Escrito de juventude: “A sensibilidade trágica na Romênia” (Emil Cioran)

CIORAN, Emil. “La sensibilité tragique em Roumanie”, in Solitude et destin. Trad. de Alain Paruit. Paris : Arcades/Gallimard, 2004, p. 254-256. Do original: „Sensibilitatea tragică în Romania”, in Abecedar, an I, nr. 13 – 14, 3 – 10 august 1933, p. 1 – 2.

Um dos elementos da minha tristeza é só poder determinar negativamente as realidades romenas. O entusiasmo e a facilidade só encontram justificação, que é de resto aproximativa, na ordem social e política; em contrapartida, na ordem espiritual, um vazio total autoriza o pior dos pessimismos e a mais séria desconfiança. É evidente, por conseguinte, que eu não saberia falar de uma sensibilidade trágica generalizada entre os romenos, expandida numa vasta esfera e criadora de uma atmosfera, mas apenas a de alguns indivíduos. Esse estado de coisas compromete gravemente todos os impulsos e todo o atrativo que poderiam suscitar as realidades romenas. A fecundidade e a produtividade de um fenômeno dependem de zonas irracionais, profundas e anônimas da qual ele surge, e não da efervescência e do dinamismo de indivíduos isolados, educados em outras culturas, que os assimilaram. O fosso que se abriu entre os camponeses e as pessoas instruídas não é apenas a consequência de uma superioridade qualquer destes últimos, o que só podemos lamentar vivamente; muito pelo contrário, as insuficiências do camponês se encontram na passividade e na lassidão superficial do intelectual romeno. Na Espanha, o mesmo fenômeno de separação, de dissociação das camadas sociais, teve consequências bem menos desfavoráveis, a despeito das afirmações de Ortega y Gasset, que fala, de modo totalmente errôneo, de uma decadência ininterrupta do seu país, desde as origens até os nossos dias. Quem quer que seja dotado do sentido da história admitirá que é mil vezes mais legítimo declarar que os romenos viveram numa inexistência permanente do que pretender que os espanhóis teriam vegetado numa esclerose imanente ao seu ser histórico.

Minha convicção – da qual nada me demoverá – é a seguinte: as diferenças de evolução histórica encontram sua explicação em disposições constitutivas e estruturais específicas. Em condições e configurações sociais análogas, em arranjos políticos similares em forma, a Espanha proporcionou São João da Cruz e Santa Teresa, enquanto que a Romênia não produziu nenhum santo.

A opacidade de que dá provas o romeno quando se trata de compreender a vida como tragédia tem por causa principal, portanto, uma deficiência constitutiva, um defeito de sua essência e de sua conformação psíquica. Assim, o título deste artigo é de uma ironia evidente, diretamente apreensível.

O nosso drama, nesta situação, é que nós não podemos falar de uma corrente espiritual ou de uma atitude moral sem contar a nós mesmos, sem adicionar pessoas e valores. O que prova que o fenômeno é vivido por intermédio de indivíduos isolados, que ele é descontínuo, que não há participação total, significativa, reveladora. Para o bem ou para o mal, somos obrigados a enunciar alguns nomes: Blaga, Eliade, Manoliu e Holban. Sendo assim, não se pode determinar o trágico como essência; vê-se aí apenas uma diversidade de formas particulares de realização.

Enquanto que, na geração de antes da guerra, o trágico era engendrado pela angústia e pelo complexo de antinomias ligadas à vida histórica do homem, aos antagonismos sociais e à inadaptabilidade, na nossa geração ele tem sua origem em conflitos mais profundos, sua coloração metafísica é pronunciada e sua estrutura está ligada à universidade do destino humano. A tragédia da velha geração era de algum modo exterior, pois repousava apenas sobre o dualismo do indivíduo e da sociedade, sendo que o segundo termo dominava incontestavelmente, pois atribuía-se a ele mais realidade e consistência que ao primeiro, enquanto que, na nossa concepção, a essência interior da tragédia, resultante da tensão e da intensidade paradoxais do dualismo do homem e da existência, se explica pelo dramatismo da vida do indivíduo. Os únicos que vivem a tragédia são os que sentem a presença do irremediável na dialética da vida e que, mesmo tendo consciência disso, não renunciam a ela.

A vida pode ser vivida como uma tragédia apensa por aqueles para os quais seus elementos negativos não são redibitórios, para os quais a fatalidade não é a morte, mas o caminho que a ela conduz.

Tradução do francês: Rodrigo I. R. Sá Menezes

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Cioran: conversación con François Bondy

¿Le gusta escribir?

Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo. […] No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno! 

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Aparecida en la obra de François Bondy: Gespräche mit James Baldwin, Carl Burckhardt, Mary McCarthy, E.M. Cioran, Witold Gombrowicz, Eugène Ionesco, Karl Jaspers, Hans Mayer, S. Mrozek, N. Sarraute, I. Silone, Jean Starobinski, Viena, Europa Verlag, 1970

¿Cómo consiguió este apartamento en el sexto piso, con una magnífica vista sobre los tejados del Barrio Latino?
Gracias al esnobismo literario. Llevaba ya mucho tiempo harto de mi habitación de hotel en la Rue Racine y había pedido a una agente inmobiliaria que me buscara algo, pero no me había enseñado nada. Entonces le envié un libro que acababa de publicar, con una dedicatoria. Dos días después, me trajo aquí, donde el alquiler —aunque le cueste creerlo— es de unos cien francos, lo que corresponde a mis medios de vida. Es lo que ocurre con las dedicatorias de autor. La sesión de la firma en Gallimard, cada vez que aparece un libro, era algo que me aburría y una vez no llegué a firmar la mitad de mi contingente de libros. Nunca he tenido peores críticas. Es un rito y una obligación. Ni siquiera Beckett puede substraerse a él. Joyce nunca pudo entenderlo. Le habían dicho que en París un crítico espera siempre una carta de agradecimiento del autor, cuando ha hablado bien de él. Y una vez accedió a enviar una tarjeta de visita con sus saludos a un crítico que había publicado un estudio importante sobre él. Pero al otro le pareció demasiado lacónico y no volvió a escribir nunca sobre Joyce.

