Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

cioran-savater
Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

“El pensamiento fragmentario permanece libre” (Emil Cioran)

Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez… Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comi…

Fonte: El pensamiento fragmentario permanece libre, Emil Cioran

Resenha: “Ensaio sobre Cioran”, de Fernando Savater

Rodrigo Inácio Ribeiro Sá Menezes

SAVATER, Fernando. Ensayo sobre Cioran. Madrid: Espasa Calpe (Col. “Austral”), 1992. 186 pags.

savEnsaio sobre Cioran preza por apresentar com clareza e simplicidade o essencial do pensamento de Cioran, os motivos centrais que norteiam e configuram a sua escritura do Impossível. Trata-se de um “passeio” (Savater) pela geografia vertical do pensamento de Cioran, de uma perambulação, meio ensaiada, meio improvisada, pelo terrível, e ao mesmo tempo fascinante, universo da (des)obra cioraniana. Escrito de forma leve e descontraída, como é raro de acontecer na Academia, pretende ser fiel ao espírito do autor que o inspira, assumindo abertamente o vínculo tácito, e necessário, entre lucidez e fracasso (binômio crucial na constituição do pensamento de Cioran): “Já que se trata de fazer uma tese, escolhamos ao menos um tema impossível: que o fracasso em que há de culminar nosso trabalho não seja simples fruto da incúria ou da incompetência, mas da premeditação. Suponho que uma tese de filosofia pretenda ser uma contribuição acadêmica ao esclarecimento do mundo: minha preguiça, muito mais que minha modéstia, me impede de aspirar a tão ambicioso êxito, pelo que dou minha derrota por descontada”.

A trajetória percorrida do começo ao fim do ensaio busca reconstituir o itinerário intelectual e espiritual do próprio Cioran, a sua autonarrativa filosófica. Partindo da noção cioraniana de lucidez (bastante distinta daquela de outros autores que também agenciaram o termo, como Albert Camus), buscando delinear aqueles que seriam “a tarefa e o desígnio da lucidez”, Savater problematiza uma questão da mais alta relevância em se tratando de um discurso como o de Cioran:

existe um ponto de vista filosófico desde o qual o discurso pedagógico é impossível. O que se consegue ver deste ponto cego do espírito – que chamaremos aqui de lucidez –, mais do que dizer, apaga o dito; nega inclusive quando afirma – sua forma de afirmar é negar; só fala para calar ou desmentir as palavras vigentes; não busca nem a persuasão, nem o doutrinamento, nem a transmissão de nenhum conhecimento positivo: sua única tarefa, se assim se pode chamá-la, é o desengano.

Lucidez e desengano; Savater deixa claro o que o atraiu a Cioran, e o que o motivaria a fazer uma tese sobre o filósofo apátrida: na sua visão, o autor de A tentação de existir teria assumido, como nenhum outro, a inutilidade do discurso lúcido, sem jamais admitir nenhuma condescendência pelo informativo, sem jamais “recomendar nada, salvo o execrável ou o impossível, e, inclusive isso, ironicamente” – de onde o seu caráter anti-apologético. Escrever para que, então? Ora, porque é necessário, porque é terapêutico, porque não se poderia fazer nada além disso – e também, acrescenta Savater, porque Cioran “não é capaz de vingar-se de outra maneira”. Da ilusão ao desengano, do delírio à lucidez – eis o itinerário espiritual de Cioran: queda. Esta disposição de pensamento, tão radicalmente negativa, tão impiedosamente crítica, não poderia deixar de colocar a questão a respeito do estatuto filosófico dos textos de Cioran. Como é possível não informar, não propor, não compactuar, não corroborar o que quer que seja, por mais improvável e paradoxal que seja? Seria possível um discurso que se desdiz e desfaz à medida que se constrói, que não diz nada de novo e que “reduz todo o dizível a puro tópico”, a mero “palavrório”, um antidiscurso que maldiz toda justificação do que é e que não espera nenhum triunfo?

No segundo capítulo, é abordado o ceticismo cioraniano como “exercício de desfascinação” e a relação do espírito lúcido com um mundo esvaziado de toda substância, de toda realidade, de todo sentido. A lucidez, sempre luciferina, desmente, desmascara, deslegitima a ordem do ser, revelando que não apenas o mundo, mas a vida mesma só é possível pela adesão a crenças, doutrinas, teorias, visões de mundo, numa palavra: graças à ilusão, ao engano, voluntariosamente perseguidos. Nada mais desinteressante, nada menos conveniente do que a… verdade, que é, via de regra, contrária à vida, às “razões” que fazem viver (e morrer).

A crença tem a seu favor a utilidade: “só a ilusão é fértil, só ela é origem” (Cioran, La chute dans le temps). Graças à nossa afeição ao disparate encontramos forças para levantar-nos toda manhã: quem se arriscaria isso se soubesse…? Nada mais estimulante do que o erro, inclusive quando, de algum modo, estamos seguros de que se trata de um erro. Talvez não sejamos tão inocentes com respeito à nossa imbecilidade como se poderia supor: tememos mais o desvelamento do inevitável do que o inevitável mesmo. Pressentimos que a verdade nos paralisaria e cremos, surpreendentemente, que isso é um argumento contra ela.

A necessidade vital de ficção e de aventura é o que faz do homem uma “criatura metafisicamente divagante, perdida na Vida, insólita na Criação”, como escreve Cioran em Breviário de decomposição. É por conta da sua incapacidade de quietude, pela sua recusa instintiva da permanência e da perfeição (paradoxos de um animal vertical, dotado de uma consciência reflexiva), que o homem necessita, para viver, agitar-se, misturar-se, enganar-se. “Quem não aceitasse mentir veria a terra fugir sob seus pés: estamos biologicamente obrigados ao falso”, e “a vida só é possível pelas deficiências de nossa imaginação e de nossa memória”, escreve Cioran também em Breviário de decomposição. A questão da lucidez, enfocada por um viés cético como “exercício de desfascinação”, prepara o ato principal do ensaio, a saber, o capítulo sobre a “revelação essencial”, em que é analisada a importantíssima noção, em Cioran, de “essencial”,[1] conforme predicada àquilo de que a lucidez é revelação: a inanidade do ser. “A revelação essencial é um antídoto contra a mania pedagógica e contra a fascinação do espetáculo do que existe. Porque o que se revela como essencial é a inanidade do ser, e uma visto isso as restantes explicações ficam sobrando, tornam-se supérfluas todas as teorias, que já poderão apenas ser julgadas a partir do campo da estética ou do humor.” O essencial é mais uma questão de olhar do que de raciocinar, mais uma experiência do que um aprendizado puramente teórico, em todo caso, algo de concreto e, por assim dizer, imediato, não abstrato, não mediado pelas categorias discursivas e os conceitos da razão pura. “Escreve Cioran: ‘Conhecer verdadeiramente é conhecer o essencial, engajar-se nele, penetrá-lo pelo olhar e não pela análise nem pela palavra” (La chute dans le temps). Esse olhar é o que eu designo como revelação; antes fora nomeado como lucidez, e Bataille preferiu chamá-lo ‘experiência interior’ ou ‘não-saber’.” Trata-se, com efeito, para empregar uma expressão de outro autor francês, Maurice Blanchot, de uma “experiência-limite”, poder-se-ia mesmo dizer uma arquiexperiência que é, de certa forma, uma antiexperiência; neste sentido, a “revelação essencial”, enquanto experiência-limite que põe em questão os limites e as condições de possibilidade de todo conhecimento, suscita a distinção (essencial dentre todas, em se tratando do pensamento de Cioran) entre saber e compreender: se o primeiro, positivo, é transitivo e inessencial, o segundo, negativo, é intransitivo e essencial.

Neste ponto, o esforço de Savater é por mostrar como a postulação de uma “revelação essencial”, seguida da mencionada distinção, não implica, necessariamente, como se poderia ser tentado a supor, “irracionalismo”. Afinal, como afirmou um filósofo francês do século XVII que muito influenciaria Cioran, “zombar da filosofia é, ainda, filosofar” (Pascal), do mesmo modo que não se poderia criticar a razão e – sobretudo – o(s) racionalismo(s) sem o recurso à própria razão. A controvérsia do irracionalismo se erige, em torno a Cioran, à medida que a sua concepção singular da lucidez parece envolvida por uma espécie de halo místico (intuído por Savater), o que a distanciaria significativamente, por exemplo, da acepção camusiana da mesma noção (Camus não hesitaria em censurar Cioran, assim como o fez em relação a outros representantes de certa “tradição de pensamento humilhado”,[2] de “irracionalista”). Trata-se, contudo, de uma mística desencantada e desenganada, uma mística da imanência, sem Deus nem redenção, beirando o desespero, concebida antes como uma possibilidade antropológica negativa do que como categoria teológica positiva. Este sentido místico da experiência-limite da lucidez – esse “equivalente negativo do êxtase” – não escaparia, contudo, a autores como Bataille e Blanchot; este último vai direto ao ponto, em se tratando da “revelação essencial”, ao associá-la a uma experiência de desrazão, uma vez que flerta com aquilo que a convenção instituiu, dos tempos antigos à modernidade, como “loucura”.[3]

O quarto capítulo é dedicado a refletir sobre o papel e os possíveis sentidos que a palavra “Deus” pode ocupar na economia de um discurso que se pretende insuportavelmente lúcido. Uma questão, delicada entre todas, que não poderia deixar de suscitar o tema da “angústia da influência” (para falar como Harold Bloom), no caso, de Nietzsche sobre Cioran. Cioran formou-se, em sua juventude, predominantemente na escola alemã de pensamento, de Kant a Schopenhauer, de Nietzsche a Heidegger, passando pelos românticos de Iena, sem esquecer também da influência capital do místico renano Meister Eckhart sobre o autor do Breviário de decomposição. Como conciliar a reivindicação de lucidez do discurso com a presença de “Deus” no discurso? Como conciliar ceticismo e metafísica, quando não teologia cristã? Estamos falando de um autor cujos textos dão, por vezes (e Savater o assinala mais de uma vez), a impressão de um dogmatismo, ainda que negativo, que contradiria flagrantemente a prerrogativa do ceticismo de um discurso pretendido lúcido. Aqui, adentramos uma dimensão sutil e incerta do pensamento de Cioran, uma temática amiúde desprezada por grande parte dos espíritos esclarecidos posteriores a Nietzsche, Marx e Freud: trata-se da questão religiosa e, a fortiori, mística, no bojo do pensar-dizer cioraniano, a dupla temática da religião e da mística em confronto com a razão e a dúvida cética no pensamento de Cioran. Não é sem cautela que Savater aborda a questão – religiosa, mística – de Deus no discurso de Cioran, assinalando a improvável relação entre lucidez e mística.

