“El hombre y su inconsistencia. Rasgos de una lectura antropológica en la filosofía Gomezdaviliana” (Pablo Andrés Villegas Giraldo)

Artículo de Pablo Andrés Villegas Giraldo (pavillegas@utp.edu.co)

La filosofía del pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila parece estar en una constante tensión entre el escepticismo y la fe. A lo largo de su obra y en gran parte de sus apuntes se puede ver esa actitud descreída que provoca la duda filosófica; lo mismo que en algunos otros ratifica su total confianza en Dios y en la Iglesia preconciliar1, vista ésta no sólo como ejemplo de gobierno jerárquico perfectamente organizado, sino como educadora: madre y maestra (mater et magistra). Tanto para defender sus propios argumentos como para atacar y criticar a sus adversarios se vale de su fe a través del descrédito de los ideales de la razón, de la ciencia, de la técnica, de la democracia, de la modernidad y del progreso, entre otros. Pero no se crea que el autor de este trabajo tenga la intención de reducir el pensamiento de Don Nicolás a esa tensión expresada al comienzo. No, ni más faltaba, y mal haría en pretenderlo, ya que la obra de Gómez Dávila es irreductible, tiene miles de matices aquí y allá que no se pueden contener todos en una sola línea de lectura, que están de ese modo estructurados enriqueciendo su pensamiento.

Sin embargo, si tuviéramos que rescatar un rasgo, si fuera necesario determinar ¿qué es lo que “unifica” la filosofía gomezdaviliana? concluiríamos sin equívoco que es esa tensión entre el escepticismo y la fe. Los enemigos de don Nicolás son los enemigos de la fe católica que se alzan como estandarte en la modernidad y que son tomados como prototipo en los años siguientes, estos son entre otros: el progreso, la técnica, la democracia, la moda, la razón divinizada, el hombre emancipado de Dios, etc. y para luchar contra estos enemigos reviste su pensamiento de escepticismo, para atacarlos con las armas de la duda, de la ironía, de la indeterminación, pero también con la máxima, con la sentencia, con la conclusión irrefutable, con la expresión dogmática amparada en la tradición. Para este combate Gómez Dávila recurrirá a un arcaico estilo de escritura en el que se cuentan los más antiguos y clásicos fragmentos al igual que los más recientes aforismos.

Don Colacho, como lo llamaban cariñosamente sus amigos más cercanos, prefiere no nombrar a sus apuntes como “aforismos” sino solamente escolios. El aforismo es -según la definición más aceptada- una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte, y en este sentido los apuntes de don Nicolás no tienen nada en común con estas aspiraciones, si bien algunas de sus frases son tan breves que caben en seis o siete palabras, algunas otras suman varios renglones; por otro lado las frases de Gómez Dávila no muestran ninguna intención de adoctrinar sino que son ocurrencias que se van acrisolando con el pasar de los días, que se alimentan con las lecturas del autor y que finalmente caen sobre el papel como una gota de lluvia, condensadas por la paciencia y la espera. De tal suerte que estos apuntes no son más que eso: notas al margen, es decir, escolios. Quizás, tampoco se pueda reducir la obra del bogotano a una forma específica y tengamos que contentarnos con analizar cada fragmento dentro de sí mismo y/o recurriendo a algunas relaciones con el resto de su obra, pero sin llegar a definir de manera estricta cuál sea la forma o el estilo de escritura.

Por otro lado, un escolio es una nota marginal que se hace sobre un texto. Esta es una práctica muy antigua que se remonta a los copistas alejandrinos y que fue ampliamente practicada por los monjes medievales, quienes tenían la difícil tarea de transcribir símbolo por símbolo, o letra por letra, tratando de no alterar en nada los textos clásicos, ya fuera que se tratara de obras filosóficas o literarias. Este ejercicio que se puede comparar a una difícil pintura fue el que permitió que muchas obras antiguas se conservaran hasta nuestros días, previo a la aparición de la imprenta. Además de ello, existía entre estos amanuenses hombres más dotados intelectualmente que habiendo comprendido el oscuro sentido de algunos textos se aventuraban a comentarlo, unas veces de forma breve (escolio) y otras extensa (glosa).

