Cioran y Dios, juntos en las librerías (El País)

Se publica la versión íntegra en español de ‘Lágrimas y santos’, el gran libro del escritor y pensador rumano sobre la religión

Borja Hermoso, El Pais, Madrid, 1 septiembre, 2017 [fuente]

Hay que ser un clásico en vida para poder conservar de forma permanente e ilimitada el espíritu de la contradicción y, al tiempo, ser capaz de tejer una obra no solo de una profunda belleza, sino también de una perenne coherencia dentro del caos. Es, entre otros muchos rasgos, lo que enmarcó al personaje y la obra de Emil Cioran (Rășinari, Rumanía, 1911-París, 1995).

Un pensador tan atormentado como sarcástico y un escritor tan capaz de lo profundo como de lo aéreo: cuestión de fondo y forma, cuestión de sabiduría y de estilo en la aproximación a las cuestiones básicas de la existencia, incluido Dios ya sea como verdad, como duda o como mentira. La publicación por vez primera en español de la versión íntegra y directamente traducida del rumano de Lágrimas y santos (Hermida Editores), el gran libro religioso de Cioran, es una de las grandes noticias de este regreso al nuevo curso para los lectores en general y para los enemigos de las inamovibles certezas en particular.

La traducción de este libro incómodo y digamos no excesivamente fácil (ríspido de verdad en algunos tramos) corre a cargo del argentino afincado desde hace más de 30 años en España Christian Santacroce. Lo menos que puede decirse es que sabe de lo que habla. Hace ya muchos años que Santacroce leyó en la Universidad de Salamanca su tesis sobre la dimensión religiosa de la obra de Emil Cioran. El presidente de aquel tribunal calificador es la persona que más y mejor ha conocido e interpretado no solo los escritos del Cioran, sino al propio autor: Fernando Savater, que resume así en tres líneas el vaivén conceptual del escritor y la cuestión que aquí importa: “Cioran fue siempre un pensador religioso… lo que pasa es que es un religioso contrariado. Nunca le perdonó a Dios que no existiera”.

Savater aparca las correcciones de su artículo del fin de semana y regresa –eterno retorno- a Cioran con motivo de Lágrimas y santos, un abrumador ejercicio filosófico sobre lo trascendente y alrededores: “El tema de lo trascendente, de lo absoluto, etcétera, es su tema prioritario, sin duda. En un momento dado, Cioran se da cuenta de que ha perdido la vieja relación que tenía de joven con la religión, y ya no sabe cómo compensarlo. De joven fue alguien con una fe ciega en lo absoluto, y por eso se acercó no solo a Dios sino a movimientos que perseguían ese ideal absoluto como la Guardia de Hierro, primero, y los nazis después: porque tenía ese afán de algo definitivo, y porque fuera de eso todo le resultaba tambaleante, pútrido”.

En este libro, Cioran, hijo de un sacerdote ortodoxo rumano y lector compulsivo de Nietschze, de Schopenhauer y de Kant, da rienda suelta a sus devaneos a veces conmovedores y a veces terribles, en torno a Dios, Jesucristo, los santos y la experiencia mística (que dice haber probado en sus largas noches de insomnio). Cioran escribe Lágrimas y santos en rumano entre 1936 y 1937, mientras era profesor de Filosofía y Lógica en un instituto de la ciudad de Brasov, y publica el libro en 1937, año en el que abandonaría Rumanía para establecerse en París. Llevaba más de un año sumergido en la lectura de Shakespeare, de la vida de los santos –a quienes parece aborrecer- y de místicos como Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz –a quienes confiesa adorar-. Tenía 25 años y era una pequeña celebridad, pues ya había publicado títulos que siguen siendo esenciales en su obra como En las cimas de la desesperación o El libro de las quimeras. La publicación del libro solo le trajo problemas personales: su familia se aparta de él, y uno de sus mejores amigos, el también escritor Mircea Eliade, le ataca con dureza.

