Cioran: conversación con Fernando Savater

“Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.”

cioran-savater
Aparecida bajo el título «Escribir para despertar» en el diaro El Pais del día 23 de octubre de 1977.

Extraído de CIORAN, E. M., Conversaciones.  Trad. de Carlos Manzano. Barcelona, Tusquets (Marginales 146), 1997, ps. 17-26.

Si les comprendo bien, me preguntan ustedes por qué no he elegido rotundamente el silencio, en lugar de merodear en tomo a él, y me reprochan explayarme en lamentos en lugar de callarme. Para empezar, no todo el mundo tiene la suerte de morir joven. Mi primer libro lo escribí en rumano a los veintiún anos, prometiéndome no volver a escribir nada más. Luego escribí otro, seguido de la misma promesa. La comedia se ha repetido durante más de cuarenta años. Por qué? Porque escribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los anos, pues las obsesiones expresadas quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar también. Esto les parecerá ridículo y, sin embargo, es muy cierto. Pues un libro es vuestra vida, o una parte de ella, que se os hace exterior. Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta en uno mismo. Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación. Les aconsejo que hagan el ejercicio siguiente: cuando odien a alguien y sientan ganas de liquidarle, cojan un trozo de papel y escriban que Fulano es un puerco, un bandido, un crápula, un monstruo. En seguida advertirán que ya le odian menos. Es precisamente lo mismo que yo he hecho respecto a mí mismo. He escrito para injuriar a la vida y para injuriarme. .Resultado? Me he soportado mejor y he soportado mejor la vida.

Cioran, ¿qué podría usted añadir a esto?

¡Realmente no podría añadir nada más…! ¡o quizá decir cualquier cosa! En realidad es una cuestión de vitalidad. Para que entienda esto debo hablarle de mi origen. Hay mucho de campesino en mí, mi padre era un cura ortodoxo rural y yo nací entre montañas, en los Cárpatos, en un ambiente muy primitivo. Era un pueblo realmente bárbaro, en el que los campesinos trabajaban tremendamente toda la semana para luego gastarse la paga en una noche, emborrachándose como cubas. Yo era un chico bastante robusto: !todo lo que tengo ahora de achacoso lo tenía entonces de fuerte! Le interesara a usted saber que mi mayor ambición por entonces era ser el primero jugando a los bolos: a los doce o trece años jugaba con los campesinos, por dinero o por cerveza. Me pasaba el domingo jugando contra ellos y frecuentemente lograba ganarles, aunque ellos fuesen más fuertes que yo, porque como no tenía otra cosa que hacer me pasaba la semana practicando…

Rumania

¿Fue la suya una infancia feliz?

Esto es muy importante: no conozco caso de una infancia tan feliz como la mía. Vivía junto a los Cárpatos, jugando libremente en el campo y en la montaña, sin obligaciones ni deberes. Fue una infancia inauditamente feliz, después, hablando con la gente, nunca he encontrado nada equivalente. Yo no quería salir nunca de aquel pueblo, no olvidare jamás el día en que mis padres me hicieron coger un coche para llevarme al liceo en la ciudad. Fue el final de mi sueño, la ruina de mi mundo.

¿Que recuerda usted ante todo de Rumania?

Lo que ante todo me gusto de Rumania fue su faceta extremadamente primitiva. Había naturalmente gente civilizada, pero lo que yo prefería eran los iletrados, los analfabetos… Hasta los veinte años nada me gustaba tanto como irme de Sibiu a las montañas y hablar con los pastores, con los campesinos completamente iletrados. Pasaba el tiempo charlando y bebiendo con ellos. Creo que un español puede entender esta faceta primitiva, muy primitiva. Hablábamos de cualquier cosa y yo lograba un contacto casi inmediato con ellos.

¿Qué recuerdos guarda de la situación histórica de su país durante su juventud?

