Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

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Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

Filosofía para pesimistas y perdedores en ‘El ojo crítico’: “Cioran – Manual de antiayuda”, de Alberto Domínguez

“Descubrir a Cioran fue como descubrir a mi alma gemela” (Alberto Domínguez)

cioran-manual-de-antiayudaRTVE, ‘El ojo crítico’, 25.04.2014

Por Nelly Romanos

Cioran. Manual de antiayuda de Alberto Domínguez es -en palabras de su autor- un ensayo más literario que filosófico. Aunque reconoce que “el título es una provocación”, en una entrevista en el programa El ojo crítico. Un pensamiento a la contra de los libros de autoayuda, que se encuentran entre los más vendidos de las librerías.

Y precisamente en el propio título encontramos la piedra angular de este texto, el considerado uno de los más lúcidos filósofos del pesimismo que ha dado el siglo XX, Emile Cioran, autor de libros como Breviario de podredumbre La tentación de existir.

“Descubrir a Cioran fue como descubrir a mi alma gemela”, asegura el autor. “Encontré a alguien que pensaba de manera muy similar al concepto que yo tenía de la vida. Pensé que no estaba solo en este mundo”. Porque de los temas que aborda este autor rumano no se suele hablar con nadie, aunque apunta Domínguez: “creo que todo el mundo piensa en ellos”.

La muerte, el suicidio, la falta de sentido de la vida… “pero lo importante en Cioran es su estilo, su ironía, el humor con el que escribe todo”. Incluso Dominguez recomienda este Cioran. Manual de antiayuda, editado por el sello Al Revés, para las personas que no consiguen estar bien. “Creo que en lugar de deprimir, anima a tirar adelante”.

CIORAN. MANUAL DE ANTIAYUDA

EDITORIAL: Al Revés
AÑO DE PUBLICACIÓN:
2014
IDIOMA: Castellano
ISBN: 978-84-15900-42-9
NÚMERO DE PÁGINAS: 268
DIMENSIONES: 14×21
FORMATO: Rústica con solapas
PRECIO: 17,00 €

EL AUTOR: Alberto Domínguez nació en Mataró (Barcelona) en 1975. Se licenció en Filosofía en la Universidad de Barcelona y ha colaborado en diversas publicaciones. Cioran. Manual de antiayuda es su primer libro.

“Tragédia sem redenção: o pessimismo absoluto de Julius Bahnsen”, por Flamarion Caldeira Ramos

Artigo publicado na Revista Voluntas – Estudos sobre Schopenhauer, vo. 6, no. 2, 2o semestre de 2015

Resumo: Trata-se neste texto de apresentar a filosofia de Julius Bahnsen (1830-1881), cuja teoria é uma tentativa de conciliar a filosofia da vontade de Schopenhauer com a dialética de Hegel, o que resultou na elaboração de uma dialética real (Realdialektik), uma espécie de pessimismo absoluto. Para essa apresentação será enfatizada a concepção do trágico como uma categoria não apenas restrita à reflexão estética, mas como própria da manifestação da contradição inerente à vontade, a qual ao mesmo tempo quer e não quer. Ao invés de propor alguma saída redentora para o círculo autocontraditório da vontade, Bahnsen afirmará o caráter irreconciliável dessa cisão e rejeitará a perspectiva soteriológica da filosofia schopenhaueriana defendida por Eduard von Hartmann e Philipp Mainländer. O resultado será um decidido niilismo que encontrará apenas na categoria do humor uma possibilidade de alívio.
Palavras-chave: Tragédia; Redenção; Pessimismo; Humor.

Texto completo

“Cioran, l’allegro cantore dell’apocalisse” [Ita]

Due libretti del grande filosofo romeno permettono di ripercorrere il suo pensiero. Nichilista ma con brio

Marcello Veneziani – IlGiornale.it, 24/03/2014

Quando stai giù e vedi tutto nero, leggi Cioran. Non so se definirla cura omeopatica o terapia d’urto. Ma leggendo E.M. Cioran vedi quali splendidi fiori può generare l’umor nero, innaffiati dalle lacrime più amare. Cioran ti porta verso il nulla, ma è così scintillante la sua disperazione, così brillante la sua vena apocalittica, così eccessiva, da provocare una specie d’euforia degli abissi.

Vedi lo spettacolo dell’intelligenza in rotta col mondo e la vertiginosa ebbrezza del cupio dissolvi, vedi l’allegria del naufrago e perfino l’umorismo che si nutre di l’umor nero in una forma inedita di umoralismo. Una spremuta di pessimismo cosmico e vien fuori un succo grottesco di tetro entusiasmo. Tutto appare vano, suicidio incluso; di fronte al male pensi con lui al peggio e quasi ti ristori, la tua disperazione privata annega in quella cosmica e si stempera nell’universale. Persino il sole piange e si fa nero nelle pagine di Cioran. Ma avviene il miracolo: ritrovi il piacere dell’intelligenza, il gusto della lettura, la voluttà dell’imprecazione. La grazia e l’estasi del nulla.