“La vida no es sino una constante crisis religiosa, superficial en los creyentes, perturbadora en los que dudan”, escribe Cioran, que persigue en teoría el ideal de santidad (“¿llegaré algún día a ser tan puro que no pueda reflejarme sino en las lágrimas de los santos?”) pero que en la práctica no soporta a estos enviados especiales de Dios: “Todo habría sido mejor sin los santos. Nos habríamos ocupado cada quien de lo suyo y estaríamos contentos con nuestras imperfecciones. Su presencia, en cambio, provoca complejos de inferioridad, desprecio y envidias inútiles. El mundo de los santos es un veneno celestial”.

En opinión de Christian Santacroce, traductor de la obra, “la visión de Cioran de la existencia y todo lo que él expresa en torno a ella viene de un sentimiento religioso, aunque continuamente paradójico. Su sentimiento de la existencia está constantemente saltando de un polo a otro, de la negación a la afirmación… puede que fuera una persona religiosa a pesar de sí mismo”.

La edición de Lágrimas y santos que el próximo lunes llegará a las librerías rescata la versión original e íntegra de la obra. La versión en español que podía leerse hasta hoy se basaba en una traducción francesa realizada en los años 80 a partir de las numerosas amputaciones que el propio Cioran aplicó a su libro. “Cortó muchas cosas del escrito original, creo yo, por una especie de reparo hacia el público francés”, explica Santacroce, “no creía que el lector francés fuera a comprender bien ese desgarro de tipo religioso”.

En su opinión, el Cioran francés no es el rumano: “Se ha estilizado para poder presentarse a su nuevo público. Es un autor que utiliza mucho más la ironía y el sarcasmo, pero sobre todo con respecto a sí mismo. Y eso incluye sus reflexiones acerca de la religión. El Cioran rumano, el de juventud, es mucho más insolente y arrogante, y ese es precisamente el encanto de esa etapa de su obra”, argumenta el traductor. Y coincide en su visión de las cosas con Fernando Savater, que matiza: “Lo que diferencia a los libros de la primera época de Cioran, los de su etapa rumana, es que son más crudos, más desesperados y sin bromas alrededor”.

En Cioran, contradicciones y vaivenes conceptuales y filosóficos, todos. Bromas, en efecto, pocas. Sirva como demostración este martillazo hacia el mismo Dios que, pocas páginas antes, había adorado: “La creación del mundo no tiene otra explicación que el temor de Dios a la soledad. En otros términos, nuestro rol, el de las criaturas, no es otro que distraer al Creador. Pobres bufones del absoluto…”.

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“Cioran ou la maladie de l’éternité” (Pierre Nepveu)

Pierre Nepveu “Cioran ou la maladie de l’éternité .” Études françaises 371 (2001), “La construction de l’éternité”: 11–21. DOI : 10.7202/008838ar [Pdf]

« Éternité: je me demande comment, sans en perdre la raison, j’ai pu articuler tant de fois ce mot. » Un homme revenu de tout, qui a presque atteint l’âge de 70 ans, se retourne étonné sur son passé et constate le pouvoir extrême qu’a eu sur lui un terme à la fois simple et grandiose, un concept fait pour les religieux, les saints, les mystiques, une notion sans contours qui, comme d’autres qui fraternisent avec elle, absolu, infini, immortalité, paraît propice aux pensées vagues et exaltées, aux fuites vers le pur silence de la contemplation. Éternité: pas même une phrase mais simplement un mot, une pure exclamation, comme dans la bouche enfantine de sainte Thérèse d’Avila qui « à six ans lisait des vies de martyrs en criant : “Éternité ! éternité !” » (O, 289).

Inséparable d’une profonde imprégnation dans la souffrance et d’une imminence de la déraison, la notion d’éternité paraît ainsi liée chez Cioran à une épreuve des mots, plus précisément à une expérience limite de la langue, là où celle-ci atteint une sorte de paroxysme de la précarité, là où, par trop d’intensité, elle risque de sombrer dans le nonsens. La forme de l’aphorisme, expression privilégiée du « classicisme »
de Cioran et de son moralisme pervers, aura toujours été inséparable chez lui de cette expérience panique de la langue : « Ne cultivent l’aphorisme que ceux qui ont connu la peur au milieu des mots, cette peur de crouler avec tous les mots» (O, 747). Malgré la tournure impersonnelle, on peut être sûr que l’homme qui énonce cette pensée a vécu le plus intensément possible cette peur, la proximité effrayante d’une catastrophe sémantique, d’une gigantesque et fatale déroute du langage… [+]

