La última lección de Emile Cioran (Angelo Rinaldi)

Por Angelo Rinaldi, publicado en La Nación, 1998 [texto original]

Treinta y cuatro cuadernos que el maestro de la desesperación escribió y escondió durante quince años y que su compañera, Simone Boué, rescató de un seguro destino en la hoguera, fueron publicados en Francia por primera vez el mes último. Ionesco, Beckett, Paul Celan, es decir, sus amigos; las modas pasajeras, y la mirada siempre crítica incluso sobre Francia, su patria adoptiva, son algunos de los temas que este autor fue anotando a lo largo de los años en este diario íntimo.
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Los expertos en relojería lo admiran, aguzado el oído, en las hermosas piezas que datan del Antiguo Régimen. Lo llaman “el movimiento de París”, por referencia a la ciudad que poseía el secreto. En líneas generales, se caracteriza por la elegante sencillez de sus engranajes, más veloces que el segundo, y un sonido atribuible a la presencia de una cantidad indeterminada de bronce en la campana: es apagado, pero en su centro se distingue un agudo. Así imaginamos la perla en la carne de la ostra. Era una especialidad francesa, del mismo modo que lo fueron los moralistas. Sin duda, la tarea de resucitar el género, de ser, por un fenómeno de identificación, más perfecto que sus mismos modelos, sólo podía corresponderle a un rumano con pujos de vagabundo en sus primeros tiempos en el Barrio Latino.

Nacido en 1911, austro-húngaro por casualidad, hijo de un pope y del “tedio ruso”, curado de la filosofía alemana por una estada en Berlín, Emile M. Cioran murió en 1995 en un hospital, de un modo acorde con esa clase de ironía con la que, en sus intentos de conversación seductora (su conversación), fue el contador obsesivo de engaños, virajes, cambios de opinión, necedades, injusticias, palinodias. El espíritu más lúcido de su época había caído irreversiblemente en las brumas del mal de Alzheimer…

Un día, un visitante le trajo un ramillete de violetas; el escritor, que había recorrido los campos a pie, a lo largo y a lo ancho, no supo qué hacer con ellas y se puso a comerlas en silencio. A no ser que, recobrada la razón por un minuto, Cioran haya dado una última lección, así como los sabios de Oriente respondían a las preguntas de sus díscipulos con un gesto que nada explicaba pero daba en qué pensar. En todo caso, la enfermedad quitó sentido a su miedo a “morir como desertor de sí mismo”: tal era, a su parecer, el destino final de cada uno de nosotros. Le impidió desdecirse, avenirse, por cansancio o cortesía, a las consolaciones que imponían las circunstancias, igual que La Rochefoucauld, su profesor de amargura, cuyo último suspiro recogió afanosamente Bossuet. ¿Acaso por eso se echa con cajas destempladas a un obispo, sobre todo si uno es educado y el prelado tiene clase? El rumano se caracterizaba por su gran afabilidad, modestia y gentileza. Sin duda, sus compañeros de caminatas por los jardines del Luxemburgo -François Bott, Fouad el-Etr, Roland Jaccard- lo atestiguarían de buen grado. Lo mismo harían los muchachos y chicas desesperados que acudían a él. Cioran los contuvo al borde del abismo. “Uno siempre se suicida demasiado tarde”, advertía, no sin razón, para luego señalar que suicidarse era “morir antes de la muerte”. ¿Para qué‚ quemar etapas? Siempre quedar para otra vez.

Cuando ya nada se esperaba de Cioran, su editorial, la misma que pasó la aplanadora a su primera obra porque no se vendía, ofrece unos trabajos inéditos que no son, como sucede casi siempre tras la desaparición de un autor, escritos rescatados del fondo de algún cajón y publicados de prisa para medrar con la luz vacilante de los cirios al término del velatorio. Estas mil páginas, en cifras redondas, tienen tanto peso como Précis de decomposition, La Chute dans le temps o Exercices d`admiration , obras que demostraron su genio al afirmar su grandeza estilística. Poseen el desaliño provocativo de un diario íntimo, toda la espontaneidad febril de lo apuntado a la ligera para no olvidarlo porque “ese momento del que hablo ya está lejos de mí”, y esto las hace quizá más accesibles que el resto de su producción.

Tenemos entre las manos el contenido de treinta y cuatro cuadernos que Cioran borroneó durante quince años y que su compañera, Simone Boué, ha salvado de la destrucción: a tal punto es cierto el adagio de que el escritor es el peor juez de su propia obra. En este libro, imprescindible en toda biblioteca, casi no hay un solo párrafo que no incite al comentario marginal. El lector, por momentos conmovido, molesto, perturbado, exasperado, conquistado o risueño, se guardará muy bien de prestar su ejemplar. Entregaría a los indiscretos, en forma de exclamaciones, rechazos o bravos, esas confesiones cuya importancia mide en plenitud cuando ya empieza a lamentar el haberse abandonado a ellas.

A veces reducimos a Cioran a los aforismos y máximas que, aislados, brillan demasiado como lámparas eléctricas: desnudos, nos ciegan. El ensayista queda reducido a la dimensión de un Guitry con un barniz pascaliano, lo cual, por lo demás, no es falso ni desdeñable. Pero en las obras póstumas hay algo más. Aparte de los ecos de una existencia agravada por el malestar material hasta el umbral de la vejez, están los retratos de amigos como Beckett, Paul Celan o Ionesco, las observaciones superficiales del caminante que hacía sus veinte kilómetros diarios en Beauce, las esquirlas centelleantes de un arreglo de cuentas consigo mismo reavivado día a día. (Cioran es un tirador que nos hiere porque nunca yerra.)

