“Un refugiado en casa: desaparece el gran teórico del escepticismo” (Félix de Azúa)

Félix de Azúa, El País, 21 de junio de 1995

Nada de lo que he ido leyendo de Cioran me ha ilustrado tanto sobre la compleja y delicada trama de su espíritu como aquella visita, hace más de 20 años, en compañía de Fernando Savater. Fuimos a verle a su buhardilla del Barrio Latino -una chambre de bonne de un ascetismo parejo al de Dreyer, pintada de blanco hasta por el suelo y con una estufa de hierro colado en medio de la habitación, cierta tarde de febrero o marzo, ya no recuerdo, con un frío que pelaba. La estufa, que parecía una deidad primitiva y malévola en aquel refugio evidentemente santo, estaba apagada.Savater andaba por entonces traduciendo a Cioran para aquella editorial Taurus dirigida por quien no había alcanzado todavía a ennoblecer su sangre, y nadie conocía al rumano. Recuerdo que en aquellas fechas no muy alejadas de 1970 se había producido una tremenda huelga de basureros en París y la ciudad estaba cubierta de basura. Las ratas se cruzaban por entre las piernas de los paseantes y un humo excrementicio manaba de las montañas de materia descompuesta. Cada día, mientras duró la huelga, Beckett llamó por teléfono a Cioran para dar un paseíto juntos. “Nunca París ha estado más hermoso”, comentaba Beckett con exaltación juvenil.

Cioran nos recibió con una cortesía dieciochesca. Era un caballero entrado en años (es decir, mi actual edad), de mediana estatura y mirada inquisitiva. Nos sentamos a conversar, y Fernando me presentó como un español que vivía provisionalmente en París. Cioran ya no atendió a nada más. Me miró intensamente y comenzó a interesarse por mí. “¿Come usted con regularidad?”me preguntó. “¡Los inviernos de París son temibles, pero aún lo son más sus prirnaveras!”. Me observó de arriba abajo, deteniéndose con interés en los zapatos, y añadió: “¡El frío húmedo y pegajoso del Sena produce más muertes que la sífilis!”. Se levantó presuroso y nos conminó a seguirle… [+]

Cioran o la voz de la conciencia

La muerte sólo me interesa en la que medida en que cierra la historia de una locura.

El Tiempo, Colombia, 21 de junio de 1995

La muerte fue una reiteración en la escritura del filósofo rumano Emile Mihai Cioran, quien murió ayer en París a los 84 años, víctima de la enfermedad de alzheimer.

Este es un luto para quienes siguieron sus obras, especialmente los jóvenes, que encontraron en sus desesperados aforismos las respuestas a muchas inquietudes de la existencia.

El filósofo rumano de expresión francesa se había convertido en los últimos años de su vida no sólo en un ídolo de los jóvenes estudiantes en el mundo entero, sino en un personaje novelesco muy europeo, a quien todos querían ir a visitar en su buhardilla del barrio latino.

Escuche usted, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero abandoné rápidamente toda idea de lanzarme a la enseñanza. No soy más que un pensador privado, trato de hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales , declaró en 1988 en una entrevista con el filósofo argentino Luis Jorge Jalfen.

Nacido en 1911 en la localidad rumana de Rasinari, E. M. Cioran llegó en 1937 a París, y desde entonces se quedó allí para siempre, salvo en los largos paseos en bicicleta que hizo por las costas del sur de Francia después de la segunda guerra mundial.

La obra de Cioran es una larga y dolorosa meditación sobre el vacío y la nada . Escribió siempre en francés, lengua que utilizó con una precisión que aún sorprende y deslumbra a los propios franceses (los críticos lo consideran, junto a Valery, el más importante prosista en esa lengua de este siglo). Escribo una prosa exange, no es un lenguaje directo. Jamás habría podido escribir una novela. Y la lengua francesa me gusta justamente porque es una lengua para juristas y lógicos , dijo.

Canoso, amante de Bach, fino, irónico, sonriente, el rumano gustaba de la compañía de los jóvenes, a quienes no daba consejos acerca de cómo vivir, pero a quienes consolaba con sus libros y su conversación, reconociendo que cada día es más difícil dedicarse a pensar, a leer y a escribir. Y es que no puedo hablar de lo que me afecta en lo mas profundo -añadía- si no es a solas con alguien: ese momento en que dos soledades pueden comunicarse .