C’è una cosa, tuttavia, che fa disperare Cioran più della vita: è l’errore di stampa. Lo confessa con candore, e qui tradisce la vanità del nichilista che pur abitando nel Nulla, tiene alla cura e alla perfezione della parola, e coltiva l’amor proprio e l’imperativo assoluto di farsi leggere e ammirare… [+]

“O pessimismo e a questão social em Philipp Mainländer” (Flamarion Caldeira Ramos)

RESUMO: TRATA-SE APENAS, NESTE ARTIGO, DE APRESENTAR EM SUAS LINHAS GERAIS O PENSAMENTO DE PHILIPP MAINLÄNDER (1841-1876), FILÓSOFO HOJE COMPLETAMENTE ESQUECIDO, MAS QUE JÁ TEVE LEITORES COMO NIETZSCHE, BORGES E CIORAN, E QUE A HISTÓRIA DA FILOSOFIA RECONHECE APENAS COMO DEFENSOR E PRATICANTE DO SUICÍDIO. MAIS DESCONCERTANTE, PORÉM, QUE AS CONSEQÜÊNCIAS EXTREMAS QUE MAINLÄNDER RETIRA DA FILOSOFIA DE SCHOPENHAUER, É A SUA INTENÇÃO DE CONCILIAR O MAIS EXTREMO PESSIMISMO METAFÍSICO COM UM PENSAMENTO POLÍTICO SOCIALISTA.

PALAVRAS-CHAVE: MAINLÄNDER, SCHOPENHAUER, PESSIMISMO, SOCIALISMO, REDENÇÃO.

ABSTRACT: THIS PAPER AIMS AT PRESENTING, IN ITS GENERAL LINES, THE THOUGHT OF PHILIPP MAINLÄNDER (1841-1876), TODAY A COMPLETELY FORGOTTEN PHILOSOPHER, BUT WHO WAS READ BY AUTHORS LIKE NIETZSCHE, BORGES AND CIORAN, AND WHO THE HISTORY OF PHILOSOPHY KNOWS ONLY AS A DEFENDER AND PRACTITIONER OF SUICIDE. THE ARTICLE TRIES TO SHOW THE STRANGE INTENTION OF MAINLÄNDER TO CONCILIATE THE MOST EXTREME METAPHYSICAL PESSIMISM WITH A SOCIALIST POLITICAL THOUGHT.

KEY-WORDS: MAINLÄNDER, SCHOPENHAUER, PESSIMISM, SOCIALISM, REDEMPTION.

TEXTO INTEGRAL (copiar endereço e colar):

www.revistas.usp.br/filosofiaalema/article/download/64777/67394

“O amargo saber de Cioran” (José Thomaz Brum)

Texto publicado em O Globo, domingo, 10 de fevereiro de 1991

É uma ironia e um estranho acaso o fato de ser publicado um livro de Cioran (“Silogismos da amargura”, editora Rocco, 98 pags. Ainda sem preço) em um momento em que a humanidade — mais uma vez — põe em cena o único personagem imutável de sua história: a Guerra. Não é ele quem considera a História uma absurda sucessão de bancarrotas ridículas? Não é ele que, apaixonadamente, reflete sobre essa criatura fracassada que é o homem e pensa sua existência como “uma agonia sem desenlace”? Um cenário sombrio como o da Guerra do Golfo Pérsico faz um irônico à filosofia deste pessimista que maneja aforismos com a perfeição dos grandes moralistas.

Nascido em uma aldeia da Transilvânia em 1911, Cioran descende dos antigos Dácios, povo cujo grito existencial pode ser traduzido na voz do poeta Mihail Eminescu: “Tudo é apenas nada e assim somos nós, apenas pó”. O pessimismo de Cioran é temperado por um ceticismo que visa a conservar no homem uma angústia inconsolável, único meio, segundo ele, de não nos refugiarmos em qualquer abrigo idealista. Tendo escrito cinco livros em romeno (o primeiro, “Nos cumes do desespero”, só foi publicado em francês no ano passado), foi a partir do “Breviário de decomposição” (1949) que Cioran se tomou um prosador e pensador propriamente ocidental. O “Breviário” expõe da forma mais nítida a filosofia cioranesca: o homem é uma criatura decaída, presa na duração e na angústia que dela decorre. Sua dor maior não é apenas a morte, à qual está inevitavelmente destinado, mas o sufocamento na insignificância e no efêmero. Açoitado pela doença e pela precariedade corporal, o animal humano possui uma alma ávida de voos eternos, mas que recai sempre em um calabouço verbal onde reside com seus fantasmas e ilusões. Este paradoxo encarnado se engaja em campanhas em nome de ideais, procura impô-los aos outros, entusiasma-se em convencer e impor verdades. Daí a História, essa ânsia de primar e prevalecer, de fugir de nossa condição miserável, “esse dinamismo das vítimas”.