Don Nicolás no es un amanuense pero sí puede ser considerado un escoliasta y el texto que comenta es el gran meollo de su obra, oculto entre sus líneas nos sale al encuentro un Texto Implícito que algunos han osado definir. Un texto implícito que puede ser su obra, su vida, su biblioteca, la democracia, el reaccionarismo, la tradición occidental, el hombre, Dios, entre otros muchos, un texto implícito que no es uno sólo, sino que es el conjunto de todos los textos implícitos que habitan el pensamiento de Don Colacho. Pensamiento que se tiende desde Textos I y Notas hasta el último de sus escolios. Tampoco, y en esto hay que ser radicales, se puede reducir lo que contenga ese texto, no se puede determinar de ninguna manera qué es lo implícito en su obra, ni aunque él mismo entre risas nos lo contara. Porque, como ya se dijo, no es un solo texto el que está comentando sino muchos, todos y cualquiera de los mundos que habitan su gran biblioteca.

Su obra es comparable a una pintura -como él mismo lo dice-, a un autorretrato. Sus frases, así breves, “son los toques cromáticos de una composición pointilliste2. Este término hace referencia al estilo con el que algunos autores de finales del siglo XIX pintaron sus cuadros, el procedimiento empleado en esta técnica consiste en poner puntos de colores puros sobre el lienzo en vez de pinceladas; de ello resulta una “combinación” de tonos que deja la sensación deseada al ser mirados a cierta distancia. El lector de la obra de Gómez Dávila debe tener en cuenta esto para que sepa alejarse o acercarse en busca de la combinación armónica de la que resulta el retrato que ha pintado el bogotano: “Filosofía pointilliste: se pide al lector que gentilmente haga la fusión de los tonos puros3. Se puede afirmar sin duda que de la filosofía gomezdaviliana brota el retrato del hombre, ese hombre que es en el fondo el sentido de toda investigación filosófica y, que en Nicolás Gómez Dávila es el sentido y fin de su reaccionarismo, puesto que más que un reaccionario político o religioso, el filósofo bogotano es un reaccionario moralista. Esto se puede afirmar basados en que su propósito como se afirmara unos párrafos antes es describir al hombre que vive entre fragmentos, su escepticismo antropológico aunque suene a juego de palabras no es más que una antropología reaccionaria.

Esta posición parte de poner en claro que no se trata de pensar un hombre idealizado, irreal, o en este caso irrealizable, sino más bien del hombre frágil, del hombre que avanza de a pie -como diríamos coloquialmente-, de ese hombre que nace rebelde, inasible, esquivo, cuya naturaleza repugna4, cuya condición deplorable se ha querido embellecer con una idea falsa de dignidad humana basada en la divinización de la razón; pero ese hombre hecho dios no es el hombre real, no es el hombre concreto, es un ideal de hombre inalcanzable producto de una mentalidad confundida por la inaceptación de la condición humana tal como se manifiesta en su cotidianidad. Un par de fragmentos tomados de la obra del bogotano nos demuestran esto que se ha dicho: “El hombre asegura que la vida lo envilece, para esconder que meramente lo revela5, “El amor que tienen por el hombre del futuro está constituido por su odio al hombre de carne y hueso6. El primero se refiere al no acatamiento de la condición del hombre, a esa tendencia que se inclina por embellecer y deslumbrar a partir de una “razón triunfadora”, del engaño que revela Pascal cuando afirma que el hombre no es más que mentira, no es más que falsedad, capaz de ocultarse de sí mismo; la vida es en realidad la que desenmascara al hombre y lo deja ver como es en realidad, no como el hombre embellecido y mistificado, sino como un hombre de carne y hueso. De este hombre sin máscara diría Miguel de Unamuno: “este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos7, este hombre concreto es el que pretende pintar Don Nicolás, es el que podemos ver cuando juntamos los tonos puros de su composición.

