Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

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Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

Cioran: conversación con François Bondy

¿Le gusta escribir?

Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo. […] No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno! 

*

Aparecida en la obra de François Bondy: Gespräche mit James Baldwin, Carl Burckhardt, Mary McCarthy, E.M. Cioran, Witold Gombrowicz, Eugène Ionesco, Karl Jaspers, Hans Mayer, S. Mrozek, N. Sarraute, I. Silone, Jean Starobinski, Viena, Europa Verlag, 1970

¿Cómo consiguió este apartamento en el sexto piso, con una magnífica vista sobre los tejados del Barrio Latino?
Gracias al esnobismo literario. Llevaba ya mucho tiempo harto de mi habitación de hotel en la Rue Racine y había pedido a una agente inmobiliaria que me buscara algo, pero no me había enseñado nada. Entonces le envié un libro que acababa de publicar, con una dedicatoria. Dos días después, me trajo aquí, donde el alquiler —aunque le cueste creerlo— es de unos cien francos, lo que corresponde a mis medios de vida. Es lo que ocurre con las dedicatorias de autor. La sesión de la firma en Gallimard, cada vez que aparece un libro, era algo que me aburría y una vez no llegué a firmar la mitad de mi contingente de libros. Nunca he tenido peores críticas. Es un rito y una obligación. Ni siquiera Beckett puede substraerse a él. Joyce nunca pudo entenderlo. Le habían dicho que en París un crítico espera siempre una carta de agradecimiento del autor, cuando ha hablado bien de él. Y una vez accedió a enviar una tarjeta de visita con sus saludos a un crítico que había publicado un estudio importante sobre él. Pero al otro le pareció demasiado lacónico y no volvió a escribir nunca sobre Joyce.

Comencemos por Rumania. Usted se crió en Transilvania, estudió en Bucarest y en esta ciudad publicó sus primeros escritos. ¿Tenia usted ya en aquel momento, como tantos intelectuales rumanos, de Tzara a lonesco, los ojos puestos en París?
En absoluto. En aquella época la francofilia de los rumanos presentaba rasgos grotescos. Con ocasión de la primera guerra mundial un ministro dijo muy en serio para justificar la entrada de su país en la guerra: «Que Rumania desaparezca no es tan importante, pero Francia no debe perecer». Recuerdo una revista francesa de derecho constitucional que en aquel momento tiraba mil doscientos ejemplares en Rumania y hoy ya sólo vende un ejemplar de cada número. Tuve un profesor admirable de filosofía, Todor Vianu (murió hace unos años, siendo representante de Rumania ante la Unesco), y leía sobre todo a filósofos y teóricos del arte alemanes: Georg Simmel, Wólfflin, Worringer. Georg Simmel sigue siendo para mí uno de los más grandes. Ni Ernst Bloch ni Georg Lukács reconocieron suficientemente todo lo que le debían. Su compañera, con la que había tenido un hijo, se ocultó durante el Tercer Reich y por un capricho del destino, al intentar llegar a Suiza, justo antes del fin de la guerra, fue detenida y deportada.

¿Había muchas personas en aquella época en Bucarest que hubieran optado por estudiar estética?
Millares. Como el Estado quería formar rápidamente un estrato de intelectuales, había cincuenta mil estudiantes en Bucarest. Volvían a los pueblos con sus diplomas, sin ganas ya de bensuciarse las manos, y se hundían en el tedio, la desesperación. El inmenso tedio rumano: era como un Chéjov muy malo. Además de los alemanes, yo leía también a los espiritualistas rusos, como Leo Chestov. ¿En Transilvania? Para todos los que vivían allí, seguía siendo el mundo de la monarquía imperial, que ni siquiera hoy se ha olvidado, ni allí ni en Yugoslavia. He oído incluso a comunistas hablar con emoción del emperador Francisco José. Mi padre era pope: para los intelectuales rumanos de la Transilvania húngara apenas había otras profesiones. Puede usted observar también la cantidad de intelectuales rumanos de hoy que son hijos de pope. Mis padres habían estado por un tiempo en escuelas primarias húngaras y a veces hablaban húngaro entre ellos. Durante la guerra, fueron desplazados por ser rumanos: mi padre a Sopron (Odemburgo), mi madre a Cluj (Klausemburgo). Mi padre fue primero pope en un pueblo de los Cárpatos y después párroco de Hermannstadt.

Su propia inclinación al misticismo, su odio del mundo, ¿proceden de la tradición ortodoxa?
Están más emparentados con la secta gnóstica de los bogomilos, los antecesores de los cátaros, cuya influencia fue intensa sobre todo en Bulgaria. En mi infancia yo era violentamente ateo, por no decir algo peor. Cuando recitaban la oración de la comida, me levantaba al instante y abandonaba la mesa. Sin embargo, me reconozco próximo a la creencia profunda del pueblo rumano, según la cual la Creación y el pecado son una y la misma cosa. En gran parte de la cultura balcánica, nunca ha cesado la acusación contra la Creación. ¿Qué es la tragedia griega sino la queja constante del coro, es decir, del pueblo, a propósito del destino? Por lo demás, Dionisos procedía de Tracia.

Es asombroso: sus escritos son profundamente pesimistas, pero su estilo es alegre, vivo, de un humor cáustico. También en la conversación sus ideas dan miedo, pero el tono es agudo, animado. ¿Cómo explica usted ese contraste?
Debe de ser algo heredado de mis padres, que tenían caracteres totalmente opuestos. Nunca he podido escribir de otro modo que con el desaliento de las noches de insomnio y durante siete años apenas pude dormir. Creo que en todo escritor se reconoce si los pensamientos que lo ocupan son diurnos o nocturnos. Yo necesito ese desaliento y aún hoy, antes de escribir, pongo un disco de música cíngara húngara. Al mismo tiempo, yo tenía una gran vitalidad, que he conservado y que vuelvo contra sí misma. No se trata de estar más o menos abatido, hay que estar melancólico hasta el exceso, extraordinariamente triste. Entonces es cuando se produce una reacción biológica saludable. Entre el horror y el éxtasis, practico una tristeza activa. Durante mucho tiempo Kafka me pareció demasiado deprimente.

¿Le gusta escribir?
Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo.

¿Cómo se gana la vida?
A los cuarenta años, estaba todavía matriculado en la Sorbona, comía en la cantina de los estudiantes y esperaba que esa situación durase hasta el fin de mis días. Pero promulgaron una ley que prohibía matricularse a partir de los veintisiete años y que me expulsó de ese paraíso. Al llegar a París, me había comprometido con el Instituto Francés a escribir una tesis y ya había comunicado su tema —algo sobre la ética de Nietzsche—… pero no pensaba en absoluto escribirla. En lugar de eso, recorrí toda Francia en bicicleta. Al final, no me retiraron la beca, porque les pareció que llevar Francia en las piernas tampoco carecía de mérito. Pero leo mucho y sobre todo releo sin cesar. Me he leído todo Dostoyevski cinco o seis veces. No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno!