Comencemos por Rumania. Usted se crió en Transilvania, estudió en Bucarest y en esta ciudad publicó sus primeros escritos. ¿Tenia usted ya en aquel momento, como tantos intelectuales rumanos, de Tzara a lonesco, los ojos puestos en París?
En absoluto. En aquella época la francofilia de los rumanos presentaba rasgos grotescos. Con ocasión de la primera guerra mundial un ministro dijo muy en serio para justificar la entrada de su país en la guerra: «Que Rumania desaparezca no es tan importante, pero Francia no debe perecer». Recuerdo una revista francesa de derecho constitucional que en aquel momento tiraba mil doscientos ejemplares en Rumania y hoy ya sólo vende un ejemplar de cada número. Tuve un profesor admirable de filosofía, Todor Vianu (murió hace unos años, siendo representante de Rumania ante la Unesco), y leía sobre todo a filósofos y teóricos del arte alemanes: Georg Simmel, Wólfflin, Worringer. Georg Simmel sigue siendo para mí uno de los más grandes. Ni Ernst Bloch ni Georg Lukács reconocieron suficientemente todo lo que le debían. Su compañera, con la que había tenido un hijo, se ocultó durante el Tercer Reich y por un capricho del destino, al intentar llegar a Suiza, justo antes del fin de la guerra, fue detenida y deportada.

¿Había muchas personas en aquella época en Bucarest que hubieran optado por estudiar estética?
Millares. Como el Estado quería formar rápidamente un estrato de intelectuales, había cincuenta mil estudiantes en Bucarest. Volvían a los pueblos con sus diplomas, sin ganas ya de bensuciarse las manos, y se hundían en el tedio, la desesperación. El inmenso tedio rumano: era como un Chéjov muy malo. Además de los alemanes, yo leía también a los espiritualistas rusos, como Leo Chestov. ¿En Transilvania? Para todos los que vivían allí, seguía siendo el mundo de la monarquía imperial, que ni siquiera hoy se ha olvidado, ni allí ni en Yugoslavia. He oído incluso a comunistas hablar con emoción del emperador Francisco José. Mi padre era pope: para los intelectuales rumanos de la Transilvania húngara apenas había otras profesiones. Puede usted observar también la cantidad de intelectuales rumanos de hoy que son hijos de pope. Mis padres habían estado por un tiempo en escuelas primarias húngaras y a veces hablaban húngaro entre ellos. Durante la guerra, fueron desplazados por ser rumanos: mi padre a Sopron (Odemburgo), mi madre a Cluj (Klausemburgo). Mi padre fue primero pope en un pueblo de los Cárpatos y después párroco de Hermannstadt.

Su propia inclinación al misticismo, su odio del mundo, ¿proceden de la tradición ortodoxa?
Están más emparentados con la secta gnóstica de los bogomilos, los antecesores de los cátaros, cuya influencia fue intensa sobre todo en Bulgaria. En mi infancia yo era violentamente ateo, por no decir algo peor. Cuando recitaban la oración de la comida, me levantaba al instante y abandonaba la mesa. Sin embargo, me reconozco próximo a la creencia profunda del pueblo rumano, según la cual la Creación y el pecado son una y la misma cosa. En gran parte de la cultura balcánica, nunca ha cesado la acusación contra la Creación. ¿Qué es la tragedia griega sino la queja constante del coro, es decir, del pueblo, a propósito del destino? Por lo demás, Dionisos procedía de Tracia.

Es asombroso: sus escritos son profundamente pesimistas, pero su estilo es alegre, vivo, de un humor cáustico. También en la conversación sus ideas dan miedo, pero el tono es agudo, animado. ¿Cómo explica usted ese contraste?
Debe de ser algo heredado de mis padres, que tenían caracteres totalmente opuestos. Nunca he podido escribir de otro modo que con el desaliento de las noches de insomnio y durante siete años apenas pude dormir. Creo que en todo escritor se reconoce si los pensamientos que lo ocupan son diurnos o nocturnos. Yo necesito ese desaliento y aún hoy, antes de escribir, pongo un disco de música cíngara húngara. Al mismo tiempo, yo tenía una gran vitalidad, que he conservado y que vuelvo contra sí misma. No se trata de estar más o menos abatido, hay que estar melancólico hasta el exceso, extraordinariamente triste. Entonces es cuando se produce una reacción biológica saludable. Entre el horror y el éxtasis, practico una tristeza activa. Durante mucho tiempo Kafka me pareció demasiado deprimente.

¿Le gusta escribir?
Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo.

¿Cómo se gana la vida?
A los cuarenta años, estaba todavía matriculado en la Sorbona, comía en la cantina de los estudiantes y esperaba que esa situación durase hasta el fin de mis días. Pero promulgaron una ley que prohibía matricularse a partir de los veintisiete años y que me expulsó de ese paraíso. Al llegar a París, me había comprometido con el Instituto Francés a escribir una tesis y ya había comunicado su tema —algo sobre la ética de Nietzsche—… pero no pensaba en absoluto escribirla. En lugar de eso, recorrí toda Francia en bicicleta. Al final, no me retiraron la beca, porque les pareció que llevar Francia en las piernas tampoco carecía de mérito. Pero leo mucho y sobre todo releo sin cesar. Me he leído todo Dostoyevski cinco o seis veces. No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno!

¿Cómo se estrenó usted?
Con un libro aparecido en Bucarest en 1933. En las cimas de la desesperación, que contiene ya todo lo que vendría después. Es el más filosófico de mis libros.

¿Qué ocurrió con la Guardia de Hierro, la variante rumana del fascismo? Dicen que usted simpatizó con ella.
La Guardia de Hierro, de la que, por lo demás, nunca formé parte, fue un fenómeno muy singular. Su jefe, Codreanu, era, en realidad, un eslavo que recordaba más bien a un general del ejército ucraniano. La mayoría de los comandos de la Guardia estaban compuestos por macedonios en exilio: de forma general, llevaba sobre todo la marca de las poblaciones circundantes de Rumania. Como el cáncer, del que se dice que no es una enfermedad, sino un complejo de enfermedades, la Guardia de Hierro era un complejo de movimientos y más una secta delirante que un partido. En ella se hablaba menos de la renovación nacional que de los prestigios de la muerte. Los rumanos son generalmente escépticos, no esperan gran cosa del destino. Por eso la Guardia era despreciada por la mayoría de los intelectuales, pero en el plano psicológico era distinto. Hay como una locura en ese pueblo profundamente fatalista. Y los intelectuales a que he aludido antes, con sus diplomas en pueblos donde se aburrían a muerte, se incorporaban de buen grado a sus filas. La Guardia de Hierro estaba considerada un remedio para todos los males, incluido el tedio y hasta las purgaciones. Ese gusto por los extremos habría podido atraer también a mucha gente hacia el comunismo, pero entonces apenas existía y no tenía nada que ofrecer. En aquella época experimenté en mí mismo cómo sin la menor convicción se puede ceder a un entusiasmo. Es un estado que posteriormente he observado con frecuencia y no sólo en personas de veinte años, como aquellas entre las que me contaba yo entonces, sino, por desgracia, también en sexagenarios. Me ha decepcionado mucho.