Dir-se-á que isto é mística. Palavra perigosa, desprestigiada entre todas, que Cioran maneja e estuda com frequência. Confessar a mínima conclusão com a mística nos torna réus dos máximos pecados contra o espírito moderno: o irracionalismo e a ineficácia. […] Desprezado pelo ilustrado e pelo racionalista, a condenação do místico se arredonda ao converter-se em ouro de tolo. Apesar de todos estes riscos, é inevitável relacionar a mística com o tema da lucidez. A leitura dos místicos inspira Cioran a algumas de suas páginas mais agudas, nas quais nos deteremos mais adiante; aqui apenas mencionaremos os paralelos entre mística e lucidez. Como já se terá advertido, muitos dos termos que temos empregado para caracterizar a lucidez provem dos vocabulários místicos do Oriente e do Ocidente: despertar, ver, desengano, experiência, revelação

O que importa, apesar das aparências de um discurso claro-escuro, não é tanto a transposição do religioso para o âmbito de um discurso lúcido desencantado e desenganado, coerente com o espírito dos tempos modernos, mas a transposição da categoria de heresia para o plano político secular das ideologias, contrapartida da aplicação retórica da categoria do religioso para a esfera política e mesmo antropológica da existência humana ao longo da história. “A busca da utopia é uma busca religiosa, um desejo de absoluto. A utopia é a grande fragilidade da história, mas também sua grande força. Em certo sentido, é a utopia que redime a história”, afirma Cioran numa entrevista. Estando o homem naturalmente inclinado a forjar ídolos e torná-los objetos de culto obrigatório, o ceticismo é a única alternativa filosófica válida à paixão do dogma, a essa tara dogmática “que dá ao homem o gosto pela eficácia, pela profecia e pelo terror”; “só escapam a ela os céticos (ou os preguiçosos e os estetas) porque não propõem nada, porque – verdadeiros benfeitores da humanidade – destroem os preconceitos e analisam os delírios.” (Breviário de decomposição). Quando a multiplicidade incontável de dogmatismos confirma a ortodoxia biológica do engano e da ilusão, solo fértil dos fanatismos diversos, a única forma de resistência possível é a heresia da dúvida ou, mais propriamente, a heresia da lucidez. O ceticismo, disposição filosófica mais condizente com a lucidez, é um “exercício de desfascinação” em relação às razões que levam os homens a agir e viver. A “heresia”, em Cioran, é um parti-pris existencial mais do que religioso, uma forma de se tenir à l’écart (“manter-se à margem”), para falar como Samuel Beckett, sem ceder à paixão comum do dogma e à magia da eficácia a que nem os anarquistas saberiam escapar. Enfim, longe de ser um obstáculo para o desengano e para a lucidez, Deus é para Cioran uma etapa necessária nesse itinerário espiritual que vai da ilusão ao vazio; pois Deus é como a “doença metafísica” suprema e, para alcançar a plenitude do vazio, é necessário antes ter tido uma experiência profunda da enfermidade essencial da existência, qual seja, o conflito da consciência consigo mesma. E a mística, que tem o poder de nos transportar para Deus e para além dele, é para Cioran a forma suprema da liberdade – assim como a heresia.

Cioran dedica numerosas páginas da sua obra a divagar sobre o eterno tema da divindade, as religiões, as igrejas, os teólogos e os hereges, o final do paganismo… Sente-se mais próximo da linguagem de um Tertuliano, de Agostinho ou de um Pascal, do que daquela de Hegel ou Husserl; fascina-o o combate entre São Paulo e Celso, enquanto que duvido poder dizer o mesmo da disputa sobre a sociologia entre Adorno e Popper; quando fala da mística ou de Lutero, está na sua área, e não por falta de capacidade ou de conhecimento para opinar em outras matérias: é que as obsessões de cada um se orientam como elas querem, e não como desejaria quem as padece. O transcendente obseda-o; o flamejar das paixões inquisitoriais fascina-o; precisa da Igreja ainda mais que o crente, pois nada o estimula tanto quanto a ortodoxia: a sua verdadeira vocação é a de herege…

A questão do “deus maldito e os outros deuses” não poderia deixar de remeter ao tema da história, tão caro a Cioran. Nada mais fascinante, aos olhos do autor de História e utopia (neste ponto, próximo de Oswald Spengler), do que o espetáculo de ascensão e queda dos impérios e das civilizações, e sobretudo o “desfile de falsos Absolutos” em que consiste a história, essa “sucessão de templos elevados a pretextos, um aviltamento do espírito ante o Improvável”. De onde o seu vívido interesse pelo mundo helenístico e o seu eclipse sob o domínio da nova religião, que, de seita perseguida, passaria ao status de religião oficial do império; interesse também pelos séculos das Luzes, por sua ambivalência entre apogeu e decadência. A história, para Cioran (neste quesito, fortemente anti-hegeliano), é “a ironia em marcha” (Breviário de decomposição). Ela surge, após a “morte de Deus” e a derrocada dos valores supremos, como o último refúgio da ilusão e a última armadilha da lucidez. A tese central, aqui, seria: assim como cada existência individual no seu tempo de vida é fundamentalmente regida pelo acaso (azar em espanhol, hasard em francês), a história tampouco conta com um sentido, uma finalidade, uma razão condutora, sendo um erro atribuir uma explicação e uma justificativa ao que não saberia possuir nem uma coisa nem outra. O acaso: eis um conceito-chave na armação teórica do ensaio de Savater sobre Cioran, e que denota a sua tendência a interpretar o autor de Do inconveniente de ter nascido como um cético e um trágico, antes que um pessimista. O problema da história em Cioran remete ao problema mais geral do tempo: o devir, a duração do que é, para além das realidades especificamente humanas. É na história, enquanto temporalidade eminentemente humana e artificial, que se insere a problemática da relação entre vida e necessidade vital de ilusão, entre desejo e ação, entre existência e assentimento ao inessencial.

O problema fundamental que a história coloca é o da nossa localização no tempo; todas as teorias da história tratam apenas de resolver esse ponto concreto e o seu corolário imediato: o quer fazer? O tempo é uma enfermidade específica do homem: e uma enfermidade muito grave. Está indissoluvelmente ligado a uma comissão de ações: “nós só podemos agir se nos sentimos levados e protegidos pelos instantes. Quando nos abandonam, carecemos do recurso indispensável à produção de um ato, capital ou não” (La chute dans le temps).

Por fim, ainda sobre o tema da história, é preciso destacar que Savater, enquanto (jovem) leitor atento do autor romeno, e sensível às suas intuições essenciais, não deixa de destacar o paralelo entre a concepção cioraniana da história e a experiência pessoal, vivida pelo autor, daquilo que seria não mais uma “queda no tempo” (título de um dos seus livros), mas desta vez uma “queda do tempo” (“Tomber du temps…” é título do ensaio que encerra La chute dans le temps). O tempo é uma anomalia da eternidade, e a história, tempo eminentemente humano, é anomalia em segundo grau. A história, para Cioran, é a duração de uma queda. Por fim, o itinerário da lucidez – do delírio ao tédio, da existência ao vazio, do inessencial ao essencial – é um caminho que leva para fora da história, impelindo a desertá-la, a não reconhecer com ela nenhuma relação consubstancial. Não se penetra o essencial, com o olhar lúcido do não-saber, senão “virando as costas ao tempo” (Breviário de decomposição), desviando-nos da história, domínio das falsas realidades.

A estagnação do tempo, essa secunda queda, vem a ser determinada pela visão lúcida da ação: o tempo se detém quando vemos claramente que toda ação é inútil ou danosa. Esta experiência de “cair do tempo” é, segundo declaração própria, uma das mais profundamente vividas por Cioran; […] Agir é um dos sinônimos mais elementares de viver: Aristóteles mesmo assinalou, como condição definidora do ser vivo, o movimento, que no caso do existente humano é preferível chamar de “obrar”. A agitação é chave da existência: “Por toda parte, pessoas que querem…; mascarada de passos precipitados na direção de fins mesquinhos ou misteriosos; vontades que se cruzam; cada qual quer; a multidão quer; milhares de pessoas tensas rumo a não sei o quê” (Breviário de decomposição).