¿Cómo se estrenó usted?
Con un libro aparecido en Bucarest en 1933. En las cimas de la desesperación, que contiene ya todo lo que vendría después. Es el más filosófico de mis libros.

¿Qué ocurrió con la Guardia de Hierro, la variante rumana del fascismo? Dicen que usted simpatizó con ella.
La Guardia de Hierro, de la que, por lo demás, nunca formé parte, fue un fenómeno muy singular. Su jefe, Codreanu, era, en realidad, un eslavo que recordaba más bien a un general del ejército ucraniano. La mayoría de los comandos de la Guardia estaban compuestos por macedonios en exilio: de forma general, llevaba sobre todo la marca de las poblaciones circundantes de Rumania. Como el cáncer, del que se dice que no es una enfermedad, sino un complejo de enfermedades, la Guardia de Hierro era un complejo de movimientos y más una secta delirante que un partido. En ella se hablaba menos de la renovación nacional que de los prestigios de la muerte. Los rumanos son generalmente escépticos, no esperan gran cosa del destino. Por eso la Guardia era despreciada por la mayoría de los intelectuales, pero en el plano psicológico era distinto. Hay como una locura en ese pueblo profundamente fatalista. Y los intelectuales a que he aludido antes, con sus diplomas en pueblos donde se aburrían a muerte, se incorporaban de buen grado a sus filas. La Guardia de Hierro estaba considerada un remedio para todos los males, incluido el tedio y hasta las purgaciones. Ese gusto por los extremos habría podido atraer también a mucha gente hacia el comunismo, pero entonces apenas existía y no tenía nada que ofrecer. En aquella época experimenté en mí mismo cómo sin la menor convicción se puede ceder a un entusiasmo. Es un estado que posteriormente he observado con frecuencia y no sólo en personas de veinte años, como aquellas entre las que me contaba yo entonces, sino, por desgracia, también en sexagenarios. Me ha decepcionado mucho.

¿Lo tildan con frecuencia de reaccionario?
Lo niego. Voy mucho más lejos. Henri Thomas me dijo un día: «Usted está contra todo lo que ha ocurrido desde 1920», y yo le respondí: «¡No, desde Adán!».

¿Cuáles son hoy sus relaciones con Rumania?
A la muerte de Stalin, todo el mundo se sentía aliviado, sólo yo suspiraba: «Ahora se alzará el telón y vendrán para aquí todos los rumanos». Y eso fue, en efecto, lo que sucedió. Vi llegar de repente a mi casa a los parientes más alejados y a compañeros de clase, que se pasaban horas contándome historias de vecindad y yo qué sé qué más. Entre ellos había un médico al que conocía desde el colegio y un día tuve un acceso de ira y le grité que se largara. Entonces me dijo: «¿No sabes que las células nerviosas no se regeneran nunca y no hay que malgastarlas?». Eso me calmó y seguimos hablando. Yo tenía un amigo íntimo que era un dirigente comunista. En aquella época yo le aconsejaba que se quedara aquí. En la calle me dijo: «Nadie es profeta fuera de su país», y volvió allí. Después pasó dieciocho años en un campo de concentración por desviacionismo. Pudo conservar el equilibrio mental reflexionando sobre problemas matemáticos. Hoy está libre y recibe una renta del Estado.

Usted está contra la historia, pero le fascinan sus problemas.
Observo su explosión. Hoy vivimos en un tiempo posthistórico, del mismo modo que hay un poscristianismo. El teólogo Paul Tillich, que abandonó Alemania en 1934, se puso a hablar en los Estados Unidos del poscristianismo y no chocaba a nadie. Se habla de ello incluso en los púlpitos. Pero después se puso a luchar contra la idea de progreso y entonces se escandalizaron. Ese era el único sacrilegio auténtico. Pero hoy ya no. Estamos presenciando la demolición de la idea de progreso. Incluso los pesimistas de aquella época, como Eduard von Hartmann, estaban apegados a la idea de progreso. Sus ideas representaban para ellos un progreso del pensamiento. Pero hoy esa idea está comprometida en otro sentido. Antaño se vivía con la certidumbre de un futuro para la humanidad. Ahora ya no es así. Al hablar del futuro, se añade con frecuencia: «Si es que quedan hombres entonces». Antaño el fin de la humanidad cobraba un sentido escatológico, iba unido a una idea de salvación; hoy se lo considera un hecho, sin connotación religiosa, ha entrado dentro de las previsiones. Sabemos que esto puede acabarse y desde entonces hay algo corrupto en la idea de progreso. Nada es ya como antes y aún en nuestros días veremos producirse un cambio inaudito, inconcebible, en el hombre. El cristianismo está perdido, pero la historia también. La humanidad ha seguido un mal camino. ¿Acaso no es insoportable ese hormiguear de hombres que ocupan el sitio
de todas las demás especies? Acabaremos convirtiéndonos en una sola y única metrópolis, un Pére-Lachaise universal. El hombre ensucia y degrada todo lo que lo rodea y en los próximos cincuenta años se verá afectado él mismo muy duramente.

¿En qué figura de la tradición se reconoce usted?
La de Buda sigue siendo la más próxima. El comprendió el verdadero problema. Pero tengo demasiado temperamento para dominarlo como él. Siempre habrá un conflicto entre lo que sé y lo que siento.

¿Nunca ha sentido la tentación de llevar, como su amigo Ionesco, esos conflictos a la escena?
Imposible. Mi pensamiento no se produce como un proceso, sino como un resultado, un residuo. Es lo que queda después de la fermentación, los desechos, el poso.

CIORAN, E. M., Conversaciones. Trad. de Carlos Manzano. Barcelona: Tusquets, 1997, p. 11-16.

“O pensador da amargura” (Caderno Mais!, 1995)

Emil Cioran, o filósofo do desespero e do não-sentido da existência, fala sobre sua trajetoria intelectual em entrevista a sair este ano na França.

 

Em 17 de fevereiro de 1995, o caderno Mais! da Folha de São Paulo faria um dossiê sobre Cioran, pouco antes de seu falecimento. A matéria saiu a título do lançamento do volume Entretiens (Gallimard), publicado na França no mesmo ano com entrevistas do autor ao longo de sua vida. O artigo principal do dossiê é o trecho de uma das entrevistas contidas no livro, concedida a Michael Jakob e reproduzida abaixo. Outros textos que integram o dossiê são “O silêncio do dândi”, de Leda Tenório da Motta, e “Cioran é herdeiro dos céticos, de Nietzsche e Dostoiévski”, de Cássio Starling Carlos.