A esto se añaden los juicios sobre las modas pasajeras, los recuerdos de infancia, las impresiones sobre sus lecturas y la mirada perspicaz del hombre exiliado en su país de adopción: Cioran analiza maravillosamente las dos pasiones francesas, la vanidad y la avaricia. La primera refleja quizá cierta persistencia del protocolo de Versalles en el inconsciente colectivo. Diríase que se oye la risa burlona de un viejo tío pudiente que ha llenado su testamento de codicilos tendientes a contrariar el disfrute de sus bienes por parte de los legatarios.

Ningún maestro de la desesperación ha sido tan alegre sin habérselo propuesto jamás. La Rochefoucauld enuncia, espada en mano; La Bruyère se dedica a pintar; Chamfort predica con el ejemplo, abriéndose las venas; Rivarol razona al salir de una cena de marqueses; Joubert posee los dulzores del clérigo; Lichtenberg no olvida ni por un instante que es alemán. Todos, en su pensamiento entrecortado, relampagueante, ven mejor a la sociedad que se mueve a su alrededor, los “nombres odiosos de los móviles de la época” que a la incorregible e inquebrantable naturaleza humana. Cioran taconea, a semejanza del bailaor andaluz, para distribuir mejor en su flamenco de metafísico ateo sus frases con repiqueteos de castañuelas. (¿Teresa de Avila no bailaba a veces delante de sus religiosas, tras haber juzgado el horror del mundo y la necesidad urgente de apartarse de él?)

Cioran tuvo el honor de ser víctima de la censura franquista, y con razón: “Desde hace dos mil años, Jesús se venga en nosotros por no haber muerto sobre un canapé”. Pronto será un clásico (él lo habría lamentado) pese a los que insisten en recordar los prejuicios antisemitas y nacionalistas de su entorno natal, de los que se liberó al ganar la lengua francesa, del mismo modo que se gana la alta mar. A este respecto, nada más claro que las palabras de Edgar Reichmann: “Los compromisos aberrantes de Cioran se sitúan río arriba, antes de la Shoah. Lo que encuentra río abajo lo mortifica”. Eso reforzó su pesimismo.

Su desconfianza frente al psicoanálisis, aunque considerara a Freud un “héroe” y un “santo”, se reitera con excesiva frecuencia para venir de alguien que no desea mostrar sus secretos. ¡Qué importa! Muy pronto, nada vendrá a turbar la escucha de su “movimiento de París”, comparable, según la imagen de Cocteau, al tictac del reloj que sigue latiendo en la muñeca del soldado muerto. Cioran continúa hechizándonos.

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“Nos cumes do desespero”, por José Thomaz Brum

Nos cumes do desespero revela a notável continuidade do pensamento de Emil Cioran (1911-1995).Escrito aos 22 anos de idade em Sibiu, na Transilvânia, essa primeira obra do futuro “cético de plantão de um mundo agonizante” arde com o vigor da juventude exaltada.

É o próprio Cioran quem descreve o clima no qual o livro foi gestado: a insônia, a vigília ininterrupta. Já de poisse de seus futuros temas (pessimismo, ceticismo, relativismo histórico), o jovem Cioran exorciza aqui, em uma espécie de testamento precoce, os excessos da dor de existir. E o faz com uma exaltação lírica na qual o sentido do trágico se encontra com o elogio da superabundância vital… [leia mais]

“Sólo se suicidan los optimistas” (entrevista)

Por Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo

Cinco años después del fallecimiento en París (20 de junio de 1995), del más notable pensador de los últimos tiempos, y recordando nuestra visita a su apartamento de la rue de l’Odeón, donde  asistimos perplejos a la intensa luminosidad de su presencia, a su incesante lúdica y a su explícita ternura, nos parece imprescindible en este quinto aniversario reproducir como preludio su magistral epitafio:

“Tuvo el orgullo de no mandar jamás, de no disponer de nada ni de nadie. Sin subalternos, sin amos, no dio ni recibió órdenes. Excluido del imperio de las leyes, y como si fuera anterior al bien y al mal, no hizo padecer nunca a nadie. En su memoria se borraron los nombres de las cosas, miraba sin percibir, escuchaba sin oír: los perfumes y aromas se desvanecían al aproximarse a los orificios de su nariz y de su paladar. Sus sentidos y sus deseos fueron sus únicos esclavos: de tal modo que apenas sintieron, apenas desearon. Olvidó dicha y desdicha, sed y temores; y si en alguna ocasión volvía a acordarse de ellos, desdeñaba nombrarlos y rebajarse así a la esperanza o la nostalgia. El gesto más ínfimo le costaba más esfuerzos que los que cuestan a otros fundar o derribar un imperio. Pues nació cansado de nacer, se quiso sombra: ¿cuándo vivió entonces?, ¿y por culpa de qué nacimiento? Y si llevó su sudario en vida, ¿merced a qué milagro logró morir?”.