Bueno, Europa oriental era entonces el Imperio austrohúngaro. Sibiu estaba enclavada en Transilvania, pertenecía al Imperio: nuestra capital soñada era Viena. Siempre me sentí de algún modo vinculado al Imperio… !en el que, sin embargo, los rumanos éramos esclavos! Durante la guerra del 14, mis padres fueron deportados por los húngaros… Me siento muy afín, psicológicamente, a los húngaros, a sus gustos y costumbres. La música húngara, gitana, me emociona profunda, muy profundamente. Soy una mezcla de húngaro y rumano. Es curioso, el pueblo rumano es el pueblo más fatalista del mundo. Cuando yo era joven, eso me indignaba, el manejo de conceptos metafísicos dudosos —como destino, fatalidad— para explicar el mundo. Pues bien: cuanto más avanzo en edad, más cerca voy sintiéndome de mis orígenes. Ahora debería sentirme europeo, occidental, pero no es así en absoluto. Tras una existencia en que he conocido bastantes países y leído muchos libros, he llegado a la conclusión de que era el campesino rumano quien tenía razón. Ese campesino que no cree en nada, que piensa que el hombre está perdido, que no hay nada que hacer, que se siente aplastado por la historia. Esa ideología de víctima es también mi concepción actual, mi filosofía de la historia. Realmente, toda mi formación intelectual no me ha servido de nada.

Un libro es una herida

Usted ha escrito: «Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro» ¿En qué sentido son peligrosos sus libros?

Bueno, mire usted: me han dicho muchas veces que lo que yo escribo en mis libros no debe decirse. Cuando saque el Précis, el crítico de Le Monde me mandó una carta de reconvención. «Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!» Eso es absurdo. .Para que van a servir los libros? Para aprender? Eso no tiene ningún interés, para eso no hay más que ir a clase. No, yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto mismo al lector. No, no me gustan los libros que se leen como quien lee el periódico, un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión. .Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. Una señora escribía hace poco sobre mí en Le Quotidien de Paris: «Cioran escribe las cosas que cada uno se repite en voz baja». No escribo proponiéndome fabricar «un libro», para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

En todos sus libros, junto a un aspecto que podríamos llamar pesimista, negro, brilla una extraña alegría, un gozo inexplicable pero reconfortante y hasta vivificador.

Es curioso esto que usted me dice; me lo han dicho muchos. Vera, yo no tengo demasiados lectores, pero podría citarle casos y casos de personas que han confesado a algún conocido mío: «Yo me habría suicidado si no hubiera leído a Cioran». Así, pues, creo que tiene usted mucha razón. Creo que la causa de esto es la pasión: yo no soy pesimista, sino violento… Esto es lo que hace vivificante a mi negación. En realidad, cuando antes hablábamos de heridas, yo no entendía eso de un modo negativo: !herir a alguien no equivale en modo alguno a paralizarle! Mis libros no son depresivos ni deprimentes, de igual forma que un látigo no es deprimente. Los escribo con furor y pasión. Si mis libros pudiesen ser escritos en frio, eso sería peligroso. Pero yo no puedo escribir en frio, soy como un enfermo que se sobrepone febrilmente en cada caso a su enfermedad. La primera persona que leyó el Breviario de podredumbre, aun en manuscrito, fue el poeta Jules de Supervielle. Era un hombre ya muy mayor, profundamente sujeto a depresiones, y me dijo: «Es increíble lo mucho que me ha estimulado su libro». En ese sentido, si quiere usted, soy como el diablo, que es un tipo  activo, un negador que hace marchar las cosas…

Aunque usted mismo se ha encargado de deslindar su obra de la filosofía propiamente dicha (verbi gratia, la carta-prologo que precede a mi Ensayo sobre Cioran), no es en modo alguno arbitrario encuadrarle dentro de esas actividades diversas, autocriticas, que ocupan el lugar vacante de la filosofía tras el final de los grandes sistemas decimonónicos. ¿Qué sentido tiene aún la filosofía, Cioran?

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capitulo tras capitulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue el quien saboteo el estilo de la filosofía académica, quien atento contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas, incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

También va en ello nuestra honradez. Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De este modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ! qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. .Por que? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja solo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema solo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

¿Cuál fue su formación filosófica? ¿Qué filósofos le han interesado más?