Um excurso entre o quinto e o sexto capítulos se propõe a pensar não as simpatias políticas de Cioran, mas a “relação entre lucidez e política, as possibilidades revolucionárias ou os aspectos conservadores da clarividência.” Tal procedimento não carece de relevância, em se tratando de um ensaio sobre Cioran, na medida em que a sua obra, radicalmente inclassificável, para além de etiquetas e fórmulas tão fáceis quanto redutoras, não poderia deixar de suscitar a questão da liberdade em suas instâncias éticas e políticas, a questão do cuidado de si conforme indissociável do cuidado do outro. Estamos diante de um autor que as consciências marxistas não hesitariam em tachar de “reacionário” (simplesmente por não ser marxista, longe disto). Não se trata, porém, Savater deixa claro, de exumar o “passado infame” de Cioran (a expressão é de Marta Petreu), para censurar ou relativizar o seu flerte de juventude com o nazismo alemão e com o fascismo romeno (a Guarda de Ferro); não se trata disso, mas de pensar as implicações éticas e políticas da lucidez enquanto experiência de desengano e, no limite, de esvaziamento da subjetividade positivamente concebida como um “eu” (autossuficiente, autárquico, etc.). A experiência da lucidez coloca um impasse à liberdade e às possibilidades de agir no mundo com justiça e prudência, assumindo, até as últimas consequências, a responsabilidade pelas próprias ações e pela própria existência.

O excurso sobre aquele que teria sido o “compromisso político” de Cioran, e que culminaria no mais radical desengajamento, é importante por colocar em questão uma ambivalência fundamental em torno da lucidez conforme Cioran a concebe, a partir de sua própria experiência subjetiva – notadamente, a insônia que o assolaria a partir da juventude, e à qual ele atribui o essencial do seu (não-)saber. Trata-se da tensão entre fanatismo e antifanatismo: Cioran só pôde escrever uma “genealogia do fanatismo” (Breviário de decomposição) porque ele mesmo experimentaria, quando jovem, a tentação da “profecia” (religiosa e política), vindo, com o distanciamento crítico, a reconhecê-lo e a combatê-lo em si – de onde a importância do ceticismo como um “exercício de desfascinação” (no caso, sobretudo em relação aos “dogmas inconscientes”[4] que carregamos dentro de nós, e que defendemos com unhas e dentes muito melhor do que qualquer igreja protege os seus deuses). A lucidez pressupõe o “pensar contra si” (A tentação de existir), ao ponto de tornar-se um espectador que contempla, sem mais nenhuma cumplicidade, o espetáculo das próprias vertigens, da própria perdição – condição sine qua non para encontrar-se (“tornar-se quem se é”, para falar como Nietzsche), verdadeiramente. Longe de ser um ato inequivocamente negativo e destrutivo, a negação é uma forma de participação, de prestação de solidariedade com o conjunto do existente, ainda que não pela via do engajamento político-ideológico, mas pela via de uma singularidade poética exacerbada que se pretende a expressão viva de uma determinada realidade, o testemunho tão fiel quanto subjetivo da sua própria época, do seu contexto histórico. Por fim, muito embora na pista certa, parece-nos insuficiente, se não equivocada, a fórmula cunhada por Savater para definir aquela que seria a atitude política arquetípica do espírito lúcido: “conformismo desesperado” perde de vista, nesta questão em particular (aspectos políticos do pensamento de Cioran), aquilo que Savater destacará com acerto mais adiante: o humor de Cioran – um humor que não deixa de ser, inclusive, uma forma de “atuação política”. A atitude política que se depreende do discurso lúcido não é menos um “inconformismo jovial” do que um “conformismo desesperado”; é, a rigor, impossível reduzir a ambivalência entre um e outro para afirmar, exclusiva e definitivamente, apenas o segundo (Savater).

Os dois últimos capítulos, “Passeio pelo amor e pela morte” e “A expressão e o silêncio: o estilo de Cioran”, são os momentos culminantes do ensaio, ligando-se diretamente aos capítulos iniciais, em que se examinava a tarefa da lucidez e o tema da revelação essencial. O amor e a morte são os temas essenciais segundo Cioran, e sobre os quais pode-se dizer absolutamente qualquer coisa: nestes domínios, uma banalidade, dependendo de como é proferida, vale mais do que uma observação erudita. Trata-se de um “passeio” pelos jardins e desertos da cartografia da alma que se depreende dos escritos de Cioran; uma meditação sobre as revelações da morte (para utilizar um título de Chestov, filósofo russo que Cioran tanto apreciava) e as desilusões do amor, duas experiências propedêuticas, por assim dizer, para o alcance da lucidez – essa forma de desengaño incurável que faz do indivíduo uma espécie de “exilado metafísico” (Do inconveniente de ter nascido) em meio aos seres. “Passeio pelo amor e pela morte” apresenta um esboço daquela que seria a teoria (psicológica) do desejo em Cioran, e as diferentes perspectivas (convergindo todas no sentido da desilusão, do desengano, da desfascinação) pelas quais a faculdade do desejo é abordada e trabalhada em seus escritos.

Não há discurso mais estranho, mais impossível, que este de Cioran, atarefado em negar tudo e negar-se, em desmentir os seus prestígios, o seu fundamento e o seu alcance, a sua verossimilhança mesma. Não é escrever uma tarefa afirmativa sempre, de uma maneira ou de outra, apologética na maioria dos casos? Como se compagina a escritura com a demolição radical, que nada respeita nem propõe no lugar do demolido, que não reivindica tal ou tal tendência, nem mesmo ver triunfar coisa alguma sobre as apagadas ruínas das anteriores; como se compagina o texto com as lágrimas, as palavras com os suspiros, o discurso racional com o ponto de vista da pedra ou da planta? […] Mas, sobretudo: para que falar ou escrever? Não é precisamente a armação discursiva que se volatiliza, a necessidade de encadear teorias e argumentos que se revela inane? Passado o acesso agudo de lucidez, que é negação radical de toda expressão constituída, o sujeito tenta reconstituir e manter a memória do silêncio por meio da palavra. A linguagem deve funcionar então contra si mesma, tensa até o seu limite inalcançável, denunciando-se a si mesma, tentando, pelos seus próprios meios verbais, sabotar a trama mesma que a constitui, e fazer explodir nela o clamoroso silêncio que dilacera ainda a memória.

“A expressão e o silêncio: o estilo de Cioran” é o tema ao qual Savater dedica o epílogo do seu ensaio. Nada mais razoável, em se tratando de um autor romeno que se tornaria conhecido não apenas como um pensador existencial na linha de Nietzsche, Kierkegaard e Chestov, como também um admirável escritor e estilista de expressão francesa. De fato, todo o itinerário espiritual de Cioran conduz a certa obsessão do estilo, que passa a ser tão relevante quanto o próprio conteúdo do que é escrito (em Cioran, o quê e o como, a matéria e a forma são inseparáveis): reflexo, talvez, de suas leituras exaustivas dos autores franceses dos séculos XVII e XVIII. Sendo assim, faz todo o sentido concluir um ensaio sobre Cioran com uma reflexão sobre a relação entre lucidez e estilo,[5] e sobre o valor estético, artístico mesmo (no sentido de uma poética do fragmento), da escritura – sobretudo francesa – de Cioran. Cioran recorre à palavra não apenas para dizer coisas, mas para dar voz ao silêncio, para tentar exprimir o inexprimível de uma lucidez que se recusa a ser retida e submetida ao regime da linguagem discursiva. É o reflexo do combate, no foro íntimo do autor, entre lucidez e paixão, ceticismo e entusiasmo. Uma meditação sobre o estilo em Cioran não poderia deixar de abordar um aspecto escandalosamente evidente nos seus textos, apesar de muito pouco observado e explorado: o humor, a necessidade do riso. O de Cioran seria um riso niilista, ou, segundo Clément Rosset,[6] um riso exterminador, ainda, nas palavras de Beckett, um riso triste, sem alegria (mirthless), “o riso dos risos, o risus purus, o riso que ri do riso, o contemplativo, o que saúda a mais elevada das piadas, numa palavra o riso que ri – silêncio por favor – do que é infeliz” (Beckett, Watt).

É preciso muito humor para impedir que ao redor da lucidez se erga qualquer forma de basílica, para que a clarividência não se degrade em culto. Cioran se obstina em negar tudo e negar-se, em desmentir os prestígios da realidade; um exercício tão turvo, tão improvável, deve suscitar o riso: o riso preventivo, aturdido, de quem trata de evitar que um discurso demasiado terrível seja levado a sério, mas também o riso liberador de quem, por fim, se atreve a saber. Não é a severa bata acadêmica, a lúgubre máscara de quem leva sobre os seus ombros o peso teórico do mundo, o que corresponde à revelação niilista: deixemos isso para quem tem o Sistema – e, portanto, a Ordem – do seu lado. Coloquemo-nos no campo do riso, do sorriso inspirado, à beira do estalo, da gargalhada refreada em estilo: nisto reside a maestria do estilo de Cioran.

