Reseña: “Apologie de la barbarie”, de Cioran (Paolo Vanini)

EMIL CIORAN, Apologie de la barbarie. Berlin-Bucarest (1932-1941), préface par Gina Puică et Vincent Piednoir, Paris: Éditons de L’Herne, 2015. ISBN: 978-285-197-462-4.

Después de haber sido transfigurado sobre la cima de un monte solitario – leemos en los evangelios-, Jesús descendió a la ciudad junto a todos sus discípulos y curó a un niño poseído por el demonio (Mateo, 12; Marcos, 9). La salud del pequeño no tenía nada que ver con la metamorfosis del Señor, pero Rafael, en el momento de representar la Transfiguración de Cristo, escogió para pintar los dos episodios en una misma representación, como si se tratase de la crónica de un solo día. En la parte superior del retablo, Jesús se eleva a la claridad divina del cielo; en la mitad inferior, y bajo la mirada de unos apóstoles asustados e impotentes, el joven epiléptico se desespera a la sombra de un montículo de tierra negra y opaca. La yuxtaposición de las dos escenas -la tensión, la opacidad y la confusión del abajo frente a la luz, la simetría y la pureza del arribarevela una contigüidad ambigua entre la ascensión del Hijo y el dolor del niño, como si la transfiguración fuese una especie de curación divina y la curación una especie de transfiguración humana. El punto de encuentro entre ambos acontecimientos se encuentra en la superficie negra del peñasco, un horizonte de oscura incertidumbre indicado por la mano de un testigo vestido de rojo: es ahí donde se debe dirigir la mirada, si uno quiere volverse hacia su otro…

Esta “línea negra” es el signo de un cambio, de un giro radical, de una crisis decisiva y se puede suponer que Jesús no fue el único en atravesarla. Renovados o deformados, todos aquellos que debieron afrontar su propio pasado la han superado. Desgraciadamente, no todo el mundo ha sido acogido por Dios en su juventud. Es el carácter ridículo de las transfiguraciones humanas, ya que seguimos siendo siempre hijos de nuestra madre, aunque encontremos a un nuevo padre en el cielo.

El filósofo rumano, Emil Cioran (1911-1995) era hijo de un pope, pero no buscó jamás un tutor: él quería, de forma más drástica, cambiar sus ancestros para revolucionar su propio país. Es bien conocido el sueño del joven Cioran de querer transfigurar Rumanía y los delirios filosóficos de su compromiso político. Se conoce igualmente bien al lúcido escritor que se volverá en lengua francesa, el idioma de su propio desencanto. Lo difícil a dilucidar es la distancia que separa la esperanza de ser una celebridad en cuestiones de remordimiento, al no haber tenido una biografía anónima, la distancia entre la voluntad histórica de modificar el porvenir y, finalmente, el deseo místico de caer en el tiempo. Y podemos preguntarnos: ¿por qué Cioran se dedicó a la renuncia, después de haber pretendido la megalomanía legislativa de un demiurgo? Esta distancia que resume su vida, ¿será pues el signo de una transfiguración o de una descomposición? ¿O más bien el símbolo de un fracaso o de un renacer? [+]

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