A filosofia existencial de Cioran não deve ser contundida com a “segunda geração existencial” (Heidegger, Sartre, Camus), mas sim com os “pensadores privados” (Nietzsche, Dostoievski, Chestov), que procuram conservar no homem a kierkegaardiana “síncope da liberdade”, a angústia que não deve ser resolvida por nenhum ideal sob pena de perdermos a grande riqueza humana: sua recusa a tudo o que busca aplacar o abismo interior por qualquer falso consolo ou transcendência. Reconhece-se aí o espaço cioranesco: se a História, com seu devaneio sanguinário, procura calar as “tagarelices do existente particular”, o indivíduo deve agarrar-se a seu irredutível nada, fazer valer o subterrâneo de Dostoievski e o abismo de Pascal contra qualquer conciliação ou apaziguamento existencial. Esta opção pela “inquietude incessante” marca a filosofia de Cioran assim como dois grandes temas que perpassam a sua obra: um, teológico, o Demiurgo perverso que, incapaz de permanecer na “beatitude da inação”, criou o mundo e ocasionou o Mal. Outro, histórico, a decadência inexorável da civilização ocidental.

Estes dois temas caracterizam o alcance do pensamento de Cioran que procura abarcar, com uma escrita aforística, o arco conceitual que vai do individuo irredutível ao “homem agente da História”. O tema do Demiurgo perverso, presente na tradição gnóstica como interpretação herética da origem do mal no Mundo, está desenvolvido no livro “Le mauvais demiurge” (1969). “Devemos”, diz Cioran, “admitir que o Mal governa o mundo e que o demônio tem grande familiaridade conosco, por seus paradoxos e contradições. A imagem teológica é utilizada para ilustrar a frase pessimista: “A injustiça governa o Universo”. A decadência do Ocidente, tema já abordado por Spengler, ganha em Cioran uma nova dimensão. Filho do esfacelado império austro-húngaro, o transilvano Cioran pode dizer com sinceridade: “Na Europa, a felicidade acabou em Viena. Depois disso, maldição atrás de maldição”. As duas guerras mundiais, a desagregação operada pelos totalitarismos, o recente “fim do comunismo”, os emergentes conflitos nacionalistas, tudo isso descreve um panorama histórico marcado pela desolação.

“Silogismos da amargura”, texto de 1952, na época de sua publicação na França, foi “um fracasso extraordinário”, segundo palavras do próprio autor. O editor da tradução alemã considerou-o “superficial” e indigno do autor do “Breviário de decomposição”. Vinte e cinco anos depois, os “Silogismos” foram reeditados em edição de bolso e tornaram-se “uma espécie de breviário” para os jovens europeus, sobretudo na Alemanha — que acaba de editar suas obras completas. Este livro compreende um conjunto de aforismos sobre temas diversos (literatura, filosofia, religião. história), e seu tom constante é o de um ceticismo desesperado, uma voz lúcida que extravasa amargor e ironia. Sintoma de uma crise, o livro pode ser lido com melhor proveito em épocas de crise, coletiva ou individual, onde a incerteza e a ansiedade parecem reinar sobre as esperanças humanas.

Vivemos em uma atmosfera propícia para compreender os ensaios refinados deste romeno apátrida. Se o fim do século passado teve o classicismo noturno do irritadiço Schopenhauer, nosso fin de siècle devastado por tanta miséria, guerras e idolatria tecnológica possui o seu “cético de plantão” na figura de Cioran. Na Romênia, só agora se planeja uma edição de suas obras completas. O regime de Ceausescu expurgara a produção de um dos três romenos mais influentes na cultura ocidental contemporânea (os outros dois são Mircea Eliade e Ionesco).

