Entrevista de Paulo Borges ao filósofo romeno Ciprian Valcan sobre budismo, filosofia, Cioran, Oriente e Ocidente

Entrevista publicada em “Orizont” (Revista da União dos Escritores da Roménia), nr. 2 (1553), Ano XXIV, nova série, 28 de Fevereiro de 2012. Traduzida para o romeno por Maria João Coutinho e Simion Cristea.

1. Em que medida um melhor conhecimento da filosofia oriental contribui para a transformação da reflexão filosófica da tradição ocidental? No seu caso, como é que o budismo influenciou o estilo de filosofia que pratica?

Conhecer as filosofias orientais – muito diversas entre si – é indispensável para conhecer melhor a própria filosofia ocidental. Por um lado, porque algumas filosofias orientais, como a persa e a indiana, são fruto da mesma matriz linguística e cultural, a indo-europeia, com categorias muito semelhantes às do pensamento ocidental, procedente da submatriz grega do pensamento indoeuropeu… [Leia mais]

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Cogito Ergo ¡Bum! Aproximaciones a Cioran

Publicado en Tedium Vitae No 2 — Por Mariano Piglia (Traducción: Claudio Rayo Barragán)

Reproducido con la autorización de la revista Educazione Sentimentale.

¿Por qué no tienes la fuerza de sustraerte a la obligación de respirar?, pregunta Cioran en Breviario de Podredumbre, acaso respondiendo a la frase de Baudelaire: “al respirar desciende la Muerte en los pulmones”. Para un pensador que pone en entredicho la “obligación” de respirar, que ignora “totalmente por qué hay que hacer algo en esta vida, por qué debemos tener amigos, aspiraciones, esperanzas y sueños”, que sostiene que “nada de cuanto se haga merece la pena”, la corona del Time: “el Rey de los pesimistas”, parece demasiado estrecha. Cioran no es tanto un pesimista como un escéptico: desprovisto de la capacidad psicológica de la credulidad y la certeza… [Leia mais]

-Émile Cioran- (Blas Matamoro)

Por Blas Matamoro – Letras Libres, Febrero 2006

¿Cuáles son las claves del pensamiento corrosivo y genial de Émile Cioran? Entre el nihilismo más polémico y la defensa de la libertad más vigorosa, siempre inconformista, el célebre autor de Breviario de podredumbre y El aciago demiurgo, huye de su origen, familia y lengua para encontrar su propia verdad, según rastrea en clave freudiana Blas Matamoro.

Cioran declaró su fobia por Freud. No era la única suya, por cierto. La fobia es una defensa ante algo o alguien que se siente como adversario temible. Las mil páginas de sus Cuadernos1, de edición póstuma, acreditan un ejercicio de autoanálisis y pagan, por paradoja, su deuda con Freud. El temor de Cioran era caer seducido por el inventor del psicoanálisis. En efecto, si se considera, como él mismo lo hace, que el rechazo del nacimiento es la obsesión y el falso problema que constituye el núcleo de su pensamiento —patente en libros como La tentación de existir y Del inconveniente de haber nacido— es posible buscar la escena que da lugar a esta fijación que es la imposible tarea y el irresistible estímulo de su escritura. Él la proporciona: es la muerte de su madre… [Leia mais: HTML | PDF]

Cioran, del rumano al francés (Edgardo Cozarinsky)

Por Edgardo Cozarinsky — Letras Libres, Julio 2006 | HTML | PDF

Mauricio Gómez Morín

Cioran, ácido y lúcido como pocos pensadores, cambió de lengua escrita sin perder su inteligencia de relámpago, pero no sin consecuencias. Cozarinsky las estudia en este ensayo, al tiempo que analiza el conjunto de su obra.

Durante el verano de 1947, mientras pasaba un tiempo en un pueblo cerca de Dieppe, intenté como simple ejercicio traducir a Mallarmé al rumano. Súbitamente tuve una revelación: debes romper con tu lengua y desde este momento escribir sólo en francés. Volví a París al día siguiente y sin vacilar me puse a escribir en esta lengua adoptiva, elegida en aquel instante. Así redacté, muy rápido, la primera versión del Précis de décomposition.”1

La memoria, como suele hacerlo, parece haber jugado con Cioran en el momento de recordar ese día, para él decisivo. A menos de que se trate, como en casos más ilustres –los de las memorias escritas de Yeats, las confidencias verbales de Borges–, de ese montaje, en el sentido cinematográfico, que opera la memoria sobre el anecdotario vivido, y cuyo resultado a menudo es más cierto que la mera cronología. “Sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios” (Borges: “Emma Zunz”).

En efecto, el original francés de Précis de décomposition había llegado a las oficinas de las ediciones Gallimard en la primavera de ese mismo 1947, más exactamente en marzo. A pesar de ser aceptado inmediatamente, sólo sería enviado a la imprenta en 1949. Para ello fue necesario que el prestigioso jurado del flamante premio Rivarol (Gide, Paulhan, Supervielle, Maurois, Romains), creado para señalar una obra escrita en francés por un autor extranjero (y que en 1952 iba a recibir la argentina Gloria Alcorta por su libro de poesía Visages), declarara que el ensayo de Cioran era el candidato preferido pero que su pesimismo y negatividad los habían disuadido de premiarlo. Bastó esta admisión de timidez para que Gallimard decidiera publicarlo sin más tardar. En 1950, respaldado por una recepción crítica extraordinaria, ese mismo jurado finalmente se atrevió a coronarlo.