Evocar a Cioran es volver a sus recurrentes abrazos, a su aguda mirada de halcón, a la forma en que se peinaba con los dedos, y también a nuestra correspondencia. Es, inevitablemente, volver a un rostro que durante la inolvidable entrevista sólo abandonó la risa cuando posaba circunspecto para las fotografías, con el propósito quizás de mantener su imagen de pensador de la desgarradura y de la destrucción. Es asistir al vértigo de su pensamiento, a su terrorismo espiritual, y de nuevo sentir sus manos encerrando las nuestras, mientras festejaba la sonoridad de las palabras españolas e indagaba por América Latina, afirmando que cuando se nace en países periféricos no todo es desventaja porque se tiene la lucidez de la pobreza. Y, finalmente, es releer con escalofrío las últimas noticias recibidas de él a través de su profundo amigo el poeta francés Roger Munier, cuando nos reveló el vertiginoso declive de su salud, para generosa y tristemente afirmar: Cioran decae. Se niega de manera obsesiva a tratamiento médico. Ni el dolor doblega su rebeldía. Es triste decirles que ustedes asistieron a su última lucidez.

He aquí su legado interior.

Recuerdo que no todo está perdido: aún existen los bárbaros.

Fue lo que escuchamos el 23 de octubre de 1991 cuando después de caminar bajo la lluvia de un París otoñal decidimos enfrentar al filósofo‑poeta rumano caído del tiempo, quien postulaba el mito como origen de toda civilización y la duda como evidencia de su declinar.

Segundos antes, repasando su sentencia de que nadie podía conservar la soledad si no se ejercitaba en hacerse odioso, desembocamos en la puerta de su buhardilla y pudimos reconocer atemorizados esa firma que habíamos visto siempre con asombro, clausurando su correspondencia. Recordamos sus cartas en las que irónicamente desalentaba nuestra aventura secreta con sustanciales palabras, poniéndose como ejemplo de la derrota de la civilización.

Al oprimir el timbre con la falsa certeza de que abriría en un tiempo lícito que permitiera una profunda respiración preparatoria, se nos presentó de inmediato la imagen traslúcida, el rostro de luz de quien ante nuestro estupor nos animaba a entrar en todos los idiomas… Su intención de ir a comprar pan quedaba amenazada severamente.

El escritor nos condujo por un estrecho pasadizo hasta una pequeña sala donde se desprendió de la boina lanzándola sobre un sofá; sin embargo ‑aún atribulados‑, no pudimos verificar el rumbo de su sombrilla que más tarde, antes de gatear bajo los muebles, causaría un problema lingüístico.

‑La literatura no tiene importancia. Va a desaparecer, sería deseable que lo hiciera. ¿Para qué seguir invadiendo al mundo con nuestras angustias? Soy un escéptico: un apátrida, y París (antípoda del paraíso) es la ciudad propicia para quienes disfrutamos esta condición. No es normal serlo en un siglo de nacionalismos y esa característica inusual me basta. Aquí, en contacto con la cultura desdichada y gentil, he escrito que nuestra época quedará signada por el romanticismo de los exiliados, frase seguramente demasiado sentenciosa de un libro ya editado en español, bella lengua donde injustamente he logrado embaucar a algunos lectores; y por la cual me he aproximado a ciertas voces inquietantes, la de Octavio Paz entre otras…

 ‑¿Y filósofos como Savater y María Zambrano?

‑A él lo leo no porque sea filósofo sino porque es mi amigo. A María Zambrano acudí siempre en la inquietud y la búsqueda, ella iluminaba mis carencias. Cuando la visitaba con dos o tres interrogaciones retornaba con mil, ¿cómo no estar agradecido?

‑Aquella huida del origen que se ha propuesto, ese querer hallar la salvación fuera del tiempo, ¿le ha asignado un inexorable desarraigo, de idioma y de patria?

‑El tiempo es inhabitable. Hace 54 años abandoné Rumania y no he regresado. Practico una ruptura con el origen ‑comentó riendo‑. Varias veces en estos años de ausencia me han hecho invitaciones oficiales, y por esa misma connotación las he rechazado. He querido ser inutilizable como los verdaderos santos, intento arduamente impedir ser vindicado por alguna causa justa o injusta. Al escéptico ni siquiera le es posible rebajarse a la insurrección, al clamor de la revuelta. Soy un profesional de la duda, y no existo sino cuando niego en un sentido esencial.

‑¿Y esa fuga respecto del idioma cómo puede entenderse? El poeta Vicente Huidobro creyó que no se debía escribir en la lengua materna…

‑Cuando se es adoptado por otra lengua existe un acercamiento a las palabras inimaginable en el dialecto que se utiliza desde la cuna, velado por su proximidad. Ahora escribo solamente en francés porque no puedo hacerlo en castellano. España y su cultura es algo de lo que extrañamente no he renegado. Pude recorrerla en bicicleta, pude habitar su pasión. Debí abandonarla porque comenzaba la guerra y porque se leía mucho a Unamuno. Advertí el deslumbramiento por su fracaso, el enamoramiento de su derrota, patentando así una decadencia continental. Supe también que el español es el idioma de la poesía. Es suficiente leer sus poetas místicos, su Siglo de Oro. El francés me parece demasiado preciso, su estructura se me hace bastante rigurosa. El español es sin duda la lengua de la desesperanza (condición para mí envidiable), por eso mismo la de la poesía. Basta ver los bellos y desolados títulos de los libros que me han traído. Además, es el único idioma donde era posible el tango.