Se a guerra é o personagem inalterável da História, então o homem parece confirmar a definição da Cioran: criatura fracassada e ávida de mais fracasso. A “justiça” dos homens legitima o horror das carnificinas e lhes dá o verniz hipócrita do “direito de matar”. Talvez agora se entenda o “niilista” quando focaliza o olhar nas vitimas e não nos vencedores odiosos. Expressando a consciência dilacerada de sua época (assim como Beckett), Cioran manifesta em seus aforismos uma aversão à “idolatria do devir” e às superstições do progresso. Dirigindo sua atenção para o indivíduo particular, entregue a suas misérias e êxtases anônimos, ele não vê nenhuma grandeza na História, “essa ilusão sanguinária”. O homem, tantas vezes vilipendiado pela pretensa “seriedade da História”, é — paradoxalmente — celebrado por este “fanático sem credo”. Quando Cioran escolhe como tema a criatura humana e seu corpo-a-corpo com a finitude, com o nada e com a morte, ele a exalta em sua precariedade que nenhuma ficção histórica podara “resolver”.

Mariana Sora, romena, ex-aluna de Mircea Eliade, tem razão ao dizer que “há em Cioran um grande amor pelo ser humano” pela relatividade de seus “pobres valores”. Roland Jaccard, em recente livro sobre o niilismo, afirma que os aforismos de Cioran são “dedos apontados para o nosso mundo agonizante”. Estranha coincidência que faz com que a História forneça mais um exemplo desta agonia, desta negação do Bem e da Justiça. Em épocas de crise, corre-se a profetas e cartomantes. Nostradamus previu o que vivemos? É o fim do Mundo? Não, diz Cioran nos “Silogismos”. É a nossa ansiedade que, “ávida de desastres iminentes”, projeta o apocalipse em cada impasse histórico ou pessoal. O pensamento de Cioran, com sua lucidez feroz, nos faz ver em nossos impasses e crises fontes de autoconhecimento e reflexão.

José Thomaz Brum é professor de Filosofia na PUC e tradutor de três livros de E. M. Cioran.

Entrevista: Alfredo Abad fala da recepção de Cioran na Colômbia e outros temas

Tradução do espanhol: Rodrigo I. R. S. Menezes

Alfredo Abad (Colômbia) é professor de Filosofia na Universidad Tecnológica de Pereira; diretor do grupo de estudos “Filosofia e ceticismo”; autor dos livros Filosofía y literatura, encrucijadas actuales (2007), Pensar lo implícito en torno a Gómez Dávila (2008), e Cioran en perspectivas (2009), em coautoria com Liliana Herrera, também professora de Filosofia na UTP.

Prof. Alfredo Abad (Universidad Tecnologica de Pereira/Colômbia)

Nesta entrevista gentilmente concedida ao Portal EMCioran/Br, ele nos conta um pouco sobre a origem e a concepção do Encuentro Internacional Emil Cioran, que acontece anualmente, há 6 anos, na cidade colombiana de Pereira. Fala também sobre a (difícil) relação entre Cioran e a Academia (a filosofia universitária), as afinidades e divergências entre o romeno e Friedrich Nietzsche, pensamento trágico e niilismo na recepção cioraniana da obra do filósofo alemão que foi seu ídolo de juventude. Por fim, ele compartilha com os leitores de Cioran e visitantes deste portal algumas referências preciosas sobre o inclassificável pensador colombiano, Nicolás Gómez Dávila.

EMCioran/Br: Prezado Prof. Alfredo, primeiramente gostaria de agradecê-lo pela generosidade de conceder esta entrevista aos leitores de Cioran e visitantes do Portal EMCioran/Br. Tenho certeza de que você tem muito a compartilhar conosco a respeito de Cioran, entre outros assuntos e figuras que orbitam ao seu redor.
Você organiza, anualmente, junto à professora Maria Liliana Herrera, o Encuentro Internacional Cioran, em Pereira, na Colômbia, que, em outubro/novembro do ano passado (2013), teve sua 6ª edição. Pode contar-nos como começou o congresso? Como surgiu a ideia de criar um evento acadêmico anual sobre um pensador tão marginal e tão alheio à Academia, como Cioran? O motivo da pergunta é que não há um congresso anual sobre Cioran nem na França, muito menos no Brasil, ao passo que, nessa charmosa e acolhedora cidade chamada Pereira (certamente não tão conhecida para nós, brasileiros, como outras cidades colombianas), é realizado, todos os anos, desde 2008, um encontro internacional de leitores, investigadores e amigos de Cioran. Ao lado do Colóquio Internacional de Sibiu (vinculado à Universidade Lucian Blaga, na cidade homônima da Romênia), o Encuentro Internacional Emil Cioran de Pereira se destaca como um dos mais importantes eventos acadêmicos dedicados a Cioran no mundo. Por que um congresso sobre esse pensador? Qual seria o propósito dessa iniciativa? O que Cioran tem a oferecer aos colombianos, aos brasileiros, aos latino-americanos de modo geral, em termos de pensamento e de vida? Conte-nos também como se deu a recepção colombiana da obra de Cioran.