A insônia da razão

O pensador romeno Emil Cioran conta como suas noites de vigília o fizeram perder a confiança na filosofia e descobrir um mundo feito de desespero e vazio, em um de suas raras entrevistas, que o “Mais!” publicada em tradução da crítica literária Leda Tenório da Motta.

por MICHAEL JAKOB

Pergunta – Quando se lê o que o sr. escreve, tem-se a impressão de que não acredita no diálogo. O sr. diz também que todo encontro marcado lhe parece uma espécie de crucifixão… Tenho consciência da dificuldade que pode representar uma entrevista consigo, mas estou aqui para tentar, apesar de tudo. Se começássemos pela sua infância na Romênia? O sr. a tem ainda bem presente?

Cioran – Sim, extraordinariamente presente. Nasci em Rasinari, uma aldeia nos Cárpatos, na montanha, a 12 km de Sibiu-Hermanstad. Eu amava muito essa aldeia; tinha dez anos quando a deixei para entrar no colégio em Sibiu, e não vou esquecer nunca o dia, ou melhor a hora, em que meu pai me levou para lá. Tínhamos alugado uma carroça e eu chorei, chorei o tempo todo porque tinha o pressentimento de que o paraíso estava perdido. Essa aldeia na montanha tinha para a criança que eu era uma vantagem enorme: depois do café da manhã, eu podia desaparecer até o meio-dia; voltava para casa e, uma hora depois, desaparecia de novo nas montanhas. Isso durou até os dez anos.
Depois, veio uma outra  vantagem, a de morar lá em cima: durante a guerra de 14, meus pais, por serem romenos, foram deportados pelos húngaros, e meu irmão, minha irmã e eu ficamos com minha avó, ficamos totalmente livres, em suma! Era a época ideal! Eu gostava muito dos camponeses e mais ainda, dos pastores: tinha uma espécie de culto por eles. Quando tive que abandonar esse mundo, tive o pressentimento de que para mim alguma coisa se partia para sempre. Não parava de chorar e não esquecerei nunca disso.

Pergunta – Pelo que o sr. diz, foi literalmente arrancado do solo natal.

Cioran – Da terra e desse mundo primitivo de que tanto gostava, e do sentimento de liberdade a ele relacionado. Foi assim que me vi em Sibiu, uma cidade muito importante do Império Áustro-Húngaro, uma espécie de cidade-fronteira com muitos militares. Três etnias coabitavam ali: os alemães, os romenos e os húngaros. Pode ser curioso, mas isso me marcou para o resto da vida: não posso viver numa cidade onde só se fala uma língua, me aborreço imediatamente. Eu apreciava justamente a diversidade dessas três culturas, a verdadeira cultura, bem entendido, sendo a alemã; os húngaros e os romenos eram uma espécie de escravos que tentavam se alforriar. Havia nessa cidade de Sibiu uma biblioteca alemã que era muito importante para mim.
Em todo caso, depois da minha aldeia natal e de Paris, Sibiu (Sibiu-Hermanstad ou Nagyszeben, em húngaro) é a cidade que mais amo no mundo. Se a palavra nostalgia tem um sentido, é o pesar de ter tido que deixar uma cidade como essa e o de ter deixado minha aldeia. No fundo, o único mundo verdadeiro é o mundo primitivo onde tudo é possível e nada está atualizado.

Pergunta – O sr., na verdade, desterrou-se várias vezes?

Cioran – Sim, várias vezes. Primeiro, pelo fato de ter abandonado minha infância. E depois minha vida em Sibiu. Por que Sibiu foi uma cidade importante para mim? Porque foi lá que vivi o grande drama da minha vida, um drama que durou anos e que me marcou pelo resto dos meus dias. Tudo o que já escrevi, tudo o que pensei, tudo o que elaborei, todas as minhas divagações têm origem neste drama: por volta dos 20 anos, perdi o sono. Lembro-me de ficar passeando durante horas em plena cidade —Sibiu é uma bela cidade, uma cidade alemã que data da Idade Média.
Eu saía por volta da meia-noite e simplesmente passeava pelas ruas, só havia algumas prostitutas e eu numa cidade vazia, o silêncio total, a província. Perambulava horas nas ruas, como um fantasma, e tudo o que escrevi mais tarde foi elaborado durante essas noites. Meu primeiro livro,  Pe Culmile Disparàrii (No Cume do Desespero) é dessa época. É um livro que escrevi com 22 anos, uma espécie de testamento porque eu pensava que ia me suicidar. Mas sobrevivi. É que não tinha ofício algum, e isso foi muito importante. No fundo, como não dormia de noite e passeava pela cidade, não prestava para nada durante o dia, não poderia praticar um ofício.
Tinha uma licença, havia terminado meus estudos de filosofia em Bucareste etc, mas não podia ser professor porque não é possível, depois de passar toda a noite em vigília, ir bancar o engraçado na frente dos alunos, falar de coisas que não interessam. Essas noites de Sibiu estão portanto na origem de minha visão do mundo.

Pergunta – Mas essas noites também lhe permitiram descobrir todo um espaço extraordinário, logo alguma coisa de aberto, de fascinante…