¿Lo tildan con frecuencia de reaccionario?
Lo niego. Voy mucho más lejos. Henri Thomas me dijo un día: «Usted está contra todo lo que ha ocurrido desde 1920», y yo le respondí: «¡No, desde Adán!».

¿Cuáles son hoy sus relaciones con Rumania?
A la muerte de Stalin, todo el mundo se sentía aliviado, sólo yo suspiraba: «Ahora se alzará el telón y vendrán para aquí todos los rumanos». Y eso fue, en efecto, lo que sucedió. Vi llegar de repente a mi casa a los parientes más alejados y a compañeros de clase, que se pasaban horas contándome historias de vecindad y yo qué sé qué más. Entre ellos había un médico al que conocía desde el colegio y un día tuve un acceso de ira y le grité que se largara. Entonces me dijo: «¿No sabes que las células nerviosas no se regeneran nunca y no hay que malgastarlas?». Eso me calmó y seguimos hablando. Yo tenía un amigo íntimo que era un dirigente comunista. En aquella época yo le aconsejaba que se quedara aquí. En la calle me dijo: «Nadie es profeta fuera de su país», y volvió allí. Después pasó dieciocho años en un campo de concentración por desviacionismo. Pudo conservar el equilibrio mental reflexionando sobre problemas matemáticos. Hoy está libre y recibe una renta del Estado.

Usted está contra la historia, pero le fascinan sus problemas.
Observo su explosión. Hoy vivimos en un tiempo posthistórico, del mismo modo que hay un poscristianismo. El teólogo Paul Tillich, que abandonó Alemania en 1934, se puso a hablar en los Estados Unidos del poscristianismo y no chocaba a nadie. Se habla de ello incluso en los púlpitos. Pero después se puso a luchar contra la idea de progreso y entonces se escandalizaron. Ese era el único sacrilegio auténtico. Pero hoy ya no. Estamos presenciando la demolición de la idea de progreso. Incluso los pesimistas de aquella época, como Eduard von Hartmann, estaban apegados a la idea de progreso. Sus ideas representaban para ellos un progreso del pensamiento. Pero hoy esa idea está comprometida en otro sentido. Antaño se vivía con la certidumbre de un futuro para la humanidad. Ahora ya no es así. Al hablar del futuro, se añade con frecuencia: «Si es que quedan hombres entonces». Antaño el fin de la humanidad cobraba un sentido escatológico, iba unido a una idea de salvación; hoy se lo considera un hecho, sin connotación religiosa, ha entrado dentro de las previsiones. Sabemos que esto puede acabarse y desde entonces hay algo corrupto en la idea de progreso. Nada es ya como antes y aún en nuestros días veremos producirse un cambio inaudito, inconcebible, en el hombre. El cristianismo está perdido, pero la historia también. La humanidad ha seguido un mal camino. ¿Acaso no es insoportable ese hormiguear de hombres que ocupan el sitio
de todas las demás especies? Acabaremos convirtiéndonos en una sola y única metrópolis, un Pére-Lachaise universal. El hombre ensucia y degrada todo lo que lo rodea y en los próximos cincuenta años se verá afectado él mismo muy duramente.

¿En qué figura de la tradición se reconoce usted?
La de Buda sigue siendo la más próxima. El comprendió el verdadero problema. Pero tengo demasiado temperamento para dominarlo como él. Siempre habrá un conflicto entre lo que sé y lo que siento.

¿Nunca ha sentido la tentación de llevar, como su amigo Ionesco, esos conflictos a la escena?
Imposible. Mi pensamiento no se produce como un proceso, sino como un resultado, un residuo. Es lo que queda después de la fermentación, los desechos, el poso.

CIORAN, E. M., Conversaciones. Trad. de Carlos Manzano. Barcelona: Tusquets, 1997, p. 11-16.

Vida de tradutor

Em viagem à Romênia, a jornalista Elisianne Campos entrevista o paulistano Fernando Klabin, funcionário da Embaixada do Brasil em Bucareste e tradutor de grandes nomes da literatura e da cultura romenas

Entrevista realizada por Elisianne Campos e publicada em O Povo, 04/02/2013

Desde que teve sinal verde para ingressar na União Europeia, em 2007, a Romênia vem sofrendo um gradual processo de modernização, na tentativa de ocupar um patamar de igualdade em relação aos seus companheiros de bloco. Encravada no leste da Europa, a Romênia é uma ilha de latinidade no meio de uma encruzilhada cultural predominantemente eslava, que permaneceu fechada durante 22 anos (1967 a 1989), sob o regime comunista de Nicolae Ceasescu.

O romeno é uma espécie de primo distante do português que, visto de perto, nem parece tão distante assim. Em uma viagem de estudos à Bulgária, decidi passar também pela Romênia, e em Bucareste conheci Fernando Klabin, paulistano apaixonado por esse país que, para a maioria de nós, é um mistério. Funcionário da Embaixada do Brasil em Bucareste e tradutor, Klabin já transpôs para o português grandes nomes da literatura e da cultura romenas, como Lucian Blaga e Mircea Eliade, e traduziu para o romeno o clássico do economista brasileiro Celso Furtado, A formação econômica do Brasil. Há 15 anos no país, ele não consegue dizer ao certo o que há de comum entre romenos e brasileiros, mas afirma: “Acho que existe uma comunhão mental que está além da língua”.

Encontramo-nos para esta entrevista em um prédio pequeno, mas que guarda em si muitos significados para os bucarestinos. Em um dos cantos da Piata Revolutiei, de onde Ceausescu viu explodir a revolução que culminou com seu fuzilamento e de sua esposa, em 1989, há um edifício cujas paredes antigas contornam uma construção de estilo moderno. O prédio era utilizado pelo serviço de informações romeno para torturar opositores ao regime. As instalações foram desativadas, deram lugar à sede da Ordem dos Arquitetos da Romênia e a um restaurante, mas a memória foi preservada na fachada intocada e nas fotografias da década de 1980 que recobrem as paredes… [+]

 

Entrevista: Fernando Klabin e a tradução do romeno

EMCioranbr – Você é um brasileiro fluente em romeno, tradutor juramentado e tudo mais. Isso não é muito comum. Permita-me perguntar: como “chegou” à Romênia, à língua romena. Como se deu esse encontro?