Bueno, en mi juventud lei mucho a Leon Chestov, que era muy conocido entonces en Rumania. Pero quien más me intereso, a quien más ame, esa es la palabra, fue a Georg Simmel. Ya sé que Simmel es bastante conocido en España, gracias al interés de Ortega por él, mientras que es completamente ignorado en Francia. Simmel era un escritor maravilloso, un magnifico filosofo-ensayista. Fue amigo íntimo de Lukacs y Bloch, en los que influyo y que luego renegaron de él, lo que me parece absolutamente deshonesto. Hoy Simmel está completamente olvidado en Alemania, silenciado incluso, pero en su época tuvo la admiración de figuras como Thomas Mann o Rilke. Simmel también fue un pensador fragmentario, lo mejor de su obra son fragmentos. También influyeron mucho en mi los pensadores alemanes de la llamada «filosofía de la vida», como Dilthey, etcétera. Por supuesto, también lei mucho a Kierkegaard entonces, cuando aún no era moda. En general, lo que más me ha interesado siempre es la filosofía-confesión. Lo mismo en filosofía que en literatura lo que me interesa son los casos, aquellos autores de quienes puede decirse que son «casos» en el sentido casi clínico de la expresión. Me interesan todos aquellos que van a la catástrofe y también los que lograron situarse más allá de la catástrofe. No puedo admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse. Por eso ame a Nietzsche o a Otto Weininger. O también autores rusos como Rozanov, escritores religiosos que rozan constantemente la herejía, tipo Dostoievski. No me marcaron los autores que son solamente una experiencia intelectual, como Husserl. De Heidegger me intereso su vertiente kierkegaardiana, no la husserliana. Pero, ante todo, busco el caso: en pensamiento o literatura tengo interés ante todo por lo frágil, lo precario, lo que se derrumba y también por lo que resiste la tentación de derrumbarse pero deja constancia de la amenaza…

¿Qué opina usted de la «nueva filosofía» francesa, brote polémico del día?

Bueno, no puedo decir que los conozca a fondo, pero en general creo que se trata de gente que comienza a despertar de su sueño dogmático…

Usted ha escrito uno de sus mejores libros sobre el tema de la utopía.

Recuerdo muy bien el comienzo de mi interés, durante una conversación en un café de Paris con María Zambrano, allá por los años cincuenta. Entonces decidí escribir algo sobre la utopía. Me puse a leer directamente a los utopistas: Moro, Fourier, Cabet, Campanella… Al principio, con exaltación fascinada; luego, con cansancio; finalmente, con mortal aburrimiento. Es increíble la fascinación que ejercieron los utopistas sobre grandes espíritus: Dostoievski, por ejemplo, leía a Cabet con admiración. ¡Cabet, que era un perfecto imbécil, un sub-Fourier! Todos creían que el milenio estaba por llegar: un par de años, una década a lo sumo… También era deprimente su optimismo, la pintura excesivamente rosa, esas mujeres de Fourier cantando mientras trabajaban en los talleres… Este optimismo utópico es frecuentemente despiadado. Recuerdo, por ejemplo, un encuentro que tuve con Teilhard de Chardin; el hombre peroraba entusiásticamente sobre la evolución del cosmos hacia Cristo, el punto Omega, etcétera… y entonces le pregunte que pensaba del dolor humano: «El dolor y el sufrimiento», me dijo «son un simple accidente de la evolución». Me fui indignado, negándome a discutir con aquel débil mental. Creo que la utopía y los utopistas han tenido un aspecto positivo, en el siglo XIX, el de llamar la atención sobre la desigualdad de la sociedad y urgir a remediarla. No olvidemos que el socialismo es a fin de cuentas hijo de los utopistas. Pero se basan en una idea errónea, la de la perfectibilidad indefinida del hombre. Creo más acertada la teoría del pecado original, aunque privándola de sus connotaciones religiosas, puramente como antropología. Ha habido una caída irremediable, una perdida que nada puede colmar. En realidad, creo que lo que me ha alejado finalmente de la tentación utopista es mi gusto por la historia, pues la historia es el antídoto de la utopía. Pero, aunque la práctica de la historia sea esencialmente antiutópica, es cierto que la utopía hace marchar la historia, la estimula. No actuamos más que bajo la fascinación de lo imposible: lo que equivale a decir que una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de entregarse a ella está amenazada por la esclerosis y la ruina. La utopía, la construcción de sistemas sociales perfectos, es una debilidad muy francesa: lo que al francés le falta de imaginación metafísica, le sobra de imaginación política. Fabrica impecables sistemas sociales, pero sin tener en cuenta la realidad. Es un vicio nacional: mayo del 68, por ejemplo, fue una producción constante de sistemas de todo tipo, mas ingeniosos e irrealizables unos que otros.