Cioran – É verdade. Mas havia antecedentes no meu caso para a minha visão das coisas. Já tinha essa visão das coisas muito antes, mas foi a partir dos 20 anos que a compreendi de maneira sistemática. Devo precisar antes de mais nada que meu pai era padre ortodoxo, mas minha mãe era incrédula.
Curiosamente, ou por por causa disso mesmo, ela era muito mais independente de espírito que meu pai. Eu estava pois com 20 anos e um dia —eram duas horas da tarde, lembro-me perfeitamente— na frente da minha mãe, me joguei no sofá e disse:  Não aguento mais. Minha mãe me respondeu:  Se eu soubesse teria feito um aborto. Isso me causou uma impressão extraordinária, mas de modo algum negativa. Em vez de me revoltar, esbocei, eu me lembro, uma espécie de sorriso, e foi como uma revelação; ser o fruto do acaso, sem nenhuma necessidade, isso foi de certa maneira uma libertação. Mas me marcou pelo resto da vida.
Minha mãe, curiosamente, depois de ler as coisas que eu tinha escrito em romeno (ela não sabia francês), mais ou menos as aceitou. Meu pai, em compensação, ficou muito triste; ele cria e, sem ser fanático, sua profissão era a de padre; evidentemente, tudo o que eu escrevia o incomodava e ele não sabia como reagir. Só minha mãe me entendia.
E é muito curioso porque, no começo, eu a desprezava, mas um dia ela me disse:  Para mim, só existe Bach. A partir desse momento, compreendi que me parecia com ela e, efetivamente, herdei vários dos seus defeitos, e também algumas qualidades. Essas são revelações que marcam uma vida. E então aconteceu uma coisa, sabe, escrevi um livro —meu segundo ou terceiro livro, que se chama  Lágrimas e Santos.
É um livro que foi editado na Romênia em 1937. Ele foi extremamente mal recebido; primeiro, o editor, quando o livro estava quase pronto —ele estava em Bucareste e eu, nessa época, em Brasov— me telefonou para me dizer que não ia publicá-lo. Na verdade, não o tinha lido e, no momento da publicação, lhe disseram :  Você leu esse livro? Então ele leu e me disse:  Fiz a minha vida com a ajuda de Deus e não posso publicar o seu livro. (Risos) Isso é balcânico. Eu disse a ele:  Mas é um livro profundamente religioso. Ele respondeu:  Pode ser, mas não quero o seu livro.
Foi no ano em que eu vim para a França. Eu lhe disse:  Eu tenho que deixar o país, tenho que ir para Paris por um mês.  Pode ser, mas não quero o seu livro. Foi tudo o que respondeu! Fui até um café, estava desesperado, dizia para mim mesmo: o que vou fazer? Eu gostava bastante desse livro porque ele era o resultado de uma crise religiosa e finalmente encontrei um editor ou melhor um tipógrafo, um impressor que me disse:  Eu vou publicá-lo para você. Então, saí da Romênia e vim para a França.
O livro saiu na minha ausência, em 1937, e meus pais se viram numa situação bem delicada; minha mãe me escreveu:  Eu compreendo o seu livro etc, mas você não devia tê-lo publicado com seus pais vivos porque coloca o seu pai numa situação muito difícil e a mim também que sou presidente das mulheres ortodoxas… todos riem de mim na cidade.
Mas minha mãe, apesar de tudo, compreendeu esse livro, ela me disse:  Vê-se que há uma ruptura interior em você, de um lado o blasfemo, de outro a nostalgia. Esse livro é o resultado de uma crise feita de vigílias. É por isso que sempre desprezei as pessoas que conseguem dormir, o que é mais ou menos um absurdo porque só tinha um desejo: dormir. Mas compreendi uma coisa: as noites em claro são de uma importância capital!

Pergunta – É nas noites em claro que se produz…

Cioran – Não somente isso, mas se compreende principalmente. Veja, a vida é muito simples: as pessoas se levantam, passam o dia, trabalham, se cansam, depois se deitam, acordam, começam outro dia. O extraordinário fenômeno da insônia faz com que não haja descontinuidade. O sono interrompe um processo. Mas a pessoa que tem insônia está lúcida no meio da noite, a qualquer momento, para ela não há diferença entre o dia e a noite. É uma espécie de tempo interminável.

Pergunta – O insone vive numa outra temporalidade?

Cioran – Sim, absolutamente. É um outro tempo e um outro mundo pois a vida só é suportável por causa da descontinuidade. No fundo, por que se dorme? Não é tanto para se descansar, mas para esquecer. O tipo que se levanta de manhã depois de uma noite de sono tem a ilusão de começar alguma coisa.
Mas se você passa a noite toda acordado, você não começa nada. Às oito horas da manhã, você está no mesmo estado em que estava às oito horas da noite e toda a perspectiva das coisas muda necessariamente. Eu acho que se nunca acreditei no progresso, se nunca fui logrado por esse logro foi também por causa disso.

Pergunta – Seria um tempo em que se vê o mundo no negativo?

Cioran – No negativo ou no positivo, como quiser, mas se tem um outro sentimento do tempo. Não é o tempo que passa, é o tempo que não passa. E isso muda a sua vida. É por isso que eu considero que as noites em claro são a maior experiência que se pode fazer na vida, elas marcam pelo resto da vida. Dá para compreender por que, no passado, a tortura consistia em impedir os acusados de dormir: ao cabo de algumas noites, eles confessavam tudo! O segredo do homem, o segredo da vida é o sono. É isso que torna a vida possível.
Estou absolutamente convicto de que se impedissem a humanidade de dormir, haveria massacres sem precedentes, a história terminaria. Esse fenômeno me abriu os olhos para sempre, por assim dizer. Minha visão das coisas é o resultado dessas vigílias,  vigílias do espírito, ousaria dizer, é pretensioso, mas enfim, é um pouco isso. E, fenômeno muito curioso, minha adoração pela filosofia, pela linguagem filosófica —eu era louco pela terminologia filosófica— pois muito bem, essa superstição, porque se trata de superstição, foi varrida pelas vigílias. Porque eu vi que isso não podia me ajudar, me fazia suportar a vida, mas de maneira nenhuma as noites. Foi assim que perdi a fé na filosofia.

Pergunta – Mas encontrou muitos amigos nas letras …

Cioran – Sim, perfeitamente. Isso aconteceu no momento em que vi que a filosofia não podia me ajudar, que os filósofos nada têm a me dizer. De todo modo, são os escritores que eu prefiro. Para mim, Dostoiévski é o maior dos gênios, o maior dos romancistas, tudo o que se quiser dizer, todos os superlativos. Eu li enormemente os russos, Tchekov, naturalmente.

Pergunta – Quando começou a ler Dostoiévski?

Cioran – Desde sempre. Mas só o compreendi mais tarde. Foi no período das noites em claro que compreendi  Os Possessos. Mas, na verdade, só gostava dos grandes doentes e, para mim, um escritor que não é doente é quase automaticamente um tipo de segunda ordem.

Pergunta – O seu livro sobre  As Lágrimas e os Santos é muito dostoievskiano, com aquela concepção da mulher ao mesmo tempo como prostituta e santa…

Cioran – De fato. Vou dizer-lhe porque esse livro teve uma certa importância em minha vida. Estava em Brasov e foi no único ano de minha vida em que cheguei a trabalhar… Era professor de filosofia num colégio, mas esse trabalho logo se revelou impossível para mim, eu só pensava numa coisa: largar tudo e ir para a França para escapar dessa situação. Minha passagem pelo liceu de Brasov foi realmente catastrófica, tive problemas com meus alunos, com os professores, com o diretor… em suma, com todo mundo. Consegui enfim ir para Paris mas —como lhe disse antes— quando saiu meu livro sobre os santos todo mundo se voltou contra mim. Com a exceção de uma jovem americana de 17 anos que me escreveu uma carta impressionante.
Foi portanto um desastre que me fez compreender definitivamente que, embora tivesse inquietação religiosa, nem por isso teria nunca fé. No fundo, perdi uma ilusão capital… Reli os místicos, mas o que me agradava neles era o lado excessivo e principalmente o fato de falarem com Deus de homem para homem, se assim posso dizer… Quanto a mim, por mais que me atormentasse, nem por isso a fé me era menos impossível. Mesmo hoje não posso dizer que seja um espírito perfeitamente a-religioso, o que constato é a impossibilidade de crer. A crença é um dom. Por certo, há muita gente que alimenta uma série de equívocos a respeito, mas para mim é impossível.

