Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

cioran-savater
Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

Emil Cioran or the drama of a Romanian conscience

Gabriela Pohoaţă*
gabriela_pohoata@yahoo.com

Cogito – Multidisciplinary Research Journal (Bucharest)
Vol. III, no. 4/december, 2011

,,A man that didn’t survive the drama
of conscience is a naive”

Emil Cioran[1]

Abstract: The idea of our article aims the unique attitude of the thinker Emil Cioran about the “transfiguration” of Romania, emanated from an unhappy conscience that lived the drama of remaining Romanian. Cioran remains a universal thinker that saw intuitively the demarche of history, but also lived and felt in a Romanian manner; that is why the “transfiguration” is a present imperative.

Keywords: conscience, Romanian destiny, culture, history, transfiguration.

Declaring himself “specialist in death at twenty years of age” Emil Cioran had access to a philosophy about conscience, destiny, Man and God. “The human tragedy is knowledge”, says Cioran. I have noticed that all I have in my conscience is diminished through feeling.

For me, the best title of a book is “Conscience as fatality. This title is the abstract or a concentrated formula of my life, says Cioran. I believe that I was my entire life more than conscious and that was the tragedy of my life”.[2]

We began our article with this confession because it might be a sort of philosophical testament of the thinker, for whom this year, we celebrate his centennial.

1. Emil Cioran remains one of our greatest thinkers, no matter what options we have, being part of the generation that marked the intellectual history of modern Romania, linking it to Europe.

His life must be understood in the European spiritual and political context in which he lived, a period in which there were the two great wars, great spiritual and ideological lies and reversals of value.

But what makes our thinker interesting in the Romanian and European spiritual background is his uniqueness and universality. “I am metaphysically stateless – says Cioran[3], just like those stoics from the end of the roman empire that felt citizens of the world, what is a sort of saying that they were not citizens of any state.”

The charm of Cioran is offered by his authenticity, naturalness of style. We find ourselves in Cioran, no matter if young or old, Romanian or French, Spanish or Russian, because he was a brilliant psychoanalyst, getting with a frightening deepness in the eidos of the human being, in the deepest layers and beliefs. What concerns his inner experience, Cioran is part of the gallery of so-called spirits of Dostoyevsky because his dramatic life was a permanent convulsion, a permanent clash between his peasant fury the inner instinctive part built in a Transylvanian way and the layers stacked by adopting the pessimist, and sceptic occidental ideas of Schopenhauer or Nietzsche.

As a proof, there are his permanent explorations, for 10 years, in the wildness and loneliness of the nature in his beloved Transylvania, called paradise, and the years lived in the occident, having a rough life- in a loft, denying any titles, honours and eating in a student cafeteria.

2. All of his books, from Pe culmile disperării (the first and the most philosophical) till Căderea în timp, prove a scattered conscience of a superior spirit that lived his life with a high intensity. So, for Cioran, understanding remains a second problem, in the first place being the attitude toward life, the question how life can be endured. For this, the Romanian thinker says: “I do not know other two big problems but: how to endure life and how to endure yourself. There are no greater difficulties”.[4]

Being passionate of a sort of tragic anthropology, of understanding the essence and the destiny of Man in the world, Cioran lets us understand that man has to accomplish two things during his life: an historical conscience (Cioran learned it from Hegel) and a conscience of being part of the transcendence, the way that Jesus Christ preached: “Give to Caesar what is Caesar’s and to God what belongs to God”.[5]

He lived this ambivalence, which is actually the metaphysical human drama. This is why in his soul, the reasons of concern and fluster that gives the configuration of a Romanian conscience are: one determined by the agonizing participation at the drama of his people or even of the era in which he lives, an era that he would like to see under different auspiciousness, and the other reason is determined by his unique structure, by the antinomy of him, always thinking of God but not being capable of believing in him.[6]

Cioran admites that he had moments of serenity, of joy, that were moments of contemplation. In these moments, he believed that he passed over history and existence. He believed that history offers to man only fear, concerns, convulsions and that the few seconds of silence are the ones when the human overtakes the moment, getting closer to the ocean of eternity – with all his happiness and silence. Because of these fears, as a result of them, at 24 years old, Cioran wrote his intriguing book „Schimbarea la faţă a României”. The book is increasingly special and unique through the tone he wished to send to the people of this country.