FK – Na verdade, mais correto seria dizer que a Romênia “chegou” até mim, abraçando-me numa espécie de acidente de percurso. Devido a minhas próprias raízes, sempre tive uma curiosidade acentuada pelo Leste Europeu, mas jamais imaginei que um dia despencaria e, mais, permaneceria na Romênia – país que, até minha primeira visita em 1996, só conhecia através da minha coleção de selos. Em seguida, devido a um de certa forma misterioso “parentesco” difícil de explicar entre as mentalidades brasileira e romena, absorver a língua e adentrar na cultura local foi e tem sido um processo tão prazeroso quanto irreprimível.

EMCioranbr – Quanto a Cioran, especificamente, como surgiu a ideia de traduzir “Nos cumes do desespero”? Foi sua a iniciativa? Você tem algum trabalho voltado especificamente à obra de Cioran?

FK – Ainda em São Paulo, minha primeira leitura de Cioran – o “Breviário de Decomposição”, traduzido pelo filósofo José Thomaz Brum e publicado pela Rocco – impressionou-me profundamente. De modo que, tão logo me vi em sua terra natal, apressei-me em ler, no ano 2000, no original romeno, seu primeiro livro, “Nos cumes do desespero”. Meu interesse pelo filósofo aumentou e, à medida em que o conhecimento da língua me permitia, passei à leitura do resto de suas obras escritas em romeno, almejando um dia poder traduzi-las para o português, tendo em vista ademais que, no Brasil, só suas obras francesas têm sido promovidas. Foi há pouco tempo que encontrei na editora Hedra acolhida generosa para publicar “Nos cumes do desespero”, aonde quase literalmente chegamos durante uma difícílima negociação relacionada aos direitos de autor. Tenho muita vontade de traduzir as outras obras romenas de Cioran, embora não haja ainda um sinal concreto de qualquer editora interessada.

EMCioranbr – Paulo Bezerra, que traduziu Dostoievski, disse que o ofício do tradutor envolve muita inventividade, tanto quanto para criar. Você traduziu As seis doenças do espírito contemporâneo, do filósofo e amigo de Cioran, Constantin Noica. “Nos cumes…” parece um livro muito diferente, em forma e conteúdo, daquele de Noica. Como foi traduzir Cioran do romeno para o português? O estilo, o tom, o ritmo, tudo isso é difícil de ser preservado no nosso idioma?

FK – A tradução é sempre, mais ou menos, uma doce traição. E, desde o início, é necessário assumir uma determinada abordagem, que inevitavelmente vai sempre favorecer algo em detrimento de outra coisa. A minha abordagem, no caso de textos filosóficos, é a de procurar interferir o mínimo possível. Quero acreditar que as surpreendentes semelhanças entre o romeno e o português permitam, até certo ponto, essa transposição quase direta em certos trechos. Noica me parece mais apolíneo diante do dionisíaco Cioran, traduzi-los foram experiências muito diferentes entre si, mesmo porque meu domínio da língua e da cultura romenas se aprofundaram nos mais de 10 anos que separam ambas as traduções. Acredito que manter o fraseado e o estilo de Cioran quase que por meio de uma transposição, como se  um espelho brasileiro refletisse o livro romeno, favoreça a manutenção das idéias do autor, ajudando o leitor a apreendê-las – talvez mais cruas e rígidas, porém mais autênticas.

EMCioranbr – O que haveria de especificamente romeno, em termos de linguagem (estilo, construções semânticas, etc.), em “Nos Cumes…”, em contraste com a escritura francesa de Cioran?

FK – O francês é uma língua de elegância e sonoridade tais, que até as imprecações soam como um elogio. Ao meu ver, Cioran fez extremo bom uso da plasticidade da língua francesa, nela revestindo, com ainda mais charme e sedução, sua torrente de idéias. É necessário lembrar que justamente suas primeiras obras foram escritas em romeno e que, mesmo que Cioran continuasse filosofando em romeno, haveria um inevitável contraste entre sua escrita de juventude e sua escrita madura. Suas obras juvenis, de qualquer modo, chamam a atenção, para além dos temas incandescentemente abordados, pelo estilo distinto que a língua romena imprime ao discurso e pela identificação das idéias embrionárias que, mais tarde, Cioran revisitará e desenvolverá, com reconhecida maestria, favorecido pela dimensão artística e mesmo histriônica do idioma francês.

EMCioranbr: Por mais que o livro não permita adivinhar por si só, pelo seu teor introspectivo, “Nos cumes do desespero” é contemporâneo de um drama coletivo e político, a saber, a agonia de uma Romênia entre guerras lutando por sua independência. Mais ou menos na mesma época, o autor de “Nos Cumes…” publicaria um libelo político, Schimbarea la faţǎ a României (“Transfiguração da Romênia”), que se tornaria, para a posteridade, o registro inglório dos excessos e delírios totalitários de um jovem Cioran. É possível traçar paralelos entre Pe Culmile Disperǎrii e Schimbarea la faţǎ a României?

FK – Acredito que o próprio Cioran possa nos oferecer elementos para uma resposta. Num breve prefácio de 1990 à edição romena de “A Transfiguração da Romênia”, o autor diz ter escrito “estas divagações em 1935-36, aos 24 anos, com paixão e orgulho. De tudo o que publiquei em romeno e francês, este texto é talvez o mais apaixonado e ao mesmo tempo o que me é mais alheio. Não me reencontro nele, embora pareça-me evidente a presença da minha histeria de então. Julguei ser minha obrigação suprimir algumas páginas pretensiosas e estúpidas.” Num prefácio à edição francesa de “Nos cumes do desespero”, Cioran confessa ter escapado do suicídio ao escrever aquele livro durante suas noites insones. Pode-se dizer que, embora abordem temas diferentes, ambas as obras se valem do mesmo motor: aquela rebeldia, aquele excesso juvenis que, com o tempo, Cioran contemporiza na elegância da língua francesa e na lucidez de uma ironia impossivelmente ácida – onde a mera provocação transcende para acusar Deus e a humanidade de uma culpa da qual não conseguimos nos livrar.