VI Encuentro Internacional Emil Cioran em Pereira, Colômbia (divulgação)
VI Encuentro Internacional Emil Cioran em Pereira, Colômbia (divulgação)

Alfredo Abad: Às vezes, acontece de darmos muita importância ao que nos parece exótico, neste caso, ao fato de que, na Colômbia, e numa cidade de província, se celebre anualmente um ato acadêmico sobre Cioran. Eu só poderia explicar este fato a partir do interesse com que Liliana Herrera – gestora do evento – se envolveu na realização do mesmo. Não creio que haja necessidade de buscar outro tipo de resposta que, em todo caso, seria desnecessária e pouco ilustrativa. Refiro-me ao porquê do interesse de Cioran por aqui, ou quais poderiam ser as congruências entre o seu contexto e o nosso, etc. Frente a esse tipo de aproximações pode-se inventar numerosas alusões que passariam longe da realidade. Eu simplesmente assumo Cioran como um grande provocador, do ponto de vista filosófico, e isso aparece para qualquer um que se interesse pelas questões centrais de uma história que começa antes mesmo dos gregos. Às vezes me parece um tanto insólito o motivo que leva a perguntar pelo interesse de alguém em relação a Cioran. Interessa por que ele realmente centra o seu pensamento em questões que inquietam o homem de qualquer lugar ou época, e, dessa maneira, faz todo sentido que o leitor se interesse pela amplitude que sua obra proporciona. Não me surpreende em absoluto que aqui se celebre um congresso, me surpreende que não sejam realizados tantos quantos merece o autor, já que sua obra é bem conhecida em muitas latitudes. De qualquer maneira, há, sim, eventos sobre Cioran na França, na Espanha, na Itália, mesmo que não sejam regulares.
Obviamente, seu nome não é tão famoso como no caso de outro tipo de autores, mas creio que a filosofia é muito mais do que uma questão de mainstream. De fato, em algumas oportunidades, este implica uma certa superficialidade na interpretação, certos clichês que se tornam de domínio comum como acontece, às vezes, com o próprio Cioran. Em todo caso, e este é um dos objetivos do encontro, trata-se de assimilar o espírito da obra cioraniana, que é abertamente antiacadêmica e, por tanto, mais do que uma escolástica sobre a sua obra, tenta-se conceber e viver seu legado por um âmbito problemático e crítico, fiel à práxis que exige. Os atributos teóricos certamente são importantes, mesmo que às vezes possam tornar-se objetos de discussões pouco férteis que interessam mais ao especialista sem alma em que se pode converter quem, diante da filosofia, aja de forma alheia à vida, de costas para ela. De modo algum Cioran representa este último.
Ressaltar o aspecto contra-acadêmico de seu pensamento pode chegar a ser contraditório, especialmente se o faz dentro da Academia. Entretanto, a universidade não é necessariamente um foco estatal que se conforma a uma rigorosidade ou enquadramento no qual não há espaço para a discussão livre. Esta ideia provavelmente se desprende das visões estreitas a que são submetidos autores como o próprio Cioran, quando concebem a filosofia universitária como um foco de ancilose. É necessário localizar o sentido desse tipo de críticas em suas justas proporções. Não se trata de assimilar o âmbito filosófico universitário como se, por essência, este fosse circunscrito a uma tarefa burocrática, estatal, e, assim, não-livre. Justamente por isso, é preciso lembrar sua crítica, não para assumir uma atitude quase pueril de rechaço da Academia, mas para encaminhá-la em direção a aspectos que façam da filosofia um âmbito amplo, ligada a essa que faz dela precisamente um propósito formativo que dialoga com o público especializado e não-especializado. Assim é concebido o encontro sobre Cioran.

EMCioran/Br: Você está trabalhando numa tese de doutoramento sobre Nietzsche, que é muito estudado na Academia, e, ademais, um filósofo relativamente popular para além dos círculos acadêmicos, aspecto pelo qual (pelo menos ainda) se distingue de Cioran. Seria apenas uma questão de tempo, já que Cioran é um autor relativamente recente (tendo falecido em 1995), ou teria alguma relação com o teor, com a natureza mesma dos escritos de Cioran, ou seja, com algo traço do seu pensamento que, distintamente de Nietzsche, o tornaria mais “hostil” aos estudos acadêmicos, sobretudo em filosofia?