Pergunta – Então, já nesse momento os filósofos místicos eram para o sr. mais importantes que um Hegel ou um Kant…

Cioran – Infinitamente mais importantes. Santa Teresa de Ávila teve um papel muito grande em minha vida, fiquei transtornado com a leitura da biografia de Edith Stein… Sabe como ela se converteu? Um dia, ela chegou na casa de uma amiga filósofa e, como a amiga tinha lhe deixado um bilhete dizendo que chegaria mais tarde, Edith Stein se deparou, enquanto esperava, com a vida de Santa Teresa de Ávila, e ficou completamente tomada… É a origem de sua conversão.
Ora, em todos os artigos sobre Edith Stein os autores se admiram disso e acham o fato muito curioso, mas o ponto não é esse: Teresa de Ávila tem um tom que transtorna realmente. Evidentemente, eu não me converti porque não tinha vocação religiosa, mas Santa Teresa me ensinou muito, transtornou-me  literariamente, mas o fato é que para ter fé é preciso nascer com ela… Eu posso passar por todas as crises menos pela fé, que é igualmente uma crise, mas uma forma de crise que não é a minha. Quer dizer que posso conhecer a crise, mas não conhecer a fé.

Pergunta – E os poetas?

Cioran – Os poetas me apaixonaram, claro. Mas existe também este fenômeno muito balcânico: o  raté, quer dizer, o tipo muito dotado que não se realiza, que promete tudo e não cumpre as suas promessas. Meus grandes amigos na Romênia não eram de modo algum escritores, mas  ratés.
Um deles principalmente me influenciou muito, um tipo que tinha feito estudos de teologia e que ia ser padre, mas precisava se casar para isso. No domingo do casamento, todo mundo esperava por ele, ele disse a si mesmo que era uma loucura e desapareceu. Esperaram por ele o dia inteiro na igreja e não foi mais encontrado durante meses.
Ele me influenciou muito. Não tinha dom nenhum, não conseguia escrever e lia muito pouco, mas seu conhecimento da natureza humana, sua psicologia inata eram simplesmente extraordinários. Nunca o vi enganar-se sobre coisa nenhuma. Era de uma lucidez absoluta, criminal e agressiva. Não digo que lhe devo diretamente muita coisa, mas ele era, em todo caso, um interlocutor muito importante para mim porque foi com ele que compreendi até onde é possível se ir. Na negação, ele foi realmente até o limite.
O que era muito curioso é que era um tipo enorme, que dava a impressão de ser muito próspero e sereno. Ele não era mau, não era um salafrário, mas era incapaz de alimentar a menor ilusão a respeito do que quer que fosse. Isso representa também uma forma de conhecimento porque, no fundo, o que é o conhecimento senão a demolição de alguma coisa?

Pergunta – O conhecimento malsão?

Cioran – Não só o conhecimento malsão, qualquer conhecimento levado às últimas consequências é perigoso e malsão pois —eu estou falando da própria vida e não dos conhecimentos ditos filosóficos— a vida só é suportável porque não se vai às últimas consequências. Uma empresa só é possível se se tiver um mínimo de ilusão, senão não é possível. A lucidez completa é o nada.
Vou lhe dar um exemplo para mostrar o lado demoníaco do meu amigo. Um dia, tinha me apaixonado por uma mulher. Ele viu que estava muito seduzido e me disse:  É completamente insensato. Eu acabava de conhecê-la, era amor à primeira vista, ele sabia, mas continuou:  Você viu a nuca? Eu respondi que não havia começado por aí.  Olhe bem, ele me disse. Achei isso tudo uma besteira total, de uma inaudita mesquinharia, mas olhei assim mesmo, e descobri uma espinha na nuca. Ele tinha estragado tudo! Isso me impressionou demais, esse demônio dentro dele.

Pergunta – Esse tipo é um puro produto do mundo balcânico?

Cioran – Evidentemente, dada a sua falta de medida. Nós vamos longe demais. O Ocidente, a civilização francesa, toda a idéia de polidez —o que é? São limites que se aceitam pela reflexão. Não se pode ir mais adiante— não vale a pena —é de mau gosto.
Mas não se pode falar de civilização nos Balcãs, não há critérios. Somos impelidos ao excesso e o mundo russo, a literatura russa é mais ou menos isso. Por exemplo, eu sou muito sensível ao fenômeno do tédio. Toda a minha vida me entediei —e a literatura russa gira em torno do tédio, é o nada contínuo. Eu pessoalmente, vivi o fenômeno do tédio de maneira patológica talvez, mas fiz isso porque queria me entediar. O problema é que quando a gente se entedia com tudo, está tudo perdido, não é?

Pergunta – O tédio nesse sentido faz parte dessa categoria da temporalidade que é  outra, diferente?

Cioran – Sim, exatamente, porque o tédio está finalmente baseado no tempo, no horror do tempo, no medo do tempo, na revelação do tempo, na consciência do tempo. Os que não têm consciência do tempo não se entediam; a vida só é suportável se não houver consciência de cada momento que passa, se não for assim está tudo perdido. A experiência do tédio é a consciência do tempo exasperado.

Pergunta – O sr. acaba de dizer algo que mostra até que ponto todo escrito esconde uma voz subterrânea…

Cioran – Todos os nossos atos têm subterrâneos, e é isso que é psicologicamente interessante, nós só conhecemos a superfície, o lado superficial. Acedemos ao que é formulado, mas o importante é o que não é formulado, o que está implícito, o segredo de uma atitude ou de uma proposição. É por isso que todos os nossos juízos sobre os outros, mas também sobre nós são parcialmente falsos. O lado mesquinho fica camuflado. Ora, o lado mesquinho é profundo, eu diria mesmo que é o que há de mais profundo nos seres, e é aquele a que menos temos acesso.
Os grandes escritores são precisamente aqueles que têm o sentimento desses  baixos, Dostoiévski principalmente. Ele revela tudo o que é profundo e aparentemente mesquinho, mas é mais que mesquinho, é trágico; são esses os verdadeiros psicólogos. Eu conheço muita gente que escreveu romances e fracassou —mesmo Mircea Eliade escreveu muitos romances e fracassou, por quê? Porque eles só traduzem os fenômenos de superfície e não a origem dos sentimentos. A origem de um sentimento é muito difícil de captar, mas é isso que é importante e isso é válido para qualquer fenômeno: para a fé religiosa etc. Como começou? Por que continuou? É esse o desafio e só quem tem a divinação é capaz de enxergar de onde vem isso. E isso não vem da razão.

Pergunta – Também nas suas leituras o sr. está atrás dessa  origem?