Respecto de su vida, el filósofo rumano narró en varias ocasiones que a los 20 años ya había perdido todas las ilusiones y que su destino ya estaba sellado. Después, solo se reafirmó en su visión de las cosas.

No todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Escribir, por poco que sea, me ayudó a pasar de un año a otro, pues cuando uno expresa sus obsesiones éstas se debilitan y en parte quedan superadas. Estoy seguro de que si no hubiera emborronado papel me habría matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario , le dijo al filósofo español Fernando Savater en 1977.

Nada y así sea Si Albert Camus aseguró que el único problema filosófico que valía la pena ser planteado es el del suicidio, Cioran (en cierta medida un anti-Camus), considerado como alguien muy pesimista, salvó a varias personas de la autoeliminación provocándoles la risa, convencido como estaba de que si uno es capaz de reírse no debe desaparecer así como así.

Además del tema del fracaso, otro de los principales motores de la obra de Cioran fue el aburrimiento, el tedio, el hastío. Con los años el aburrimiento ha aumentado, este aburrimiento sin fondo. Mi madre, que fue la esposa de un sacerdote, me dijo una vez algo que jamás olvidé: si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría dado a luz. Esa frase me hizo mucho bien , confesó.

Irónico, escéptico, sarcástico y febril denunciador de la miseria humana, habló de la inutilidad de escribir y publicó mas de quince libros, entre estos El inconveniente de haber nacido, En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, En las cumbres de la desesperanza (fue su primer libro, 1933) El libro de los engaños, De las lágrimas y de los santos, Historia y utopía, La caída en el tiempo y Desgarradura.

Fernando Savater tradujo su obra del francés, lo que sirvió para introducir sus acerados aforismos en el ámbito hispanoamericano. Sin embargo, Cioran en los últimos años había dejado de escribir. Según explicó a un amigo rumano, siento una disminución, una baja de intensidad y, por otra parte, todo el mundo escribe libros y eso me termina de asquear .

Cioran decía que su inclinación por la filosofía surgió en las largas y terribles noches de sus insomnios a los 20 años, cuando lo único que lo consolaba era la compañía de alguna mujer en un cabaret.

No forjó en sus libros sistema de pensamiento alguno, gustaba de los místicos españoles y de William Shakespeare, se nutría del pensamiento budista, admiraba a Jorge Luis Borges, a Samuel Beckett, a su compatriota y amigo Mircea Eliade, el historiador de religiones, y al dramaturgo Eugene Ionesco.

Los filósofos escriben para los profesores, los pensadores para los escritores (…) En Alemania se mira por encima del hombro a los pensadores. Por el contrario el filósofo es alguien bien considerado: ha construido un sistema, tiene el privilegio de ser ilegible. En Francia el escritor es dios, también el pensador en la medida en que éste escribe para el otro , dijo en otra entrevista.

Antes de ser célebre (es decir leído y traducido y por ello mismo apto a ganarse la vida gracias a la escritura) Cioran pasó muchos años oscuros, en los que con secreto orgullo escribía para él y algunos amigos e iba a los cocteles para beber vino gratis.

Para él no había diferencia entre el ser y la nada: la nada impregna el ser como la muerte anida en toda vida . Una recién aparecida primera edición de sus obras completas lleva anexo un elocuente glosario de sus temas: melancolía, hastío, fracaso, lucidez, suicidio, nada…

Aforismos de Cioran

– El aforismo es un fuego sin llama .

– París es el único lugar en el que la desesperación es agradable .

– Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la soledad. Se vengarán un día de haber renunciado a todo eso .

– Las especies animales hubieran durado millones de años si el hombre no hubiera acabado con ellas, pero la aventura humana no puede ser indefinida. El hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo. Todos sentimos que las grandes civilizaciones han quedado atrás. Lo que no sabemos es cómo será el fin .

– La creación es un sabotaje definitivo .

– La peor desgracia que le puede ocurrir a un escritor es ser comprendido y la consagración es su peor castigo .

– Para ser libre marca distancias, desconfía del tiempo y de los horarios .

– Cada individuo, como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su capacidad de supervalorar, por sus dioses .

– Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la creación, quedara vacío, será a la vez Dios y fantasma .

– Escribir una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir .

“Cioran ateo credente che spiava dio” (Gianfranco Ravasi) [Ita]

Avvenire.it, 19 giugno 2015

​Vent’anni fa, il 20 giugno 1995, moriva a Parigi lo scrittore Emil Cioran. Sulle rive della Senna era approdato a 26 anni, nel 1937, dopo aver lasciato alle spalle la sua patria, la Romania, e la sua cittadina, Rasinari, un delizioso villaggio della Transilvania. Posto su un colle circondato da monti coperti di querce, faggi e pini, attraversato da un ruscello, pittoresco per il paesaggio, quel piccolo centro era marcato religiosamente da due chiese, l’una settecentesca, l’altra neoclassica dedicata alla Trinità, della quale era parroco suo padre. La lapidaria carta d’identità ideale di Cioran era, però, così scandita: «Io sono uno straniero per la polizia, per Dio, per me stesso».

Straniero, quindi, per la sua nazione originaria, che egli aveva cancellato dalla sua anagrafe personale, abbandonandone anche la lingua. Straniero anche per la nazione che l’aveva ospitato, a causa del suo costante isolazionismo: «Sopprimevo dal mio vocabolario una parola dopo l’altra. Finito il massacro, una sola rimase come superstite: Solitudine. Mi risvegliai appagato». Straniero, infine, per Dio, lui che – come dicevamo – era figlio di un prete ortodosso. Talmente straniero da iscriversi alla “razza degli atei”, eppure con un’insonne ansia di inseguimento nei confronti del mistero divino: «Mi sono sempre aggirato attorno a Dio come un delatore: incapace di invocarlo, l’ho spiato». È per questa ragione che di lui posso anch’io brevemente parlare, senza pretese di travalicare il mio perimetro di teologo sconfinando nell’analisi di critica letteraria che le sue opere meritano, un vaglio che effettivamente è stato ampiamente condotto. Cioran, infatti, si è appostato a più riprese per tendere agguati a Dio costringendolo a reagire e quindi a svelarsi.

Emblematico è il dialogo che a distanza intavolò col teologo rumeno Petre Tutea. Costui non aveva abbandonato la sua terra, nonostante 13 anni trascorsi nelle prigioni di Ceausescu, né tanto meno la sua fede, a tal punto da replicare a Cioran così: «Senza Dio l’uomo rimane un povero animale, razionale e parlante, che non viene da nessuna parte, e va non si sa dove». In realtà, il suo interlocutore non era strettamente ateo né agnostico, tant’è vero che era giunto al punto di suggerire ai teologi una sua particolare via “estetica” per dimostrare l’esistenza di Dio. Scriveva, infatti, in Lacrime e santi (tradotto da Adelphi nel 1990): «Quando voi ascoltate Bach vedete nascere Dio… Dopo un oratorio, una cantata o una “Passione”, Dio deve esistere… Pensare che tanti teologi e filosofi hanno sprecato notti e giorni a cercare prove dell’esistenza di Dio, dimenticando la sola!».

Cioran accusa l’Occidente di un delitto estremo, quello dell’aver estenuata e disseccata la potenza generatrice del Vangelo: «Consumato fino all’osso, il cristianesimo ha smesso di essere una fonte di stupore e di scandalo, ha smesso di scatenare vizi e di fecondare intelligenze e amori». Potremmo, perciò, considerarlo come un Qohelet-Ecclesiaste moderno. Egli, infatti, si era trasformato in una sorta di “mistico del Nulla”, lasciando intravedere il brivido delle “notti dell’anima” di certi grandi mistici come Giovanni della Croce o Angelo Silesio, risalendo fino allo sconcertante cantore del nesso Dio-Nulla, il celebre Meister Eckhart medievale. «Ero ancora un bambino, quando conobbi per la prima volta il sentimento del nulla, in seguito a un’illuminazione che non riuscirei a definire». Un’epifania di luce oscura, potremmo dire con un ossimoro usato dal Giobbe biblico.

«Si ha sempre qualcuno sopra di sé – continuava -; al di là di Dio stesso si eleva il Nulla». Ma ecco il paradosso: «Il campo visivo del cuore è: il mondo, più Dio, più il Nulla. Cioè tutto». E allora questa è la sua conclusione: «E se l’esistenza fosse per noi un esilio e il Nulla una patria?». Il Nulla – sempre per ossimoro – diventa il nome di un Dio, certamente ben diverso dal Dio cristiano, eppure come lui pronto a raccogliere il male di vivere dell’umanità.