Es sabido que el francés siempre ha sido el segundo idioma de los intelectuales rumanos, que muchos de ellos lo han utilizado con precisión y sensibilidad. De Cioran, estudiante de filosofía en Heidelberg, familiarizado con Husserl y Nietzsche, podría pensarse que hubiera podido elegir el alemán; pero en 1947 hacía diez años que vivía en París. ¿Qué sentido tenía abordar el idioma francés?

El más evidente es el de pasar de un público lector limitado a otro no sólo mayor sino también, a través de esa caja de resonancia llamada París, a una vitrina para el mundo. Gabriel Liceanu piensa que el intento de trasvasar a Mallarmé al rumano lo sometió a una experiencia decisiva: la de enfrentarse con esos límites irreductibles en que se cotejan y definen lo más propio, lo menos comunicable de dos lenguas: “Si el idioma es el límite que confiere una identidad en el orden del espíritu, abandonarlo significa darse otro límite (finis), por lo tanto otra de-finición; en una palabra, cambiar de identidad.”2 Cioran iba a recordar a menudo la cantidad de café, cigarrillos y diccionarios que le iba a costar redondear una frase en “este idioma inabordable, demasiado noble, demasiado distinguido para mi gusto”.3

Dos décadas más tarde, iba a describir (en rumano, lengua de las cartas a su hermano Aurel y al amigo escritor Constantin Noica) su nostalgia del idioma rumano, que aún consideraba más expresivo y poético; lo absurdo de escribir en un idioma “civilizado” como el francés, él que se consideraba un bárbaro del Danubio… ¿Simple coquetería de quien ha llegado a ser un maestro de la prosa francesa, comparado a los “moralistas” del Gran Siglo? ¿Insidiosa nostalgia de la infancia, como esa evocación sentimental de Rasinari, el pueblo natal, donde se imagina convertido en pastor de rebaños –¡él, hijo de un sacerdote ortodoxo!–, más en contacto con las “verdades elementales, eternas” que en las aulas de la Sorbona?
Más que demagogia o senilidad, intuyo en estas divagaciones un negativo, la imagen invertida del desprecio que le inspira la vie littéraire parisina, con su práctica de la adulación y el conformismo, su constelación de premios insignificantes y risibles academias. Una vida de la que fue testigo prescindible durante los años para él difíciles de la segunda posguerra mundial.

Poco importa quién somos, sólo podemos lanzarnos a alta mar. Sin deseo de anclar. ¿Acaso la meta de la inestabilidad no es la de agotar el mar? Para que ninguna ola sobreviva a la odisea del corazón. Un Ulises… con todos los libros. Una sed de alta mar que proviene de la lectura, una errancia de erudito. (Qui que nous soyons, nous ne pouvons rien de plus que prendre le large. Sans désir d’ancrage. Le but de l’instabilité n’est-il pas d’épuiser la mer? Afin qu’aucune vague ne survive à l’odysée du coeur. Ulysse –avec tous les livres. Une soif du grand large tirée des lectures, une errance érudite.)4

Es el deseo de un cambio de identidad lo que me parece determinante en esa elección.

Durante años se supuso que Cioran había atravesado la ocupación alemana en París sin más protección que el pasaporte rumano y la “pureza” racial. Como otros intelectuales de su país en los años treinta, había sido sensible a la seducción de una extrema derecha apocalíptica, cuyos desvaríos encarnó en el ámbito académico rumano Nae Ionescu, carismático profesor de filosofía, epígono caricatural de Spengler. A su fascinación iban a sucumbir, más que Cioran, muchos compatriotas, Mircea Eliade en primer lugar; solamente, tal vez inevitablemente, fue un estudiante judío, el escritor Mihail Sebastian, quien rechazó su propia admiración, no negada, por Ionescu, y esto sólo después de haberle pedido un prólogo para su primer libro y recibir del profesor un texto donde le recomendaba anticiparse por su propia mano al exterminio de una raza degenerada…

De los cinco libros que Cioran había escrito en rumano, entre 1933 y 1940, y que sólo tras su muerte han sido traducidos al francés, los hay de puro, precoz nihilismo. (El primero tiene por título En las cimas de la desesperanza.) Anuncian, sin jugar aún con la paradoja, la condena de toda ilusión moral, el agotamiento de toda pulsión vital, que iban a articularse y matizarse más sutilmente en la obra escrita en francés. Del único no traducido (¿piadosamente?, ¿prudentemente?) –Transfiguración de Rumanía, 1936– se sabe que refleja hasta qué punto podía identificarse Cioran, a pesar de sus arrebatos anticristianos, con la misión de las legiones del Arcángel Gabriel que lideraba Corneliu Codreanu, mártir del fascismo rumano.

