots in childhood. The prosperous country town of Rasinari in Saxon Transylvania seemed like an earthly paradise to the little boy. His father was the orthodox priest of the place, and Cioran loved the cemetery where he made friends with the gravedigger who would give him skulls to play football with. There was a beautiful orchard where he played with his sister and younger brother Aurel. Above all, there was the hill called Coasta Boacu, looking down on Rasinari. In later life, Cioran wrote: “One should live and die where one was born . . . I’ve been bored everywhere I went. What was the point of leaving Coasta Boacu?”

But leave it he did, heartbroken at being driven out of his paradise, at the age of 10, in order to attend school in Sibiu, and three years later his father was appointed to its imposing church as orthodox protopope or high priest. At 14, Emil was reading the great national poet Mihail Eminescu, but also Diderot, Balzac, Tagore, the aphorist Lichtenberg, Dostoevsky, Flaubert, Schopenhauer and above all, Nietzsche. At 17, he enrolled in the Faculty of Literature and Philosophy in Bucharest, where he gained the reputation of a wild young bohemian. Already he was subject to chronic insomnia, when he spent whole weeks without sleeping. In 1933, aged 22, he started writing his first book, Pe Culmile disperarii (“On the Summits of Despair”). He had finished his university studies with a thesis on Bergson, and was back home in Sibiu. In a preface to the French translation, he wrote:

The capital phenomenon, the most catastrophic disaster, is uninterrupted sleeplessness, that nothingness without release. For hours and hours I would walk the night’s deserted streets, or, sometimes, those haunted by my fellow-insomniacs, the prostitutes, the ideal companions in moments of supreme distress. Insomnia is a vertiginous lucidity that can convert paradise itself into a place of torture . . . It was during those infernal nights that I came to understand the inanity of all philosophy. The hours without sleep are at bottom an interminable rejection of thought by thought itself . . . an infernal ultimatum of the mind delivered to the mind.

When the work was published in Bucharest, it received the first prize of the Royal Academy at the same time as Ionesco’s Nu (“No”). It was the first of only two literary prizes that Cioran did not reject.

From 1933 to the end of 1935 Cioran studied philosophy in Berlin with a grant from the Humboldt Foundation; he was taught by Ludwig Klages, whom he greatly admired. He also discovered the expressionist artists, particularly Kokoschka, as well as the ideals of the rising Hitler. Back in Bucharest in 1936, he had his one brief teaching post: his colleagues and pupils were puzzled, then dismayed by his eccentricity and his passionate discourses on the Spanish mystics, Dostoevsky, Proust and Shakespeare for whom he had an unbounded admiration because of the “excessive” nature of his characters. His Cartea Amagirilor (“The Book of Deceptions”) was published.

In his book on Bucharest, Paul Moraud gives a sketch of bohemian intellectual life and its unbridled ferment of new ideas in all-night discussion and passionate quarrels at the legendary Brasserie Capsa in the Calea Victoriei, where Cioran proposed his nightmare visions of despair to Eugene Ionesco, Mircea Eliade and an assortment of pugnacious Romanian revolutionary thinkers.

Yet Cioran, after his experiences in Germany, was beginning to see salvation only in totalitarian regimes and he wrote a work of which he was later deeply ashamed, a youthful squib, The Transformation of Romania (1937). An expurgated edition was reprinted in Bucharest in 1991, but a French specialist in Romanian studies, Pierre-Yves Boisseau, dissected the thought in the original edition, which shows young Cioran to have been both xenophobic and antisemitic, uttering nonsense like: “The Judaic invasions of recent years made antisemitism the essential component of our nationalism.”

These were the times of the infamous Iron Guard in Romania, and Cioran expresses similar xenophobic prejudice against the Hungarians. It was an unfortunate but perhaps inevitable passage from youthful idiocy to a more mature, disabused view of the follies of dictators and of all politicians, whom Cioran looked upon with loathing and contempt.

The passage came with his departure for Paris with a grant from the Institut Francais in Bucharest, the gift of an enlightened director who was one of the rare people fully to appreciate Cioran’s unique personality, and his special needs as a writer. Cioran did absolutely no work to justify the grant, yet the sympathetic director renewed it until 1945.

Cioran lived in various small Latin Quarter hotels, first in the Rue Racine, opposite the house where Sarah Bernhardt was born, then in the Hotel Marignan in the Rue Sommer and, near the Librairie Portugaise and a number of esoteric bookshops. Just a short way up the Rue Jean de Beauvais stands the charming little Romanian Orthodox church, and further on the gardens of the Luxembourg Palace, where Cioran could often be seen towards the end of his life taking his constitutional in the direction of Port Royal, a neat little figure, like a bank-clerk, with his sober attache- case and mid-season raincoat.

But his Aries character shows through the conventional appearance in his great, lined, thick-eyebrowed forehead and his abundant prow of dense dark hair, his plunging, obstinate nose, a mouth whose initial fullness was elongated into a bitter, brooding thinness within the deepening ravines bracketing it on either side. Gisele Freud’s remarkable 1982 series of colour photographs of the man, and Irmeli Jung’s black-and-white studies are profoundly revealing of the genius who was an aristocrat of doubt and a mystical misanthrope of disturbing lucidity, but whose grim sense of destructive humour is deeply satisfying.