Alfredo Abad: Não deixa de me seduzir o fato de que a filosofia nietzscheana seja uma perspectiva trágica. Isso o faz alheio à grande maioria dos filósofos. Sua obra marcada pelo paradoxo e pela problematicidade que exige a aproximação à ontologia, à epistemologia, à ética, à antropologia e, é claro, a estética. Creio que cada um destes domínios em Nietzsche nos permitiria dimensionar cabalmente o sentido do que, em termos gregos, define uma physis trágica, ou seja, uma concepção antidialética e inapreensível que está inscrita em seu pensamento. Uma metafísica do avesso, mas ainda assim uma metafísica, é o que em Nietzsche se desdobra totalmente, um labirinto não apto para quem busque saídas ou respostas que clarifiquem o sentido. Nietzsche, como definira N. Gómez Dávila, é “uma interrogação imensa.”
Nietzsche e Cioran padeceram muitas interpretações que os relacionam. Pode-se, com efeito, extrair inúmeras alusões nas quais é possível encontrar pontos de encontro, tanto no âmbito teórico do que representa o seu pensamento, quanto no que diz respeito ao estilo fragmentário, etc. Entretanto, as tarefas e as posturas de cada um podem se encontrar nas antípodas. É certo que Cioran tem uma fascinação por Nietzsche, principalmente em sua juventude, mas não cabe a menor dúvida de que a visão pessimista e, portanto, schopenhaueriana que Cioran demarca em sua obra, choca com o espírito vital e, do ponto de vista cioraniano, otimista, de Nietzsche. Este último não poderia ser considerado cético, ou seja, ele crê e tem confiança no homem; é claro que existe um humanismo em Nietzsche que, muito embora seja alheio àquele da Ilustração racionalista, manifesta uma tendência à consecução de uma utopia que a ótica cioraniana nega.
Ambos os autores, isso sim, coincidem na força de sua escritura, na maneira como a arrancam das margens a que costuma estar submetida quando se invoca certos parâmetros de tipo acadêmico. No entanto, Nietzsche está constantemente dialogando com a tradição, tanto clássica quanto contemporânea, pois muitos dos assuntos aos quais aponta sua obra estão determinados pelas leituras de filósofos, cientistas e literatos ainda do século XIX. Em Cioran ocorre algo distinto, e não me refiro a que em sua obra não haja um diálogo com o passado, mas que este se faz de um modo distinto, um pouco mais arraigado em aspectos cotidianos. Desta perspectiva, Cioran é muito mais direto que Nietzsche, pois seus textos estão determinados por acontecimentos que nascem através da descrição do vivido. Nietzsche, pelo contrário, está mais imerso em um mundo mais de acordo com que deve ter sido o dos filósofos, ou seja, está concebendo uma crítica e um terreno propositivo que exige outro nível, ligado à tradição, e, portanto, aos gostos acadêmicos. Trata-se da maneira que já não simplesmente descreve, como o faz o moralista que é Cioran, para passar a ser um filósofo comprometido com uma determinada visão de mundo, concebida por ele, é claro, mas ligada a uma criação ou interpretação da qual se espera algo. Esta relação é concebida em um primeiro caso do ponto de vista crítico, movendo-se a partir da descrição e da anatematização da cultura cristã que Nietzsche realiza, e também da democracia, do romantismo como distanciamento em relação ao classicismo; mas também parece que o Nietzsche propositivo, comprometido desde a juventude com o projeto de um mundo trágico, esteja ele ancorado em sua primeira admiração por Wagner ou na animosidade subsequente em relação ao compositor, define um cenário pelo qual Cioran em nenhum momento se move: o do compromisso e o da confiança.

EMCIORAN/Br: Nietzsche diagnosticou o niilismo como sendo o problema e o desafio de toda uma cultura, a crise de toda uma civilização – a nossa. O tema do niilismo está presente nos escritos de Cioran, muito embora não pensado da mesma forma que o faz Nietzsche, e tampouco com o status teórico que possuem na filosofia do pensador alemão. Seria Cioran um niilista? Em que sentido? Numa entrevista, ao ser perguntado sobre a questão, ele rejeita o rótulo, preferindo a definição de “cético” – “e mesmo isso”, mantém certa reserva, ao final da resposta… Como interpretar Cioran no que concerne questão do niilismo conforme trabalhada e divulgada por Nietzsche?