‑¿Si para Nietzsche la música era el vehículo sobre el cual avanzaba la tragedia, si usted sentencia que debemos escoger entre Brahms y el sol, y cuando ni siquiera la música puede salvarnos sólo nos resta la fascinación del crimen, entonces la propuesta central del tango resulta fructífera?

‑El tango es de las pocas músicas que todavía me resulta tolerable. La defino como la más extraordinaria mixtura entre metafísica y burdel. Los despojados del amor se convierten inmediatamente en filósofos, el tango resuelve y engloba esta perturbación mágica de los amantes desdichados. Es impertinente tratar de definirlo. Lo fundamental es escucharlo. Sentir que en esta Edad de Oro del artista inconcluso, del personaje fracasado, somos varios quienes necesitamos rechazar la vana manía interpretativa de nuestro tiempo, entregándonos al placer de una música o de un texto… Reitero que todo intento por interpretar una obra la desvirtúa y que la academia es culpable de nuestro distanciamiento del éxtasis. Personalmente he tenido mala suerte con los críticos, muchos se han ensañado con mi obra, en el peor de los casos para elogiarla.

‑Volviendo a Nietzsche, más que transmutar los valores de Occidente, ¿usted se ha propuesto invertirlos?

‑Me vinculan demasiado con filósofos, y sólo soy un ser humano… Creo que debemos liberar nuestros ojos, lograr que miren como los del camaleón en diferente sentido, y minar el campo del pensamiento. Basta tener hambre para saber que la corrupción es más humana que la virtud, acercarse a la poesía para entender que la angustia es benéfica. Y siguiendo esta lógica, afirmo que en el hastío duerme una rebelión que tarde o temprano sacudirá a Europa.

‑Usted dijo alguna vez que sólo se suicidan los optimistas…

Lo dije ante mi imposibilidad de superar la dialéctica que es la forma más elemental del pensamiento, la infancia de la reflexión. De esta manera, si nada valoramos de la vida, ¿qué podríamos valorar de la muerte?

‑¿Nuestra opción de salvarnos precisa de un terrorismo contra el tiempo?

‑¿Salvación? ¿Quién pretende salvarse? Yo me he escondido del tiempo. Tengo el privilegio de la desesperación, admiro a los insatisfechos, a los fracasados, a quienes dejan huir sus respuestas. La historia ha entronizado a los atroces. Y en lo relativo al tiempo no deseo usufructuarlo, ni en el ahora como los poderosos, ni en el porvenir como los acorralados en sus sueños.

‑Hizo la promesa de no volver a escribir, de no volver a calumniar al universo, y de no seguir manteniendo correspondencia con toda clase de trastornados. Nosotros somos la negación de lo segundo; en cuanto a lo primero…, ¿continúa escribiendo?

‑No… Sí… Están editando mi último libro, escrito hace 42 años. Íntimamente no creo en su valor si ha permanecido oculto durante tanto tiempo. Tiene un título prescindible (como los otros) y existe en él un inútil lugar para la esperanza.

‑¿Prescindible como La tentación de existir, Ese maldito yo, Del inconveniente de haber nacido, Contra la historia, Desgarradura, Aciago demiurgo…? ‑enumeramos en español con ironía.

‑La traducción los mejora: no se cumple el adagio italiano ‑dijo riendo‑. Me consagro a la duda, el escepticismo es nuestro único botín en tiempos de decadencia, y un sistema para desplazar el imperio del yo, para delatar su impostura. La llamada otredad de los artistas explica para ellos su sumisión, su demonio. En ese caso son máscaras al abyecto servicio de una obsesión. Dirigir temas o historias, elegir las circunstancias de un episodio o un poema es sólo posible para los mediocres. ¡Que la duda me acompañe!

Cedimos ante la idea de que extender la visita impediría quizá la gestación de un aforismo tan significativo para nosotros como el filo de una espada, como el contorno de una espina. Nos preocupó coincidir con los tres minutos que para él ‑según había escrito‑ era posible pensar en un día, para no enloquecer; e intentando partir temiendo que nuestra presencia interfiriera ese breve tiempo de lucidez en el que indagaba en lo profundo, injuriaba a las estrellas, raptaba vértigos o aullaba contra la causa del hombre, nos retuvo con uno de sus famosos aforismos: Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, sin duda habría naufragado.

‑Ahora me gustaría que me acompañen por un pan de larga conservación que me disponía a comprar cuando llegaron ‑dijo solícito‑ y que favorece el aislamiento. Este quehacer, por fortuna, nada tiene de filosófico. Debo llevar un… se me olvidó cómo se dice…, ¡qué estúpido! ‑exclamó en español‑, sabía esa bella palabra en su idioma.

Al comprender su inquietud nos arrojamos al piso buscando la sombrilla, y mientras realizábamos esa pesquisa infructuosa pensamos que con algo de suerte nuestros amigos perdonarían esta conversación con el último de los oraculares, pero jamás el hecho de haberlo acompañado hasta la boulangerie.

Poco antes de abandonar la buhardilla hizo énfasis en su reducido espacio vital. Vimos su pequeño estudio con una elemental máquina de escribir: en la antigüedad lo importante era pensar mientras escribir se convertía en acto accesorio, hoy lo importante parece ser escribir aunque no se piense, afirmó.

‑Me hace feliz el haberlos hostigado con mis textos y colaborar con esa irredimible aventura que lideran. Les deseo el mejor de los fracasos ‑dijo al despedirse mientras regresábamos de comprar el pan; ondeó su mano en el viento y en un grito que todavía atraviesa nuestra memoria nos dejó sus últimas palabras‑: Chers amis, ¡adiós… y mucha ironía!