Besides, Cioran admits that if he wouldn’t bet on a national awakening, even starting from each person, for him, the problem of Romania would have been closed for a long time.

Also, it is unique if we compare it with other works of his, because, in opposition to the sceptic and nihilist tone of them, it shows a positive perspective, proving hope, and suggesting expectation. Schimbarea…. has a special place in his creations. Even the author considers the text “the most passionate and foreign” off all. All the accuses, more or less real, that could disturb the contemporaries, even if they were confirmed lately, are from the subjectivity of the author, from the impossibility of participating without interest in the death of a culture but also from his patriotism, because Cioran never stopped hoping that Romania’s faith will change.

Till Cioran, the crucifixion of Romanian thought, history, values and the beginning of Romanian spirit wasn’t made with so much vigour and bitterness. “From the passion that I have for Romania, I cannot accept to be sentenced forever to a mediocre destiny that it was given till now… ”.[7]

The apocalyptic tone is explained by the complexes of the man born in a small culture. Cioran is “ill of Romania”. This is the reason for the exaggeration and the messianic approach. He loves “the history of Romania with a rough hate” and dreams about a universal Romanian spirit.

In general, human condition is too dramatic, but when it is added the particular destiny of the one born in an inferior culture in comparison to other cultures, it becomes hard to endure, especially when it is doubled by a demiurgic thirst: “it is not easy to be born in a second hand country. Lucidity becomes tragedy. And if a messianic fury does not choke you, then the soul drowns in a great lack of consolation”.[8]

Being conscious and on the position of Vladimir Soloviov that said that nations are not what they think they are, but what God thinks about them in eternity, Cioran doesn’t want for Romania an eternal rescue from mediocrity, but at least in time.

Considering that the past of Romania is time without history, because defending and keeping cannot be similar to killing history, the Romanian thinker doesn’t see a possibility of change in the future unless hidden virtues and talents of this people are brought to light.

Cioran proved to be a fine knower of Romanian virtues, but the psycho-moral portrait made in Schimbarea…is dominated by negativity.

Cioran is scared by the density of the inherited defects. Most of the characteristics that Eminescu highlighted for the Romanian people (scepticism, religiousness) were understood by Cioran as defects. The line, from which Eminescu was part, couldn’t intersect the one of Cioran. Even more, they were parallel.[9]

Eminescu understood the bad part of the Romanian reality but explained it through lacks of “worth and qualities”, through the prevalence in great positions of foreign persons. He never discussed about the Romanian gene and didn’t extend evil toward the entire history. Even if he never overlooked backlashes from history, the state of vegetating and moral vice were due to lame, unwise rulers, not to a general viciousness of the country, of productive and healthy forces that started to get oriented toward the custom of land. This is not the same approach with the one from Cioran, which is on an opposite position.

Paradoxical, even if we are a young people, we proved to be ill of scepticism; we are tired of the wise contemplation of our own fault, because we convert infertility into virtue and from fatalism we make a moral triumph. Here, lucidity has become abhorrence, and extreme honesty- masochist pleasure. Our shallow, Byzantine religiousness is reduced to a pastoral orthodoxy.

Cioran’s comparison with Eminescu is justified by the fact that the thinker from Răşinari put a big price on Eminescu; so much that he tried to hide the perplexity that he managed to rise from a small horizon, marked by frivolity and scepticism. “Without Eminescu, wrote Cioran to Noica in March 1970, our people would be small and almost disregarded.”[10]

It is amazing that Cioran declared himself a descendant of the poet, but broadening the frame, we can notice that the declaration does not harmonize with something else but the pathos of despair and the nihilism. A parallel lecture or Cioran and Eminescu raise[11] some comparative observation that we consider important to understand the message of our text. So, in the nationalism of Eminescu (traditionalist, conservator and orthodox) was from the past and the memory of historical living, Cioran develops in his work a pro-occidental nationalism, faced towards Romania of tomorrow. He legitimated the abolishment of tradition and burn of steps in order to make a faster synchronization with the rhythm of European evolution.