EMCioranbr –  Uma anotação extraída dos Cahiers traz uma lembrança de vocábulos romenos que teriam guardado, para Cioran, depois de anos, um significado pessoal profundo. Diz ele: “Do meu país eu herdei o niilismo inato, seu traço fundamental, sua única originalidade. Zădărnicie, nimicnicie – essas palavras extraordinárias, não, essas não são palavras, são a realidade do nosso sangue, do meu sangue.” Cioran costuma se referir aos romenos como um povo fatalista, desenganado, conformista, passivo, cético em relação ao destino… Poderia nos dizer o que significam zădărnicie e nimicnicie? Qual é, de fato, a relevância destes termos no imaginário coletivo romeno? De resto, em que medida essa representação que Cioran faz dos romenos não é uma idealização subjetiva e caricatural que revela mais sobre ele que sobre os romenos de modo geral?

FK – Quero acreditar que, ao evocar esses dois termos, de certo modo eruditos no idioma romeno, e que significam vaidade – no sentido do Eclesiastes – e  insignificância, Cioran faz menção a uma profunda sabedoria que o povo romeno desenvolveu ao longo dos séculos, e que o transformou, como bem diz, num povo fatalista, desenganado, conformista, passivo, cético em relação ao destino. Essa experiência secular foi a de ser invadido ou subjugado pelos mais variados povos. E a reação romena foi resumida num provérbio freqüentemente repetido: cabeça baixa, espada não corta.

EMCioranbr – Por fim, podemos esperar, no futuro, novas traduções de livros romenos de Cioran?

FK – A depender dos meus esforços, sem dúvida que sim. E espero que um mais aprofundado conhecimento de Cioran por parte do leitor brasileiro abra as portas na direção de outros autores romenos tão importantes quanto ele, mas que não gozaram da mesma projeção internacional, sobretudo por terem permanecido na Romênia.

“Petite introduction à la roumanité”, par Mihaela-GenÅ£iana Stănişor

Texte paru dans le volume M. L. HERRERA A. (org.). En torno a Cioran – Nuevos ensayos y perspectivas. Pereira: Universidade Tecnológica de Pereira, 2014.

Mihaela-GenÅ£iana Stănişor est philologue et a soutenue une thèse doctorale sur Cioran, publiée sous le titre Les « Cahiers » de Cioran, l’exil de l’être et de l’œuvre. La dimension ontique et la dimension poïétique (Ed. Universităţii « Lucian Blaga » de Sibiu, 2005).  Elle  est maître-assistante Dr. en Litterature de l’Université Lucian Blaga, à Sibiu, Roumanie.

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Je me suis souvent demandé si l’on peut réellement parler de « roumanité », s’il y a des traits spécifiques du peuple roumain, de la culture roumaine. Que pourrais-je répondre aujourd’hui à cette question philosophique aux accents ironiques : « Comment peut-on être Roumain » ?

Pour réussir à le faire dignement, je me suis arrêtée à trois auteurs roumains qui marquent, selon moi, trois étapes dans le développement de la culture nationale roumaine : le poète Mihai Eminescu (1850-1889), le poète et le philosophe Lucian Blaga (1895-1961) et le philosophe Constantin Noica (1909-1987).

Tous les trois manifestent un vrai culte pour le spécifique national, entendu différemment, en fonction de l’époque où ils ont vécu. Mais, chez eux, il ne faut pas confondre le « spécifique national » avec le  « nationalisme». La roumanité, telle que je l’entends et telle qu’ils l’ont tous les trois entendue, devient un concept-clé d’une philosophie existentielle, d’un mode de pensée et de vivre spécifique du Roumain. Ils croyaient tous à l’existence d’un complexe de caractéristiques profondes, fondamentalement (ou fatalement) roumaines dont la spécificité est favorisée par l’histoire, le développement de la civilisation et les traits psycho-mentaux du peuple ainsi que par l’espace géographique où celui-ci vit.

Mihai Eminescu (1850-1889)
Mihai Eminescu (1850-1889)

Chronologiquement, Mihai Eminescu est le premier qui part dans la constitution de son œuvre de la conscience de la roumanité et de la latinité et qui se rend compte qu’il faut bien conserver le fond ancestral roumain, les mythes et les archétypes du peuple roumain, tout en leur donnant une forme d’expression universelle. Il insiste sur le fait qu’il faut travailler la langue pour qu’elle raisonne/résonne universellement. Mihai Eminescu est le premier à constituer une œuvre poétique exemplaire à partir du fond autochtone, traditionnel, de l’histoire et du passé du peuple roumain, qu’il évoque lyriquement dans sa création. Le génie poétique d’Eminescu est incontestable ainsi que son aspiration à dresser en vers le portrait d’une « nation » et d’une culture populaire ancienne qui représentaient, pour lui, ce qu’il y avait de plus original et de plus profond. De mettre en relief et en style la roumanité entendue historiquement, territorialement, linguistiquement, en comparaison avec ce qu’il y a avait comme production culturelle en l’Europe de son temps. Il était conscient  de l’importance que la langue roumaine joue dans le processus de la création littéraire, que c’est la langue qui doit évoluer, s’enrichir, s’ouvrir, se transformer. La conscience nationale supposait pour lui une conscience langagière.

L’un de ses poèmes très connus, La prière d’un Dace, peut être lu comme un document de roumanité, comme l’expression philosophique et poétique en même temps d’un mode de vivre, de sentir et de penser typiquement roumain. Mis sur les lèvres d’un Dace, de l’ancêtre du peuple roumain, la prière se trans-forme en une vision pessimiste, douloureuse de la vie, en la remémoration des origines de la création, du monde, de l’homme, de son destin tragique, pour les refuser d’une manière véhémente, tragiquement orgueilleuse. Cette vision n’est pas étrangère du fatalisme grec ou de la « nada » espagnole. Mais Eminescu insiste sur la dignité dace, sur la force de caractère du peuple, et sur l’importance des rituels, des coutumes. Il faut savoir garder la verticalité malgré le tragique de l’existence. La roumanité signifie savoir mourir en toute dignité. Le respect des ancêtres, de la culture populaire représente pour Eminescu des traits essentiels pour le portrait culturel du Roumain.

“SpaÅ£iul Mioritic”, de Lucian Blaga (1895-1961)

Lucian Blaga vient compléter la vision eminescienne. Dans sa Trilogie de la culture (1944) (Horizon et style, L’espace mioritique, La genèse de la métaphore et le sens de la culture), il insiste sur le rôle que la culture joue dans le modèle existentiel roumain. Il fait le plaidoyer du spécifique national de la culture roumaine dans son ouvrage L’espace mioritique, paru en 1936.