Scriveva Cioran, evocando la “psicostasia” dell’antico Egitto, ossia la pesatura delle anime dei defunti per la verifica della gravità delle loro colpe: «Nel giorno del giudizio verranno pesate solo le lacrime». Nel tempo della disperazione, infatti, certe bestemmie – dichiarava Cioran, sulla scia di Giobbe – sono “preghiere negative”, la cui virulenza è accolta da Dio più della compassata lode teologica (l’idea era già stata formulata da Lutero).

Cioran è, quindi, un ateo-credente sui generis. Il suo pessimismo, anzi, il suo negazionismo riguarda piuttosto l’umanità: «Se Noè avesse avuto il dono di leggere il futuro, non c’è alcun dubbio che si sarebbe fatto colare a picco!». E qui il Nulla diventa il mero nulla, un vuoto annientamento: «Adorare la terra e dirsi che proprio essa è il termine e la speranza dei nostri affanni, e che sarebbe vano cercare qualcosa di meglio per riposarsi e dissolversi». L’uomo con le sue follie ti fa perdere ogni fede, è una sorta di dimostrazione della non esistenza di Dio e l’invito a un ritorno al nulla.

In questa luce si spiega il pessimismo radicale di Cioran che brilla già nei titoli delle sue opere: L’inconveniente di essere nati, La tentazione di esistere, Sulle cime della disperazione, Squartamento, Sillogismi dell’amarezza e così via. E qualche volta è difficile dargli torto, guardando non solo la storia dell’umanità, ma anche il vuoto di tanti individui che non ha niente del tragico Nulla trascendente: “Di molte persone – scriveva – si può affermare quanto vale per certi dipinti, cioè che la parte più preziosa è la cornice”. Ma per fortuna – ed è questa la grande contraddizione – esiste, come si diceva, anche Bach

Idealmente si potrebbe accostare a Cioran un suo amico, anch’egli rumeno, lui pure esule a Parigi e morto un anno prima, il 28 marzo 1994, cioè il grande drammaturgo Eugène Ionesco. Agnostico ma non indifferente, durante un’intervista, scherzando ma non troppo, aveva confessato: «Mi precipito al telefono ogni volta che suona, nella speranza, ogni volta delusa, che possa essere Dio che mi telefona. O almeno uno dei suoi angeli di segreteria».

Alla base del suo pessimismo nei confronti dell’umanità, analogo a quello di Cioran, c’era però in Ionesco lo stupore di una persona ferita dall’imperio della stupidità, del male, della cattiveria, dell’umiliazione dei piccoli e degli innocenti, della menzogna comunista dominante nel suo Paese.

Ed era proprio da questa temperie morale che fioriva il suo anelito verso il mistero, la sua inquietudine spirituale, la sua ricerca del Dio nascosto che non telefona mai alla sua creatura che pure è in angosciosa attesa di un suo squillo. L’ultima riga del suo diario è stata, però, folgorante: «Pregare. Non So Chi. Spero: Gesù Cristo». Proprio per questo è importante anche per noi credenti seguire i percorsi di simili ricerche condotti da persone non credenti ma col viso rivolto verso l’infinito e l’eterno. Il loro impegno è sincero e, a differenza di certi atei devoti, non ha interessi di altro genere, insalivati con altri sapori di tono politico o sociale.

Come riconosceva uno scrittore cattolico francese, Pierre Reverdy, «ci sono atei di un’asprezza feroce che, tutto sommato, si interessano di Dio molto di più di certi credenti frivoli e leggeri». Proprio per questo ho cercato in più occasioni di introdurre nel “Cortile dei gentili” per il dialogo tra credenti e non credenti, sia Cioran sia Ionesco, così come un altro grande scrittore francese, Albert Camus. Essi ci insegnano che il vero ateismo contemporaneo non è il loro ma lo è quell’indifferenza, superficialità, banalità che genera un “apateismo”, un vuoto che non ferisce né emoziona, a differenza di queste voci apparentemente scandalose ma autenticamente inquiete e in ricerca. E già il Socrate di Platone affermava che «una vita senza ricerca non merita di essere vissuta».

Sentencias para los que merecen morir

Autor desconocido – El País, 21 de Junio de 1995

Maestro en el escepticismo, con una visión de la vida como huida de la catástrofe del nacimiento, se ofrecen a continuación unos extractos del pensamiento de Cioran: Cómo imaginar la vida de los otros, si hasta la propia parece apenas concebible?” Breviario de podredumbre?”