La vuelta por el hombre es una solicitud permanente en la obra gomezdaviliana8, más allá de la crítica que realiza a la máquina moderna y toda su parafernalia progresista, el pensador de Los Andes propone volver la mirada sobre el hombre y apartarla de la máquina, por ejemplo piensa que el moderno debería humanizar la técnica antes que tecnificar al hombre, esta preocupación se debe a que cada vez crece más la ausencia de humanidad en el hombre, a que el hombre cada vez es más frágil, a que está más perdido en medio de un mundo más tecnificado, a que entre más elemental y necio es el hombre la máquina moderna parece cada día ser mucho más compleja. Sin embargo, también descubre que al hombre moderno parece no importarle su propia decadencia, hasta el punto de no prestarle atención a su propio conocimiento, de abandonarse a su suerte en medio de su propia ignorancia llegando al punto de conocer más el mundo y conocerse menos a sí mismo.

Aquí no se muestra más que una manera de leer esa vuelta por el hombre que le parece a Don Colacho, no sólo urgente sino, necesaria. Desde que trazó su derrotero en Notas (su primer libro publicado) se planteaba una solución frente a la barbarie de la existencia: “imposible me es vivir sin lucidez, imposible renunciar a la plena conciencia de mi vida”9, haciendo referencia con ello el principio socrático que reza una vida sin reflexión no merece ser vivida. En este propósito que se traza Don Colacho, y que intenta cumplir hasta el último día de su vida, se deja ver el principio délfico antiguo gnóthi seautón (conócete a ti mismo) que deriva en las técnicas del cuidado de sí. En este orden de ideas vivir una vida lúcida implica estar consciente de sí mismo, de los límites de su condición, de su incapacidad; pero también de sus alcances y sobre todo estar dispuesto a cuidar de su alma. En otras palabras, y si extendemos esta confesión del bogotano, es imposible que el hombre viva realmente si no es haciéndose consciente de su condición de creatura: frágil, fragmentado y, de hecho, inconsistente, puesto que desde la mirada escéptica de Nicolás Gómez sólo hay dos formas de que el hombre asuma su condición, o se vive a sí mismo como angustia10 o lo hace como creatura11.

La alternativa que propone Nicolás Gómez Dávila ante el sinsentido de la vida es por un lado la religión y por otro el arte. Tanto las expresiones artísticas como el espíritu religioso son insustituibles, inevitables, y de hecho fundamentales para comprender esa terrible tragedia que es la existencia misma del hombre. Por un lado el arte recoge esa expresión natural y profunda del hombre, esa manifestación del alma humana a través de los sentidos: en los colores, las superficies, los sonidos, etc.; por otro lado la religión le abre el horizonte al hombre que comprende finalmente que su vida no termina con la muerte y que al dar ese último paso en la existencia lo espera otro futuro. El espíritu religioso al igual que el arte le brinda esa confianza de trascendencia al ser humano, esa posibilidad de prolongarse indefinidamente. Puesto que la religión, al igual que el arte, responde a ese carácter humano de la fascinación por lo efímero en el que se dan de manera simultánea el presente y el pasado, el presente como ese fluir que se nos esfuma como agua entre los dedos, el pasado como esa posibilidad de prolongarnos, de conservar y retener lo fugitivo, y es el arte, en cuanto esfuerzo creativo el que nos permite permanecer, el que perpetúa los instantes a través de su lenguaje. Así mismo el espíritu religioso busca prolongar los instantes, este le sirve de indicio al creyente devoto sobre su transitoriedad cuando se deja fascinar, cuando se deja atraer por su lenguaje misterioso y simbólico, cuando entiende que también comparte la misma condición frágil, vacilante, inquieta, etc. y que a través de ella (de la religión) él mismo puede transfigurarse.

Y, sin embargo, eso no significa que el hombre encuentre las respuestas a sus inquietudes en la religión, más bien todo lo contrario, se va a encontrar con que la religión es otro edificio de problemas, por ser en esencia humana. La religión Católica -volviendo a nuestro autor- no es solución porque la razón de ser del cristianismo sobre el que se funda es servir de camino12, de ser un puente entre el hombre y Dios, es en este segundo donde el primero halla todas las respuestas y donde su vida adquiere sentido: En la medida en que Nicolás Gómez Dávila nos muestra al Creador cercano con su creatura, siempre y cuando el hombre sepa buscarlo con humildad. Dios le brinda su protección a pesar de su debilidad, lo acoge aun a costa de su soberbia, si y sólo si el hombre está dispuesto a reconocerlo como su Creador. Debido a que en la medida que el hombre se sienta creatura, es decir, contingente, Dios lo hace sentir misteriosamente albergado, protegido, nunca abandonado. El Creador hace que el hombre no sea más un instrumento vacío llevado por las aguas del progreso y la técnica, que no sea solamente una pieza mecánica de todo el engranaje moderno13, sino que a pesar de todo el hombre sea y siga siendo un fin en sí mismo: “la Iglesia [como Vicaria de Dios en el mundo], en efecto, no mira al hombre como pieza inerte sobre el tablero del destino, sino como agente insumiso de designios que lo tienen por fin”14.