In 1947, after trying unsuccessfully to translate Mallarme into Romanian, Cioran made the dangerous decision to go into “linguistic exile” and to write all his future works in French. He mastered the written language taking as models the 18th- century moralists whose world-weary cynicism he adored and also the few moderns he admitted to his pantheon of letters. He disliked Sartre and hated Camus, who, he said, had the mentality and culture of a substitute teacher.

Today, the only true pleasure in reading comes from an appreciation of sheer style, something very few writers now possess. The works of Cioran are everlastingly readable, disturbing, provocative, comical. He was the supreme farceur of philosophy, and always provides entertaining companionship for his fellow insomniacs, who mingle their sleepless lucidity with his.

Cioran said that one of the greatest jokes in his absurd existence was when in 1974 the Spanish regime of Franco, already in a state of decomposition, scorned his book Le Mauvais Demiurge, accusing it of being “aetheist, blasphemous and anti-Christian”. Cioran’s wry comment was: “The Inquisition is not yet dead.” At a time when I, too, was being subjected to similar ignorant attacks by self-appointed guardians of bigotry, such words from Cioran were infinitely refreshing. In fact, he claimed that Buddhism was his one religion, and the only worthwhile philosophy. When I pointed out to him that he had been born on the birthday of Buddha, he gave a sudden rare laugh of pure joy. “Jesus is revenging himself on us for not having died on a sofa.”

He often quoted Montesquieu’s witty saying: “I’d like to banish all funeral ceremonies. One should weep for men at their birth, not at their death.” Emil Mihai Cioran was after all given a traditional funeral service at the little Romanian Orthodox Eglise des Saints-Archangel and a funeral cortege to the Cimetiere Montparnasse, where he lies now with Baudelaire, poet of the Flowers of Evil that was one of Cioran’s bibles of the beauties of excess and ennui.

La tortuosa vida de un apátrida

El País, 21 JUN 1995

El más importante filósofo nihilista de nuestra época, Emile Michel Cioran, nació en Rasinari (Rumania) en 1911, hijo de un sacerdote ortodoxo. Maestro del aforismo, es considerado por algunos críticos como el pensador y poeta de la podredumbre, mientras que para otros su pensamiento es una manifestación de exaltación vital.Cioran realizó los estudios secundarios en un colegio de Sibiu y se trasladó a Bucarest, ciudad en la que cursó sus estudios de Filosofía y en la que obtuvo, en 1932, su licenciatura con un estudio sobre Bergson.

En 1933 publicó en la capital rumana su primer libro, En las cimas de la desesperación, con el que ganó el Premio de los Jóvenes Escritores rumanos. En 1937 se trasladó a París con una beca concedida por el Instituto Francés de Bucarest. Desde entonces, fijó su residencia en la capital francesa, aunque siempre en calidad de apátrida. Empezó a escribir en francés en 1947, idioma en el que ha escrito la mayor parte de sus libros, tras haberse impregnado del estilo de los grandes autores clásicos. Cuando en 1949 apareció su primer libro escrito en francés, Breviario de podredumbre, fue definido por la crítica como “el más grande prosista desde Valéry”.

En sus obras ha abordado los temas, cruciales de nuestra época: la soledad, el exilio, Dios, la depresión, el fracaso…, pero todos estos temas pueden resumirse en dos preocupaciones esenciales de su reflexión: el amor y la muerte. Teórico de la burla, Cioran se empeña en demostrar en muchos de sus ensayos que la creación es un “sabotaje definitivo”.

De carácter esquivo y poco proclive a los honores, rechazó a lo largo de su vida todo tipo de homenajes, incluso galardones tan importantes como el Gran Premio Paul Morand de la Academia Francesa. En 1989, y a pesar de esa aversión suya por la notoriedad, fue nombrado, junto con Eugéne Ionesco, otro ilustre exiliado rumano, miembro de honor de la Unión de Escritores de Rumania.

Sus obras

Entre las obras más destacadas de este filósofo escritas en rumano se cuentan Pe culmine disperári, 1934 (traducido al español como En las cimas de la desesperación, 1991); De lógrimas y de santos, 1937; El ocaso del pensamiento, 1940, y Breviario de los vencidos, 1944. Escritas en francés destacan Précis de décomposition, 1949 (trad. esp.: Breviario de podredumbre, 1972); Silogismos de la amargura, 1952; La tentación de existir, 1956; Historia y utopía, 1960; La caída en el tiempo, 1964; El aciago demiurgo, 1969; Del inconveniente de haber nacido, 1973; Desgarradura, 1979; Ejercicios de admiración, 1986, y Aveux et Anatheémes, 1987. En 1957 publicó Ensayo sobre el pensamiento reaccionario, escrito como prólogo a la recopilación de textos de Joseph Marie Comte de Maistre (1753-1821), autor intolerante de ferviente religiosidad. En la actualidad se está traduciendo del francés Entrevistas con Cioran.