Cioran – Estou, e na minha vida também. O que é formulado é só uma parte do pensamento. É por isso que há poucos romancistas verdadeiros. Todo mundo pode escrever um romance mas não se trata apenas de escrevê-lo. Dostoiévski, para mim, é o único que foi até as origens dos atos; vê-se muito bem porque suas personagens fizeram isto ou aquilo, mas não se vê de imediato. Minha atitude não tem nada a ver com a psicanálise, nada, pois ela quer curar; não é isso que é interessante. É o demônio que habita os seres que importa —mas como captá-lo?

Pergunta – E como o sr. lê a poesia? Partindo desse tipo de premissas?

Cioran – Certamente. Por que um tipo é bom poeta e outro não? Quando o outro é mais sutil? Por que sua poesia não resiste? Porque o que faz a origem dos atos, o que é profundo, não passa; é brilhante, é notável, é poético, mas é só isso. Por que será que outro que tem menos talento é maior poeta? Por que será que um tipo é um gênio, quer dizer, mais que um talento? Porque conseguiu transpor alguma coisa que nos escapa, e que escapa a ele próprio.
Portanto é um fenômeno misterioso. Nos dias de hoje, há muita gente que escreve aforismos, isso se tornou uma espécie de moda na França. Se você lê, não é tão ruim assim, mas é algo que se esgota em fórmulas, que não tem prolongamento. Não há nada a fazer, é uma confissão sem segredos. É algo que não esconde nada, embora tudo seja bem formulado, tudo tenha um sentido, não tem futuro nenhum. O que constitui o segredo de um ser, é o que não se sabe. E é esse também o interesse da vida, do comércio entre os seres. Se não for assim, acaba-se num diálogo de fantoches.

Pergunta – Mas isso fica mais complicado no seu caso, dada a sua lucidez. Como escrever, como dizer alguma coisa para não dizê-lo?

Cioran – Sempre dizemos só uma parte do que queremos dizer. É o tom que é muito importante. Temos um tom, não somente como músicos, mas em geral, em tudo o que fazemos. Muito frequentemente, há uma falta de tom, ou não há tom nenhum. E isso, na verdade, é muito misterioso, pois não podemos defini-lo, só podemos senti-lo. Você abre um livro, por exemplo, e lê uma página que é notável, por que ela não lhe diz nada? Não que seja nula, mas não se sentem os prolongamentos.
Não sabemos de onde emana esse tom tão misterioso; temos aí uma espécie de irrealidade, em tudo o que é literatura. É o que se chama falta de necessidade —mas por que essa falta de necessidade? No comércio cotidiano com os seres, é a mesma coisa. Você encontra alguém que não vê há muito tempo, fala durante horas, mas é o nada. Você encontra outra pessoa e volta para casa transtornado. É essa a verdadeira originalidade dos seres —o que eles escondem e passa apesar de tudo o que dizem.

Pergunta – É como a música?

Cioran – É absolutamente como a música. E, para mim, as pessoas que dizem:  Para mim a música não significa nada —considero que está liquidado, não preciso prosseguir, é algo de extremamente grave porque a música toca justamente naquilo que é o mais íntimo em cada um. Com quem não sente a música não tenho ponto nenhum em comum, é de uma gravidade inominável e uma espécie de maldição de que o tipo não tem consciência.

Pergunta – Falando em música, é preciso pensar imediatamente em Bach, que o sr. já evocou…

Cioran – Bach é um deus para mim. Acho inconcebível pensar que há pessoas que não compreendem Bach, e no entanto isso existe. Acho que a música é verdadeiramente a única arte capaz de criar uma cumplicidade profunda entre dois seres. Não é a poesia, é só a música.
Alguém que não é sensível à música sofre de uma enfermidade enorme. Acho inconcebível que alguém possa não ser sensível a Schumann ou a Bach, embora admita muito bem que alguém possa afirmar que não aprecia a poesia. Mas no caso da música é outra coisa, é algo de muito grave.

Pergunta – Quando o sr. ouve música?

Cioran – O tempo todo, principalmente agora que não escrevo mais. Eu parei de escrever, considero que não vale a pena continuar, mas essa secura é preenchida pela música. A vida sem a música é, na verdade, um absurdo para mim. Não precisamos escrever, uma vez que não é possível transcrever com palavras o que é de ordem musical. Nada do que faz sentido em música passa via escritura. Por que escrever nessas condições?
E, de todo modo, porque escrever de maneira geral? Por que multiplicar os livros, porque querer a qualquer preço ser escritor? Todo mundo escreve demais —é esse o drama faz muito tempo, essa superprodução inútil e absurda, principalmente em Paris. E por quê? Mesmo eu, pensei que não fosse escrever ou que fosse escrever muito pouco, mas acabamos entrando no jogo.
Agora, compreendi que não queria mais continuar com essa comédia. Antes, não era uma comédia, por que o fato de escrever correspondia, apesar de tudo, a uma espécie de necessidade, era uma maneira de me desembaraçar de mim mesmo. É preciso dizer que exprimir-se é a melhor maneira de simplificar tudo. Basta escrever alguma coisa e ela perde imediatamente o mistério, está perdido; você mata a coisa e você mesmo. Isso preencheu uma função para mim; agora não preenche mais.
Notei que as pessoas que não escrevem têm mais recursos do que as que se exprimem, porque elas guardam tudo nelas. Mas escrever é expulsar de si tudo o que havia de importante. Portanto, quem escreve é alguém que se esvazia. E, ao cabo de uma vida, é o nada. É por isso que os escritores são tão pouco interessantes. Eu penso isso seriamente, eles se esvaziaram de si mesmos, são fantoches. São seres muito brilhantes, que não têm mais ser.

Pergunta – O sr. tomou a decisão, ao chegar na França, de não trabalhar nesse país também?