En analysant la culture populaire roumaine, Blaga arrive à affirmer l’existence d’une matrice stylistique roumaine. Elle suppose un horizon spatial de l’inconscient qui est défini sur trois plans ou dimensions (ces aspects représentent l’essence de l’âme roumaine et de la culture roumaine qui en porte les signes) :

  • musical ; c’est la musique exprimée par la doina (un chant particulier, imprégné de mélancolie, de tristesse, d’amertume, de désillusion) qui caractérise les profondeurs ancestrales de l’âme roumaine ;
  • spatial: c’est le plai (une sorte d’espace qui combine des collines et des vallées), l’espace mioritique qui marque cette solidarité organique et d’horizon entre le Roumain et son habitation ; « mioritique » c’est un dérivé de « MioriÅ£a » qui signifie « mouton » ; c’est l’espace géographique roumain propre à l’élevage des moutons, l’occupation essentielle des ancêtres ;
  • linguistique, s’il m’est permis de m’exprimer ainsi : c’est le « dor », mot plurivalent, poétique et philosophique à la fois, quintessence de sentiments spécifiquement roumains, mélange de sensations ambiguës et fortes : amour, absence, tristesse, mélancolie, souffrance, vide.
L'
L'”espace mioritique”, selon Lucian Blaga

Le Roumain habite musicalement, mélancoliquement et poétiquement cet espace qui influence irréversiblement son existence. La culture suppose aussi un certain sentiment de l’espace, dominé par un type de paysage. C’est cet espace-matrice qui stigmatise l’âme roumaine, un espace indéfiniment ondulé, c’est avec lui qu’elle se sent solidaire car elle garde quelque part son souvenir : l’espace mioritique, porteur du sentiment du destin, d’un fatalisme en sourdine, d’une mélancolie innée. L’âme populaire roumaine a un penchant pour la nuance et la discrétion, pour les couleurs pâles et cela se manifeste dans tous les arts : dans la musique et la poésie, mais aussi dans la peinture ou dans les ornements architecturaux, dans le chant populaire, dans la « doina », cette complainte populaire ou dans les « bocete », les chants funèbres. Le « dor », ce sentiment complexe et contradictoire, représente un motif lyrique par excellence. Il peut être mis en relation avec un objet extérieur (la bien aimée, la maison, la famille, le paysage, le village natal, etc.), mais il peut aussi bien ne pas se rapporter à un objet extérieur et devenir une force impersonnelle qui dévaste et subjugue ou charme tragiquement, une maladie cosmique, un élément invincible de l’être, un alter-ego, ou bien un sentiment métaphysique, dominant et fatal. Il est sûr que l’espace roumain a des configurations qu’on ne rencontre pas chez les autres peuples. Et c’est sur ce territoire que le folklore varié et plein de significations est né. L’espace mioritique a pu faire naître les ballades et les légendes roumaines, cet espace ondulé, cette montée-descente entre la colline et la vallée, comme un long balancement, comme une incessante hésitation, entretenue par un dur « dor », une absence ravageuse, une aspiration invincible d’un au-delà de sa propre condition. De toute façon, pour Lucian Blaga, l’espace mioritique fait partie intégrante de l’être national car le Roumain est solidaire avec cet espace, tout comme il l’est avec son passé, ses morts, ses mots et soi-même.

Constantin Noica (1909-1987)
Constantin Noica (1909-1987)

Constantin Noica est l’exemple typique du philosophe roumain. Non seulement qu’il a beaucoup écrit sur les traits de cette nation, de cette culture et de cette langue, mais il a choisi de rester dans le pays, malgré les années de prison, les punitions communistes et les conditions précaires où il vivait. Il s’est retiré à Păltiniş, dans les montagnes, près de Sibiu, où il a créé une école de philosophie, où les jeunes venaient le voir et l’écouter, se laisser imprégner par sa vision philosophique, après avoir refusé les propositions de vivre ailleurs qu’on lui a faites, en France par exemple. Je vais surtout insister sur ses ouvrages dédiés à la roumanité : Le dire philosophique roumain (1970), Création et beauté dans le dire  roumain (1973), Le sentiment roumain de l’être (1978).

Dans plusieurs essais[1], Constantin Noica médite sur la Roumanie et sur les traits essentiels de la nation et de la culture roumaine. À partir des questions à charge philosophique, « Mais en quel sens a-t-on le droit de parler d’une Roumanie éternelle ? »[2] ou des verdicts remis en discussion par le philosophe de Păltiniş, par exemple sur le désespoir typiquement roumain, ce « triste péché » qui stigmatise le peuple et connaît toutes les formes chez le Roumain, allant de la « grimace sceptique et jusqu’au désespoir grave, irrémédiable, pathétiquement proclamé »[3], il tente de construire le portrait intérieur d’une nation qui a premièrement dû savoir survivre historiquement, lutter contre des invasions successives, sacrifier le culturel au politique, à cet ardent désir de se constituer comme nation intégrale et intègre, spatialement bien déterminé. C’est vrai qu’on ne peut pas parler d’une Roumanie éternelle comme on parle d’une « France éternelle » ou d’une « Rome éternelle ». Noica s’avère sceptique en ce qui concerne l’existence d’une Roumanie véritable ainsi que d’un type humain roumain. Car toute l’histoire de ce peuple n’a pu suivre les dimensions spirituelles, mais la géographie, le territoire sur lequel survivre, même pas vivre. Noica admet qu’on pourrait parler d’un Roumain géographiquement existant, mais pas d’un Roumain spirituellement défini, accompli. Les valeurs spirituelles roumaines ne se sont pas encore consolidées, affirmées, imposées universellement. La nation roumaine se trouve à la recherche de la perfection, de  son achèvement ; le même processus arrive aussi à la langue. Les mots les plus représentatifs d’une langue sont les mots inachevés, suspendus, qui portent en eux un certain horizon, très illustratifs mais, en même temps, ambigus. Ces mots expriment une sorte d’ « introduction au dor » selon les mots de Noica.[4] Il s’agit, selon lui, de ce manque de perfection, d’achèvement qui produit la fascination qu’une langue exerce sur les autres, sa force expressive. Noica affirme que « Lorsqu’on veut montrer qu’on est autrement (différent) grâce aux mots et qu’ainsi le roumain a droit d’exister dans le monde, on invoque le mot dor. »[5] Pour Noica, le mot « dor » représente un prototype : il est la composition sans composition, un tout sans parties. Il y a pas mal de mots roumains de ce type et tous sont profonds. Le mot « dor » représente « une fusion et pas une composition ». Il s’agit de la fusion entre la douleur et le plaisir. Une sorte de « pleasure in pain », le plaisir provoqué par la douleur. Noica conclut son essai philosophique  par la conviction que le peuple roumain n’a pas « le génie des compositions ». Mais, en revanche, tous les historiens de la culture et de l’art ont observé la vertu de la langue roumaine à donner une synthèse spécifique, une fusion remarquable à la suite de laquelle est apparue « une nouvelle harmonie » ou bien « une nouvelle tension », « une nouvelle sollicitation spirituelle ». Constantin Noica arrive à la conclusion qu’il y a une sorte de « champ du mot », un champ sémantique, un horizon de significations que le mot ouvre, projette par ce qu’il dit ou ne dit pas, par ce qu’il révèle ou cache.