Após o epílogo (um dos momentos mais interessantes do livro), há ainda uma entrevista (“O último dândi”) de Cioran concedida ao próprio Savater, realizada em Paris, em 1990 (cinco anos antes do falecimento de Cioran, vítima de Alzheimer), e publicada no jornal espanhol El país, em 25 de outubro do mesmo ano. Uma entrevista que simboliza muito mais do que um diálogo entre duas figuras que se tornariam, ambas, cada qual por seus respectivos méritos, importantes no cenário intelectual do século XX e do seguinte, o atual século XXI; o documento de uma amizade fecunda e inquebrantável que iniciaria uma rica correspondência entre amigos e apreciadores de Cioran dos quatro cantos do mundo, no espírito do que escreve o poeta alemão Jean Paul: “Livros são cartas dirigidas a amigos, apenas mais longas.”[7] Recomendável a todos aqueles interessados em iniciar ou expandir, por uma perspectiva atualizada à contemporaneidade – na qual proliferam, como sempre, fanatismos diversos, com suas consequências desastrosas para a humanidade e mesmo para o planeta –, o estudo de temas de interesse filosófico como o acaso trágico, o pessimismo, o niilismo, o ceticismo, o ateísmo, e também a religião, a mística, a arte, enfim, tudo aquilo que há de mais familiar, de mais natural ao humano.

[1] Cf. “Obsessão do essencial”, in: Breviário de decomposição.

[2] Cf. O mito de Sísifo.

[3] “É preciso voltar-se para as grandes obras sombrias da literatura e da arte para – talvez – ouvir novamente a linguagem da loucura. Goya, Sade, Hölderlin, Nietzsche, Nerval, Van Gogh, Artaud, essas existências nos fascinam pela atração que sentiram, mas também pela relação que cada uma parece ter mantido entre o saber obscuro da Desrazão e aquilo que o saber claro – o da ciência – chama de loucura.” BLANCHOT, Maurice. A conversa infinita – a experiência limite, vol. 2. Trad. de João Moura Jr. São Paulo: Escuta, 2007, p. 178.

[4] Cf. Breviário de decomposição.

[5] “Com certezas, o estilo é impossível: a preocupação com a expressão é própria dos que não podem adormecer em uma fé. Por falta de um apoio sólido, agarram-se às palavras – sombras de realidade –, enquanto os outros, seguros de suas convicções, desprezam sua aparência e descansam comodamente no conforto da improvisação.” (Cioran, Silogismos da amargura)

[6] ROSSET, Clément. Lógica do pior. Trad. de J. Fagundes Ribeiro e Ivana Bentes. Rio de Janeiro:  Espaço e tempo, 1989.

[7] Apud: SLOTERDIJK, Peter. Regras para o parque humano: uma resposta à carta de Heidegger sobre o humanismo. Trad. de José Oscar de Almeida Marques. São Paulo: Estação Liberdade, 2000, p. 7.

Entrevista sobre Cioran com José Ignacio Nájera (Pt)

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“Cioran construiu uma arte literária muito estimável. […] um estilo com o qual celebrar o funeral de nossa civilização.”
(J. I. Nájera)

Entrevista com José Ignacio Nájera, autor de El Universo Malogrado – carta a Cioran (Tres Fronteras Ediciones, Murcia, 2008)

José Ignacio Nájera (Xauen, Marrocos) vive desde 1979 em Murcia, na Espanha, onde é professor de filosofia no Instituto Alfonso X el Sabio. Além de El universo malogrado, Nájera também publicou os romances Olvídate de Alcibíades, Hermanos mayores e El enfermo epistemológico. Em 2005 ganhou o prêmio de ensaios Miguel Espinosa com a obra Caminos de otoño. Colabora em diversas revistas com artigos, resenhas e contos.

EMCioranBR: Prezado Sr. Nájera, em nome do portal E.M.Cioran/Br e de seus visitantes-leitores de Cioran, quero antes de tudo agradecer pela oportunidade desta entrevista. Poderia nos contar como e quando conheceu Cioran? O que mais lhe atraiu nos livros de Cioran? Além disso, poderia falar um pouco (para nós, leitores brasileiros de Cioran que ainda não tivemos acesso a seu libro) do teor da epístola que o Sr. escreveu para o pensador romeno: El universo malogrado (título que é, aliás, tão apropriado para ilustrar o pensamento de Cioran)? O que quis dizer em sua carta a esse gnóstico moderno, a esse místico sem fé nem Deus que Cioran encarna frequentemente?

J.I.N.: Conheci a obra de Cioran quando eu tinha 22 anos e cursava o quarto ano do curso de Filosofia na Universidade Complutense de Madrid. Isso por volta de 1972. Primeiro, fiquei sabendo dele através de uma resenha que Fernando Savater escreveu para a Triunfo. Triunfo era uma revista brilhante que reunia a intelligentsia esquerdista e antifranquista. Essa resenha me levou a adquirir o livro que nela era apresentado: Breviario de podredumbre [“Breviário de decomposição”]. Sua leitura foi para mim uma revelação, no seguinte sentido: havia outro que pensava tão tragicamente quanto eu. Assim foi meu encontro com Cioran, ou, melhor dizendo, com o Cioran francês. Outra coisa seria o posterior conhecimento do chamado Cioran romeno, o que aconteceu bastante tempo depois. O impacto que Cioran teve sobre mim foi tão grande que fiz minha tese de licenciatura sobre ele, em 1975. E então fiquei cioranizado.
Quanto ao meu livro, El universo malogrado, direi que é o resultado de uma relação de leitura e releitura da sua obra ao longo de mais de três décadas. Sempre tive seus livros muito próximos a mim, e então quis escrever sobre ele. Por isso decidi que El universo malogrado deveria ter a forma de uma longa carta ao escritor romeno. Ele já não estava mais entre nós, havia falecido em 1995, e eu queria escrever-lhe, falar com ele a partir do interior de sua influência e da empatia que eu sentia por ele. Eu queria fazer um entranhado acerto de contas – não isento de importantes recriminações – e transmitir minha cumplicidade com sua visão das coisas. E foi o que fiz. Também tenho algo desse misticismo sem Deus que tanto caracterizou Cioran, e por isso me identifiquei tanto com ele.

EMCioranBR: Você é doutor em filosofia e professor da mesma disciplina no Instituto Alfonso X, em Murcia, na Espanha. Tem algum projeto de pesquisa sobre o filósofo romeno, em andamento ou por vir? Você pretende escrever e publicar mais algum livro sobre ele?

J.I.N.: Atualmente não tenho nenhum projeto sobre Cioran; no momento estou envolvido em outras coisas (narrativa e pintura). Talvez eu venha a escrever algum artigo; aliás, seu portal acaba de publicar minha última composição sobre Cioran (“Cioran y el fascismo”). De vez em quando acaricio a ideia de escrever algo mais longo sobre a gênese do Breviário de decomposição.
Dito isso, preciso assinalar que a obra de Cioran rende muitos trabalhos de investigação, em função de sua riqueza temática – não há assunto que ele não tenha abordado. Cioran não é um pensador de primeira linha, não é um dos grandes do século XX, mas tem a virtude de ser muito acessível ao público. Por isso, abundam cada vez mais os livros sobre ele. A bibliografia vai aumentando, o que o surpreenderia.

EMCioranBR: A Espanha é um dos países com maior ressonância internacional no que concerne aos estudos e leituras sobre Cioran. Diz-se que Fernando Savater, que conheceu Cioran pessoalmente e dele se tornou amigo, foi o responsável pela introdução de Cioran na Espanha, ao final da ditadura de Franco. Como você vê a repercussão atual da obra de Cioran na Espanha, não só nos círculos acadêmicos e intelectuais, mas também entre os leitores de modo geral? Há novos estudos de destaque e livros que merecem recomendação?

J.I.N.: Sim, como eu havia assinalado, foi Savater que introduziu Cioran na Espanha. Ele traduziu seus primeiros livros franceses. Além disso, sua tese de doutorado foi sobre Cioran: Ensayo sobre Cioran. Uma tese que custou a ser aceita por alguns membros da banca julgadora, motivo pelo qual sofreu certo atraso até ser defendida. É preciso lembrar que o franquismo ainda existia, me refiro aos anos de 73-74. Cioran não caía nada bem para o establishment acadêmico de então. Eu mesmo, quando defendi minha tese sobre Cioran, tive de aguentar certa falta de modos por parte da banca julgadora.
O conhecimento da obra teve, pois, um impulso não acadêmico, a universidade não se ocupou dele – inclusive alguém teria insinuado que Cioran era um autor inventado por Savater. Foi, ao invés, um escritor que se difundiu no boca a boca, e, em certa medida, mais nos ambientes literários do que nos puramente filosóficos.  Era possível ouvir falar dele tanto um poeta quanto um banqueiro que houvesse estado atrás das grades e que durante o período tivesse lido Cioran com proveito.
Quanto aos estudos sobre Cioran, creio que a França sai na frente. Na Itália também abundam os estudos. E em diversos países da América Latina. Quanto aos escritos em espanhol, citarei alguns. Há uma tese de doutorado de Natalia López Izquierdo, muito interessante e original, em que ela estuda a obra de Cioran em contraponto com aquela de Levinas, Cioran o el laberinto de la fatalidad, de J. Marín. As obras e os artigos da doutora María Liliana Herrera, que não é espanhola, são muito bons. La filosofía pesimista en la obra de Cioran, que é uma tese de doutorado de José Luis Ibáñez Sierra. Eu gostaria também de citar o blog, que possivelmente você já conhece, de Guillermo da Costa, http://emilmcioran.blogspot.com.es/; é uma pena que o autor o tenha terminado, mas ainda se pode acessá-lo. Quanto aos livros de Cioran traduzidos ao espanhol, quero fazer uma precisão. Ainda falta traduzir um livro muito especial: Schimbarea la fata a României, cuja tradução seria “A transfiguração da Romênia”. Não sei a que se deve esse falso respeito no que concerne à imagem de Cioran. Certamente, também na França demoraram para traduzi-lo, ao menos de forma integral.
Menciono também o livro de [Ion] Vartic que considero muito bom, porque fala, com graça e muitos detalhes, do jovem Cioran; o problema é que ele não se detém em analisar suas veleidades fascistas. Neste sentido, é muito piedoso.