Lo vimos alejarse bajo la lluvia de París en el atardecer. Nos sentamos en un andén para recobrar el aliento y permanecimos en silencio sintiendo venir el llanto.

En la distancia había desaparecido ese hombre que se quiso sombra.

“Le vie parallele di Cioran e Leopardi” Intervista a Mario Andrea Rigoni di Antonio Castronuovo

Aforisticamente — l’aforisma nel mondo – letture e scritture aforistiche contemporanee

Gentile prof. Rigoni, la sua avventura intellettuale è traversata da Leopardi e da Cioran. Vorrei che lei ci aiutasse a mettere a confronto l’uno con l’altro: che cosa li unisce e che cosa li separa?

Condividevano l’esperienza capitale della noia, cioè il senso della vacuità universale delle cose, che evidentemente percepivano nella carne, oltre che nel pensiero. Erano scettici, del tutto privi di illusioni, benché ne riconoscessero la necessità per la vita e per la storia. Inoltre pensavano che l’uomo, avendo deviato dal corso della natura fino a costituire una anomalia minacciosa, andasse fatalmente incontro alla propria distruzione. È questa l’origine del loro antistoricismo e del loro antiumanesimo radicale. Una tale visione era però accompagnata, se non redenta, dalla religione della poesia, della forma, dello stile: tutto lo Zibaldone di Pensieri brulica di testimonianze di questa natura, alle quali la critica non ha mai prestato l’attenzione dovuta. Cioran, da parte sua, diceva di  sognare un mondo dove si potrebbe morire per una virgola. Proprio una battuta come questa si presta ad esemplificare la diversità psicologica e storica tra Cioran e Leopardi: vi è nell’uno, interprete ed erede di tutte le decadenze, un genio dell’esagerazione, dell’ibridazione e della teatralità ironica estraneo alla verginità ancora classica e settecentesca della personalità dell’altro. La stessa cosa vale naturalmente già per Baudelaire – non a caso uno degli scrittori più amati da Cioran.

Crede che il sistema di pensiero di Leopardi e di Cioran possa avere effetto pratico sui loro lettori? In altre parole: cosa ci insegnano che sia realmente applicabile alla vita?

Sono entrambi maestri di lucidità – una caratteristica che non giova molto alla vita. Tuttavia la lettura dei loro scritti sortisce un esito paradossalmente corroborante e, talvolta, perfino rasserenante, come è stato più volte notato. Non bisogna inoltre dimenticare gli effetti supremamente benefici che avrebbe la loro lezione di scetticismo, se esso potesse essere praticato su scala sociale, oltre che individuale. Non c’è antidoto migliore di questo contro il fanatismo, principio di ogni violenza.

Leopardi e Cioran sono due pensatori radicali: con poche parole, e nella migliore tradizione dello stile aforistico, essi riescono a trovare subito il nucleo delle cose. L’impressione è che lo Zibaldone o le Operette morali di Leopardi riflettano un pensiero acuminato ma abbastanza meditato, mentre Cioran ferisce e dissangua di colpo e in maniera diretta. È un’impressione corretta?

Se capisco bene, ciò che lei osserva si ricollega alla differenza che corre fra un classico e un grande epigono.

Entrambi parlano nelle loro opere di suicidio, ma entrambi muoiono nel loro letto, per malattia. Ciò nonostante il tema del suicidio è nella loro prosa qualcosa di molto efficace. Crede che una mente pessimista debba necessariamente meditare sul tema del suicidio, al di là del fatto che poi lo metta in pratica o meno?

Ne sono convinto. D’altronde Cioran diceva che proprio l’idea del suicidio gli aveva consentito di non suicidarsi. A lei, che ha scritto un bel libro sul suicidio di alcuni artisti del Novecento, forse interesserà sapere che Cioran diede una volta un’interessante intervista, che non si trova nel volume degli Entretiens pubblicato da Gallimard: essa contiene osservazioni molto importanti su questo tema, dall’antichità fino a Hitler. Anche Leopardi meditò il suicidio da quando aveva vent’anni, facendone anzi un argomento ricorrente di riflessione e di poesia; non risulta tuttavia che lo abbia mai tentato, forse per le stesse ragioni delle quali parla Cioran.

Il lettore italiano conosce l’acuminata prefazione che Cioran procurò alla sua raccolta di saggi Il pensiero di Leopardi. In quelle righe si poteva vedere come Cioran considerasse Leopardi una sorta di compagno di strada, uno di quelli che magari non sono stati letti molto ma che diventano presenti nei momenti essenziali dell’esistenza. Le chiedo: Cioran parla altrove di Leopardi? E quale immagine aveva di lui?

Cioran aveva di Leopardi una conoscenza limitata, credo, ad alcuni Canti, a qualche pensiero dello Zibaldone e poco altro: per questo nei suoi libri le citazioni leopardiane si contano sulle dita di una mano. Un po’ di più ne ha saputo attraverso i miei saggi. In compenso si sentiva un affine di Leopardi nel sentimento e nella concezione della vita e aveva incorniciato il testo dell’Infinito in un quadretto, che teneva appeso su una parete del suo appartamento parigino in rue de l’Odéon.

Lei ha conosciuto Cioran di persona. Può darci un breve ricordo dell’uomo, delle sue amicizie e delle sue abitudini?