Si le mot « dor » surprend et suspend la spécificité de l’âme roumaine, il y en a un autre qui imprime et exprime « le sentiment roumain de l’être »[6]. Ce n’est qu’une préposition qui est capable de prendre à sa charge toute une philosophie de l’être roumaine : la préposition « întru », difficilement traduisible, car elle marque en même temps une position et une direction : on est dans quelque chose (dans un horizon, dans un système) ; on se dirige vers quelque chose. Grâce aux vertus plurivalentes de cette préposition, Noica peut interpréter philosophiquement tous les traits de la roumanité : son spécifique géographique, les particularités de la langue, sa latinité, la civilisation fondée sur la nature, la culture déterminée par l’histoire, dominée par la capacité de s’ouvrir sur le nouveau, tout en étant (gardant) le spécifique roumain, de combiner la tradition et la modernité, l’Ouest et l’Est, de ne pas se trouver entre deux mondes, mais, en même temps, dans et vers (întru) deux mondes. La conscience roumaine ne suppose pas seulement « être dans » quelque chose d’absolu, de fixe, mais aussi « être vers », avoir un horizon devant soi. Noica affirme : « Comme homme, chacun de nous est formé d’une nature individuelle, dans laquelle il se sent coincé, mais par laquelle il se sent obligé de se diriger vers l’humain ; chacun de nous appartient à un être national et à un être social, par lesquels il peut et doit se diriger vers l’universel. De même, tout être est limité, mais pour être véritablement il doit passer d’une limitation qui limite à une limitation qui ne limite pas. »[7]

L’identité roumaine serait, selon Noica, « être envers » pour reprendre la préposition française que Nicolas Cavaillès a choisie pour traduire son traité ontologique.[8] Être et aspirer à être. Exister et désir d’exister.

Respecter son spécifique national et savoir l’ouvrir sur l’universel serait la grande leçon que les trois auteurs évoqués ont donnée au peuple roumain.

Au-delà de tous ces arguments géographiques, philosophiques et linguistiques en faveur de l’existence des traits décisifs pour la condition roumaine, il y a aussi, je crois, un certain mouvement intérieur qui domine le Roumain, souvent malgré lui : c’est le sentiment de la fatalité, de ce « à quoi bon » quotidien, d’une sorte de se laisser aller, qui est à l’origine de toutes ses actions, même des plus passionnantes. S’il fallait choisir l’expression la plus représentative pour le Roumain, je m’arrêterais à ce verdict poétique : « n-a fost să fie », (« Cela n’a pas été de telle sorte que cela soit »), la marque de tout un style fatidique roumain de se trouver au monde.

Mihaela-Genţiana STĂNIŞOR
Université « Lucian Blaga » de Sibiu, Roumanie

BIBLIOGRAPHIE

BLAGA, Lucian, Opere 9, Trilogia culturii, Ediţie îngrijită de Dorli Blaga. Studiu introductiv de Al. Tănase, Bucureşti, Editura Minerva, 1985.

Eminescu, Mihai, Poezii, Editura Hyperion, 2008.

NOICA, Constantin, Cuvînt împreună despre rostirea românească, Bucureşti, Humanitas, 1996.

NOICA, Constantin, Eseuri de duminică, Bucureşti, Humanitas, 1992.

NOICA, Constantin, Sentimentul romînesc al fiinţei, Bucureşti, Humanitas, 1996.

Poèmes de Mihai Eminescu en espagnol consultables à l’adresse :

http://www.amediavoz.com/eminescu.htm#La oración de un Dacio

[1] Constantin Noica, Eseuri de duminică (Essais de dimanche), Bucureşti,. Humanitas, 1992.

[2] Constantin Noica, « România de totdeauna », (« La Roumanie depuis toujours »), in Op. cit., p. 29.

[3] Constantin Noica, « Despre o Românie binecuvîntată », (« Sur une Roumanie bénie »), in Op. cit., p. 9.

[4] Cf. Constantin Noica, Cuvînt împreună despre rostirea românească, Bucureşti, Humanitas, 1996.

[5] C. Noica, « Introducere la dor » in Cuvînt împreună despre rostirea românească, op. cit., p. 246.

[6] Constantin Noica, Sentimentul românesc al fiinţei, (Le sentiment roumain de l’être), Bucureşti, Humanitas, 1996.

[7] Ibid., p. 10.

[8] Je fais référence à Constantin Noica, Le devenir envers l’être. Traduit du roumain par Nicolas Cavaillès, Georg Olms Verlag AG, 2008, 362 p.

Annexes

Mihai EMINESCU, Moartea unui dac

 Pe când nu era moarte, nimic nemuritor,
Nici sâmburul luminii de viaţă dătător,
Nu era azi, nici mâine, nici ieri, nici totdeuna,
Căci unul erau toate şi totul era una;
Pe când pământul, cerul, văzduhul, lumea toată
Erau din rândul celor ce n-au fost niciodată,
Pe-atunci erai Tu singur, încât mă-ntreb în sine-mi
Au cine-i zeul cărui plecăm a noastre inemi?

El singur zeu stătut-au nainte de-a fi zeii
Şi din noian de ape puteri au dat scânteii,
El zeilor dă suflet şi lumii fericire,
El este-al omenimei isvor de mântuire
Sus inimile voastre! Cântare aduceţi-i,
El este moartea morţii şi învierea vieţii!

Şi el îmi dete ochii să văd lumina zilei,
Şi inima-mi împlut-au cu farmecele milei,
În vuietul de vânturi auzit-am a lui mers
Şi-n glas purtat de cântec simţii duiosu-i viers,
Şi tot pe lâng-acestea cerşesc înc-un adaos
Să-ngăduie intrarea-mi în vecinicul repaos!