El poder es el mal 

La utopía es, por así decirlo, el problema de un poder inmanente y no trascendente a la sociedad. ¿Qué es el poder, Cioran?

Creo que el poder es malo, muy malo. Soy resignado y fatalista frente al hecho de su existencia, pero creo que es una calamidad. Mire usted, he conocido a gente que ha llegado a tener poder y es algo terrible. ¡Algo tan malo como un escritor que llega a hacerse celebre! Es lo mismo que llevar un uniforme; cuando se lleva uniforme ya no se es el mismo: bien, pues alcanzar el poder es llevar un uniforme invisible de forma permanente. Me pregunto: .por que un hombre normal, o aparentemente normal, acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche, etcétera? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio. Por eso no hay prácticamente ningún caso de dictador o jefe absoluto que abandone el poder de buen grado: el caso de Sila es el único que recuerdo. El poder es diabólico: el diablo no fue más que un ángel con ambición de poder, luego ni un ángel puede disponer de poder impunemente. Desear el poder es la gran maldición de la humanidad.

Volviendo a la utopía…

El ansia de utopía es un ansia religiosa, un deseo de absoluto. La utopía es la gran fragilidad de la historia, pero también su gran fuerza. En cierto sentido, la utopía es lo que rescata la historia. Ahí tiene usted la campana electoral en Francia, por ejemplo: si no fuera por su componente utópico, sería una querella entre tenderos… Mire usted, yo no podría ser político porque creo en la catástrofe. Por mi parte, estoy seguro de que la historia no es el camino del paraíso. Bueno, si soy un verdadero escéptico no puedo estar seguro ni de la catástrofe…, !digamos que estoy casi seguro! Por eso me siento desapegado de cualquier país, de cualquier grupo. Soy un apátrida metafísico, algo así como aquellos estoicos de fines del Imperio romano, que se sentían «ciudadanos del mundo», lo que es una forma de decir que no eran ciudadanos de ninguna parte.

Usted no solo ha desertado de su patria, sino también, lo que es aún más importante, de su lengua.

Ese es el mayor acontecimiento que puede ocurrirle a un escritor, el más dramático. ¡Las catástrofes históricas no son nada al lado de esto! Yo escribí en rumano hasta el año 47. Ese año yo me encontraba en una casita cerca de Dieppe y traducía a Mallarmé al rumano. De pronto me dije: «!Que absurdo! ¿Para qué traducir a Mallarme a una lengua que nadie conoce?». Y entonces renuncie a mi lengua. Me puse a escribir en francés y fue muy difícil, porque por temperamento la lengua francesa no me conviene, me hace falta una lengua salvaje, una lengua de borracho. El francés fue como una camisa de fuerza para mí. Escribir en otra lengua es una experiencia asombrosa. Se reflexiona sobre las palabras, sobre la escritura. Cuando escribía en rumano, yo no me daba cuenta de que escribía, simplemente escribía. Las palabras no eran entonces independientes de mí. En cuanto me puse a escribir en francés todas las palabras se hicieron conscientes, las tenía delante, fuera de mí, en sus celdillas y las iba cogiendo: «Ahora tú, y ahora tu». Es una experiencia parecida a otra que tuve cuando llegue a Paris. Me aloje en un hotelito del Barrio Latino, y el primer día, cuando baje a telefonear a conserjería, me encontré al encargado del hotel, su mujer y un hijo preparando el menú de comida: ¡lo preparaban como si fuese un plan de batalla! Me quedé asombrado: en Rumania yo había comido siempre como un animal, bien, pero inconscientemente, sin advertir lo que significa comer. En Paris me di cuenta de que comer es un ritual, un acto de civilización, casi una toma de posición filosófica… Del mismo modo, escribir en francés dejo de ser un acto instintivo, como era cuando escribía en rumano, y adquirió una dimensión deliberada, tal como deje también de comer inocentemente… Al cambiar de lengua, liquidé inmediatamente el pasado, cambie totalmente la vida. Aun hoy, sin embargo, me parece que escribo una lengua que no casa con nada, sin raíces, una lengua de invernadero.