Sólo la fe, en la filosofía gomezdaviliana, acerca al hombre a su propio conocimiento15, a tener consciencia de su condición, y sólo la fe lo salva de su angustia, como vimos en el párrafo anterior lo rescata de ser sólo un instrumento, de ser un medio y lo revela, tal cual es, como un fin en sí mismo. Esta religión filosófica se rige por dos principios que conviven en total complicidad: el escepticismo y la fe16, sin los cuales no podría pensarse, puesto que el sólo escepticismo nos empuja a una total incredulidad, a un agnosticismo, a la irresolución; y sólo la fe nos somete a un fideísmo irracional, a un teologismo sincrético y absurdo. Para que estos principios convivan es necesario que se siente como base filosófica del Credo in Deum la tesis que dictara el pensador bogotano con el escolio: “de lo importante no hay pruebas, sino testimonios”17.

Nota: Agradezco la invitación de Rodrigo Inácio Ribeiro a que escribiera este humilde texto para su revista (blog) virtual. Lo he hecho sin más pretensiones que corresponder a su sincera amistad filosófica.

Pablo Andrés Villegas Giraldo, Filósofo ensayista y escritor de poesía, nació en Santa Rosa de Cabal, Risaralda, Colombia, cursó sus estudios de pregrado en la Universidad Tecnológica de Pereira becado por el departamento de Risaralda. Pertenece al Grupo de investigación de “Filosofía y Escepticismo” de la Escuela de Filosofía de la Universidad Tecnológica de Pereira desde el año 2010. Ha participado en diferentes Foros nacionales y en algunos Congresos internacionales con ponencias sobre estética y teoría del arte. Ha realizado trabajos sobre Nietzsche, Bataille, Óscar Wilde, Ciorán y Nicolás Gómez Dávila. Sobre este último versó su tesis de pregrado. En el 2006 publicó dos trabajos sobre la Iglesia Católica en la Revista Koinonía del Seminario Mayor Arquidiocesano de Manizales y su ensayo “Nietzsche y la apreciación estética de la vida: la voluntad de poder como arte” fue publicado en el libro En torno a Ciorán. Nuevos ensayos y perspectivas (2014), texto que recoge las “Memorias del Encuentro internacional Emil Ciorán” en sus versiones V y VI, compilación a cargo de la doctora María Liliana Herrera Alzate. En el 2015 serán publicados sus ensayos “El Ruiseñor y la Rosa de Óscar Wilde y el sentido del sacrificio”, aprobada para ser publicada en la revista argentina Realidades y Ficciones; “La educación y el escepticismo: Contrastes de un filósofo auténtico”, aprobada para ser publicada en las Memorias del Quinto Congreso Colombiano de Filosofía; y, “El escepticismo y la fe en el pensamiento de Nicolás Gómez Dávila” aprobado para ser publicado en las Memorias del Séptimo Encuentro Internacional Emil Cioran.
Trabaja actualmente como corrector de estilo de distintas publicaciones virtuales nacionales e internacionales y redacta una columna para el periódico El Faro con temas sobre poesía, literatura, arte, teatro, realidad social y Violencia de género enfocada desde la Dignidad de la Mujer.