EMCioranBR: Cioran nutria um carinho especial pela Espanha, país que visitou mais de uma vez. Seu Cahier de Talamanca (“Caderno de Talamanca”), publicado postumamente, foi escrito em 1966 durante uma temporada na respectiva praia, situada ao norte de Ibiza. Emil e Simone gostavam de viajar à Espanha de bicicleta, mas desistiram de fazê-lo assim que as estradas se encheram de automóveis a toda velocidade. O que você acha que atraía Cioran à Espanha? Identificaria nele algo de espanhol? Enfim, pode-se dizer que a paixão de Cioran pela Espanha foi correspondida, em termos do acolhimento de sua obra por parte da intelectualidade espanhola?

J.I.N.: Sim, é comum ouvir falar da predileção de Cioran pela Espanha. Também estimava muito a Rússia. E sua atitude em relação à França é muito peculiar e complexa. Seu livrinho De la France é uma delícia estilística e analítica.
Cioran, que era muito apegado ao passional e ao instintivo, se agarrou bem a essa imagem universal do espanhol que aparece como lugar-comum. A Espanha, aquela que conheceu por meio da literatura, não se definiu pelo equilíbrio, pela racionalidade ou pela filosofia. Talvez por isso simpatizou bem com nossa idiossincrasias. Cervantes, Quevedo, os místicos, Unamuno… eram motivos constantes para sua admiração (e com razão).
De fato, quando as coisas se complicaram para Cioran na Romênia, ele quis vir à Espanha, inclusive começou a providenciar os documentos. Por fim, o início da Guerra Civil o dissuadiu e ele acabou indo para a França. Às vezes penso o que teria sido de Cioran, e que tipo de obra teria escrito, se tivesse se refugiado na Espanha franquista. Mais de um ex-soldado romeno acabou se refugiando na Espanha.

No que se refere à paixão correspondida entre Cioran e o público espanhol, seria preciso matizar. Certamente, seus livros vendem e costumam estar em quase todas as livrarias, mas não é um autor de massas, longe disso. Ademais, já sabemos de que tipo de escritura se trata, e ela não pode competir com a narrativa, por exemplo, nem com a literatura de autoajuda, nem com os best-sellers. Cioran é um satisfatório e cultuado escritor que saiu da seção dos raros, e nada mais. Eu mesmo senti que minha predileção por ele soava um tanto estranha entre aqueles que sabiam dela.

EMCioranBR: Costuma-se dizer que os livros de Cioran tiveram uma boa recepção entre as pessoas de esquerda durante a ditadura franquista. O que é curioso, uma vez que Cioran se enamorou do fascismo romeno em sua juventude e, não obstante tenha se distanciado de suas antigas convicções políticas, nunca se aproximou do comunismo. Talvez seu anarquismo espiritual e sua iconoclastia herética foram um inconveniente à ortodoxia do regime, o que poderia ser bem visto pela esquerda anti-franquista. É verdade que os livros de Cioran foram censurados pelo regime de Franco? Na sua visão, o que faz de Cioran um autor capaz de cativar leitores dos mais distintos horizontes intelectuais e atrair tanto gente de direita quanto gente de esquerda?

J.I.N.: É que o Cioran que inicialmente se conheceu na Espanha (e na Europa ocidental) foi aquele do Breviário de decomposição. Este livro foi escrito já em Paris, e em francês!, e publicado em 1949. Ademais, é a obra em que abjura seu passado. Bom, ele abjura todas as ideologias e, entre elas, a ideologia fascista. Bastante tempo depois foi que nos inteiramos de que Cioran arrastava um passado romeno fascista. Por isso é que, de início, não caiu mal à esquerda espanhola, ainda que seria necessário precisar que se tratava de uma esquerda ilustrada e não partidária. Gostavam de Cioran porque era demolidor de uma ordem em que também se podia incluir o nacional-catolicismo daqui da Espanha; se a publicação de El aciago demiurgo (“Le mauvais demiurge”) fo proibida, creio que foi um pouco por razões religiosas. Por outro lado, havia um anarquismo em seu “contra tudo e contra todos” que favorecia sua assimilação.
E também, é importante dizê-lo, por ser avalizado por Savater, supunha-se que se deveria estar atento a este pensador. Ademais, o Cioran posterior ao Breviário de decomposição não faria outra coisa que não aumentar essa imagem de cético permanente e de niilista sem compromisso.

Na França lhe ocorreu quase o mesmo. E digo isso porque aqui  haviam se refugiado muitos romenos (tanto fascistas quanto liberais) e não era difícil saber de que passado vinha Cioran. A princípio essas coisas não eram de domínio comum, mas permaneciam em pequenos círculos.
Mas, é claro, logo chegou o tempo em que a historia teria de se completar. E se completou, pode acreditar. Cioran — já senil, me refiro a meados dos anos 80 – quis reeditar sua obra romena da época em que se identificou com Codreanu e o fascismo romeno, que admirou Hitler e tudo mais…Em poucos anos seus livros foram traduzidos ao francês (e um pouco ao espanhol), e logo depois coletâneas de artigos políticos do passado, depois o famoso “A transfiguração da Romênia” expurgado, e estava armado o escândalo público.
Já não eram apenas os inteirados, todo mundo acabou sabendo. A essa altura já havia morrido. Ele não o enxergou, mas o passado fascista que quis dissimular acabou prejudicando-o. Guardadas as diferenças, ocorreu com ele um pouco o mesmo que a Heidegger com seu passado nazista. Post festum os dois trataram de minimizar a questão e só fizeram agravá-la com meias verdades e meias mentiras. É o que costuma acontecer.
Por que Cioran é apreciado tanto pelas pessoas de esquerda quanto pelas de direita? Eu diria que pela mesma razão que uns e outros apreciam o Eclesiastes, o livro de Jó, Shakespeare e tantos outros. O importante em Cioran é a lucidez com que interpreta a vida e nossa finitude. Quando se o lê, percebe-se uma sabedoria que pode ser válida para todos. O mesmo ocorre com o conservador católico Gómez Dávila. Lendo-os, nos esquecemos de nossa localização, talvez porque te levam a um território mais autêntico, se se pode dizê-lo, que aquele da esquerda ou da direita, o território de ninguém.
Não me recordo em que livro seu eu li uma advertência muito curiosa, e não sei se amargamente verdadeira. Acho que era em sua carta a Constantin Noica, talvez. Cioran dizia, contestando uma lamentação de Noica, a título de consolo, que sempre estávamos sós nos países liberal-democráticos, enquanto indivíduos, e nos países comunistas, unidos enquanto grupo. Bem, ele elegeu o individual, o que lhe permitiu praticar o ócio.

EMCioranBR: Qual seria a importância para a atualidade – se houver alguma – de um pensador que se definia como “um cético a serviço de um mundo em declínio”? O que podemos extrair de Cioran, e aproveitar? O que ele tem a oferecer mais além do seu ceticismo corrosivo e do seu niilismo destruidor?

J.I.N.: Sou cético em relação à importância que pode ter um pensador face a face com a atualidade. Não sei se o mundo, mas o Ocidente, esse, sim, está abalado, e mais especificamente a Europa. Neste sentido, Cioran é um autor crepuscular muito propositado para o ocaso que vivemos. Disso ele se deu conta várias décadas antes e desde então se dedicou a acelerar nossa melancolia. Ainda que seja para tornar a citar algo que já disse antes: só acreditou quando esperava coisas do fascismo. Foi a única coisa que o deixou tenso e eufórico. Logo, tornou-se tão desfascinado que investiu toda sua energia em cultivar a decepção, fazendo quase uma ontologia da decepção. E aqui vem algo importante, ele construiu uma arte literária muito estimável. Creio que o melhor que fica dele é: um estilo com o qual celebrar o funeral de nossa civilização.

EMCioranBR: Um livro (ou mais de um) favorito de Cioran?

J.I.N.: Gosto de tudo o que vem de Cioran, e quando digo isso incluo aí “Transfiguração da Romênia”. Pode-se ser fascista e escrever excelentemente do ponto de vista estético. De fato, “Transfiguração” é muito bem escrito.
Mas meu livro favorito é sem dúvida o Breviário de decomposição. Por ser a revelação e por fazer com que aquele jovem que fui continuasse a viver em Cioran durante muitos anos. La tentation d’éxister me manteve vivo com igual intensidade, assim como Le mauvais demiurge. Silogismos da amargura é um livro que Cioran não apreciava muito, mas do qual gostei bastante, há alguns aforismos muito incisivos e desarmadores.
Então, quando li seus primeiros livros, do período romeno, achei-os bastante líricos e apaixonados – mas é que eu acabara de ler primeiramente o Cioran maduro. É curiosa a leitura de Cioran que em geral as pessoas da minha idade fazem: começamos pelo segundo Cioran para acabar no primeiro. Agora já é possível lê-lo cronologicamente de uma só vez, do começo ao fim. Talvez agora mude a visão com essa nova – e natural – perspectiva.