Fue ésta una variedad más mística que la italiana, nada pagana como el nacionalsocialismo alemán. (Distinción elocuente: la cultura, o la tradición nacional, ya pesaban más que la ideología, como lo demostrarían dos décadas más tarde las declinaciones tan diversas del comunismo, aun bajo una misma férula soviética, en los países de Europa del Este.) Más allá del rechazo de la democracia parlamentaria, fue el de la hipocresía y la corrupción, ejercidos por una monarquía sin autoridad moral, en una sociedad tironeada entre los estertores del feudalismo y un borrador de capitalismo rapaz, lo que impulsó a muchos jóvenes impacientes de la inteligencia rumana a escuchar en los años treinta las sirenas que anunciaban al “hombre nuevo”, esa entelequia que Codreanu agitó antes que Pétain, el Che o Mao y que ha justificado todas las masacres del siglo XX, coronadas por el exterminio más letal, el realizado en Camboya, en nombre del marxismo revolucionario, por Pol-Pot.

El descubrimiento reciente, en la Rumanía posterior a Ceaucescu, de los diarios de Sebastian echó una primera luz inédita aunque parcial sobre ese periodo de la vida de Cioran. Sebastian siguió frecuentando a colegas fascistas, aun antisemitas, desde la semiclandestinidad, con una mezcla indescifrable de estoicismo y despreocupación, acaso de respeto por dotes intelectuales cuyas complicidades letales le parecían anodinas. El 2 de enero de 1941 anota en su diario que se cruza en la calle con Cioran (de quien, por lo tanto, nos enteramos que se hallaba en Bucarest); éste le anuncia que ha sido nombrado agregado cultural en París, lo que le evita ir al frente como reservista. Sebastian lo ve como “un hombre interesante, de inteligencia notable, sin prejuicios, que reúne en forma divertida dobles dosis de cinismo y cobardía”. El 12 de febrero del mismo año acota que, aunque Cioran apoyó la rebelión de las Legiones de Codreanu, no sólo ha sido confirmado en su nombramiento sino que el nuevo gobierno ha aumentado su salario…5

Convencido de que la miseria está íntimamente ligada a la existencia, no puedo apoyar ninguna doctrina humanitaria. Me parecen, todas, igualmente ilusorias y quiméricas […] Ante la miseria me avergüenza hasta la existencia de la música. La injusticia constituye la esencia de la vida social. ¿Cómo apoyar, entonces, la doctrina que sea? (Convaincu que la misère est intimement liée à l’existence, je ne puis adhérer à aucune doctrine humanitaire. Elles me paraissent, dans leur totalité, également illusoires et chimériques. […] Devant la misère, j’ai honte même de l’existence de la musique. L’injustice constitue l’essence de la vie sociale. Comment adhérer, dès lors, à quelque doctrine que ce soit?)6

El recorrido por los libros rumanos de Cioran es instructivo. El escepticismo que proclama un autor casi adolescente, cuyas primeras páginas publicadas rezuman la lectura voraz (¿la indigestión?) de Kierkegaard y Nietzsche, permite dudar que cualquier noción de “hombre nuevo” pudiese seducirlo; si en algo podía coincidir con el evangelio legionario de Codreanu sería más bien en el espejismo, ¡cuán cultural!, de un primitivismo recuperado:

La declinación de un pueblo coincide con un máximo de lucidez colectiva. Los instintos que crean los “hechos históricos” se debilitan y sobre sus ruinas se alza el tedio. […] La aurora conoce ideales, el crepúsculo sólo ideas. (Le déclin d’un peuple coîncide avec un maximum de lucidité collective. Les instincts qui créent les ‘faits historiques’ s’affaiblissent, sur leur ruine se dresse l’ennui. […] L’aurore connaît des idéaux; le crépuscule seulement des idées.)7

A Cioran, una cruzada como la de Codreanu debería aparecerle enferma de ese mismo cristianismo que desprecia, que “le impide respirar” (“su mitología está gastada, sus símbolos vacíos, sus promesas incumplidas. Dos mil años de desorientación siniestra… [El cristianismo] no conoce ningún culto del orgullo, ninguna exasperación de las pasiones…”/ “sa mythologie est usée, ses symboles vides, ses promesses non tenues. Deux mille ans d’égarement sinistre! [Le christianisme] ne connaît aucun culte de la fierté, aucune exaspération des passions…”) 8. Su única promesa sería la de un apocalipsis impregnado de esa exaltación entre mística y pagana que tantos descontentos de la cultura, D. H. Lawrence o Pío Baroja, buscaron lejos de Freud, en la precipitación del crepúsculo de Occidente. De esa fruición negativa, los libros rumanos de Cioran hoy accesibles en francés dan un testimonio a la vez intenso y monocorde. Antes de intentar el paso a otro idioma, que iba a llamar “civilizado” por excelencia, al rigor de su sintaxis, a la exactitud de su dicción, esos libros recobrados devuelven, no exorcizada, la imagen de un joven impaciente por infligir su propia angustia existencial al mundo en que le había tocado nacer.

Conservar el propio secreto: nada hay más fructífero. Nos trabaja, nos carcome, nos amenaza. (Conserver son secret, rien de plus fructueux. Il vous travaille, vous ronge, vous menace.)9

Durante mucho tiempo lo más cautivante en la figura de Cioran fue el cultivo inflexible de la marginalidad. Su ausencia del escenario público en los años de la ocupación alemana de París no le exigía que diese vuelta públicamente a su camisa, como lo hicieron tantos franceses al sentir, entre 1942 y 1943, que el viento cambiaba de dirección; hubiese podido adoptar, tras la abstinencia pública de aquellos años, si no una militancia de signo “correcto” al menos alguna declaración que la avalase. A pesar de lo anotado por Sebastian en sus diarios, la vida de Cioran en París no parece haber cambiado entre los años treinta y los cincuenta.