While Eminescu spoke about a basis of national energy from traditions and customs, Cioran spoke about “Romanian adamism” characterized by a culture that doesn’t have precedent, about the “lacks from history and physiology” that must be filled with a messianic content, assuming the destiny and removing what is Balkan from us.

3. Quoting from Nietzsche, Spengler, Soloviev, Cioran was obsessed by the “impetuous destiny of big cultures”, built on force and an aggressive style, regretting that his own people is in lack of a beast- passion. It is shattering when in Schimbarea la faţă, Cioran said that “the Romanian people is a being with a lot of water in his blood”. Cioran wanted to belong to a people full of life and keen to affirm. This is the source of his riot towards “sentimentalism”, “resignation” and “mediocrity” of his ancestors. The demiurgic thirst of glory, the cult of force ignoring the ethic and overtaking the politic side by the spiritual one, was missing from the Romanian belief.

In order to overtake the shadowing condition in universal history, Romania has to be part of its historical spiral in an upward moment, affirming till self-destruction of instincts, ideas and accepting any sacrifice. The prophetic side of Cioran is radical! Even if his thinking is criticized for the harsh and vehement side, for the Romanian people the imperative “transfiguration” is present, that proves that Cioran didn’t make too big mistakes when he referred to the incapacity of Romanians to fight to build a destiny. That is why we should start to build a brand new Romania that is not based on a borrowed ideal. Cioran says that our only obsession that could cure us from the organic lacks must be our supremacy in the S-E part of Europe.

To accept those judgements that encourage the fact that the thinker was for an imperialist Romania and to see introspective and to realize with realism and lucidity that the force to be better was never alive and it isn’t now even today; that is why the “transfiguration” of Romania is the chance not for supremacy but to our survival in the world.

REFERENCES

  1. Cioran, Emil, (1993), Pe culmile disperării, Ed. Humanitas.
  2. Cioran, Emil, (2002), Căderea în timp, Ed. Humanitas.
  3. Cioran, Emil, (1993), Schimbarea la faţă a României, Ed. Humanitas.
  4. Convorbiri cu Cioran, (1993), Bucharest, Humanitas.
  5. Eminescu Mihai, (1980), Opere, vol. IX, Bucharest, Ed. Academiei.
  6. Necula, I., Cioran, (2003), De la Identitatea popoarelor la neantul valah, Bucharest, Ed. Saeculum I.O.
  7. Pohoaţă, G., (2011), Emil Cioran the nihilist thinking of God, Cogito, no.3.

* Senior lecturer Ph.D, – „Dimitrie Cantemir” Christian University, Bucharest.

[1] Apocalipsa după Cioran, interviu de Gabriel Liiceanu, 1995.

[2] Convorbiri cu Cioran, Bucharest, Humanitas, 1993, p.40.

[3] Ibidem, p.29.

[4] Ibidem, p. 254.

[5] Învăţăturile lui Iisus din Noul Testament, (Evanghelia după Matei, 22, 17-22).

[6] G. Pohoaţă, Emil Cioran the nihilist thinking of God, Cogito, no.3, 2011, p. 5-12.

[7] Cioran, Emil, Schimbarea la faţa a României, Ed. Humanitas, 1993, p.31.

[8] Ibidem, p. 32.

[9] Necula, I., Cioran, De la Identitatea popoarelor la neantul valah, Bucureşti, Ed. Saeculum I.O., 2003, p. 101-102.

[10] Cioran, E., Scrisori, p.298 (după I.Necula, op.cit.).

[11] Eminescu M., Opere, vol. IX, Bucharest, Ed. Academiei, 1980.