“¿Por qué Dios es tan incoloro, tan débil, tan mediocremente pintoresco? ¿Por qué carece de interés, de vigor y de actualidad y senos parece tan poco? ¿Existe una imagen menos antropormórfica y más gratuitamente lejana?” Breviario de podredumbre.

“Quien no ha muerto joven, merece morir”. El aciago demiurgo.

“Si las, veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad, emancipada del sudor libre del peso de la primera maldición? (…) Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalarían un canibalismo estragado y una tristeza de hiena”. Breviario de podredumbre.

“Me aparté de la filosofía en el momento en que se me hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza, ni en Kant ni en ninguno de los de más filósofos”. Breviario de podredumbre,

“Toda santidad es más o menos española: si Dios fuera cíclope, España le serviría de ojo”. Breviario de podredumbre.

“Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el, universo”. El aciago demiurgo.

“Sólo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido”. El aciago demiurgo.

“Frívolo y disperso, aficionado en todos los campos, no habré conocido a fondo más que el inconveniente de haber nacido”. El aciago demiurgo.

“Es casi imposible hablar con un español de otra cosa que de su país, universo cerrado, tema de su lirismo y de sus reflexiones, provincia absoluta, fuera del mundo. Alternativamente exaltado y abatido, lanza miradas deslumbradoras y morosas; el descoyuntamiento es su forma de rigor. Si se concede un futuro, no cree en él realmente. Su descubrimiento: la ilusión sombría, el orgullo de despertar; su genio: el genio del pesar”. La tentación de existir.

“La muerte es lo sublime al alcance de cualquiera”. El ocaso del pensamiento.

Codigos de ratas

TRIBUNA: DESAPARECE EL GRAN TEÓRICO DEL ESCEPTICISMO

Fernando Arrabal – El País, 21 de Junio 1995

Hace un par de años, ingresó en hospital parisiense Ciorán, fatigado rapaz con alas de mármol.Emergía al amanecer de su naufragio preguntando

¿En qué calabozo estoy? ¿Qué crímenes he cometido?

Sus Précis de décomposition habían propuesto hedónicas normas de mal vivir y de buen escribir. Poco antes de morir, sus libros le condujeron al triunfo según códigos de ratas y de más vendidos.

Ciorán apareció dejando el diálogo postrado en el tránsito. Pero, cansado de existir, sin trozo de esperanza, se recluyó en sus harapos de César desterrado y dejó su cerebro en rebujal de olvido.

Sus Ejercicios de admiración fueron su manera elegante y silenciosa de comportarse como latir oculto, de decirnos adiós.

Cioran o la voz de la conciencia

La muerte sólo me interesa en la que medida en que cierra la historia de una locura.

Autor desconocido – El Tiempo (Colómbia), 21 de junio de 1995

La muerte fue una reiteración en la escritura del filósofo rumano Emile Mihai Cioran, quien murió ayer en París a los 84 años, víctima de la enfermedad de alzheimer.

Este es un luto para quienes siguieron sus obras, especialmente los jóvenes, que encontraron en sus desesperados aforismos las respuestas a muchas inquietudes de la existencia.

El filósofo rumano de expresión francesa se había convertido en los últimos años de su vida no sólo en un ídolo de los jóvenes estudiantes en el mundo entero, sino en un personaje novelesco muy europeo, a quien todos querían ir a visitar en su buhardilla del barrio latino.

Escuche usted, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero abandoné rápidamente toda idea de lanzarme a la enseñanza. No soy más que un pensador privado, trato de hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales , declaró en 1988 en una entrevista con el filósofo argentino Luis Jorge Jalfen.

Nacido en 1911 en la localidad rumana de Rasinari, E. M. Cioran llegó en 1937 a París, y desde entonces se quedó allí para siempre, salvo en los largos paseos en bicicleta que hizo por las costas del sur de Francia después de la segunda guerra mundial.

La obra de Cioran es una larga y dolorosa meditación sobre el vacío y la nada . Escribió siempre en francés, lengua que utilizó con una precisión que aún sorprende y deslumbra a los propios franceses (los críticos lo consideran, junto a Valery, el más importante prosista en esa lengua de este siglo). Escribo una prosa exange, no es un lenguaje directo. Jamás habría podido escribir una novela. Y la lengua francesa me gusta justamente porque es una lengua para juristas y lógicos , dijo.