De estudiante becado a escritor reconocido, en una misma estrechez cultivó un mismo ascetismo donde parece no haber dejado huella el paréntesis de la ocupación y de un cargo diplomático nunca sabremos cuán simbólico, y en el que en todo caso sólo permaneció tres meses. A partir de 1950 Cioran rechazó todos los premios que se le otorgaron, y si dejó su cuarto de hotel fue para acceder a las dos chambres-de-bonne comunicadas de la rue de l’Odéon que iban a ser su departamento por el resto de su vida. Parecía haber entendido que el precio de su independencia era no necesitar dinero, no depender de la sociedad ni aun para el más modesto empleo. Ayudado por su editor y algunos admiradores que protegieron su modesta supervivencia, logró permanecer fiel al ascetismo elegido.

Es posible leer en esta forma de retiro tanto la continuidad de su temprano nihilismo como la reacción de quien se dejó un momento deslumbrar por un embriagador evangelio redentorista, cuya falacia debió manifestársele aun antes de que la historia lo invalidase. Mircea Eliade, mucho más comprometido que Cioran en la cruzada legionaria, pasó años de ostracismo en Francia, esperando superar las listas grises de la posguerra y poder ser admitido en los Estados Unidos, donde iba a hacer una brillante carrera académica en la Universidad de Chicago. Cioran, en cambio, no aspiraba más que a preservar su aislamiento, a escribir fuera de todo diálogo con la actualidad.

Es aquí donde resulta imprescindible referirse al libro reciente de Alexandra Laignel-Lavastine, Cioran, Eliade, Ionesco: L’oubli du fascisme.10 Es impresionante la amplitud de la investigación y la firmeza de la erudición que sostienen esta obra, donde culminan años de trabajo entre París y Bucarest en los que la autora, historiadora y profesora de filosofía, compulsó publicaciones periodísticas de los años treinta y cuarenta largo tiempo ocultadas, así como documentos oficiales y correspondencias privadas. La misma riqueza de información y la agudeza de su contextualización imponen al lector una pregunta, si se quiere aun más incómoda que toda hipótesis anterior.

Ante lo indiscutible de las estrategias, variablemente sutiles, de Cioran y Eliade por callar antes que borrar, por borrar antes que negar los lazos que los unieron a una ideología perdedora, y que la doxa política de la segunda posguerra mundial iba a asociar exclusivamente con masacre y genocidio, ¿cómo entender, por ejemplo, si no es por un auténtico respeto intelectual, la solidaridad y ocasional complicidad con ellos de un Ionesco, hijo de madre judía? (Ionesco, que para protegerla buscó un cargo en la legación rumana ante el gobierno de Vichy, y pocos años más tarde sería condenado a prisión in absentia por el primer gobierno comunista rumano cuando denunció los lazos del viejo nacionalismo con el flamante totalitarismo…) ¿Dónde trazar el límite ya no entre obra y conducta –distinción banal por excelencia– sino más bien entre la estima intelectual que la obra de un Eliade exige y la disidencia, aun el rechazo que pueden suscitar sus bases conceptuales, o más bien la proyección en la esfera pública de esas bases?

Sería necesario contextualizar ese mismo “olvido” en la vida artística e intelectual parisina de la segunda posguerra mundial, dominada por la sumisión de los intelectuales más visibles al espacio mínimo, ya no de disidencia sino de mera prescindencia, tolerado por el Partido Comunista. Es el contexto donde Picasso, al día siguiente de la Liberación, tras haber vivido en París el periodo de la Ocupación, corría a afiliarse al pc y pasaba a dibujar palomas “de la paz” para Stalin; donde se saludaba la aurora del socialismo en toda Europa del Este precisamente en momentos en que Rumanía instauraba, caso único entre los países de la órbita soviética, un sistema carcelario que obligaba a los prisioneros políticos a torturar a sus compañeros de detención como forma de apresurar su quiebra moral.

Puede contraponerse el pesimismo irónico, el escepticismo en que iban a desembocar estos europeos del Este, brutalmente disipada la ilusión fascista en medio del conformismo de izquierdas, al optimismo tenaz, “progresista” de un Sartre, infatigable en el centro de un escenario intelectual por él creado, impaciente por perseguir en cada momento lo que parecía ser “la dirección de la Historia”, corrigiendo el rumbo apenas la realidad impugnaba sus posiciones. Antes de dar lecciones de moral pública desde Les Temps Modernes, revista fundada en el fervor de la Liberación, en cuyo primer número se lee que no publicará a “colaboracionistas”, Sartre había estrenado sus primeras obras de teatro durante la ocupación; debe de haber aceptado firmar, por lo tanto, el documento exigido por las autoridades de la época, donde declaraba no tener antepasados judíos… Ese mínimo gesto de obediencia administrativa, insignificante en la biografía de otro intelectual, no le inspiró ningún párrafo entre los miles de páginas consagradas a desmenuzar las contradicciones existenciales de Genet y Flaubert. Si una grandeza conserva aún su figura es la de no haberle temido al riesgo de equivocarse, tantas veces confirmado en su vida.