Cioran, usted ha hablado frecuentemente del hastío. ¿Qué papel ha desempeñado en su vida el hastío, el tedio?

Puedo decirle que mi vida ha estado dominada por la experiencia del tedio. He conocido ese sentimiento desde mi infancia. No se trata de ese aburrimiento que puede combatirse por medio de diversiones, con la conversación o con los placeres, sino de un hastío, por decirlo así, fundamental y que consiste en esto: más o menos súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío esta en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello. El hastío es un vértigo, pero un vértigo tranquilo, monótono; es la revelación de la insignificancia universal, es la certidumbre llevada hasta el estupor o hasta la suprema clarividencia de que no se puede, de que no se debe hacer nada en este mundo ni en el otro, que no existe ningún mundo que pueda convenirnos y satisfacernos. A causa de esta experiencia —no constante, sino recurrente, pues el hastío viene por acceso, pero dura mucho más que una fiebre— no he podido hacer nada serio en la vida. A decir verdad, he vivido intensamente, pero sin poder integrarme en la existencia. Mi marginalidad no es accidental, sino esencial. Si Dios se aburriese, seguiría siendo Dios, pero un Dios marginal. Dejemos a Dios en paz. Desde siempre, mi sueño ha sido ser inútil e inutilizable. Pues bien, gracias al hastío he realizado ese sueño. Se impone una precisión: la experiencia que acabo de describir no es necesariamente deprimente, pues a veces se ve seguida de una exaltación que transforma el vacío en incendio, en un infierno deseable…

Y mientras me dispongo a salir, doran insiste:

No olvide decirles que solo soy un marginal, un marginal que escribe para hacer despertar. Repítaselo: mis libros pueden hacer despertar.

“Cioran e a antropologia apocalíptica”, de Amelia Natalia Bulboacă

Publicado originalmente em Cioran, archives paradoxales, tomo II. Paris: Éditions Garnier, 2015, p. 181-193.

Em seu primeiro livro, Nos cumes do desespero, publicado em 1934, Cioran declarava:

Por mais que eu tenha me debatido neste mundo e por mais que eu tenha me separado dele, a distância entre mim e ele só o tornou mais acessível. Embora eu não possa encontrar um sentido no mundo, um sentido objetivo e uma finalidade transcendente, que indique para onde o mundo evolui e aonde chegará o processo universal, a variedade de formas da existência foi, contudo, para mim, uma ocasião de eternos encantamentos e tristezas.[1]

Nesta passagem fundamental, o filósofo de Răşinari reconhece uma vocação antropológica equívoca: em primeiro lugar, sublinhando a distância entre si e o mundo (uma distância que tem sua fonte na experiência da descascadura existencial), Cioran adota, talvez de maneira inconsciente, uma perspectiva manifestamente etnográfica.

O próprio Cioran fala, num dos capítulos de seu Breviário de decomposição, das “tribulações de um meteco”, radicalmente apartado do mundo, fazendo alusão à sua própria condição existencial de desenraizamento total tanto em relação a seus “ancestrais” quanto em relação aos outros “horizontes, conhecidos até o esgotamento”, e apresentados, eles também, “no sudário do ennui”[2]: “Surgido de alguma tribo desafortunada, vaga pelos bulevares do Ocidente.”[3]

Nesta proposição, o estrangeirismo característico da antropologia em face das outras ciências humanas constitui-se justamente por sua incerteza que deriva do contato permanente com a alteridade. Mas, longe de ser um defeito, uma deficiência, como a chamava Ugo Fabietti, sua força se funda de modo paradoxal justamente sobre o fato de ser uma ciência menos segura de si.