Canoso, amante de Bach, fino, irónico, sonriente, el rumano gustaba de la compañía de los jóvenes, a quienes no daba consejos acerca de cómo vivir, pero a quienes consolaba con sus libros y su conversación, reconociendo que cada día es más difícil dedicarse a pensar, a leer y a escribir. Y es que no puedo hablar de lo que me afecta en lo mas profundo -añadía- si no es a solas con alguien: ese momento en que dos soledades pueden comunicarse .

Respecto de su vida, el filósofo rumano narró en varias ocasiones que a los 20 años ya había perdido todas las ilusiones y que su destino ya estaba sellado. Después, solo se reafirmó en su visión de las cosas.

No todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Escribir, por poco que sea, me ayudó a pasar de un año a otro, pues cuando uno expresa sus obsesiones éstas se debilitan y en parte quedan superadas. Estoy seguro de que si no hubiera emborronado papel me habría matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario , le dijo al filósofo español Fernando Savater en 1977.

Nada y así sea Si Albert Camus aseguró que el único problema filosófico que valía la pena ser planteado es el del suicidio, Cioran (en cierta medida un anti-Camus), considerado como alguien muy pesimista, salvó a varias personas de la autoeliminación provocándoles la risa, convencido como estaba de que si uno es capaz de reírse no debe desaparecer así como así.

Además del tema del fracaso, otro de los principales motores de la obra de Cioran fue el aburrimiento, el tedio, el hastío. Con los años el aburrimiento ha aumentado, este aburrimiento sin fondo. Mi madre, que fue la esposa de un sacerdote, me dijo una vez algo que jamás olvidé: si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría dado a luz. Esa frase me hizo mucho bien , confesó.

Irónico, escéptico, sarcástico y febril denunciador de la miseria humana, habló de la inutilidad de escribir y publicó mas de quince libros, entre estos El inconveniente de haber nacido, En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, La tentación de existir, En las cumbres de la desesperanza (fue su primer libro, 1933) El libro de los engaños, De las lágrimas y de los santos, Historia y utopía, La caída en el tiempo y Desgarradura.

Fernando Savater tradujo su obra del francés, lo que sirvió para introducir sus acerados aforismos en el ámbito hispanoamericano. Sin embargo, Cioran en los últimos años había dejado de escribir. Según explicó a un amigo rumano, siento una disminución, una baja de intensidad y, por otra parte, todo el mundo escribe libros y eso me termina de asquear .

Cioran decía que su inclinación por la filosofía surgió en las largas y terribles noches de sus insomnios a los 20 años, cuando lo único que lo consolaba era la compañía de alguna mujer en un cabaret.

No forjó en sus libros sistema de pensamiento alguno, gustaba de los místicos españoles y de William Shakespeare, se nutría del pensamiento budista, admiraba a Jorge Luis Borges, a Samuel Beckett, a su compatriota y amigo Mircea Eliade, el historiador de religiones, y al dramaturgo Eugene Ionesco.

Los filósofos escriben para los profesores, los pensadores para los escritores (…) En Alemania se mira por encima del hombro a los pensadores. Por el contrario el filósofo es alguien bien considerado: ha construido un sistema, tiene el privilegio de ser ilegible. En Francia el escritor es dios, también el pensador en la medida en que éste escribe para el otro , dijo en otra entrevista.

Antes de ser célebre (es decir leído y traducido y por ello mismo apto a ganarse la vida gracias a la escritura) Cioran pasó muchos años oscuros, en los que con secreto orgullo escribía para él y algunos amigos e iba a los cocteles para beber vino gratis.

Para él no había diferencia entre el ser y la nada: la nada impregna el ser como la muerte anida en toda vida . Una recién aparecida primera edición de sus obras completas lleva anexo un elocuente glosario de sus temas: melancolía, hastío, fracaso, lucidez, suicidio, nada…

Aforismos de Cioran – El aforismo es un fuego sin llama .

– París es el único lugar en el que la desesperación es agradable .

– Desconfíen del rencor de los solitarios que dan la espalda al amor, a la ambición, a la soledad. Se vengarán un día de haber renunciado a todo eso .

– Las especies animales hubieran durado millones de años si el hombre no hubiera acabado con ellas, pero la aventura humana no puede ser indefinida. El hombre ha dado ya lo mejor de sí mismo. Todos sentimos que las grandes civilizaciones han quedado atrás. Lo que no sabemos es cómo será el fin .