EMCioranBR: Pode compartilhar conosco alguns aforismos de Cioran que você guarda de memória, alguns daqueles que para você seriam os mais inesquecíveis?

J.I.N.: Nisso Cioran é um oceano infinito. É o aforista de que eu mais gosto, ao lado de Gómez Dávila. Os aforismos, como se sabe, são muito perigosos, tanto quanto lúcidos. Mas raras vezes resistem ao paradoxo autorreferencial. Por outro lado, costuma-se atualmente chamar tudo de “aforismo”. Distingue-se apenas entre sentença, refrão, apotegma, provérbio, máxima, adágio…
Um trabalho um tanto rabugento, porém interessante, seria fazer uma espéceie de catalogação comentada dos diferentes modos de expressão de Cioran. Sem dúvida, alguém o fará algum dia. Mas, bem, voltando aos assim chamados aforismos, aqui vão alguns:

– “A meteorologia decreta a cor de meus pensamentos.”

– “A insônia é a única forma de heroísmo compatível com a cama.”

– “O espermatozoide é o bandido em estado puro.”

– “A Criação foi o primeiro ato de sabotagem.”

– “Desde sempre, Deus escolheu tudo por nós, até as nossas gravatas.”

– “Ganhamos em consciência o que perdemos em existência.”

EMCioranBR: Gostaria de acrescentar algo mais ao leitor que está adentrando a obra deste obscuro, porém jovial, pensador?

J.I.N.: Ao hipotético leitor de Cioran, eu diria que ele não o decepcionará, que seus livros não cairão de suas mãos como muitas vezes acontece com isso que se denomina filosofia. E mais, que a leitura de Cioran é como comer a maçã do Paraíso que o aproximará do conhecimento, e por isso o tornará mais grave, mais lúcido, mais irônico e talvez – falando em termos de rentabilidade – mais felizmente infeliz, já que não cabe nada mais ali onde há um pouco de consciência. Ah, para os possíveis suicidas: Cioran é um seguro de vida.

EMCioranBR: Sr. Nájera, lhe agradeço mais uma vez por nos brindar com esta enriquecedora entrevista. Sem dúvida, é de um valor inestimável para nós, leitores de Cioran interessados em aprofundar nossos conhecimentos sobre sua obra

São Paulo / Murcia, 04/2013

Entrevista a José Ignacio Nájera: “El universo malogrado de Cioran”

“Cioran construyó un arte literario muy estimable […] un estilo con el que celebrar el funeral de nuestra civilización.”

Entrevista a José Ignacio Nájera, autor de El Universo Malogrado – carta a Cioran (Tres Fronteras Ediciones, Murcia, 2008)

jinajeraJosé Ignacio Nájera (Xauen, Marruecos) vive en Murcia desde 1979, donde es profesor de filosofía en el Instituto Alfonso X el Sabio. Además del libro El universo malogrado – carta a Cioran, ha publicado las novelas Olvídate de Alcibíades, Hermanos mayores y El enfermo epistemológico. En el 2005 ganó el premio de ensayo Miguel Espinosa con la obra Caminos de otoño. Colabora en diversas revistas con artículos, reseñas y narrativas cortas.

Nueva imagen (1)EMCioranBR: Estimado Sr. Nájera, en nombre del Portal E.M. Cioran/BR y de sus visitantes-lectores de Cioran, le agradezco por esa entrevista. ¿Puede contarnos cómo y cuándo ha conocido a Cioran, y qué es lo que le ha atraído en sus libros? Además, ¿podría hablarnos (a nosotros, lectores brasileños que todavía no conocemos a su libro) un poco del contenido de la carta El universo malogrado (cuyo título es tan apropiado en lo que respecta al pensamiento de Ciorán)? ¿Qué es lo que quiso decirle en su epístola a ese gnóstico moderno, a ese místico sin fe ni Dios al que Cioran parece encarnar de vez en cuando?

J.I.N.: Conocí la obra de Cioran cuando tenía 22 años y estaba cursando cuarto curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Esto era allá por 1972. Primero, tuve una noticia suya a través de una reseña que Fernando Savater escribió para Triunfo. Triunfo era una brillante revista que aglutinaba a la intelligentsia izquierdista y antifranquista. Dicha reseña me llevó a adquirir el libro que allí se presentaba: Breviario de podredumbre. Su lectura fue para mí una revelación. Una revelación en el sentido siguiente: otro pensaba tan trágicamente como yo. Así fue mi encuentro con Cioran, o mejor dicho con el Cioran francés. Otra cosa sería el posterior conocimiento del llamado Cioran rumano, que fue bastante después. De hecho el impacto de Cioran fue tan grande para mí que mi tesina de licenciatura la hice sobre él, en 1975. Y es que había quedado cioranizado.
Con respecto a mi libro (El universo malogrado), diré que es el resultado de una relación de lectura y relectura de su obra a lo largo de más de tres décadas. Siempre he tenido sus libros muy cerca, y he solido escribir sobre él. Por eso decidí que El universo malogrado tuviera forma de una larga epístola al escritor rumano. Él ya no estaba, había fallecido en 1995, y yo quería escribirle, quería hablarle desde dentro de su influencia y desde la empatía que sentía por él. Yo quería hacer una entrañable rendición de cuentas —no exenta de importantes recriminaciones— y transmitir mi complicidad con su visión de las cosas. Y así lo hice. Yo también tengo algo de ese misticismo sin Dios que tanto lo caracterizó y por eso me he identificado tanto con él.

EMCioranBR: Usted es doctor en filosofía y profesor de la misma materia. ¿Tiene algún proyecto de pesquisa sobre Cioran? ¿Pretende publicar algo más sobre él?

J.I.N.: Actualmente no tengo nada en proyecto sobre Cioran, ahora estoy embarcado en otras cosas (narrativa y pintura). Quizá pueda escribir algún artículo; de hecho, su portal acaba de publicar mi última composición sobre Cioran (Cioran y el fascismo). En contradicción con esto que le digo de vez en cuando acaricio la idea de escribir algo más largo sobre la génesis de Breviario de podredumbre.
Dicho esto, tengo que señalar que la obra de Cioran da para muchos trabajos de investigación, dada su riqueza temática —no hay asunto que no toque. Cioran no es un pensador de primera fila, no es uno de los grandes del siglo XX, pero tiene la virtud de ser muy accesible para el público. Por eso, cada vez menudean más los libros sobre Cioran. Va aumentado la bibliografía, asunto que a él le sorprendería.

EMCioranBR: España es uno de los países con mayor resonancia internacional respecto a los estudios y a las lecturas sobre Cioran. Se suele decir que Fernando Savater, quien conoció a Cioran personalmente, fue el responsable por la introducción de Cioran en España, al fin de la dictadura franquista. ¿Cómo ve usted la presente repercusión de la obra de Cioran en España, no solo en los círculos académicos e intelectuales, sino también entre la gente común? ¿Hay nuevos estudios destacados y libros que merecen recomendación?

J.I.N.: Sí, en efecto, ya lo he señalado. Savater fue su introductor. Él tradujo sus primeros libros franceses. Además, su tesis doctoral fue sobre Cioran: Ensayo sobre Cioran. Una tesis que le costó que fuera aceptada por algunos miembros del tribunal, y por eso sufrió algún retraso en ser defendida. Hay que recordar que todavía existía el franquismo, hablo de los años 73-74. Cioran no caía nada bien al establishment académico de por entonces. Yo mismo, cuando defendí mi tesina sobre Cioran, tuve que aguantar alguna falta de modales por parte del tribunal.
El conocimiento de la obra de Cioran tuvo pues un arranque no académico, la universidad no se ocupó de él —incluso alguien insinuó que era un autor que se había inventado Savater. Fue más bien un escritor que se difundió por el boca a boca, y casi más en ambientes literarios que puramente filosóficos. Podías oír hablar de él tanto a un poeta como a un banquero que había estado entre rejas y que en ese periodo había leído a Cioran con provecho.
En cuanto a estudios sobre Cioran, creo que Francia es la que se lleva la palma. En Italia también abundan los estudios. Y en diversos países de Latinoamérica. Con respecto a escritos en español, le citaré algunos.  Hay una tesis doctoral de Natalia López Izquierdo muy interesante y original en la que se estudia la obra de Cioran al contraluz de la de Levinas. Cioran o el laberinto de la fatalidad, de J. Marín. Las obras y artículos de la doctora María Liliana Herrera, aunque no sea española, están muy bien. La filosofía pesimista en la obra de Cioran, que es una tesis doctoral de José Luis Ibáñez Sierra. También me gustaría citar el blog, que posiblemente conozca, de Guillermo da Costa, http://emilmcioran.blogspot.com.es/; la pena es que el autor ya lo cerró, aunque se puede seguir visitando.
Con respecto a las obras de Cioran traducidas al español, quiero hacer una precisión. Falta por traducir  una obra muy especial: Schimbarea la fata a României. Se traduciría como La transfiguración de Rumanía. No sé a qué se debe ese falso respeto hacia la imagen de Cioran. Por cierto, en Francia también han tardado en traducirla, al menos de un modo completo.
Y por referirme al libro de Vartic, he de decir que es muy bueno porque nos habla con mucho detalle y gracia del joven Cioran, la pega es que no se detiene en analizar sus veleidades fascistas. En este sentido, es muy piadoso.