Cioran, en cambio, había firmado, a principios de 1944, es decir en un París todavía ocupado por el ejército del Reich, la petición encabezada por Jean Paulhan para que se dejara en libertad al poeta judío rumano Benjamin Fondane, que había rehusado coser a su ropa la estrella amarilla y fue denunciado por la portera. (La petición fue escuchada y la liberación de Fondane autorizada, pero éste se negó a dejar el campo de detención de Drancy si no lo acompañaba su hermana Line; como la excepción había sido concedida sólo para él, en cuanto hombre de letras reconocido por notables “arios”, Fondane eligió ser deportado junto a su hermana. Entraron en la cámara de gas de Auschwitz en octubre de 1944, cuando París ya había sido liberado.) En 1986 Cioran dedicó a Fondane uno de los ensayos de sus Exercises d’admiration, donde omite con elegancia mencionar su propio gesto.

(Lazos tácitos: Fondane había vivido con el personaje mítico de Ulises, figura de un poema reescrito a lo largo de su vida, como un álter ego idealizado: Ulises, que según Primo Levi sería el héroe judío simbólico, prefiguración de la diáspora… En todos estos autores reaparece el respeto por ese héroe de la antigüedad, en quien Dante ya había admirado un afán prerrenacentista de riesgo y conocimiento, tan impropio en un católico militante como propio de todo poeta. Esa fascinación halla un eco en el fragmento citado de Cioran, cuyo antisemitismo doctrinario de los años treinta iba a transformarse más tarde en identificación “metafísica” con el judío, por las mismas razones que antes lo habían hecho nocivo: individuo marginal, inasimilable, que exige ser excluido.)

Amamos a nuestro país en la medida misma en que no puede consolarnos. ¿Qué sino adverso marcó nuestro origen? (Notre pays, nous le chérissons dans la mesure où il n’est pas source de consolation. Quel mauvais sort a scellé nos origines?)11

Más de una vez me he preguntado sobre los lazos misteriosos que parecen unir a Rumanía con la Argentina, y no sólo en la tenacidad de una inextinguible derecha extrema que en septiembre del año 1999, por ejemplo, pegó a las paredes indiferentes de la calle Florida de Buenos Aires humildes fotocopias que invitaban a una misa en memoria de Corneliu Codreanu. En 2003, comprobé que la biografía del “mártir legionario” y un breviario de su pensamiento, editados por firmas confidenciales, pueden adquirirse en librerías especializadas de la ciudad, cuyas vidrieras no exhiben, por cierto, Mein Kampf sino títulos respetables de Chesterton y Belloc, al lado de los de sus émulos criollos, Leonardo Castellani y Julio Menvielle. La derecha argentina tradicional, católica y maurrassiana, ha conocido algún fino prosista, como Julio Irazusta, y muchos polemistas vociferantes (Ramón Doll, Carlos Ibarguren); no le conozco, en cambio, ningún aforista subnietzscheano como el joven Cioran, fascinado por la decadencia misma que diagnostica, hallando su reflejo en una descomposición que condena.

¿Será el cultivo endémico por parte de ambas naciones de un súper ego cultural, imaginario y por lo tanto inerradicable por la historia? Rumanía, nación “latina” que resiste heroicamente entre bárbaros eslavos y magiares; la Argentina, país (que en otros tiempos podía creerse) “europeo” en América del Sur… Hoy la Argentina es la sombra mestiza del país que fue, si es que alguna vez lo fue más allá de sus deseos. En cuanto a Rumanía, las dos guerras mundiales del siglo xx enriquecieron primero, luego mutilaron su territorio. Tanto su fascismo como su comunismo, ambos particularmente cruentos, pretendieron ignorar, como más tarde lo harían los nacionalismos cebados en las ruinas de lo que había sido Yugoslavia, que la única realidad de Europa central y los Balcanes es la cohabitación de minorías étnicas, lingüísticas y religiosas, que todo intento de “purificación” conduce a pesadillas, ayer la del nazismo, hoy la de ETA.

Entre el pesimismo fundamental de los primeros libros de Cioran escritos en rumano y los más difundidos que iba a escribir en francés no advierto una ruptura profunda; sólo una sumisión triunfante a la disciplina del idioma francés, donde el sentido pasa menos por el vocabulario que por la sintaxis, que le permite articular más sutilmente aquella negatividad primitiva, anterior a cualquier elaboración intelectual. A la brutal desintoxicación de la embriaguez nihilista, del culto (por más intelectual que haya sido) de la fuerza y el irracionalismo, purga intelectual que la Historia impuso inapelablemente, y no sólo a Cioran, a partir de 1945, corresponde el refugio en un idioma cuya disciplina ordena todo arrebato de lirismo morboso. Si algo subraya la severidad y concisión del nuevo idioma es el desencanto de la madurez. Sólo el hecho de publicar exorciza en cierta medida, si no impugna del todo, la carga negativa del texto. ¿Correspondería al lector la función de hipotético redentor?