Paroxismo de un ateo. Teresa en Cioran

Teresa, de la rueca a la pluma

ciornPedro Paricio Aucejo

A principios de la década de los años 70 del siglo pasado, Fernando Savater introdujo en el mundo académico español la obra del escritor y filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995). Este intelectual provocador, de pensamiento controvertido y a contracorriente de lo establecido fue, en su época, el gran teórico del escepticismo, la desesperanza y el fracaso. Preocupado por asuntos como la futilidad y decadencia de la vida, el aburrimiento, el absurdo, el sufrimiento, la agonía, la tiranía de la historia o la muerte (se sintió atraído por la idea del suicidio), su obra manifiesta una multitud de sentimientos intensos e incluso violentos que la envuelven en una atmósfera de amargura y tormento. Tan solo la ironía y la dominante tensión lírica de su pensamiento contrarrestan la expresión fuerte y apasionada de una producción escrita en modo aforístico.

Intensamente marcado por el ambiente religioso de la sociedad en que…

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“Cioran y Teresa de Ávila”, por José Ignacio Nájera (Esp)

Texto inédito de José Ignacio Nájera, autor de El universo malogrado – carta a Cioran (Murcia, Espanha, 2008), a proposito del V centenario del nacimiento de la santa y mística española

“Es un error no admitir más que la variante religiosa del éxtasis”
E.M.Cioran, En la cimas de la desesperación

Si no hubiera ateísmo, Dios estaría exhausto, nos viene a decir Cioran. Nuestras oraciones y nuestros irritantes y exigentes monólogos con lo Alto no son sino componentes del eterno berrinche divino. Y para mayor abundamiento, la santidad y sus usuarios en general son los más culpables de semejante desgaste. Y en especial los santos místicos. Y más aun los místicos españoles. Y en concreto santa Teresa de Ávila.

La santa española, de la que se conmemora su quinto centenario, no le fue indiferente ni mucho menos al escritor franco-rumano. Más bien lo mantuvo obsesionado durante un periodo de su vida, en la etapa en que el fenómeno místico lo encandiló hasta el paroxismo. Luego, como él mismo diría, los místicos dejaron de interesarle, ¡sobre todo ellas, las santas y las ardientes monjas! En cualquier caso, fue un fenómeno de juventud que no abandonaría hasta los inicios de su madurez.

El encuentro de Cioran con santa Teresa requeriría una cierta contextualización previa. Esta empezaría por la relación de Cioran con España. Una relación de admiración y fascinación como confesaría repetidas veces (no en vano dijo que le hubiera gustado ser español). España (y Rusia) le parecía que era el contraste perfecto con el resto de la civilizada Europa. Quizá nosotros —mejor, aquellos otros españoles con los que Cioran se rozó, bien a través del conocimiento, bien en sus lecturas— representábamos como nadie esa facción más instintiva, ardorosa y natural del continente europeo (eso que, y en otro contexto, tópicamente se denominó la furia). Pero, según él, también somos, en una especie de dialéctica inconclusa, una muestra de lo que es el desencanto y la ruina. Es decir, la llama junto a la decadencia. Eso al menos es lo que ha destilado al hilo de sus lecturas de nuestro Siglo de Oro y sobre todo de Unamuno y de Ortega. Santa Teresa obviamente pertenece a la tribu de los ardientes, pues nadie hay más ajeno que ella a la rumia decadentista.

Dado su interés por lo español, no le fue difícil detectar la figura de la famosa mística; de hecho, ella es una de las luminarias hispánicas con más interesantes e intensos destellos. Y conste que este requiebro se queda corto al lado de lo que Cioran dijera de ella: “Si España fuera un cíclope, Teresa de Ávila sería su ojo”. ¿Hay quién dé más?