Alfredo Abad: Parece-me que a temática do niilismo é imprescindível para descobrir as diferenças entre ambos os autores. Ao ler o descontentamento que caracteriza a obra do romeno, é identificável a marca que permite ver seu caráter niilista desde uma ótica nietzscheana. A grande contradição que se ilustra em torno destas figuras pode concretar-se no rechaço, por um lado, e no acolhimento pleno, por outro, que expressam a respeito da vontade, da ação, do devir. Há muitas ideias do que se pode chegar a conceber como niilismo. Neste caso, faço referência ao sentido atribuído por Nietzsche da negação vital, tal como é concebida na obra cioraniana ao ver-se distante e frustrada diante do caráter ateleológico do mundo. O pensamento de Cioran é um que, como ele mesmo assinala em uma entrevista, abomina “tudo o que aconteceu desde Adão”. Esta apreciação não tem a ver com uma crítica no sentido de tentar vislumbrar outra possibilidade frente ao estado de coisas. O pensamento de Cioran é um que não acredita no progresso porque define uma incompetência antropológica consubstancial que não pode ser mudada, um vice de nature que resulta num pessimismo radical. E com isso não pretendo assumir que Nietzsche creia no progresso (ao menos a ideia dele que nos legou a Ilustração), mas que o seu pensamento benfiz, com uma atitude radicalmente distinta, o componente irracional e trágico frente ao qual Cioran tem uma perspectiva equívoca.
É por isso que o niilismo no autor alemão se converte numa oportunidade de conceber outra experiência vital, enquanto no romeno ele não passa da confirmação de uma enfermidade sem cura: o homem. Trata-se, pois, de duas miradas completamente distintas, enfatizando, é claro, o fato de que o conceito de niilismo em Nietzsche é muito mais amplo, não está circunscrito numa experiência eminentemente antropológica, mas cultural. Em alguma oportunidade, Cioran assume que, mais que niilista, o seu pensamento é cético, indicando o fato de que falar de niilismo estaria vinculado a um compromisso (um programa) com o nada. Certamente, trata0se de uma maneira de assumir a perspectiva de desconfiança absoluta pelo homem. Neste sentido Cioran seria, por uma ótica nietzscheana e vital, um niilista. É claro que este aspecto pode ser problematizado, sobretudo na hora de envolver-se no campo jovial que também tem o romeno, ainda que haja certo viço de ressentimento circunscrito nas palavras daquele que em caso algum pôde transigir com o seu entorno, como é o caso de Cioran.

EMCIORAN/Br: Numa entrevista concedida a este Portal, José Ignacio Nájera, autor de El universo malogrado de Cioran (Tres Fronteras, Espanha 2008), cita o pensador e escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila, aproximado por ele a Cioran. Ambos, o colombiano e o romeno, possuiriam “uma sabedoria que pode ser válida para todos”. Diz Nájera que, “ao lê-los você se esquece de onde está, talvez porque te levem a um território mais autêntico”. Você publicou um livro sobre Gómez Dávila (Pensar lo implícito: en torno a Gómez Dávila, 2008). Pergunto o que haveria de afinidade entre Dávila e Cioran? Poderia fazer uma breve apresentação deste autor praticamente desconhecido para nós, brasileiros?

Nicolás Gómez Dávila (1913 – 1994)
Nicolás Gómez Dávila (1913 – 1994)

Alfredo Abad: Nicolás Gómez Dávila é um pensador absolutamente inclassificável. Os apelativos com que se costuma catalogá-lo não são necessariamente inexatos, mas não conseguem circunscrever totalmente o campo fértil que se encontra em sua obra. Às vezes costumam classificá-lo como católico, reacionário, crítico da modernidade, moralista; todos estes pontos dizem algo do que representa, mas o caráter paradoxal e problemático do seu pensamento é algo que não costuma levar muito em conta, ou seja, a possibilidade de encontrar nele uma referência para pensar, não para satisfazer conversos. Deste ponto de vista, a obra gomez-daviliana se abre ante a filosofia atual como um referente a partir do qual se pode aceder a um pensador original e pouco legível a julgar pelas posturas contemporâneas.
Seu pensamento se funda em um contexto que se poderia definir como clássico; para mim é um autor cuja filosofia está instaurada em um caminho que se abre no classicismo grego, aspecto que se configura também em sua religiosidade. Mas afora isso, o aspecto crítico é talvez o que mais atraía a minha atenção. É um pensador pouco convencional, com um estilo próprio, alheio a todo convencionalismo intelectual, um autor que, efetivamente, pode ser lido por qualquer um que, para além de preconceitos diversos, possa perceber o seu caudal crítico.
É um reacionário que critica tanto a esquerda quanto a direita; um homem religioso mas, ao mesmo tempo, imerso na realidade plena da sensualidade; um pensador com uma ideología clara e hierárquica que ,é ao mesmo tempo, exposta em fragmentos; um católico fervente crítico da Igreja pós-conciliar; e, além disso, um grande escritor, o seu estilo é impecável. Não creio que existe em nenhuma língua uma tal contundência na hora de emitir seus juízos. Cada um pode compará-lo a outro escritor, e, de fato, são muitas as alusões neste sentido, ao declará-lo herdeiro ou próximo a outros autores que escreveram de maneira análoga. Assim, Cioran ou Nietzsche podem ser considerados referências importantes, e, com efeito, há algumas semelhanças. No entanto, assumir esse tipo de aproximações não permite dimensionar o sentido do seu estilo. É claro que o moralismo francês tem uma influência muito maior que os autores citados, mas, ainda assim, mas o estilo de Gómes Dávila representa por si só uma expressão de estilo muito original que considero a mais alta expressão da literatura fragmentária. Suas sentenças têm uma característica muito difícil de alcançar, no sentido de acolher tanto a forma quanto o conteúdo, conseguindo que ambos se fusionem com grande acerto. Distante daquela que é, às vezes, a abstrata e equívoca apresentação dos fragmentos de Lichtenberg ou de Nietzsche, Gómez Dávila tem a peculiaridade de apresentar uma linha muito definida em seus Escolios a un texto implícito (aspecto que não se revela em Notas, seu primeiro livro), projetando, assim, uma fiança estilística que não mais desaparece, e que corrobora a maneira com que ele pole sua frase, perfilando-a de maneira bastante rigorosa. Neste aspecto se revela também a maneira muito recorrente com que o autor liga o aspecto metafórico e o conceitual, sem que nenhum dos dois se entronize, mas que fluam lado a lado, manifestando-se assim a singularidade do escritor.
Mas agora, se cotejarmos seu pensamento com o de Cioran, provavelmente encontraremos muitas semelhanças, dentre as quais a principal talvez seja o caráter desencantado frente ao homem, seu itinerário à margem do progresso e sua pouca fé em uma opção de câmbio positivo. Assim, ele deixa consignado em um escólio: “O homem já não sabe se a bomba de hidrogênio é o horror final ou a última esperança.” Do mesmo modo, creio que o autor colombiano, assim como Cioran, se encontra em um espaço em que pode ser apreciado por uma ótica alheia a “ismos”, é um pensamento universal e crítico.