El cambio de identidad deseado por Cioran es menos el entierro de un veinteañero seducido por una retórica apocalíptica –del que tuvo la prudencia, acaso la sensatez, de nunca renegar– que la realización de un sueño tardío, alimentado de escepticismo y desilusión: el de un estudiante de filosofía, “descontento de la civilización” misma donde ha elegido respirar, que tras recorrer las inagotables bibliotecas de Heidelberg y la Sorbona se idealiza en pastor transilvano, y necesita escribir en francés para hacerle entender a París que, a pesar del reconocimiento de la arrogante, tornadiza capital, él sólo ha deseado ser un pastor transilvano…

Acaso el antiguo espejismo de una edad de oro mítica, ajena a la complejidad de la cultura y la razón, halle refugio en el de esa otra edad de oro accesible a todo individuo, la de la infancia, purificada retrospectivamente de terrores y crueldad, en la que el adulto proyecta una falaz inocencia, un deseo ajeno a las responsabilidades de una edad supuestamente racional.

“Pienso en mis ‘errores’ pasados y no puedo arrepentirme. Sería como renegar de mi juventud, y por nada del mundo querría hacerlo.[…] Lo mejor que podemos hacer es aceptar nuestro pasado, o si no es posible no pensar más en él, darlo por muerto de un vez por todas.” (“Je pense à mes ‘erreurs’ passées, et je ne peux pas les regretter. Ce serait piétiner ma jeunesse; ce que je ne veux à aucun prix. […] Le mieux que nous puissions faire est d’accepter notre passé; ou alors de ne plus y penser, de le considérer comme mort et bien mort.”)12 ~

Mucho más que un maldito

Ilustración: Mauricio Gómez Morin

Tusquets pone en circulación este mes la edición conmemorativa de la obra de E. M. Cioran. Ofrecemos al lector el prólogo, escrito por Christopher Domínguez, quien rescata el carácter compulsivo del pensador franco-rumano.

Toda fama, y Emil Michel Cioran lo sabía muy bien, es el resultado de un equívoco. En su caso, la leyenda de misantropía, aquella que lo pintaba como un rumano extraviado y rabioso, quien desde París se había declarado enemigo absoluto de la humanidad, es una leyenda que pasará. No es que Cioran no haya contribuido a su buena o mala fama al convertirse, tras el éxito creciente de sus libros, en una especie de Doctora Corazón al revés, bien dispuesto a desaconsejarles a sus corresponsales desconocidos o impulsivos la doctrina del suicidio, de la cual una lectura imprecisa, por precipitada, lo convertía en sumo sacerdote. Al cumplirse un siglo de su nacimiento, descubrimos que Cioran (1911-1995) es mucho, mucho más que un maldito, si es que alguna vez lo fue. Cioran es denso: lo oxigena la atmósfera de los bosques de Transilvania donde creció, allí donde encontró y perdió el paraíso, la infancia. También es parisino sin ser francés, uno de esos parisinos ante el Altísimo, hijos distinguidos por su fidelidad a la ciudad todavía moderna a la manera de Baudelaire.

Quizá Cioran escogió la lengua francesa para cancelar –en los dos sentidos de la expresión, el de pagar una deuda y el de dar por terminado un episodio– la apasionada y ominosa relación con su patria, la Rumania de la Guardia de Hierro. Cioran dice en sus Cuadernos aparecidos póstumamente en 1997 que el peso de su pecado de juventud fue tan difícil de llevar que no pudo sino convertirse en un escéptico. Podría hablarse, también, de remordimiento, expresión autorizada por la insistencia con la que él volvía, una y otra vez, a sus raíces en la Iglesia Ortodoxa para autorretratarse, él, el hijo de un sacerdote, como un ateo, si no obstinadamente cristiano, sí “religiosamente” desesperado. El Cioran anterior a 1941 fue víctima del peor de los entusiasmos, el del fanatismo político, y así lo corrobora su historia como compañero de viaje de la legión fascista rumana que se proclamaba como la verdadera depositaria de la ortodoxa cristiana.

Algunos de los temas de Cioran son el insomnio, el misticismo sin Dios, la historia como bálsamo de la utopía y la utopía como opio de la humanidad, los tiranos dignos de ser aborrecidos, Rusia y su literatura, entendida como una forma de santidad… Es la religiosidad –insisto– de un escritor que decía solo soportar a los muertos y quien de todos los hombres habría preferido la compañía del emperador Aurelio y del esclavo Epicuro. Todos esos colores, en una paleta de grises y ocres, no los hubiera podido usar un hombre sin la experiencia del siglo XX. Nadie más lejano que Cioran del apolítico, del indiferente, del precavido. Degustador obsesivo de retratos literarios, Cioran, a partir de Breviario de podredumbre, hizo de toda su obra un autorretrato. Autorretrato de moralista, sin anécdotas, sin confesiones y (casi) sin autobiografía. Ese pudor o esa libertad le han sido reprochados: a nadie le parece suficiente el examen en carne propia que Cioran hizo del fanatismo, víctima del remordimiento por haber enloquecido por Hitler entre 1933 y 1940. De todo aquello queda, en los anales de la teratología de los ideólogos, La transfiguración de Rumania (1936), su ensayo juvenil de interrogación nacional, en el estilo de los muchos que entonces se escribieron. Cioran incurrió en un género muy fértil en español y no le fueron ajenos ni los ensayos de Miguel de Unamuno ni los de Octavio Paz.

El Cioran que se está formando –y nadie se formaba impunemente en los años treinta– tuvo por camarada y por joven maestro a Mircea Eliade. Cioran fue más voluble que el gran historiador de las religiones: occidentalizante, detestaba el culto agrario y nativista.