Ho fatto un ritratto di Cioran, che è anche il mio personale «esercizio di ammirazione» nei suoi confronti, in uno scritto che uscirà tra poco in un numero speciale dei «Cahiers de l’Herne» dedicato a lui. In questa sede mi limiterò a dire che era nella vita, come nella scrittura, un uomo di una totale indipendenza e di un’intensità contagiosa. Aveva modi semplici, diretti e amabili, spesso anche divertenti, allegri e ironici, che
attenuavano o correggevano la sua qohéletica malinconia. Era, oltre che un grande lettore, un conversatore magnifico, ad onta di una leggera balbuzie. Di solito ci vedevamo tra noi, ma le poche volte in cui ci siamo trovati in circostanze diverse posso testimoniare che la sua presenza risultava seducente non solo per la gente di lettere, ma anche per la gente comune. Naturalmente aveva frequentato o conosciuto un certo numero di scrittori, di alcuni dei quali era stato o era amico: da Paulhan a Saint-John Perse, da Gabriel Marcel a Beckett, da Michaux a Ionesco. So che in una determinata circostanza si era anche adoperato per procurare un incarico a Paul Celan, di cui ricordava la sensibilità scorticata (diceva che «tout le blessait»). Celan era arrivato a Parigi dopo la guerra e aveva incontrato Cioran nel 1952 (l’anno successivo avrebbe pubblicato la sua traduzione in tedesco del Précis de Décomposition). Cioran conosce molto bene anche Henry Corbin, che aveva – mi raccontò una volta – due soli interessi: la mistica islamica, naturalmente, e … i giornali pettegoli. Fu  Cioran che suggerì a Corbin il titolo sotto il quale egli raccolse i suoi saggi da Gallimard: En Islam iranien. Aggiungerò che, soprattutto negli ultimi anni, Cioran riceveva molte visite di letterati nel suo appartamento di rue de l’Odéon: vi approdavano Susan Sontag come Fernando Savater, Pietro Citati come Guido Ceronetti e Roberto Calasso.  In compenso Cioran non prese mai parte alla vita della cosiddetta «società letteraria», alla quale era intimamente estraneo. D’altronde è singolare e significativo che i suoi libri raggiungessero i lettori più insospettabili: gente qualsiasi come sportivi, attori o politici famosi.

Vede un Cioran nel novecento italiano?

No, ma c’è un pensatore avvicinabile a Cioran, anche se lo stile della sua prosa è più espositivo e argomentativo e meno poetico; un filosofo dapprima trascurato dalla cultura ufficiale, sia gentiliana sia crociana, oggi più noto e tuttavia ancora nell’ombra, nonostante alcuni suoi libri siano stati ristampati per merito della casa editrice Adelphi: Giuseppe Rensi. Cioran non ebbe notizia, ma lo avrebbe certamente apprezzato e amato. Rensi è il maggior rappresentante di quel “leopardismo filosofico” di cui bisognerebbe scrivere la storia.

Quali erano i vostri rapporti personali?

Avevamo un rapporto di vera amicizia e di vera intesa, con tutta la libertà e la confidenza che ne conseguivano. Ci vedevamo immancabilmente quando andavo a Parigi (una volta venne anche a trovarmi a Padova) e ci scrivevamo molto spesso. Se gli telefonavo e gli chiedevo “Je vous dérange?”, rispondeva invariabilmente con aria divertita: “Quelle idée!”. Avendo il privilegio di non lavorare, non perché fosse ricco ma perché aveva scelto di vivere “da artista” nonostante le difficoltà economiche – talvolta gravi – che ciò comportava, era sempre libero. È ovvio, inoltre, che non aveva non solo gli obblighi ma neppure la mentalità – penosa – del “lavoratore”. In ogni caso a me ha riservato un affetto e una sollecitudine commoventi. Non potrò mai dimenticare lui e Simone che si affaccendavano attorno alla macchina da scrivere (era Simone che pigiava i tasti) per migliorare la traduzione francese di qualche mio balbettio letterario.

Di che cosa parlavate tra voi?

Di tutto: dei problemi di lingua e di traduzione, naturalmente, e poi della salute, delle conoscenze comuni, di certi libri, dell’unicità storica degli ebrei, ai quali aveva dedicato il saggio più bello che io abbia mai letto in proposito: Un peuple de solitaires, contenuto in La tentation d’exister. Parlavamo della fine dell’Occidente e, già allora, dell’avanzata dell’Islam: Cioran profetizzava che un giorno Notre Dame sarebbe diventata una moschea.

Mai di avvenimenti italiani?

Parlavamo talvolta del terrorismo, che in quegli anni infuriava. Ho ritrovato quello che mi scrisse non appena fu diffusa la notizia del delitto Moro: “A l’instant, j’apprends la nouvelle terrible. Ces messieurs des Brigades, si par impossible s’emparaient de l’ Etat, infligeraient à l’Italie un régime de type cambogien. Toutes ces tragédies à cause de l’Utopie!”.

Che cosa mi può dire delle lettere di Cioran?

Nel corso della sua vita Cioran scrisse moltissime lettere, forse qualche migliaio, dato che io solo ne conservo più di cento: spero che un giorno siano raccolte e pubblicate, almeno le più notevoli. Era d’altronde uno dei generi che amava maggiormente: ne parla in un breve scritto intitolato Mania epistolare.