Cioran – Tomei, foi de maneira ultralúcida que compreendi que é preciso aceitar qualquer humilhação ou sofrimento para não exercer um ofício, fazer coisas de que não se gosta e de que não se pode gostar, exercer um trabalho impessoal. Eu só teria aceito um trabalho físico. Só teria aceito varrer as ruas, qualquer coisa, mas escrever, ser jornalista, não! Eu tinha que fazer tudo para  não ganhar a vida.
Para ser livre é preciso suportar qualquer humilhação e era quase o programa da minha vida, esse. Eu tinha organizado muito bem minha vida em Paris, mas as coisas não funcionaram como o previsto. Eu estive matriculado na Sorbonne até a idade de 40 anos, comia na universidade como estudante. Infelizmente, quando eu fiz 40 anos, me convocaram para me dizer:  Sr., agora chega, há um limite de idade, ele é de 27 anos. De repente, todos os meus projetos de liberdade foram por água abaixo.
Eu me lembro que morava num hotel bem perto daqui, numa velha mansarda de que gostava muito, e que falei para mim mesmo: agora a situação ficou muito grave. Até ali, o problema tinha sido resolvido automaticamente: tudo de que precisava era de uma matrícula na Sorbonne para comer por quase nada nas residências universitárias. O que fazer? Não tinha meios para comer nos restaurantes nem para levar uma vida normal.
Isso não foi um marco na minha vida mas foi uma extraordinária preocupação. Agora, como eu estava disposto a aceitar tudo menos fazer o que não queria, isso complicava demais a minha vida. Felizmente ainda tinha o quarto no hotel, que pagava por mês e que não custava quase nada. Eu adorava, de verdade, essa velha e deliciosa mansarda, aqui pertinho, na rua Monsieur le Prince. E, de uma hora para a outra, vi que estavam pondo para fora todos os mensalistas, menos eu.
Eu conhecia o gerente e ele não ousou, mas eu pensei: uma hora dessas vai acontecer, é preciso de qualquer modo encontrar outra coisa. Foi em 1960, eu tinha publicado “História e Utopia” e conhecia uma senhora que trabalhava com apartamentos. Mandei-lhe meu livro, ela prometeu me ajudar e, três dias depois, consegui este apartamento por um preço decididamente insignificante, é um aluguel antigo. Eles não podem aumentar o aluguel e eu, que tenho horror da velhice, tiro um certo proveito disso, mesmo achando que não é muito justo com o proprietário.
Foi assim que consegui resolver o meu problema e tudo isso foi necessário para viver sem exercer uma profissão. Mas tudo isso acabou, os moços, hoje, não têm mais essa possibilidade. Tem moços que vêm me visitar e que me dizem que gostariam de viver como eu. Mas é tarde demais. Tudo isso desapareceu, está acabado agora.

Pergunta – Mas o sr. continuou a trabalhar, a escrever ainda assim, o sr. publica bastante na  Nouvelle Revue Française.

Cioran – É verdade. Não se pode viver totalmente no paraíso —quer dizer, na parasitagem. Eu compreendi que era preciso escrever e isso certamente correspondia a uma necessidade. Assim, publiquei meu primeiro livro em francês,  Précis de Décomposition (Breviário de Decomposição).
Depois disso, tinha algumas vagas intenções e já me perguntava na época por que multiplicar livros. Por quê? De todo modo, das pessoas só restam algumas frases, não é? Mas é preciso dizer ainda que os dias são longos demais, e depois havia certamente também uma forma de vitalidade em jogo, uma necessidade de manifestação. Fui totalmente desconhecido por 30 anos, meus livros não tinham a menor saída. Eu aceitei muito bem essa condição e ela correspondia também à minha visão das coisas, até o momento em que vieram os livros de bolso. Acho que essa é a única maneira de tocar de verdade os leitores que se interessam por você.
E depois é o mecanismo de toda carreira literária; mas os únicos anos importantes são os de anonimato. Ser desconhecido é uma volúpia; tem lados amargos às vezes, mas é um estado extraordinário. Durante anos, fui apresentado nos salões —porque teve um tempo em que gostava de beber uísque e, como não podia comprar, ia às recepções— como o amigo de Ionesco e de Beckett. Aceitava muito bem essa condição. Por que não? Por que ser conhecido?

Pergunta – Por que resolveu de repente escrever em francês?

Cioran – Eu tinha tomado a decisão de não voltar mais para a Romênia. Para mim, estava acabado, tudo isso, na verdade, me parecia fazer parte do passado, no sentido absoluto do termo. Eu estava num lugar perto de Dieppe, no litoral, em 1936, e tentava traduzir Mallarmé para o romeno. E, de repente, disse para mim mesmo:  Não tenho o menor dom para isso, e foi subitamente que tomei a decisão de escrever em francês.
Até então, curiosamente, eu tinha negligenciado o francês, enquanto que estudava bastante o inglês, cheguei até a seguir o curso para a  agrégation na Sorbonne. A decisão de escrever em francês —decisão tomada num minuto— revelou-se muito mais difícil de realizar do que eu pensava. Foi realmente um suplício. Escrevi quatro vezes meu primeiro livro, o que me deu até enjôo de escrever. Depois de escrever o  Breviário de Decomposição, me dizia portanto que não valia a pena continuar a me atormentar. Publiquei os  Silogismos da Amargura por cansaço. Não vale a pena fazer frases etc.
Depois, o processo continuou, apesar de tudo, e é preciso dizer também que Jean Paulhan me pedia o tempo todo para colaborar na  Nouvelle Revue Française. Eu prometia, para depois me arrepender, depois queria cumprir minha promessa e foi assim que entrei numa espécie de engrenagem. Aceitava perfeitamente ficar na periferia.
Era totalmente desconhecido, mas isso não tem nada de desagradável, no fim das contas. São esses os anos de vida de um escritor, o escritor sem leitor —que conhece algumas pessoas e mais nada; isso tem lados desagradáveis no plano prático, mas é a época da verdadeira escritura, porque você tem a impressão de escrever para você mesmo.

Pergunta – Houve também uma motivação política que o levou a se desligar do romeno, da Romênia?

Cioran – O que é que eu vou fazer com o meu romeno em Paris? Eu tinha rompido com a Romênia: ela não existia mais para mim. Eu tinha prometido, na Romênia, que faria uma tese —coisa que nunca fiz. De todo modo, a Romênia para mim só representava o passado. Então para que escrever em romeno? E para quem?
E depois, o que eu escrevia nunca teria sido aceito pelo regime. Hoje eles aceitam os meus escritos e publicam o tempo todo meus artigos nas revistas.

Pergunta – É verdade que o sr. foi aberta e fanaticamente antidemocrata no fim dos anos 40?

Cioran – Sabe, a democracia na Romênia não era uma verdadeira democracia. Eu era antidemocrata porque a democracia não sabia se defender. Ataquei a democracia por causa da sua debilidade. Era um regime que não tinha instinto de conservação. E eu ataquei alguém por quem tinha a maior estima, Juliu Maniu, o chefe dos democratas romanos. Escrevi um artigo em que dizia que Maniu, que é o maior democrata do mundo, devia ter sido chefe de partido na Suécia, no país dos nórdicos. Mas não num país como a Romênia.
A democracia tem que se defender com todos os métodos e dar provas de vitalidade. Mas Maniu só lutava com conceitos puros e esses conceitos não têm nenhuma chance nos Balcãs. A democracia foi realmente deficiente na Romênia, não esteve à altura da situação histórica. Não se pode seguir gente assim, é a utopia encarnada nos Balcãs, não é possível. Houve democracia na Romênia, o partido liberal de Maniu, mas nas situações difíceis esse tipo de partido não aguenta, eles foram completamente ultrapassados pela história.

Pergunta – E a democracia ocidental?

Cioran – Há um certo automatismo no Ocidente, seja como for, porque a democracia nasceu aqui, ela pode sobreviver a si mesma. Mas pode desmoronar, nunca se sabe. O drama do liberalismo e da democracia é que nos momentos graves eles estão perdidos! Já se viu isso. A carreira de Hitler é o resultado da fraqueza democrática. A sua história é muito simples.