Más como idólatra de Lenin que de Marx fue un admirador de la Revolución rusa. Quien lea sus primeros libros escritos en rumano encontrará residuos significativos, no pocos de ellos radiactivos, de todo aquello: en En las cimas de la desesperación (1936), en De lágrimas y de santos (1937). Libros más histéricos que geniales.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y Cioran se descubrió apátrida en París, empezó a ser interpelado, al fin, por su antisemitismo convicto pero no del todo confeso. Comenzó a expiarlo con La tentación de existir, dictaminando que el mundo se dividía, metafísicamente, entre judíos y no judíos. El único pueblo que tiene un destino y no solamente una historia, dijo entonces Cioran y lo repitió, es el judío. Y con los años, acaso, descubrió que esa combinación siniestra de nacionalismo y socialismo propia de Codreanu, el jefe de la Guardia de Hierro, acabaría por encarnar en la dictadura de Ceaușescu, el “conductor” comunista. No queda claro si Cioran –y lo digo tras leer los libros que le han dedicado Marta Petreu y Alexandra Laignel-Lavastine– alcanzó a darse cuenta de esa paradoja.

Hacia 1960, la devoción por Cioran comienza a convertirse en una enfermedad primero secreta y un poco vergonzosa, y después contagiosa y hasta epidémica. Es digno de notar que, en una época de entusiastas, un escritor ajeno –con virulencia– a la utopía calificase como una prohibida conciencia moral. Calculo que a Cioran le hubiera horrorizado recibir semejante recomendación, pero así fue.

Breviario de podredumbre (1949), Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), Historia y utopía (1960), La caída en el tiempo (1966), El inconveniente de haber nacido (1973), El aciago demiurgo (1969): son los títulos de Cioran que se convierten en el oráculo manual al que recurríamos, pecaminosos, tantos de esos entusiastas. De día nos dejábamos instruir por Trotski, Althusser, Gramsci y muchos otros guías, padrinos y alcahuetes menos recomendables, para consolarnos de noche, con algún buen poeta sentimental y con Cioran. Fue Fernando Savater, traductor, amigo y apologista de Cioran, el primero entre quienes se declararon enfermos de cioranitis, según recuerda Adolfo Castañón. Fue el primero que le reconoció al rumano –y no solo en español– su lucidez oracular, recomendando que se recurriera a él de manera ciudadana y política: había que leer a Cioran con la misma valentía con la cual se visitaba a Diógenes. No importaba que sus lectores viviésemos en el alucine de sentirnos Alejandro Magno quitándole el sol al filósofo. Para liberarnos de esa locura estaba Cioran, y quien nos encaminó fue Savater.

Hay escritores más plenos que Cioran pero es difícil que haya alguno, al menos a la luz del fin del siglo XX, más lúcido que él. No fue nunca –aunque él coqueteara, no sin cortesía, con el enredo– ni un taumaturgo ni un psicoterapeuta. Posee sus poderes curativos pero no ofrece salvación en esta tierra ni en ninguna otra. No aconseja ni desaconseja el suicidio. Su lucidez (lamento la repetición pero no encuentro otra palabra) me produce alegría y en ese derrotero lo sigo. No fue tampoco un instructor de poetas malditos. Pero gracias a la limpidez de su prosa, al esfuerzo maniático que hizo por desterrar de ella todo lo que fuera lírico, Cioran ocupa su lugar como clásico. Tiene, me parece, lo que distingue a un clásico: la voz. Si lo leemos en silencio, lo escuchamos solo a él y a nadie más.

Llevó tan lejos la perfección en la forma del aforismo, que tras él quizá solo sea deseable la muerte del género. Sus lectores, adolescentes y tontos, alguna vez protagonizamos esa decadencia y quisimos empezar nuestra “obra” por el final, haciendo fragmentos cioranescos. Fueron pocos los que perseveraron con alguna dignidad en ese camino de imitación. Pero asumo que Cioran también fue (y esto también le hubiera parecido escandaloso) un maestro de preceptiva, que se ofrece como modelo porque se sabe inimitable. Muy siglo XVIII, por fortuna.

Cioran amó intensamente a Bach, al Mozart del último año y el Mesías, de Haendel: solo la música le producía la certidumbre de que la creación tuviera un sentido. También conoció la caridad (fue, pese al exilio, hijo, hermano y tío amante de los suyos), y quien lea completos sus Cuadernosse sorprenderá de encontrárselo conmovido, en 1963, por el súbito ocaso de un héroe joven, John F. Kennedy. Su obra entera produce, quién lo dijera, una dicha de reconciliación, la provocada por el verdadero desengaño. Fue hechura, cruel hechura no solo de la política feroz de los totalitarismos, sino del insomnio: nadie ha escrito páginas más perfectas sobre el no dormir. Su vida oscila entre esos dos enigmas –la fiebre de las pasiones colectivas y la vigilia forzosa, casi eterna–, y yo encuentro alegría en constatar esas dos victorias. Una lo convirtió en un escéptico y otra le permitió caminar sin tregua por los días y las noches de París, estudiante pobre que lo quería todo menos terminar por ser un profesor de filosofía. Lo tentó el budismo pero –como su amigo Octavio Paz– creía cosa indecorosa el espectáculo de un hombre de formación cristiana, oriental u occidental, convirtiéndose al credo de Buda, ascesis sin orgullo y admirable religión, técnicamente dudosa.