C’è una lettera, in particolare, che testimoni la vostra affinità su argomenti che consideravate essenziali?

Più d’una. Ricordo che una volta, non so più in quale circostanza, gli confessai la mia disperazione ed egli rispose con un’analisi di sé e di me incentrata sulla maledizione della coscienza. Diceva che gente come noi è fatta per divorare se stessa…

Che cosa le ha dato Cioran sul piano strettamente letterario?

Mi ha fatto percepire una cosa più preziosa di qualunque idea – almeno per uno scrittore o per un letterato: l’importanza del tono. Una volta mi ha detto: «Si vous avez le ton, vous avez tout».

Nelle Variazioni sull’impossibile, da lei pubblicate presso Rizzoli, emergono analogie tra il suo pensiero e quello di Leopardi e Cioran, se non altro nell’opzione pessimista che incardina i suoi aforismi. Ma vi balugina anche qualcosa di «possibile», quando ad esempio lei scrive che «l’esistenza è troppo sinistra e troppo piccante perché dietro non ci sia qualcosa». Le chiedo allora, in conclusione, se il suo pessimismo non abbia un aspetto metafisico: per andare avanti è necessario «credere», nutrire una illusione?

Le parole “pessimismo”, “pessimista”, hanno una tinta psicologica, che implica o incoraggia l’equivoco. D’altronde sono state usate da grandi pensatori, Leopardi incluso. In ogni caso lei tocca un punto profondo, che mi ossessiona da sempre. Il mio “pessimismo” è metafisico in quanto credo possibile, anzi probabile, che dietro il sipario dell’esistenza si nasconda dell’altro: ma sarebbe anche qualcosa di felice e di augurabile per noi? Il mio dubbio è che il nostro universo non rappresenti neppure il peggiore dei mondi possibili: chi può dire se non ve ne siano di ancora più neri e sgomentevoli? La sola consolazione e la sola speranza è che al terrore nel quale viviamo su questa terra si mescola sempre una misteriosa bellezza…

(L’intervista è tratta dal libro “In compagnia di Cioran” edito nel 2004 da Il Notes magico, Padova. Si ringrazia Mario Andrea Rigoni e Antonio Castronuovo per l’autorizzazione concessa alla pubblicazione)

No centenário de Cioran (João Bigotte Chorão)

Resumo: O escritor romeno Emil Cioran (1911-1995) é recordado no centenário do seu nascimento, a propósito de um livro que esclarece a sua relação com o país que o acolheu no exílio: De la France. Redigido em 1941, este texto foi publicado pela primeira vez em 2009 e reeditado em 2011 (data em que também foi publicada a tradução para espanhol).

Palavras-chave: Emil Cioran, literatura romena, exílio, França, diário pessoal, Espanha.

Revisiones – Revista de crítica cultural, n.º 7 (Invierno de 2011 / Primavera de 2012), pp. 227-232. | PDF

Charmed by Death and Chaos (NYT)

By Edmund White
Published: May 05, 1991

ANATHEMAS AND ADMIRATIONS By E. M. Cioran. Translated by Richard Howard. 256 pp. New York: Arcade Publishing/Little, Brown & Company. $22.95.

I hate wisdom. What drunks, politicians and the idle proffer so freely gives me an allergic reaction. Most wisdom, I’m convinced, is made up of what S. I. Hayakawa used to call “purr words,” reassuringly familiar and abstract empty vocables that go down well uttered in any order, even in reverse. Perhaps this aversion is what always made me avoid E. M. Cioran in the past, since he’s an aphorist. For me, just a glance at all those nugatory paragraphs, set off by portentous white space, is usually an accurate early warning that wisdom Scuds are about to be launched.

Nothing could be more gratifying than to discover that Mr. Cioran, a Romanian who’s lived in France since 1937, admires Buddhism of the most unconsoling variety, has contemplated suicide for decades, esteems extremists, fanatics and eccentrics of all sorts and has instituted vertigo into his daily life. Instead of accumulating wisdom, he has shed certainties. Instead of reaching out to touch someone, he has fastidiously cultivated his exemplary solitude. If he is an aphorist, he’s one who resembles Nietzsche, not Kahlil Gibran. As he says in “Anathemas and Admirations”: “However much I have frequented the mystics, deep down I have always sided with the Devil; unable to equal him in power, I have tried to be worthy of him, at least, in insolence, acrimony, arbitrariness, and caprice.”

Mr. Cioran is so far from the current quest for bromides, success and togetherness that he must have shocked the American professor who asked him for a suggestion as to what he should discuss in his next year’s lectures. He hazarded: “Why not chaos and its charms?” Under the chapter heading “Exasperations,” he notes laconically, “Devouring biographies one after the next to be convinced of the futility of any undertaking, of any destiny.”

The gulf between his tradition of European pessimism and American optimism comes clear in his reflections on F. Scott Fitzgerald. Instead of looking at the artistic Fitzgerald, the author of “The Great Gatsby,” or the legendary Fitzgerald, the inventor of the flapper, Mr. Cioran selects the desperate, alcoholic Fitzgerald of “The Crack-Up” and treats him to some unusual observations. When Fitzgerald complains of his sleepless nights, Mr. Cioran (himself a great insomniac) regrets the American is not sensitive to the advantages of this “enriching disaster.” When Fitzgerald contemplates his “dark night of the soul” and considers it to be a symptom of psychological collapse, Mr. Cioran asks why Fitzgerald was indifferent to the philosophical possibilities of his condition: “He struggled more as a victim than as a hero. The same is true of all those who live their drama solely in terms of psychology; unsuited to perceiving an exterior absolute to combat or to yield to, they eternally relapse into themselves in order to vegetate, ultimately, beneath the truths they have glimpsed.”

