“Cioran y Sissi” (Roland Jaccard)

NEXOS, Mexico, 1 Enero 1996

Es posible que usted haya visto a Cioran hurgando en los mostradores de crítica literaria de los vendedores de libros viejos de la rue de l’Odéon, en busca de algún libro de Robert de Traz u hojeando el Nietzsche de Guy de Pourtalès o quizás hasta preguntándole al librero por alguna biografía de Sissi… Sí, Sissi. No se asombre ni se frote las orejas. Oyó bien: Sissi figura dentro del Panteón de los ídolos de Cioran.

¿Cómo? ¿Sissi y Cioran? ¿El filósofo y la emperatriz? Catalina II de Rusia y Diderot, todavía pasa Pero Cioran y Sissi, eso sí cuesta trabajo creerlo, pensará usted. Y ya se imaginará a Cioran, llorando a lágrima viva al ver por enésima vez la serie de películas de Ernst Marischka y al admirar el parecido entre Sissi y Romy Schneider.

Yo mismo había dado argumentos a los detractores de la emperatriz, al sostener en un artículo que los poemas de Sissi -sí, cómo no, la emperatriz también fue poetisa- son bastante malos. Cioran protestó enérgicamente y me aseguró que me guardaba rencor por esa irreverente afirmación respecto a su reina. Pero cuando pudo leer esos poemas tuvo que confesar que yo no estaba totalmente equivocado. Para sellar el fin de aquella breve ruptura, me invitó a cenar en su buhardilla de la rue de I’Odéon.

Esa noche salí temprano de casa para poder pasear, pensar en la emperatriz y preparar mis armas antes de encontrarme con el filósofo. Me preguntaba qué razones habrían llevado a Cioran a idolatrar a Sissi. ¿Acaso sería porque Sissi admiraba a Heine y a Schopenhauer?

La aristocracia austriaca de esa época despreciaba soberanamente a los representantes del arte. Se decía que un austriaco, a pesar de que fuera simultáneamente Shakespeare, Galileo, Nelson y Rafael, no podía ser admitido en la alta sociedad vienesa si no era de rancio abolengo. A esto hay que agregar que Viena era la ciudad del mundo donde menos se leía y más se bailaba. ¡Pues sí! Sissi se escabulló de esa regla de la frivolidad. En las fiestas y en los bailes de la corte la emperatriz prefería la filosofía de Schopenhauer y la poesía de Heine. Hasta bautizó a su caballo favorito con el nombre de Nihilista. Esa provocación no podía desagradarle a Cioran. Sissi, discípula de Schopenhauer e hija espiritual de Heine, ¿quién lo hubiera creído?

Pero prepárense para otra sorpresa: ¿recuerdan a Titania, hada que aparece en El sueño de una noche de verano? Esa graciosa obra le encantaba a Sissi, quien se comparaba con Titania; bajo los efectos de un filtro mágico, Titania se enamoraba de Bottom, un hombre rústico transformado en asno. Los pretendientes de la emperatriz. entre los que se encontraba Francisco‑José, quedaron inmortalizados en uno de sus poemas sobre la soledad de Titania: “Yo sola [escribía la emperatriz]. como una maldita, / Yo, reina de las hadas, / Sólo yo no encuentro jamás / al alma hermana que busco. // En vano de mi trono de lis / muchas veces he bajado; / Jamás encontré placer / al lado de un hijo de la tierra. // A menudo, en las suntuosas noches de verano, / bajo el voluptuoso claro de luna, / He pensado: ”He aquí el que me hace falta!’. / Y ya me regocijaba / Pero siempre, en el alba, / Cálida y apretada en mi corazón, / Descubría con horror / en mis brazos la cabeza de un asno”… [+]

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“Tentaciones para ir a E. M. Cioran” (Rafael Pérez Gay)

NEXOS, 1 Julio, 1995

El fracaso.

Buena parte de la obra del gran escritor rumano-francés Emile M. Cioran (1911-1995) está construida alrededor de un tema que se volvió con el tiempo una pasión: el fracaso, personal, de los pueblos, del comunismo, de la filosofía, de la historia. Los dos libros donde esa pasión se expande con inmensa sabiduría y asombrosa fuerza estilística son Los silogismos de la amargura (Gallimard, 1952) y La tentación de existir (Gallimard, 1972). En este último escribió: “Fracasar en la vida, esto se olvida a veces demasiado pronto, no es tan fácil: se precisa una larga tradición, un largo entrenamiento, el trabajo de varias generaciones. Una vez realizado este trabajo, todo va de maravilla”. Por lo demás y como es notable que en estos tiempos ya nadie fracasa —sólo hay sucesiones de circunstancias adversas y éxitos mal entendidos—, Cioran es una rara especie de actualidad mexicana.

Pascal.

El más grande artista de la prosa francesa, Pascal, es una presencia sutil pero al mismo tiempo capital en la evolución literaria de E. M. Cioran. Es posible que Cioran haya amado en Pascal la disputa entre la ciencia y las letras, la controversia religiosa, el modelo de su sátira demoledora y, sobre todo, el hecho de que bien a bien Pascal nunca escribió un libro: publicó varios folletos que llegaron hasta nosotros como Les lettres provinciales y Les pensées, conjunto aforístico salido de una gran cantidad de notas recuperadas del enorme desorden que Pascal dejó cuando murió. Ese destino fragmentario y esa vocación por lo inacabado quedaron puestos en este aforismo: “Las obras mueren: los fragmentos no pueden morir, porque nunca han existido”. Se puede llegar a Pascal por el camino de Cioran.

El escepticismo.

Es un lugar común, pero es correcto: el escepticismo es el gran centro nervioso de la obra de Cioran, en La tentación de existir, seguramente la mejor prosa ensayística francesa de los últimos cuarenta o cincuenta años, así como en toda su producción posterior a 1956, Historia y utopía (Gallimard, 1960), La caída en el tiempo (Gallimard, 1964), El aciago demiurgo (Gallimard, 1969), e incluso los aforismos de El inconveniente de haber nacido (Gallimard, 1973), el escepticismo, un escepticismo trepidante, no sólo es el tema común sino, además, un método de trabajo, un conjunto de actitudes, como él mismo llamó a la obra de Nietszche, para explicarse las tres grandes zonas de su obra: la literatura, la filosofía y la historia. “La historia es indefendible. Hay que reaccionar respecto a ella con la inflexible abulia del cínico; o si no, ponerse del lado de todo el mundo, marchar con la turba de los rebeldes, de los asesinos y de los creyentes”. “La ingenuidad, el optimismo, la generosidad -suelen encontrarse en los botánicos, los especialistas de ciencias puras o los exploradores, nunca en los políticos, los historiadores o los curas… [+]