1 Catolicismo Preconciliar hace referencia aquí a la serie de cambios en la Iglesia que empezaron a gestarse desde el siglo XIII en adelante, la apertura al mundo universitario por ejemplo, la llegada de los Conciliaristas (que afirmaban que el Papa debía someterse a lo que se acordara en los Concilios), eventos que abrían una brecha con repercusiones importantes en el Concilio Vaticano primero y segundo. Se comienza una desacralización de la Iglesia debido a la descristianización de la ciencia y el apogeo de la Escolástica que introduce ideas filosóficas muy cuestionables y hasta heréticas basadas en el pensamiento -entre otros- de Guillermo de Ockam. Y lo que más va a combatir Nicolás Gómez Dávila es la cristianización de los principios aristotélicos que emprendería Tomás de Aquino, este acto del Aquinate desembocaría -como no hay duda- en las futuras Reformas y en las nuevas herejías de la Iglesia que no podrán ser enfrentadas como antaño y que irán deteriorando su estructura tanto socio-política como espiritual. El claro reflejo de esta crisis de la Iglesia llega a un acto conclusivo y desafortunado que conocemos como Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII y concluido por Pablo VI, cuya aplicación se continúa en nuestros días.

2 Gómez Dávila, Nicolás, Escolios a un texto implícito, Tomo I, Bogotá, Villegas editores, 2005, p. 15.

3 Gómez Dávila, Nicolás, Notas 2a ed, Bogotá, edición digital autorizada por Villegas editores, 2007, p. 401.

4 El subrayado pertenece al fragmento: “El hombre nace rebelde. Su naturaleza le repugna”. Gómez Dávila, Nicolás, Textos I, Bogotá, edición digital autorizada por Villegas editores, p. 2.

5 Gómez Dávila, Nicolás, Escolios a un texto implícito, Tomo II, Bogotá, Villegas editores, 2005, p. 102.

6 Gómez Dávila, Notas, óp. Cit., p.75.

7 Unamuno, Miguel de, Del sentimiento trágico de la vida, Edición digital publicada por Medellín ciudad digital, p. 1.

8 Léase por ejemplo el escolio: “la filosofía necesita retornar al hombre cada tantos siglos”. Gómez Dávila, Nicolás, Nuevos escolios a un texto implícito, Tomo II, Bogotá, Villegas editores, 2005, p. 111.

9 Notas, p. 39.

10 El teólogo alemán Hans Urs Von Balthasar afirma, luego de hacer una extensa referencia al problema de la angustia en Kierkegaard, que la angustia no debe tomarse como un problema del hombre moderno, sino que siempre ha existido en el hombre en todas las épocas, sólo que la modernidad tiene unas características que han hecho que esa angustia -propia de la naturaleza del hombre- crezca: “(…) un mundo mecanizado (afirma Von Balthasar), cuyo mecanismo inaudito absorbe inexorablemente el blando cuerpo y alma del hombre, transformándole en una rueda del mecanismo -de un mecanismo que al absorberlo todo llega a no tener sentido-: la angustia del hombre en una civilización que hace saltar la medida humana y cuyos espíritus ya no puede él volver a sujetar”. Von Balthasar, Hans Urs, El cristiano y la angustia, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1964, p. 27-28.

11 “El hombre se vive a sí mismo como angustia o como creatura”. Gómez Dávila, óp. Cit. Escolios… Tomo I, p. 138.

12 Esto lo vemos de manera excepcional en el cristianismo inicial y originario, de hecho antes de llamarse cristianos eran llamados los Discípulos del Camino a los seguidores de Cristo. La aclaración responde a que ese cristianismo se ha ido degenerando, sobre todo en Occidente, al pasar de los siglos convirtiéndose en el sincretismo religioso del que somos testigos en la actualidad y que tanto critica con firmeza Don Colacho en su obra.

13 Infra nota al pie 9.

14 Textos, p. 87.

15 Quizás se puedan encontrar razones de esta certeza en la lectura que Gómez Dávila hiciera de Pascal, ya que este había afirmado: “Es necesario para que una religión sea verdadera, que haya conocido nuestra naturaleza. Ella debe haber conocido la grandeza y la pequeñez, y la razón de una y otra. ¿Quién la ha conocido, a no ser la cristiana?”. Pascal, Blaise, Pensamientos II, edición digital de El Aleph, 2001, p. 13, § 433.

16 “Entre el escepticismo y la fe hay ciertas connivencias: ambos minan la presunción humana”. Gómez Dávila, Nicolás, Sucesivos escolios a un texto implícito, Bogotá, Villegas editores, 2005, p. 36.

17 Gómez Dávila, óp. Cit., Nuevos…, Tomo I, p. 50.

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