Según esto, pareciera que todo encajara a la perfección, pero… ¿no estamos en el caso del rumano ante un ateo confeso?, ¿no es Cioran en el fondo, y en la superficie, un ejemplo de la antirreligiosidad?, ¿un fustigador de lo sacro? Entonces, ¿a qué esta fijación con la santa? Sin duda que se trata de una inversión y de una admiración del gesto, de la contorsión hacia lo divino (eso que no está o que tal vez sea un dios decepcionado, incluso malvado). En el fenómeno místico Cioran ve una extremosidad, y como tal anomalía siente que lo cautiva. No es tanto el amar a Dios sobre todas las cosas lo que llama su atención como el espectáculo que supone. El joven Cioran que tan amante era de la intensidad no se iba a privar de escrutar esa pléyade de intensos que fueron los místicos. No estaba muy lejos una infancia de educación cristiana en casa de un pope ortodoxo como fue su padre, ni había olvidado aquella tensión vacía que le provocaba una moral tan religiosa como inaceptable. Todo aquello empujó al adolescente a la patria del nihilismo y la descreencia. En efecto, había que aprender a deshacerse de ese pasado reciente: había nacido creyente, al menos oficialmente. Si la niña Teresa soñaba con el martirio a manos de los infieles, el joven Cioran empezó a robustecerse alanceando cualquier vestigio religioso. En algún momento llegó a alardear de que sus capillas eran los burdeles y el alcohol su sacramento preferido. Bien, unos creen para salvarse de la angustia existencial y otros descreen para librarse de la asfixia religiosa. Su caso, está claro, pertenece al segundo tipo de opresión.

Cuando ingresó en la universidad para estudiar Filosofía su nihilismo se hizo más libresco y compulsivo. Al poco de licenciarse, apareció su primer libro publicado en rumano, en 1934, En las cimas de la desesperación. Fue una proclamación programática de todas sus hieles y sus desavenencias. Contra todo y contra el Todo. Pero ya en esa alergia metafísica Cioran toma conciencia del carácter  extático de la desfundamentación. Que no haya certezas últimas ni lechos de roca en los que descansar puede ser desesperante, pero también exultante. Bastaría con detenerse y examinar nuestra sed de incondicionado y nuestra ansia de sentido, y cotejarlas con el silencio de la existencia para preguntarnos: ¿qué culpa tiene lo real de nuestras expectativas?, y sobre todo, ¿qué obligaciones? De este simple cotejo no se puede derivar sino el sonrojo. En efecto, no hay nada, salvo la embriaguez de la nada. La borrachera de una perplejidad que se anuncia perpetua.

Por eso no es de extrañar la sorpresa que aconteció al poco. Fue un par de años más tarde cuando apuntó por primera vez la figura de santa Teresa en sus escritos. Al final de El libro de las quimeras, en un apartado sobre la santidad, Cioran nos brinda una extraña y original apología sobre Teresa. Simulando arrimarse “a la sombra de las santas”, nos proclama su admiración: “Santa Teresa de Ávila me ha enseñando de las cosas terrenales, pero sobre todo de las cosas celestiales, más que todos los grandes filósofos”. Y dice que no le molestaría que lo llamaran discípulo de las santas. ¡Ni siquiera los poetas llegan a su altura! Músicos, poetas y santos son las únicas catapultas que nos redimen de este mundo circunstancial, los únicos que nos hacen olvidar que efectivamente estamos en un valle de lágrimas. Pues bien, de toda esa legión de redentores Cioran destaca a santa Teresa, y nos dice que las horas pasadas ante sus escritos fueron las que más extractivas le resultaron. Gracias a ella dejaba de ser él. Y gracias al anhelo teresiano de la otra vida aprendió a despreciar esta de aquí. La vida terrena quedaba reducida a sus justos términos: hueca ceniza como la espuma. El incrédulo Cioran creyó que podía vivir como una santa, no haciendo caso a la inanidad del mundo y considerando a la muerte como el mejor aliado: cuanto antes mejor.

     Y luego estaba la metodología. La santidad, y en su extremo el martirio, no entiende de ideas ni pensamientos, ni apela a ningún tipo de inferencia, solo da pábulo a lo que el corazón ofrece y demanda. Miel sobre hojuelas para el lirismo de aquel joven Cioran que se vanagloriaba de ser irracionalista. En efecto, nada acorta tanto el discurso como el extremo amor a lo trascendente, al lado de la divinidad todo es brizna. Unirse a Dios en la experiencia mística es el paradigma de la intramitación. Teresa de Ávila y la mística en general eran su coartada perfecta para sus ejercicios espirituales… sin Dios, o incluso contra Dios.  La jaculatoria, la interjección religiosa, el gemido sacro…, son el mejor atajo para evadir las excusas que la razón exige. La explosión de la fe que conlleva el éxtasis invalida todos los discursos, pues quien está en Dios, o en el vacío, ya no necesita hacerse entender. Ciertamente, nos dice Cioran, a estos especímenes, a santa Teresa, no se les puede leer con ojos objetivos, y si uno se acerca a ellos solo es desde el interés del fervor, de la estética, o, en su caso, desde la admiración de su intensidad y pasión: ojalá su increencia puntuara tan alto.