Mas Cioran nos adverte em seu Breviário de decomposição:

Não há atenção cujo exercício não leve a um ato de aniquilação: tal é a fatalidade da observação, com todos os inconvenientes que decorrem para o observador, desde o moralista clássico até Proust. Tudo se dissolve sob o olhar escrutador.[4]

Nós desenvolveremos esse ponto de vista ao longo de todo este estudo, colocando-o em relação à antropologia negativa de Lévi-Strauss e sua visão filosófico-antropológica tão próxima do pensamento cioraniano. É interessante destacar a maneira como o vocabulário de Lévi-Strauss é amiúde idêntico ao de Cioran; o antropólogo francês afirmará que o próprio objetivo das ciências humanas é “dissolver o homem”. Dissolver o homem equivale a penetrar o significado último das coisas, a ir além da comodidade das aparências tranquilizadoras e dos preconceitos reconfortantes. É Cioran quem o afirma: “Um livro deve cutucar as feridas, provocá-las inclusive. Um livro deve ser um perigo.”[5]

Cioran praticará ao longo de toda sua vida um exercício intenso de desfascinação de todos os problemas ontológicos. Ao mesmo tempo, “o exilado metafísico”, que praticava constantemente a ruptura e o desenraizamento radical em relação a todos os mundos possíveis, é capaz de se impedir de cultivar uma paixão devastadora do fenômeno “homem” e da vida mesma. Numa entrevista com Constantin Noica, relatada por este em seu Jurnal de idei [Jornal de ideias], Cioran faz uma confissão inequívoca: “Não conte para ninguém, mas eu amo a vida!”[6] Assim, diante do espetáculo do mundo, Cioran é tanto “um crítico implacável quanto um amante desesperado.”[7]

A partir destas poucas observações nós já podemos ver o modo pelo qual o estilo inconfundível de Cioran apresenta pontos de uma intensa afinidade com os mais importantes representantes da antropologia moderna: o ceticismo, a dúvida, o desprendimento, a alienação até a dissolução numa outra coisa (a qual transcende tanto sua própria cultura quanto as culturas e as dimensões do outro, situando-se nalguma ponto na fronteira entre as duas realidades, ou à margem do círculo hermenêutico de que fala Clifford Geertz), mas também a fascinação impetuosa pelo Homem, inexoravelmente mesclada ao sentimento de horror que a Humanidade lhe inspira, ao lado do inconveniente e da “extravagância” de ter nascido.

Cioran apresenta-se a nós como um Diógenes pós-moderno. A condenação que ele lança à humanidade parece inapelável, mas a intransigência da negação não chega anular definitivamente a força da fascinação pela vida. Eis porque vemos em Cioran um antropológico apocalíptico, um antropólogo da lucidez extrema enquanto “equivalente negativo do êxtase”.[8] Cioran encarna um dos atributos fundamentais do etnólogo: para o pensador romeno, o ceticismo representa “a elegância da ansiedade”,[9] mas também um “exercício de desfascinação”.[10] Porém, o ceticismo não é apenas um método de estudo, pois:

Se tornamos a dúvida num fim, ela pode ser tão consoladora quanto a fé. Ela também é capaz de fervor, ela também, à sua maneira, triunfa sobre todas as perplexidades, ela também tem uma resposta para tudo. De onde vem, então, sua má reputação? É que ela é mais rara que a fé, mais inabordável, e mais misteriosa. Não se pode imaginar o que se passa na casa do duvidador…[11]

Nos Cahiers, Cioran se define como um “cético desenfreado”.[12] A sede de negar e de dilacerar irreparavelmente a onda de aparências não deriva de uma vontade gratuita de autodestruição, de um vício perverso da contradição, mas do fato de opor uma “resistência”: “Dizer a todas as coisas um não fulgurante, contribuir da melhor maneira possível ao aumento da perplexidade geral”,[13] e isto porque nós nos encontramos diante de uma demonstração subentendida, implícita, da impossibilidade de uma verdade objetiva, estabelecida de uma vez por todas.

O distanciamento em relação a sua própria tradição intelectual, como exercício etnográfico imprescritível, adquire em Cioran uma radicalidade metafísica: “Quem és? – Sou um estrangeiro para a polícia, para Deus, para mim mesmo.”[14]

Em Cioran, as ideias e os sentimentos jorram de uma autêntica filosofia pática, em razão de uma inevitável meditação sobre o homem:

Eis porque não se interroga sobre ele sem tormento, sem paixão. Sem dúvida é também mais decente apiedar-se dele que de si (o que Pascal bem compreendeu). Em longo prazo, esta paixão se torna tão extenuante que só se pensa nos meios de escapar a ela. Nem a fatalidade de ser si mesmo, tampouco a de ser vivo, poderia se comparar àquela de ser homem.[15]