EMCioranBR: Cioran tenía un cariño especial por España, país que visitó más de una vez. El Cuaderno de Talamanca fue escrito por él, en 1966, en dicha playa, ubicada al norte de Ibiza. A Emil y Simone Boué les gustaba viajar a España en bicicleta, pero desistieron de hacerlo tan pronto las autovías se llenaron de automóviles a toda velocidad. ¿En su opinión, qué es lo que le atrae a Cioran a España? ¿Usted encuentra algo de español en Cioran? Por fin, ¿a usted le parece que la pasión de Ciorán por España ha sido correspondida, es decir, que se ha convertido en su reconocimiento en España, en que los españoles se hayan familiarizados con este autor rumano?

J.I.N.: Sí, es ya un tópico hablar de la predilección de Cioran por España. También estimaba mucho a Rusia. Y su actitud con respecto a Francia es muy peculiar y compleja, su librito Sobre Francia es una delicia estilística y analítica.
Cioran, que era muy adicto a lo pasional y a lo instintivo, se agarró muy bien a esa imagen universal de lo español que aparece como lugar común. España, la España que él conoció a través de la literatura, no se ha caracterizado por el equilibrio, la racionalidad o la filosofía. Quizá por eso congenió bien con nuestra idiosincrasia. Cervantes, Quevedo, los místicos, Unamuno… eran constantes motivos para su admiración (y con razón). De hecho, cuando a Cioran le pintaron mal las cosas en Rumanía quiso venirse a España, incluso empezó a arreglar los papeles. Finalmente, lo disuadió el inicio de la Guerra Civil y al final recaló en Francia. A veces pienso en qué hubiera sido de Cioran y qué tipo de obra hubiera escrito si se hubiese refugiado en la España franquista. Más de un conmilitón rumano acabó refugiado en España.
En cuanto a lo de la pasión correspondida entre Cioran y el público español, habría que matizar. Es cierto, sus libros se venden y suelen estar en casi todas las librerías, pero no es un autor de masas ni mucho menos. Además, ya sabemos de qué tipo de escritura se trata, y esta no puede competir con la narrativa, por ejemplo, ni con la literatura de autoayuda, ni los best sellers. Cioran es un satisfactorio escritor de culto que ya ha salido de la sección de raros, pero nada más. Yo mismo he experimentado que mi predilección por él sonaba un tanto extraña entre los que sabían de ella.

EMCioranBR: Suele decir que los libros de Cioran tuvieran una buena recepción entre la gente de izquierda durante la dictadura de Franco en España. Lo que es curioso, puesto que Ciorán se enamoró del fascismo rumano en su juventud y, pese a que se alejó de sus antiguas convicciones políticas, nunca se acercó del comunismo en términos de pensamiento. Quizá su anarquismo espiritual y su iconoclasia herética fueron un inconveniente a la ortodoxia del régimen, lo que podría ser visto con buenos ojos por la izquierda anti Franco. ¿Es verdad que sus libros fueron censurados por el régimen franquista? En su modo de ver, ¿qué es lo que hace de Cioran un autor capaz de cautivar lectores de los más distintos horizontes intelectuales y atraer tanto conservadores como gente de izquierda?

J.I.N.: Es que el Cioran que se empezó a conocer en España (y en Europa occidental) en principio fue el de Breviario de podredumbre. Este libro ya fue escrito en París, ¡y en francés!, y publicado en 1949; además, es la obra en la que abjura de su pasado. Bueno, abjura de todas las ideologías, y, entre ellas, la fascista. Hasta bastante después no nos enteramos de que Cioran arrastraba un pasado rumano fascista. Por eso es por lo que entonces no cayó mal en la izquierda española, aunque habría que precisar que se trataba de una izquierda ilustrada y no afiliadista. Cioran gustaba porque era demoledor de un orden en el que también se podía incluir el nacional-catolicismo de aquí, de España; si se censuró la salida de El aciago demiurgo yo creo que fue un poco por motivos religiosos. Por otro lado, había una anarquía en su “contra todo y contra Todo” que favorecía su asimilación. Y también, todo hay que decirlo, al ser avalado por Savater, se suponía que había que estar atentos a este pensador. Además, el Cioran posterior a Breviario de podredumbre no haría sino aumentar esa imagen de escéptico permanente y de nihilista sin compromiso.
En Francia le había sucedido casi lo mismo. Y digo casi porque allí se habían refugiado muchos rumanos (tanto fascistas como liberales) y no era tan fácil que no se supiera de qué pasado había venido Cioran. Al principio estas cosas no eran del dominio común, sino que permanecían en pequeños círculos. Pero, claro, luego llegó el tiempo en que la historia tendría que completarse. Y se completó, vaya que sí.
A Cioran —un Cioran ya senil, hablo de mediados los 80— le apeteció reeditar su obra rumana, de cuando estaba en Bucarest, de cuando se identificó con Codreanu y el fascismo rumano, de cuando admiró a Hitler y todo aquello… En pocos años se tradujeron sus obras al francés (y al poco al español), luego salieron colecciones de artículos políticos del pasado, después la famosa La transfiguración de Rumanía ¡expurgada!, y se armó el escándalo público. Ya no solo eran los enterados, ya lo supo todo el mundo. Para entonces ya había muerto. Él no lo contempló, pero el pasado fascista que quiso disimular acabó dañándolo. Salvando las distancias, le ocurrió un poco lo que a Heidegger con su pasado nazi. Post festum los dos trataron de minimizarlo y no hicieron otra cosa que empeorarlo con medias verdades y medias mentiras. Es lo que suele suceder.
¿Por qué gusta tanto a gentes de izquierda como de derechas? Pues yo diría que por la misma razón que gusta el Eclesiastés, el libro de Job, Shakespeare y tantos otros. Lo importante de Cioran es la lucidez con que interpreta la vida y nuestra finitud. Cuando lo lees ves en él una sabiduría que puede ser válida para todos. Sucede también con el conservador y católico Gómez Dávila. Al leerlos te olvidas de su ubicación, quizá porque te llevan a un territorio más auténtico, si esto puede decirse, que el de la izquierda o la derecha, el territorio de nadie.

No recuerdo en qué libro suyo leí una advertencia muy curiosa, y no sé si amargamente verdadera. Creo que a lo mejor era en su carta a Constantin Noica, puede ser. Le decía Cioran, contestando a una lamentación de Noica, a modo de consuelo, que siempre estábamos solos, en los países demoliberales por individual, y en los países comunistas en grupo. Bueno, él eligió lo individual, que le permitió haraganear tanto.

EMCioranBR: ¿Cuál es la importancia para la actualidad – si hay alguna – de un pensador que se definía como “un escéptico a servicio de un mundo agonizante”? ¿Qué podemos extraer de Cioran? ¿Qué tiene a ofrecer más allá de su escepticismo corrosivo y destruidor?

J.I.N.: Soy escéptico con respecto a la importancia que pueda tener un pensador de cara a la actualidad. No sé si es el mundo, pero si es Occidente el que está tocado, y más en concreto Europa. En este sentido, Cioran es un autor crepuscular, muy a propósito para este ocaso que estamos viviendo. Él ya se dio cuenta hace varias décadas y desde entonces se dedicó a acelerar nuestra melancolía. Aunque sea volver a citar algo que ya he dicho: solo creyó cuando esperaba cosas del fascismo. Fue lo único que lo puso tenso y eufórico. Luego, quedó tan desfascinado que puso toda su energía en cultivar la decepción, casi hizo una ontología de la decepción. Y aquí viene algo importante, construyó un arte literario muy estimable. Creo que es lo mejor que ha quedado de él: un estilo con el que celebrar el funeral de nuestra civilización.

EMCioranBR: ¿Tiene usted algún (o algunos) libro(s) favorito(s) de Cioran?

J.I.N.: De Cioran me gusta todo, y cuando digo todo incluyo también La transfiguración de Rumanía. Se puede ser fascista y escribir excelentemente desde el punto de vista estético. De hecho, La transfiguración… está muy bien escrita.
Pero mi libro favorito es sin duda Breviario de podredumbre. Por ser la revelación y por provocar que aquel joven que yo fui se quedara a vivir en Cioran por muchos años. La tentación de existir me mantuvo en la vivienda con igual intensidad, así como El aciago demiurgo. Silogismos de la amargura fue una obra que Cioran no apreciaba mucho, pero a mí sí que me gustó, tiene unos aforismos muy incisivos y muy desarmantes.
Luego, cuando leí sus primeras obras, las del periodo rumano, las encontré demasiado líricas y apasionadas —pero es que yo venía de leer primero al Cioran maduro. Es curiosa la lectura de Cioran que en general hemos hecho las gentes de mi edad: empezamos por el segundo Cioran para acabar en el primero. Ahora ya es posible leerlo cronológicamente de un tirón de principio a fin. Tal vez ahora cambie la visión con esta nueva —y natural— perspectiva.

EMCioranBR: ¿Podría compartir con nosotros algunos de los aforismos cioranianos que sabe usted de memoria, algunos de los que le resultan inolvidables?