– La creación es un sabotaje definitivo .

– La peor desgracia que le puede ocurrir a un escritor es ser comprendido y la consagración es su peor castigo .

– Para ser libre marca distancias, desconfía del tiempo y de los horarios .

– Cada individuo, como cada época, no es real más que por sus exageraciones, por su capacidad de supervalorar, por sus dioses .

– Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, dominar la creación, quedara vacío, será a la vez Dios y fantasma .

– Escribir una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir .

Obituary: Emil Cioran

James Kirkup — The Independent, Saturday 24, June 1995

Emil Mihai Cioran, philosopher, essayist: born Rasinari 8 April 1911; died Paris 20 June 1995.

In few authors is the work so much a part of the life as in the writings of Emil Cioran.

Cioran was an antiphilosopher, an antimoralist, perhaps because in his youth he had read such a wide variety of European philosophers, and all the elegant, ironic French moralists, He wrote: “Everything I have undertaken, everything I have expatiated upon all my life is inseparable from what I have lived. I invented nothing. I’ve been the one and only secretary of my own sensations.”

The very titles of Cioran’s books read like a litany of the writer’s obsessions: A Short Account of Decomposition (1949), Syllogisms of Bitterness (1952), The Inconvenience of Having Been Born (1973), Hacked to Pieces (1979), The Tears of the Saints (1988), On the Summits of Despair (1990), Breviary of the Vanquished (1992) among a host of others. An album of very fine black-and-white photographs of Cioran by Irmeli Jung, accompanied by his own text, is called The Rush Towards the Worst (1988).

Such despairing pessimism had, as is often the case, profound roots in childhood. The prosperous country town of Rasinari in Saxon Transylvania seemed like an earthly paradise to the little boy. His father was the orthodox priest of the place, and Cioran loved the cemetery where he made friends with the gravedigger who would give him skulls to play football with. There was a beautiful orchard where he played with his sister and younger brother Aurel. Above all, there was the hill called Coasta Boacu, looking down on Rasinari. In later life, Cioran wrote: “One should live and die where one was born . . . I’ve been bored everywhere I went. What was the point of leaving Coasta Boacu?”

But leave it he did, heartbroken at being driven out of his paradise, at the age of 10, in order to attend school in Sibiu, and three years later his father was appointed to its imposing church as orthodox protopope or high priest. At 14, Emil was reading the great national poet Mihail Eminescu, but also Diderot, Balzac, Tagore, the aphorist Lichtenberg, Dostoevsky, Flaubert, Schopenhauer and above all, Nietzsche. At 17, he enrolled in the Faculty of Literature and Philosophy in Bucharest, where he gained the reputation of a wild young bohemian. Already he was subject to chronic insomnia, when he spent whole weeks without sleeping. In 1933, aged 22, he started writing his first book, Pe Culmile disperarii (“On the Summits of Despair”). He had finished his university studies with a thesis on Bergson, and was back home in Sibiu. In a preface to the French translation, he wrote:

The capital phenomenon, the most catastrophic disaster, is uninterrupted sleeplessness, that nothingness without release. For hours and hours I would walk the night’s deserted streets, or, sometimes, those haunted by my fellow-insomniacs, the prostitutes, the ideal companions in moments of supreme distress. Insomnia is a vertiginous lucidity that can convert paradise itself into a place of torture . . . It was during those infernal nights that I came to understand the inanity of all philosophy. The hours without sleep are at bottom an interminable rejection of thought by thought itself . . . an infernal ultimatum of the mind delivered to the mind.

When the work was published in Bucharest, it received the first prize of the Royal Academy at the same time as Ionesco’s Nu (“No”). It was the first of only two literary prizes that Cioran did not reject.

From 1933 to the end of 1935 Cioran studied philosophy in Berlin with a grant from the Humboldt Foundation; he was taught by Ludwig Klages, whom he greatly admired. He also discovered the expressionist artists, particularly Kokoschka, as well as the ideals of the rising Hitler. Back in Bucharest in 1936, he had his one brief teaching post: his colleagues and pupils were puzzled, then dismayed by his eccentricity and his passionate discourses on the Spanish mystics, Dostoevsky, Proust and Shakespeare for whom he had an unbounded admiration because of the “excessive” nature of his characters. His Cartea Amagirilor (“The Book of Deceptions”) was published.