     Cioran se sabe, sin embargo, perdedor de antemano. Teresa de Ávila tenía a Dios cautivo en su prisión de amor, ¡estaba casada! Él, por contra, sabe que es un místico sin Dios, tal vez una víctima de la “muerte de Dios”, y que sus fiebres y sus delirios solo tienen como destino la esterilidad. Sus insomnios, sus meditaciones y su empecinamiento con el absurdo no le supondrán el más mínimo alivio comparado con el autoenaltecimiento de la santa. Teresa de Ávila tiene muy claro adónde va y espera con alegre ansia su destino final, por eso no le importará todo lo que deja atrás. Cioran, sin embargo, gira alrededor de una tremenda y trágica noria cuya única producción es más y más lucidez por captar el sin sentido. Nunca tanta inteligencia al servicio de tan poco. Ni siquiera fue capaz de disfrutar de algún matiz de la inmanencia: como muy bien repitió, nada le merecía la pena. No supo ser ni mínimamente epicureísta, y siempre que hablaba de gozos lo hacía con la mediación del inconveniente o con la sombra del trastorno que todo lo desbarata. Solo se salva su fruición de la música, y no siempre, pues cuando regresa de su audición se postra aun más. A la postre, hasta nos es difícil de creer su éxtasis del desencanto y su profesionalismo de la desdicha.

     Por eso no aguantó mucho tiempo su visita a los místicos, tal vez por no poder mantener su potencia de envidia. En 1949, en su Breviario de podredumbre (ay, ese libro que demarca tantas cosas en Cioran) ya vemos que cambia el tono. Y no es para menos: estamos ante el otro Cioran, el francés, el Cioran exclusivamente escéptico, el despolitizado sin vuelta atrás. Ese Cioran ya habla en pasado de los místicos y los santos, incluida santa Teresa, y se lamenta de las horas dilapidadas con ellos. Da la impresión de que se le hubiera agotado su curiosidad por la voluptuosidad mística. Entonces es cuando su anterior incondicionalidad se torna en reproche y cuando esa exaltación extraordinaria que era la santidad es catalogada como pura enfermedad, como mera histeria. Y en La tentación de existir el tratamiento que hace de ellos (“El comercio de los místicos”) es aun más distanciado y descriptivo, Cioran ya no empatiza con sus antiguos maestros. Los santos, en el fondo, nos dice Cioran, no son sino unos viciosos de la cruz, unos maniáticos del interés por la divinidad. Y es ahora cuando los empieza a considerar como unos acosadores de Dios, como unos visitantes pelmazos que no le dan la más mínima tregua. ¿Pero es que el mismo Dios no se resentiría de semejante acaparamiento?, ¿es que no necesitaría de un desahogo?, ¿un impasse en su consideración? Seguro que sí.

     Y ahí está él construyendo ese pequeño volumen llamado El aciago demiurgo para darle a la divinidad una vacación ante tanta dulzonería. De entrada, arguye Cioran, es dudoso que el Creador sea un dios bueno, y menos aun omnipotente. Es seguro que con ambos atributos no habría manufacturado un universo como este. ¿Pero, y sabio? Tampoco. No, no cuadra la omnisciencia con semejante empresa: junto a un poco de belleza conviven demasiadas anomalías. Este mundo es un híbrido cruel de catástrofes y bendiciones, y sobre todo… parece ser que, además, no nos ha sido dado comprender. Y así se podría seguir, objeción tras objeción. Sin embargo, ironías de la vida, a Él se le suele llamar Padre. ¿O es que no son el mismo?