Pergunta – Qual é a ponte no seu pensamento entre o indivíduo e a história?

Cioran – Ela se fixa muito mal, pelo mal-estar. Não há ponte e o mal-estar se torna a solução. Temos que ser lúcidos como indivíduos sabendo, ao mesmo tempo, que o excesso de lucidez torna a vida insuportável. A vida só é suportável se não formos às últimas consequências.

Pergunta – Isso é o pensamento indiano que penetrou, para dizer assim, a sua obra? É o sr., de que o sr. fala sempre? Isso marca uma renúncia com relação à lucidez e à nostalgia de uma filosofia adormecida?

Cioran – Eu estou além disso também, mas o budismo desempenhou, realmente, há uns dez anos, um papel muito importante para mim. Eu sempre fui um pouco budista, se é possível ser um pouco. Para lhe dizer a verdade: se tivesse escolha, se pudesse optar por uma religião entre todas, seria budista. Deixando de lado alguns pontos, o budismo me parece aceitável e até confortável.

Pergunta – Mas é possível escolher lucidamente uma religião?

Cioran – É por afinidade secreta, apesar de tudo, que essa escolha é feita; há pontos muito precisos como a visão do sofrimento, que eu aceito; mas a transmigração ou outros aspectos do budismo, como aceitá-los?
É preciso pertencer a uma tradição para poder subscrever esse tipo de coisa, é preciso partilhar de um certo tipo de pensamento, de concepção do mundo. Como acreditar na metempsicose, nas etapas da vida, por exemplo? Os dogmas não são aceitáveis, mas o espírito é, perfeitamente. Tudo o que o budismo constata sobre o sofrimento, sobre a morte etc., é aceitável, o lado negativo. E foi esse lado que levou Buda a deixar o mundo.
E depois disso, é a religião que demanda menos fé. O cristianismo e o judaísmo exigem coisas muito precisas e se você se recusa a acreditar nelas está perdido, acabou; o budismo não, aceita compromissos. As razões que levaram Buda a deixar o mundo, podemos aceitá-las sem dificuldade, com a condição de ter a coragem de ir às últimas consequências. O budismo não lhe pede nenhum voto, nenhum reconhecimento, e é por isso que ele está a ponto de ultrapassar o cristianismo.

Pergunta – O sr. ainda passeia muito?

Cioran – Sim, claro.

Pergunta – E vai sempre aos cemitérios?

Cioran – Não só aos cemitérios. Eu tenho, é verdade, um fraco por cemitérios; mas hoje em dia os cemitérios não são mais bonitos, estão sobrecarregados. Quando vejo amigos, mas também desconhecidos passarem por momentos de abatimento, de desespero, só tenho um conselho a dar:  Passe 20 minutos num cemitério, vai ver que a sua tristeza não vai desaparecer, mas vai ser quase superada.
Outro dia, encontrei uma moça que eu conheço, desesperada por causa de um problema amoroso, e lhe disse:  Você não está muito longe de Montparnasse, vá lá, passe por ali meia hora, vai ver que a sua tristeza lhe parecer tolerável.
É muito melhor do que ir no médico. Um passeio no cemitério é uma lição de sabedoria quase automática. Eu mesmo sempre pratiquei esse tipo de método; não parece muito sério, mas é relativamente eficaz. O que é que você vai dizer a alguém que está num desespero profundo? Nada ou mais ou menos nada. A única maneira de suportar realmente esse tipo de vazio é ter consciência do nada. Sem isso, a vida não é suportável.
Se você tem consciência do nada, tudo o que lhe acontece é de proporção normal e não assume as proporções dementes que caracterizam o exagero do desespero.

Pergunta – E uma espécie de solução catártica que o sr. está recomendando?

Cioran – Certamente. Precisamos ver o que somos. Eu conheci, por exemplo, muitos jovens escritores que queriam se suicidar por não ter sucesso, o que eu compreendo, a rigor. Mas é muito difícil acalmar alguém que chegou nesse ponto. O que é terrível na vida é o fracasso, e isso acontece com todo mundo…
Pergunta – Mas se tira alguma coisa do fracasso? Quando se sobrevive… Cioran – – É uma lição extraordinária; mas tem muita gente que não a suporta, e isso em todos os níveis, empregados e gente  importante. No fim das contas, a experiência da vida é o fracasso.
São principalmente os ambiciosos, os que fazem um plano de vida que ficam tocados, os que pensam no futuro. É por isso que eu mando as pessoas para o cemitério. É a única maneira de minimizar uma situação trágica.

Pergunta – O sr. disse que agora não escreve mais. Acha que isso vai durar?

Cioran – Eu não sei de nada, mas é muito possível que não escreva mais. Tenho horror de ver todos esses livros que saem… esses autores que publicam pelo menos um livro por ano… é doentio. Eu acho que não se deve escrever mais, que é preciso saber renunciar.
Hoje isso já não me diverte mais, num certo sentido. É preciso um mínimo de entusiasmo, é preciso que haja uma expectativa. E depois eu me digo que já chega de imprecar contra o mundo e contra Deus, não vale a pena…

Pergunta – Mas, em pensamento, o sr. continua a imprecar?

Cioran – Forçosamente. Há uma espécie de resignação que é o fruto da idade e o cansaço é agora um estado muito real que é preciso levar em conta. Podemos sempre escrever e dizer tudo, mas se esse ato não corresponde mais a uma necessidade interior, não passa de literatura.
E isso é o que eu não quero, talvez porque sempre acreditei —é o meu lado ingênuo— no que escrevia. Isso não é bom, vai mesmo contra a minha visão das coisas, mas tanto pior! É evidente que, se temos consciência do nada, é absurdo escrever um livro, é até ridículo. Por que escrever e para quem? Mas há necessidades interiores que escapam a essa visão, elas são de outra natureza, mais íntimas e mais misteriosas, irracionais; levada ao extremo, a consciência do nada não é compatível com coisa nenhuma, com gesto algum; a idéia de fidelidade, de autenticidade etc, tudo desaparece.
Mas, ainda assim, existe essa vitalidade misteriosa que o leva a fazer alguma coisa. E talvez, no fundo, a vida seja isso: fazemos coisas às quais aderimos sem acreditar —é, é mais ou menos isso…

Tradução de LEDA TENÓRIO DA MOTA

Esta entrevista com Cioran foi publicada pela primeira vez no livro de Michael Jakob “Aussichten des Denkens” (editora Wilhelm Fink Verlag, de Munique), no ano passado, quando também apareceu pela primeira vez em francês, na revista “Magazine Littéraire”. Ela será publicada este ano pela editora francesa Gallimard em um volume de entrevistas com o filósofo.