In his book on Bucharest, Paul Moraud gives a sketch of bohemian intellectual life and its unbridled ferment of new ideas in all-night discussion and passionate quarrels at the legendary Brasserie Capsa in the Calea Victoriei, where Cioran proposed his nightmare visions of despair to Eugene Ionesco, Mircea Eliade and an assortment of pugnacious Romanian revolutionary thinkers.

Yet Cioran, after his experiences in Germany, was beginning to see salvation only in totalitarian regimes and he wrote a work of which he was later deeply ashamed, a youthful squib, The Transformation of Romania (1937). An expurgated edition was reprinted in Bucharest in 1991, but a French specialist in Romanian studies, Pierre-Yves Boisseau, dissected the thought in the original edition, which shows young Cioran to have been both xenophobic and antisemitic, uttering nonsense like: “The Judaic invasions of recent years made antisemitism the essential component of our nationalism.”

These were the times of the infamous Iron Guard in Romania, and Cioran expresses similar xenophobic prejudice against the Hungarians. It was an unfortunate but perhaps inevitable passage from youthful idiocy to a more mature, disabused view of the follies of dictators and of all politicians, whom Cioran looked upon with loathing and contempt.

The passage came with his departure for Paris with a grant from the Institut Francais in Bucharest, the gift of an enlightened director who was one of the rare people fully to appreciate Cioran’s unique personality, and his special needs as a writer. Cioran did absolutely no work to justify the grant, yet the sympathetic director renewed it until 1945.

Cioran lived in various small Latin Quarter hotels, first in the Rue Racine, opposite the house where Sarah Bernhardt was born, then in the Hotel Marignan in the Rue Sommer and, near the Librairie Portugaise and a number of esoteric bookshops. Just a short way up the Rue Jean de Beauvais stands the charming little Romanian Orthodox church, and further on the gardens of the Luxembourg Palace, where Cioran could often be seen towards the end of his life taking his constitutional in the direction of Port Royal, a neat little figure, like a bank-clerk, with his sober attache- case and mid-season raincoat.

But his Aries character shows through the conventional appearance in his great, lined, thick-eyebrowed forehead and his abundant prow of dense dark hair, his plunging, obstinate nose, a mouth whose initial fullness was elongated into a bitter, brooding thinness within the deepening ravines bracketing it on either side. Gisele Freud’s remarkable 1982 series of colour photographs of the man, and Irmeli Jung’s black-and-white studies are profoundly revealing of the genius who was an aristocrat of doubt and a mystical misanthrope of disturbing lucidity, but whose grim sense of destructive humour is deeply satisfying.

In 1947, after trying unsuccessfully to translate Mallarme into Romanian, Cioran made the dangerous decision to go into “linguistic exile” and to write all his future works in French. He mastered the written language taking as models the 18th- century moralists whose world-weary cynicism he adored and also the few moderns he admitted to his pantheon of letters. He disliked Sartre and hated Camus, who, he said, had the mentality and culture of a substitute teacher.

Today, the only true pleasure in reading comes from an appreciation of sheer style, something very few writers now possess. The works of Cioran are everlastingly readable, disturbing, provocative, comical. He was the supreme farceur of philosophy, and always provides entertaining companionship for his fellow insomniacs, who mingle their sleepless lucidity with his.

Cioran said that one of the greatest jokes in his absurd existence was when in 1974 the Spanish regime of Franco, already in a state of decomposition, scorned his book Le Mauvais Demiurge, accusing it of being “aetheist, blasphemous and anti-Christian”. Cioran’s wry comment was: “The Inquisition is not yet dead.” At a time when I, too, was being subjected to similar ignorant attacks by self-appointed guardians of bigotry, such words from Cioran were infinitely refreshing. In fact, he claimed that Buddhism was his one religion, and the only worthwhile philosophy. When I pointed out to him that he had been born on the birthday of Buddha, he gave a sudden rare laugh of pure joy. “Jesus is revenging himself on us for not having died on a sofa.”

He often quoted Montesquieu’s witty saying: “I’d like to banish all funeral ceremonies. One should weep for men at their birth, not at their death.” Emil Mihai Cioran was after all given a traditional funeral service at the little Romanian Orthodox Eglise des Saints-Archangel and a funeral cortege to the Cimetiere Montparnasse, where he lies now with Baudelaire, poet of the Flowers of Evil that was one of Cioran’s bibles of the beauties of excess and ennui.