Sin duda que ante tanto cabo suelto la unción y la piedad se toman un respiro, la teología se diluye y la moral se desfonda, pero, ¿y el místico? Allá él con su dada, ironiza Cioran. Si el místico persiste es porque vive con una deidad generada a su modo y manera, porque su versión de Dios es tan particular que no hay dogma que la derribe. Incluso en estos tiempos de increencia nos resulta un tipo simpático por su expediente de frenesí y contestación. Simpático pero lejano, pues si conviviéramos con él  nos agotaría con su energía.

Así, pues, la despedida de Cioran de los místicos tiene algo de liberación: lo devuelve al escepticismo total. Ya no cree ni en la razón ni en el instinto, y cualquier presencia de intensidad, sea en la dirección que sea, le parecerá un derroche sin sentido. Hasta la propia vitalidad le resultará un don innecesario, un regalo envenenado, pues el desengaño no requiere de ninguna fuerza motriz. Quizá se pueda decir en su contra que Cioran no captó del todo la dimensión de la mística, que se asomó a ella como a un espectáculo que creía homólogo al del vacío. Y todo por su falta de fe positiva, una falta que le hizo olvidar que la letra no era la experiencia de lo inefable, sino solo su pobre símbolo. En cierto modo, el rumano se quedó prendado de la narración, pero no de lo que estaba más allá de ella. Y cuando, a base de releerla, se le marchitó, la gracia desapareció.  Y Cioran se quedó solo con la fanfarria de su desolación.

© Todos los derechos reservados – José Ignacio Nájera
06/01/2015

Cioran et les mystiques

Voici en français le deuxième des quatre ouvrages que Cioran écrivit dans sa langue natale, en 1936, à l’âge de vingt-quatre ans (1). Avant qu’il ne devienne l’écrivain français qui, après dix ans de séjour à Paris, se forgerait un style soustrait par la mesure aux flammes et aux coups de vent caractérisant ses livres roumains -dans lesquels il prônait l’élan barbare de l’inspiration, le “chant du sang, de la chair et des nerfs” du lyrisme, considérant l’état “chaotique et maladif” comme indispensable à la création, pour s’écrier enfin : “Vivons dans l’extase de l’illimité, aimons tout ce qui ne connaît pas de bornes, détruisons les formes et créons le seul culte qui en soit exempt : celui de l’infini.”

Ceux qui admirent en Cioran un sceptique professionnel -dont, au reste, l’ingénieux pessimisme produit sur l’esprit, comme celui de Voltaire, le contraire de l’abattement- croient pouvoir imputer à son passage d’une langue à une autre certaine métamorphose concernant aussi bien son écriture que sa pensée. En fait, ce qu’un esprit hâtif pourrait désigner comme une rupture ou un véritable changement dans son oeuvre, n’est qu’une toute naturelle évolution. Celle-ci apparaît déjà évidente dans la période roumaine de l’écrivain, une discipline s’imposant, peu à peu, livre après livre, à la véhémence et à l’ivresse de l’expression, en même temps que se produit un déplacement du point de vue, en regard de hantises que l’écriture, au lieu d’atténuer, rendra indélébiles. Car, soit dit par parenthèse, Cioran est, plus que celui des idées, l’homme de quelques obsessions, qu’il serait vain de classer parmi les philosophes _ ces “pauvres agents de l’absolu (qui) font profession de prendre le monde ” au sérieux”.

Ainsi, celui qui naguère appelait la musique et la mystique “ces deux excuses de l’homme”, ne faisait que résumer les thèmes majeurs qui se trouvent à l’origine du Livre des leurres, où ils s’entrelacent et se répondent sans cesse au fil des pages, ouvrant, ici et là, des percées dans le tréfonds de l’être et, par moment, dans une sorte d’impossible au-delà.

La musique, qui désagrège et réduit notre substance à un rythme pur, nous faisant parvenir à une immatérialité douce “où chercher encore le moi n’a plus aucun sens”; qui, avec Bach, “donne un contour sonore à la conception chrétienne du désaccord absolu entre temps et éternité”; et, avec Mozart, nous apporte “la preuve de l’existence du paradis par le “désir””. Alors que d’autres compositeurs suscitent en nous une manière de remords métaphysique, une inquiétude morale en marge de la vie: “Vous n’avez aucune faute à regretter, vous ne vous souvenez de rien, mais le passé vous envahit d’un infini de douleur.”