Să blesteme pe-oricine de mine-o avea milă,
Să binecuvânteze pe cel ce mă împilă,
S-asculte orice gură, ce-ar vrea ca să mă râdă,
Puteri să puie-n braţul ce-ar sta să mă ucidă,
Ş-acela dintre oameni devină cel întâi
Ce mi-a răpi chiar piatra ce-oi pune-o căpătâi.

Gonit de toată lumea prin anii mei să trec,
Pân’ ce-oi simÅ£i că ochiu-mi de lacrime e sec,
Că-n orice om din lume un duşman mi se naşte,
C-ajung pe mine însumi a nu mă mai cunoaşte,
Că chinul şi durerea simţirea-mi a-mpietrit-o,
Că pot să-mi blestem mama, pe care am iubit-o –
Când ura cea mai crudă mi s-a părea amor…
Poate-oi uita durerea-mi şi voi putea sa mor.

Străin şi făr’ de lege de voi muri – atunce
Nevrednicu-mi cadavru în uliţă l-arunce,
Ş-aceluia, Părinte, să-i dai coroană scumpă,
Ce-o să amute cânii, ca inima-mi s-o rumpă,
Iar celui ce cu pietre mă va izbi în faţă,
Îndură-te, stăpâne, şi dă-i pe veci viaţă!

Astfel numai, Părinte, eu pot să-ţi mulţumesc
Că tu mi-ai dat în lume norocul să trăiesc.
Să cer a tale daruri, genunchi şi frunte nu plec,
Spre ură şi blestemuri aş vrea să te înduplec,
Să simt că de suflarea-ţi suflarea mea se curmă
Şi-n stingerea eternă dispar fără de urmă!

Mihai Eminescu, La prière d’un Dace

Lorsqu’elles étaient absentes, la mort, l’éternité
Et la semence dont la lumière est née,
Ni aujourd’hui n’était ni hier ni demain,
Car tous étaient dans l’un et l’un en était plein,
Lorsque la terre, le ciel, les airs, le monde entier
Restaient comme les choses qui n’ont jamais été,
C’était Toi seul alors; je me demande songeur:
Qui est ce dieu auquel nous consacrons nos coeurs?

Lui seul avait été Dieu avant les dieux,
De l’océan des mers a fait jaillir le feu,
Il donne une âme aux dieux, la joie à l’univers,
C’est le salut que trouve l’humanité entière,
Donc, haut les coeurs! Chantez des hymnes pour Lui,
La mort de toute mort, résurrection des vies!

C’est Lui qui m’a donné des yeux pour voir le jour,
Il m’a rempli le coeur des charmes de l’amour,
J’ai entendu Sa marche dans le bruit des vents,
Et j’ai senti Sa voix dans l’harmonie du chant,
Et outre tout cela j’ajoute encore ce mot:
Qu’Il me permette l’entrée dans l’éternel repos!

Ceux qui auront pitié de moi, qu’Il les maudisse,
Et qui m’opprimera, je veux qu’Il le bénisse,
Qu’Il laisse parler la bouche qui se rirai de moi,
À qui veut me tuer, qu’Il fortifie le bras,
Et celui au-dessus des autres qu’Il le mette,
Qui me prendra la pierre où j’ai posé ma tête.

Chassé par tout le monde, que je traverse les ans,
Et que je sente même les larmes aux yeux séchant,
Alors, dans n’importe qui un ennemi va naître,
Moi-même j’arriverai à ne me plus connaître,
Car la douleur, la peine, mon coeur l’ayant durci,
Ma mère adorée, alors, je la maudis,
La haine la plus forte me semblera caresse…
Alors, je vais mourir, peut-être, sans détresse.

Et si je meurs en hors-la-loi, en étranger,
Que l’on me jette le corps dehors, sur le pavé,
Que tu couronnes le front de celui, Seigneur,
Qui incitera les chiens à dévorer mon cœur,
À qui me jettera des pierres dans la face,
D’une éternelle vie, accorde-lui la grâce!

Ce n’est qu’alors, mon Père, que je Te remercie
De m’avoir donné la chance de la vie,
Je ne fléchis jamais pour demander Tes dons,
Si je Te prie, c’est pour la malédiction,
Pour que je sente mon souffle périr dans le Tien,
Que le néant me prenne, que je devienne rien!

Traduction par Elisabeta Isanos

 Mihai Eminescu, La oración de un Dacio

Cuando aún no existían ni muertos ni inmortales
ni manantial había ni almendra de la luz,
ni nacido mañana, ni hoy ni luego ni siempre,
porque todas las cosas eran tan sólo una;
cuando la tierra, el cielo, el aire y este mundo
estaban en el número de lo que no existía,
entonces Tú eras solo, por eso me pregunto:
¿A qué Dios entregamos, humilde, el corazón?

Él sólo ya existía primero que otros dioses
y del profundo océano dio las fuerzas al rayo,
a los dioses el alma, a los hombres la dicha,
y es para los humanos manantial de salud.
¡Levantad vuestro coro! ¡Glorificadle en cantos
al que es fin de la muerte, resurrección y vida!

Para que la luz viera, Él me ha dado los ojos
y me ha llenado el alma de la suma piedad.
Puedo escuchar su paso entre el clamor del viento
y en una voz que canta reconocer su voz.
Mas siempre le mendigo algo de añadidura:
¡Que me permita entrar en el reposo eterno!

Que maldiga a quien piense tener piedad de mí,
que bendiga clemente a quien me está oprimiendo,
que escuche complacido a quien de mí se burle
y dé fuerzas al brazo que querría matarme,
permitiendo que triunfe sobre todos los otros
el malvado que quite hasta el pan de mi boca.

Rechazado por todos atravieso los años,
hasta que ya sin lágrimas vea secos mis ojos.
Cuando todos los hombres se yergan enemigos,
cuando yo no consiga casi reconocerme,

cuando los sufrimientos mi bondad petrifiquen
y llegue a maldecir la madre que he adorado,
cuando la ira cruel me parezca el amor…
el dolor olvidando, ya me podré morir.

Y si extranjero muero fuera de ley, entonces
este indigno cadáver tirad lo en la calleja,
y yo te ruego, Padre, desde el premio más alto
a quien mande a los perros rasgar mi corazón.
Y si alguien me apedrea golpeándome el rostro,
¡dale la vida eterna, Señor, tenle piedad!

Sólo de esta manera, Padre, te daré gracias
por la dicha que tuve de vivir en el mundo.
Para pedirte bienes no doblé la rodilla,
para la maldición quisiera conmoverte
y sentir que a tu soplo mi aliento se evapora
y en la extinción eterna me diluyo sin rastro.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
Ed. Seix Barral S.A., 1973