Mr. Cioran occupies a position of extreme solitude in French intellectual life. Like his fellow Romanian, the playwright Eugene Ionesco, who also lives in Paris, he is fascinated by death, although Mr. Ionesco flees it in a panic while Mr. Cioran woos it with honeyed words and knowing smiles. Mr. Cioran is a contemplator of suicide who has lived to be old (“Since day after day I have lived in the company of Suicide, it would be unjust and ungrateful on my part to denigrate it”).

He is also a philosopher who despises anything systematic (“One is freer in the aphorism — triumph of a disintegrated ego”). He is a foreigner who writes an exquisite French — knotty with thought, rapid in its notation of ideas, dandified in its elisions. Richard Howard has rendered this language, which is both classical (lucid, sober) and Romantic (intimate, omnivorous), with the same suppleness he brought to that other great French stylist of our epoch, Roland Barthes.

For Mr. Cioran, French is a language beset with formal constraints and refinements that he characterizes as “the combination of a straitjacket and a salon,” though elsewhere he writes: “It is just possible to imagine God speaking French. Christ, never. His words do not function in a language so ill at ease in the naive or the sublime.”

In the era of magazines like People and Paris Match, he is capable of observing (of Borges, in this case): “The misfortune of being recognized has befallen him. He deserved better.” Despite being a stoic and virtually a hermit, Mr. Cioran has had on some readers a calamitous effect; not long ago a young man in France committed suicide with a Cioran volume beside him (was it the mordant “Temptation to Exist”?).

Mr. Cioran’s ear for language is so finely tuned that it’s no accident he loves music. Some of his most striking apothegms record the effect of music (its essence is ineffable). I’ll restrain myself to quoting two: “Only music can create an indestructible complicity between two persons. A passion is perishable, it decays, like everything that partakes of life, whereas music is of an essence superior to life and, of course, to death.” And: “Music exists only so long as hearing it lasts, just as God exists only so long as ecstasy lasts. The supreme art and the Supreme Being have this in common, that they depend entirely on ourselves.”

Although Mr. Cioran prefers aphorisms, he is also a superb literary essayist, as this book gives us two occasions to observe. One of the two important essays is on Paul Valery, the French poet, in which Mr. Cioran remarks, “His horror of philosophic jargon is so convincing, so contagious, that one shares it forever after, so that one can no longer read a serious philosopher except with suspicion or distaste, henceforth rejecting any falsely mysterious or learned term.”

The other is a homage to the 19th-century reactionary political philosopher Joseph de Maistre. With hand-rubbing glee Mr. Cioran chortles and quotes Maistre declaring in an insane period: “In all the universe there can be nothing more peaceful, more circumspect, more humane by nature than the tribunal of the Inquisition.” Maistre was sent by the King of Sardinia as his Ambassador to St. Petersburg, and Mr. Cioran identifies with his status as emigre: “A thinker is enriched by all that escapes him, all that is taken from him; if he should happen to lose his country, what a windfall! Thus the exile is a thinker in miniature or a circumstantial visionary.”

In his reactionary excessiveness Maistre criticized anything new and praised any authority consecrated by time, which he invariably qualified as “divine.” Wryly, Mr. Cioran says in an aside, “Applied to war, the adjective seems, at first glance, unfortunate.” With characteristic dryness, Mr. Cioran concludes, “Nothing permits us to regard goodness as the major attribute of the divinity.”

Sardonic, even cynical, Mr. Cioran rivals his idol, Satan, in the elegance of his address and the undermining fluency of his thought. I suppose if we must have wisdom, it should at least be sulfurous.

WRITING AS REVENGE

I want to write only in an explosive state, in a fever or under great nervous tension, in an atmosphere of settling accounts, where invectives replace blows and slaps. It usually begins this way: a faint trembling that becomes stronger and stronger, as after an insult one has swallowed without responding. . . . Expression is relief, the indirect revenge of one who cannot endure shame and who rebels in words against his kind, against himself. . . . I have not written a single line at my normal temperature. And yet for years on end I regarded myself as the one individual exempt from flaws. Such pride did me good: it allowed me to blacken paper. I virtually ceased producing when my delirium abated and I became the victim of a pernicious modesty, deadly to that ferment from which intuitions and truths derive. . . .

When one attacks a subject, however ordinary, one experiences a feeling of plenitude, accompanied by a touch of arrogance. A phenomenon stranger still: that sensation of superiority when one describes a figure one admires. In the middle of a sentence, how easily one believes oneself the center of the world! Writing and worship do not go together: like it or not, to speak of God is to regard Him from on high . Writing is the creature’s revenge, and his answer to a botched Creation. — From “Anathemas and Admirations.”

Edmund White, who teaches English at Brown University, is finishing a biography of Jean Genet.

E. M. Cioran & Jason Weiss

A keen stylist and rigorous thinker, concerned with the most fundamental issues of being, E. M. Cioran has often been compared with such writers as Beckett and Borges. Though he might have been better known had he written fiction or plays rather than his very particular essays and aphorisms, Cioran’s books reach across great distances: those within the self as well as those between people. | PDF