EMCioran/Br: Uma curiosidade, como e quando conheceu Cioran? O que o atraiu nele?

Alfredo Abad: Li Cioran pela primeira vez em 1996, ele havia morrido no ano anterior e, como sempre acontece, alguma publicidade aparece ao redor do autor logo em seguida. Lembro que o texto era “A degradação pelo trabalho”, que está em seu primeiro livro [Nos cumes do desespero]. Qualquer um que falasse assim da automatização que geram os trabalhos cotidianos e que, ademais, fizesse uma exaltação do ócio, teria muito mais o que dizer, algo que seguramente não iria me decepcionar. O resto das leituras, portanto, são como a aproximação a um pensador que está sendo sincero quanto a suas limitações e seus fracassos. É por isso que a leitura de Cioran reconforta, pelo quanto descreve algo inerente ao ser humano: sua inquietude e vazio. Assim se pode compreender também o caráter terapêutico de sua obra. Ainda que teoricamente seja um pensamento pessimista e niilista, algo acontece com sua leitura em uma ordem totalmente distinta, torna-se um ato jovial. Este equívoco, ou melhor, este aspecto paradoxal, nunca deixou de me impactar, na medida em que o humor que se deriva de sua escrita é bastante atraente. Sem o riso, não se compreende Cioran, não se consegue acolhê-lo. Há, na prática, uma jovialidade que não pode deixar-se de lado, e qualquer leitor deve estar atento a esta peculiaridade.

EMCioran/Br: Um livro, ou mais de um, favorito de Cioran?

Alfredo Abad: É difícil escolher um, mas o Breviário de decomposição poderia ser considerado um texto no qual converge grande parte do seu pensamento, por isso escolheria ele. Ali está concentrado o seu ceticismo, o seu misticismo, o seu humor, etc. É seu primeiro livro em francês e talvez um dos mais tortuosos, foi reescrito várias vezes devido principalmente ao que significou o câmbio de idioma. O estilo aí consignado é maravilhoso.

EMCioran/Br: Prof. Alfredo, muito obrigado por esta entrevista. Antes de concluir, lhe dou a palavrar para deixar, se quiser, alguma mensagem final a respeito de Cioran, Nietzsche, Gómez Dávila, o seu esplêndido país, a Colômbia…

Alfredo Abad: A leitura destes três pensadores, como acontece com todo grande filósofo, é problemática. Com isso quero dizer que não encontro neles uma saída, um âmbito a partir do qual se possa conceber um tipo de aproximação que dê resposta às interrogações que o homem faz constantemente sobre si, sobre o seu entorno. Vejo todos eles como agentes de um tipo de filosofia que gera, de acordo com o interesse do leitor, é claro, a possibilidade de continuar interrogando, de circunscrever o assombro. Por fim, agradeço a oportunidade que este portal ofrece para dialogar sobre estes autores.

São Paulo, Brasil – Pereira, Colômbia

Fevereiro de 2014