Herrera; Abad Torres

Cioran en perspectivas, de Maria Liliana Herrera e Alfredo Abad Torres (org.)

Universidade Tecnológica de Pereira (UTP), Pereira/Colômbia, 2009

Prefacio por Julián Serna Arango

Profesor Universidad Tecnológica de Pereira

Generaciones de pensadores tributarios del canon Platón-Kant (Rorty) han querido dejarnos sin futuro, es decir, sin opciones, y únicamente con verdad, su verdad. No es el caso de Cioran, por supuesto, escritor provocador por excelencia, que en sintonía con el último Wittgenstein, en vez de ahorrarnos pensar, ha querido darnos qué pensar, y en exceso, si se colige de las reacciones descalificatorias de algunos académicos. No es la última palabra al respecto. Porque la historia de la filosofía termina por alistar en sus filas a los más célebres de sus detractores, eso probablemente suceda con Cioran. Evidencias no faltan. Es apenas obvio señalar que la clasificación de un pensador como filósofo depende de la idea de filosofía de la que se parte. Y si la filosofía es la pasión de algunos individuos por ahondar en los interrogantes de su respectiva sociedad y cultura, si la filosofía no es sinónimo de sistema, dogma o fórmula, si recordamos con Pitágoras –a quien se le atribuye haber acuñado el término– que los filósofos no son sabios, es posible apostar con ánimo pragmático por la eventual consideración de Cioran como filósofo, como lo hace Alfredo A. Abad T. en Cioran en perspectivas, pues nadie pondría en duda que el pensador rumano profundizó en extremo en la interinidad de la existencia, en la incertidumbre que la acompaña, con particular lucidez e insobornable radicalidad. Si la filosofía, de otro lado, es el arte de transmutar respuestas en preguntas, es evidente que el escepticismo es la actitud filosófica por excelencia, en concordancia con lo expuesto por Abad.

Porque la palabra no sólo dice, sino, además, hace (Austin), Cioran más que ilustrarnos, quiso despertarnos, es decir, involucrarnos, cuando no concibe la palabra al margen de sus experiencias, de su corporalidad, inclusive, como refiere M. Liliana Herrera A. A semejanza de los dichos de sabiduría registrados en el taoísmo, que tienden a desencadenar procesos de pensamiento, iniciar, desafiar, el aforismo cumple análogo fin. Que la diferencia entre el ensayo y el aforismo no es una diferencia cuantitativa, bien lo sabía Cioran. Abundante en ironías (psicología de choque) y metáforas (pensamiento transversal), el aforismo de Cioran no es menos lúcido que estético, ni menos filosófico que literario, máxime cuando él mismo advierte la no neutralidad del lenguaje al analizar el relevo del rumano por el francés como idioma elegido para escribir sus libros, como registra Herrera. No sería la única reflexión en esa dirección. La profesora aborda la escritura fragmentada a partir de la psicología de Vygotsky, y en particular, de lo que el último denomina el lenguaje interior, lenguaje que omite el sujeto en lo que constituye una especie de sintaxis abreviada, y se caracteriza, además, por la preponderancia del sentido sobre el significado. Si en el mundo interior somos todo, es decir, escenario, autor, interlocutor, extras, es evidente que el lenguaje interior se involucra con nosotros a un nivel al que difícilmente accede el lenguaje exterior, y ello explicaría la eficacia del aforismo concebido como provocación, en concordancia con el juicioso análisis adelantado por M. L. Herrera.

La complementariedad entre el escepticismo de Cioran y el aforismo en torno a la interinidad de la existencia, a su multiplicidad también, no se agota en sí misma. Es posible reconocer la caída en la temporalidad como herida trágica, como protofenómeno, el mismo que dejaría fuera de lugar al pensamiento dogmático, y cuyas afinidades electivas con la escritura fragmentada y la crítica a los sistemas no admiten discusión. Abundan las consecuencias. Abiertos al futuro, nos individualizamos, de acuerdo con M. L. Herrera. Lejos de cosificar al individuo, de asumirlo como sustancia, la caída implicaría su multiplicidad también, en consonancia con la cual el yo se revelaría impostura, cuando a falta de identidad, nos constituye la contradicción, como refiere A. Abad. La caída, de otro lado, es el paso de la eternidad a la historia, de la inmanencia a la trascendencia, de la inconsciencia a la consciencia, en palabras de Herrera. No en vano Cioran se aproxima a los gnósticos, quienes conciben la creación del mundo a partir de un demiurgo imperfecto, cuando no maligno. Y a pesar de tanta ficción que otros llaman filosofía, procedemos de una creación fallida, un accidente, un azar, como expone Cioran.

Producto de la caída, del desgarramiento que ella provoca en palabras de Cioran, al hombre lo atraviesa la nostalgia por la unidad perdida, y emprendemos numerosas gestas en los campos del saber y del hacer para completarnos, para superar la fragmentación originaria, no obstante, en vano. Y es justamente el relato de esas gestas fallidas lo que se conoce con el nombre de historia, de acuerdo con A. Abad. Y de la relación historia-caída se ocupa el profesor en penetrante análisis en el que aborda las filosofías de la historia que han querido defenestrar nuestra historicidad, así como la idea de historia universal, que proporciona una engañosa unidad; la de progreso, en la que el futuro dejaría de ser tiempo plural; la de civilización, cuyos más reconocidos logros en nada alteran nuestra condición existencial. Por último, Abad se refiere a la utopía, que niega la temporalidad, y en cuyo programa no faltaría la clausura de la historia. Atravesada por la paradoja, la tradición metafísica (en la acepción de Heidegger) permanece fiel a la consigna de hacer ahistórica la historia.

A la condición paradójica de la existencia no sería ajeno Cioran cuando la proclama de palabra y obra. Aunque nos aniquila, así haga patente el sin sentido de la existencia, cuando “todo no vale nada si el resto vale menos” (de Greiff), la muerte llevaría a pensar en su futilidad, pero también a liberarnos de falsos absolutos, y en definitiva, a comprender la vida en su justa medida, como señala M. Liliana Herrera. Aunque se proclama agnóstico, Cioran se interesa por la mística. Así descrea de Dios, dialoga con él, como si de la hipóstasis de la nada se tratase. El sentimiento religioso, sentimiento cósmico por excelencia, se deslinda del dogma en la obra de Cioran, como refieren los profesores en diversos apartes del presente volumen. Somos lo que hemos sido, y por ello la tumba y el recuerdo se complementan, se superponen, inclusive, porque lo que fue para nosotros todavía es en nosotros, en sintonía con el texto final de la profesora Herrera titulado En memoria.

En Cioran en perspectivas, de M. Liliana Herrera A. y Alfredo A. Abad T., profesores de la Universidad Tecnológica de Pereira, se ahonda en diferentes aspectos de la obra del pensador rumano con un riguroso manejo de las fuentes, un excelente conocimiento del estado del arte, un lenguaje claro y directo, al tiempo que se hacen valiosos aportes a la comprensión de un heterodoxo, cuya obra representa un desafío que la academia no debe soslayar.