Puisque si la lutte contre nos propres afflictions est si difficile, c’est parce qu’il existe en nous un fond de tristesse indépendant des causes extérieures, un socle impossible à desceller. Et qu’ “il n’y a pas de destin sans le sentiment d’une condamnation et d’une malédiction”.

Quant à la mystique, que Cioran considère comme une irruption de l’absolu dans l’Histoire -et dont les derniers bredouillages lui semblent plus proches de Dieu que la Somme théologique-, elle flambe et clame et gémit dans ces pages. Surtout à travers l’évocation des mystiques femmes, davantage dans leur rôle, à ses yeux, que les hommes, à cause sans doute du rapport amoureux, plus naturel, que les uns et les autres établissent avec le Christ (2).

Certes, l’oeuvre de Thérèse d’Avila -la seule, parmi les femmes, à avoir vraiment analysé ses visions pour dénicher la part d’imaginaire qui aurait pu s’y mêler- aura compté pour Cioran presque autant que le Livre de Job ou l’Ecclésiaste, et pas moins, en tout cas, que les ouvrages de Kierkegaard. Mais, ici, on le sent surtout fasciné par ces folles de leur âme que sont les Angèle de Foligno, les Maria Maddalena de’Pazzi, et bien d’autres que l’Eglise a toujours regardées avec suspicion ; parce qu’elle, l’Eglise, se méfie de la chair, et qu’elles, elles affirment, faisant bloc avec leur corps, leur ignorance de l’obstacle les séparant de Dieu -ce Dieu qu’elles ont trouvé et vu et entendu, alors que les théologiens, de leur côté, cherchent, vaille que vaille, à le rendre possible.

C’est qu’elles captent des images sans relation avec les dogmes et, par conséquent, peu utilisables pour étayer la doctrine; et que leur émotion, en outre, suffit à les renseigner sur l’objet qui la provoque: Dieu en personne.

Aussi bâtissent-elles une connaissance par elles-mêmes, n’essayant pas d’expliquer l’inconnu, du moment où elles s’identifient à celui-ci. Mais ce qui effare encore plus l’Eglise, c’est la jouissance latente des corps ainsi confrontés: le leur, et celui du dieu incarné, le Fils: leur corps, comme dans l’érotisme, n’a fait que poursuivre le moment extrême où le plaisir ridiculise la pensée et où, le temps d’une extase, il a contenu l’infini.

Or -et cela a dû combler Cioran- la traversée de la Divinité par ces mystiques, débouche souvent dans le plus pur néant. Angèle de Foligno le chante : “Oh! néant inconnu! L’âme ne peut jouir d’une plus belle vue en ce monde qu’en observant son propre néant, tout en restant dans sa prison. “Tandis que Maria Maddalena de’Pazzi -laquelle, revenue sur terre, ne se souvenait de rien- soutient pour sa part que l’amour suprême de Dieu est l’amour mort, lequel ne désire, ni ne cherche, ni ne convoite rien : “ni Le connaître, ni Le comprendre, ni en jouir”.

Et Cioran d’en jubiler : “Gâcher sa vie pour rien, toucher au sublime dans l’inutile absolu!”, disait-il alors, tout jeune homme, dans ce livre où, pour ce qui touche au style, on voit bien qu’il incline déjà à condenser ses hantises en aphorismes -ce “genre” où il excelle, non sans le décrier: n’assure-t-il pas qu’il est cultivé uniquement par ceux qui ont connu la peur au milieu des mots, la peur de crouler “avec tous les mots”?

C’est juste, mais c’est aussi vouloir oublier -par modestie- que l’âme s’émerveille que le mot juste et la phrase brève et pure lui fassent entendre le long discours antérieur de la pensée. Car l’aphorisme est cette concrétion précieuse, ce diamant dans le chaos, auquel, seule, la vraie littérature est en mesure d’aboutir. Et d’où elle peut renaître, émoustillée, éprise d’un autre songe, pour exploser, gerbe d’étoiles soudaines, dans un secret lendemain.

HECTOR BIANCIOTTI
© Le Monde 1999
Le 04 Décembre 1992