JIN: En esto Cioran es un océano infinito. Es el aforista que más me gusta junto con Gómez Dávila. Los aforismos, ya se sabe, son muy peligrosos; tanto como lucidos. Pero rara vez resisten la paradoja autorreferencial. Por otro lado, hoy día ya se le llama a todo “aforismo”. Apenas se distingue entre sentencia, refrán, apotegma, proverbio, máxima, adagio…
Un trabajo un tanto quisquilloso, pero interesante, sería hacer una especie de catalogación comentada de los diferentes modos de expresión cioranianos. Sin duda, algún día alguien lo hará. Pero, bueno, volviendo a los llamados aforismos, aquí van algunos:

– “La meteorología decreta el color de mis pensamientos.”

– “El insomnio es la única forma de heroísmo compatible con la cama.”

– “Un espermatozoide es un bandido en estado puro.”

– “La Creación fue el primer acto de sabotaje.”

– “Desde siempre, Dios ha escogido todo por nosotros, hasta nuestras corbatas.”

– “Ganamos en conciencia lo que perdemos en existencia.”

EMCioranBR: ¿Le gustaría agregar algo más al lector que se adentra en la obra de este obscuro y no obstante jovial pensador?

J.I.N.: Al hipotético lector de Cioran le diría que no lo defraudará, que sus libros no se le caerán de las manos, como muchas veces sucede con eso que se denomina filosofía. Y más aun, que la lectura de Cioran es como morder la manzana del Paríso; que lo acercará al conocimiento, y por eso lo hará más grave, más lúcido, más irónico y quizá —hablando en términos de rentabilidad— más felizmente infeliz, ya que no cabe otra allí donde hay un poco de conciencia. Ah, y para los posibles suicidas: Cioran es un seguro de vida.

EMCioranBR: Sr. Nájera, le agradezco una vez más por brindarnos esa enriquecedora entrevista. Sin duda, tiene un valor inestimable para nosotros lectores e interesados en profundizar nuestros conocimientos sobre Ciorán.

São Paulo/Murcia, abril 2013

Emil Cioran (1911-1995) Le plaisir d’en finir (émission de radio)

France Culture, le 22/05/2011

“Je m’en veux d’être moi”

Né en 1911, dans un petit village reculé de Transylvanie, Emil Cioran, fils de pope, quitte la Roumanie en 1938, après des études de philosophie à Bucarest et la publication de deux brûlots, l’un politique,Transfiguration de la Roumanie et l’autre hérétique, Des larmes et des saints. Insomniaque et mélancolique, miné par la haine de soi et le « cafard cosmique», Cioran vient s’établir en France, où il restera un « ermite en plein Paris » jusqu’à sa mort en 1995. Refusant les prix et les apparitions publiques, il devient néanmoins dès la parution de sonPrécis de décomposition (1949) et avec De l’inconvénient d’être né(1973) l’un des grands stylistes en langue française du désespoir, aux côtés de Beckett ou de Michaux, dont il était proche.

Et si Cioran nous avait “mené en bateau ” (Roland Jaccard) ? Et si cette solitude indigente, cette oeuvre sombre, ces aphorismes ciselés, cette philosophie du détachement n’étaient qu’une partie de la vérité ?

« La source de l’écrivain, ce sont ses hontes », écrit Cioran. Amis français et roumains, lecteurs et traducteurs, philosophes et historiens dévoilent ici les secrets d’un Cioran heureux, chasseur de femmes et  infatigable causeur, d’un Cioran rongé par la nostalgie de son enfance heureuse et le poids de son passé d’intellectuel roumain adepte de la Garde de fer.

Une voix unique, indéfectiblement roumaine, délibérément française.

Un “icare de l’existence humaine” (Georges Banu), uniquement admirable dans la chute.

Avec

Georges Banu, ami de Cioran, écrivain et homme de théâtre

Livius Ciocârlie, écrivain, professeur à l’Université de Bucarest

Roland Jaccard, ami de Cioran, écrivain, Cioran et compagnie, PUF, 2005   

Florin Turcanu, historien, Mircea Eliade, Le prisonnier de l’histoire, La Découverte, 2003

Alexandre Lavastine, historienne, L’oubli du fascisme : Cioran, Eliade, Ionesco, PUF, 2002

Pierre Pachet, écrivain, Conversations à Jassy, Denoël, 2010

Gina Puica, traductrice de Cioran, Bréviaire des vaincus, L’Herne, 2010

Fernando Savater, philosophe, Penser sa vie, une introduction à la philosophie, Points, 2009

Archives

Emil  Cioran, entretien, INA (1949)

Emil Cioran, entretienINA (1989)

L’Apocalypse selon Cioran, film de Gabriel Liceanu et Sorin Iliesu, 1990

Textes lus

Transfiguration de la Roumanie, L’Herne,2009 

Syllogismes de l’amertume, Œuvres, Quarto Gallimard, 1998

De l’inconvénient d’être né, Œuvres, Quarto Gallimard, 1998

Cahiers 1957-1972, Gallimard,1997 

 

Sélection de sites établi par les documentalistes de Radio France

Cioran : une pensée contre soi héroïquement positive

Article de Liliana Nicoresco à propos de Cioran. Un héroïsme à rebours de Sylvain David, Les Presses de l’Université de Montréal, 2006

Site de la revue Analyses

Dossier sur le site canadien de l’Encyclopédie de L’Agora

Notice bio-bibliographique aux éditions de L’Herne

Cioran et le rire. Regards sur une pensée entre moralisme, religion et philosophie

Article de Constantin Frosin enseignant à l’Université Danubius/Galati

Revue de littérature comparée 2008/4 (n° 328)

Vision du temps. Cioran analyste de la réaction, de l’utopie et du progrès. Article de J.C Guerrini
Mots. Les langages du politique (1) n°68

La tentación de Ciorán

Por  Ana María Cano Posada – El Espectador (Colómbia), 24 de Marzo de 2011

“EXISTIR ES UNA COSTUMBRE QUE no desespero de adquirir. Imitaré a los otros, a los astutos que lo han logrado, a los tránsfugas de la lucidez, saquearé sus secretos y hasta sus esperanzas, feliz de poder aferrarme con ellos a las indignidades que conducen a la vida”: Ciorán.

Hago parte de una generación que no tuvo autoayuda para despertar al pensamiento. El desencanto de lo religioso nos impuso distancia de los breviarios donde había que desistir de vivir para obtener paraísos. Por eso fue un hallazgo encontrar pensadores atados a la existencia por contradicciones con los cuales acompañar la travesía haciendo más fuerte el temporal. No sobra aclarar que esta generación mía no tuvo distractores activados con los pulgares ni simultaneidad que atender para no perderse de la escena al parpadear. Caminamos hoy sobre los 50 años y todavía acudimos a estos lúcidos que nos despertaron a fogonazos con palabras exactas y hondas. El primero de mi propia lista es Emil Ciorán y cumple el 8 de abril 100 años de haber nacido. Lo fascinante es para mi gusto su inasible pasión por vivir espoleada por el desencanto.

Nació en Transilvania y fue feliz en la niñez a pesar de la dureza de su papá, un sacerdote ortodoxo fundamentalista. Mucho se ha dicho que su mamá le advirtió que de haber sabido lo que iba a sufrir mejor lo habría evitado. Dicen que a partir de esa frase Ciorán se sintió siempre un accidente. Cuando lo llevaron al liceo en Bucarest quedó roto su mundo inicial que debió estar hecho de naturaleza. Fue en la universidad de esa ciudad donde tuvo el feliz encuentro con el dramaturgo Ionesco y con el historiador de las religiones Mirceade Elíade que formaron un trío intelectual de rumanos de peso. Pero Ciorán se desapegó de su país y de su lengua para irse a vivir a París, a rondar por La Sorbona, a montar en bicicleta (y hasta correr un Tour de Francia) con la obsesión de fatigar su vitalidad. Aquel que para unos fue nihilista era amable para los que lo visitaban, que eran pocos porque temía a los demás. Ernesto Sábato, otro lúcido imprescindible, se encontró en 1989 con él en París y conversaron cuatro horas sobre la desazón como su propia manera de estar vivos y sentirlo. Como Elíade, Ciorán tenía cierto halo místico que hacía que le interesara el budismo por ser más cercano de la naturaleza y del vacío que de la religión.

El pensamiento de este hombre está entre Diógenes el cínico y Epicuro; escribió su obra en francés, y aunque le costaba hacerlo, era lo único que lo aliviaba. Su filosofía era la contradicción porque desconfiaba de todo sistema, aparato o tiranía. La amargura podía sublimarla con la ironía y el humor iluminaba sus desgarros. Le parecía sugestivo el suicidio porque era una ventana abierta a cada hombre, así nunca la usara (sólo se suicidan los optimistas, decía). Buscaba autores que lo apasionaran, casos humanos, seres capaces de confesarse y la autobiografía le interesaba, mientras que de la historia desconfiaba encarnizadamente. Su lenguaje tiene un acento que lo aparta de la filosofía y lo sume en la poesía como a Saint John Perse, a quien admiró, y a Nietzsche, al que acercan sus aforismos: una manera fracturada de expresarse que ilumina lo que dice.

Un escritor como Savater entregó a Ciorán su devota lectura, y tradujo su obra Breviario de podredumbre. “En todo profeta coexisten el gusto por el futuro y la aversión por la dicha”. “No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde vendrán? No importa”. Estos dos aforismos como degustación para los que leen tweets.