Sabía muy bien Cioran –y no encuentro nada más reconfortante que un moralista hipersensible ante sus heridas– que cojeaba por el lado de la queja. Lo regañaron (lo hizo Georges Poulet) por quejumbroso y se corrigió a sí mismo con Ejercicios de admiración (1986), donde habla de su gente, la curiosa gente que Cioran amaba: Joseph de Maistre (el contrafilósofo del Terror), Paul Valéry, Saint-John Perse (un pagano de su calaña), Mircea Eliade, Roger Caillois, Henri Michaux, Benjamin Fondane (el poeta judío rumano, la víctima del Holocausto que enfrentó a Cioran con su judeofobia), María Zambrano, Scott Fitzgerald. Admiraba, y allí están las páginas que lo prueban, a Borges y a Samuel Beckett, su querido amigo del que tanto consuelo recibió. Borges, Beckett, Cioran, vaya trinidad de incrédulos.

Decía Cioran de Nietzsche que en muchos aspectos le faltaba experiencia del mundo, la exasperada mundanidad que implica vivir en una gran ciudad. Por ejemplo. Era –sigue Cioran– un adolescente genial e impertinente que no se trató con las personas. Prefería Cioran a La Rochefoucauld o a Chamfort, moralistas que conocieron la vida de corte y a quienes las guerras civiles y las revoluciones los privaron de poseer la genial ingenuidad del alma que padeció o disfrutó Nietzsche, el eufórico. Son comparables en más de un punto Nietzsche y Cioran, por cierto. Anoto solo uno: el estremecimiento que significó leer a Cioran en los años setenta y ochenta del XX debió ser similar al sufrido, un siglo atrás, por los primeros lectores de Nietzsche. Eso fue leer La caída en el tiempo, El aciago demiurgo o Ejercicios de admiración. La sensación de que la máscara se cae. ~

O melhor do pessimismo (JB, 09/02/91)

O novo livro do filósofo romeno E. M. Cioran, nas livrarias em breve, é uma coleção de aforismos sobre o absurdo da existência

Por Ney Reis

Jornal do Brasil, 9 de fevereiro de 1991

“Minha mãe, esposa de um pároco, disse-me certa vez, e nunca esquecerei: ‘se tivesse previsto teu tormento interior, teria abortado’. E isto me fez bem”. A confidência do escritor e filósofo Emil Michel Cioran, romeno de nascimento e francês de opção, dá bem uma idéia do que se espera ao abrir um de seus livros, como este Silogismos da Amargura, que a Rocco está lançando com chegada prevista às livrarias no início de março… [leia mais]

Lançamento de Pe Culmile Disperarii no Brasil

A editora Hedra acaba de lançar a edição brasileira de Pe Culmile Disperarii (“Nos Cumes do Desespero”), livro de estreia de Cioran (1934) traduzido direto do romeno por Fernando Klabin.

Site oficial

Nos cumes do desespero foi escrito em romeno em 1933, quando o autor contava 22 anos de idade, sendo o primeiro livro do filósofo Emil Cioran. Explosão de angústia e lirismo, esta obra não tinha outra pretensão que não a de expressar de forma brutal e avassaladora a dor de existir. Laureada com o prêmio dos jovens escritos romenos, a obra também é fruto de suas leituras de Nietzsche, Schopenhauer, Bergson, Pascal e Dostoiévski. Mas para além das leituras e influências eruditas, Nos cumes do desespero é resultado sobretudo de sua experiência com a insônia, a vigília ininterrupta, esse “nada sem trégua”. Com a insônia, essa “lucidez vertiginosa que poderia converter o paraíso num centro de tortura”, Cioran postulou a inutilidade da filosofia e desde então passou a viver à margem das universidades, encontrando consolo no poder trêmulo das palavras. Inicialmente, o autor pretendia publicar essa obra como um testamento de um suicida, mas quando ela foi lançada em 1934 Cioran descobriu o alívio da palavra desencantada e desde então desenvolveu a arte da fórmula paradoxal e da máxima assombrosa e inesquecível, sem a qual, segundo o próprio autor, teria posto um fim aos seus dias. Obra inédita em português, em tradução direta do romeno e com apresentação de José Thomaz Brum.

Emil Cioran (1911–1995) é um filósofo e ensaísta de origem romena. Formado em filosofia pela Universidade de Bucareste, a partir de 1937 se instala na França onde escreve a maior parte de sua obra, adotando o francês como sua língua de escrita. Em obras hoje consideradas clássicas como o Breviário de decomposição e os Silogismos de amargura, Cioran desenvolveu um estilo único que une reflexão e poesia em fórmulas tão brilhantes quanto desconcertantes. De um pessimismo implacável, sua obra representa um desafio ao pensamento.

Fernando Klabin nasceu em São Paulo (SP) e formou-se em ciência política pela Universidade de Bucareste, Romênia, onde reside desde 1997. Do romeno traduziu, entre outras obras, Senhorita Christina, de Mircea Eliade (Tordesilhas); Acontecimentos da irrealidade imediata, de Max Blecher (Globo); Uma outra juventude e Dayan, de Mircea Eliade (editora 34); e poemas de Marin Sorescu e Geo Bogza publicados pela revista Poesia Sempre.