Cioran porta-se como um autêntico etnólogo que cataloga com uma minúcia científica os aspectos mais escondidos da condição humana. Nenhum continente de angústia permanecerá inexplorado, nenhum mundo de sofrimento será ignorado. Por que, então, o Privatdenker se esforça tanto para dissipar nossas ilusões e nossas fascinações infantis? A resposta, ele mesmo nos dá:

“Não fica bem”, me dizia você, “praguejar o tempo todo contra a ordem das coisas.” “É culpa minha se sou apenas um novo rico da neurose, um Jó em busca de uma lepra, um Buda de pacotilha, um Cita indolente e extraviado?”[16]

Os esforços de Cioran, suas neuroses, tudo que nasce da intimidade de seus órgãos, do sofrimento que o dilacera , são não apenas uma experiência pática pessoal como também recebem, inevitavelmente, uma intensa vivência metonímica da existência humana universal.

Falando de si, Cioran fala do homem (em geral), analisando-se a si mesmo, ele vai além de si e inclusive hoje continua a nos falar com palavras humanas, vivas e bastante atuais, palavras que nos inspiram e nos fascinam em virtude de brotarem de um sofrimento inefável.[17]

A característica fundamental das fontes antropológico-filosóficas de Cioran é o vécu passionnel (“a vivência passional”); como Buda, Pirro, Jó, Pascal e Leopardi, Cioran concebe a filosofia não como uma doutrina, mas como uma Philosophische Praxis, uma resposta concreta, pática, ao esforço de permanecer vivo, como ato de “resistência à existência”.[18] É o próprio Cioran quem o confessa: “Eu não tenho nenhuma aptidão para a filosofia: eu só me interesso pelas atitudes, e pelo lado patético das ideias…”[19]

Cioran é um “hermeneuta das lágrimas”, pois “ele vê nelas o signo tangível, a cifra, o ícone da condição humana, uma condição que se caracteriza por uma infelicidade estrutural e por um destino hostil, em que Deus se encontra ou ausente ou, o que é pior, presente como mauvais démiurge.”[20]

Em 1933, o jovem Cioran, diplomado desde 1931 na Faculdade de Letras e Filosofia de Bucareste, inscreve-se no grupo intelectual Tesis de Sibiu, no qual fará (no mês de março) uma conferência sobre antropologia filosófica. Nesse estudo inédito, Cioran adotava uma série de termos específicos do vocabulário antropológico (ele fala do relativismo cultural, dos esforços dos ensaios tipológicos e da história das concepções antropológicas), além de expor sua visão característica de uma antropologia negativa (como Lévi-Strauss também definira a sua própria) e da decadência, ideias tão semelhantes às contidas nas últimas páginas da obra do famoso antropólogo francês, Tristes trópicos.

A visão trágica sobre o destino do Homem, que Cioran desenvolverá ao longo de toda sua obra – neste único livro que escreverá por toda sua vida, como ele mesmo confessa a Gabriel Liiceanu, em 1990 –, já se encontra presente nesse estudo de juventude dedicado à antropologia filosófica.  Nós encontramos aqui completa e exaustiva a forma desse pensamento, e o que seu autor faz não é senão nuançá-la nos livros ulteriores. A forte convicção de Cioran é de que o destino trágico do homem resulta da separação fatal entre o espírito e a vida biológica, pulsional, irracional, ideia que ele compartilha com Max Scheler e Ludwig Klages.

O distanciamento do espírito em relação à vida é o resulto de um processo e não de uma diferenciação originária. Desprendendo-se paulatinamente da vida, ele veio a situar-se se numa região transcendente em relação à vida, cuja espontaneidade ele paralisa, e cujo elã irracional ele destrói. É um aspecto da tragédia do homem esta sua incapacidade de viver a vida em toda sua plenitude.[21]

No Breviário de decomposição, encontrará a solução para esta maldição: “Que nenhum ‘sentimento’ torne a preocupar-nos, e que a ‘alma’ se transforme na velharia mais ridícula…”[22]

Este dilaceramento, esta cisão do Espírito (ou da consciência) em face do dado orgânico, biológico, vivente, levará o homem inexoravelmente não em direção a um progresso fantasmático de um devir histórico aureolado, mas em direção a uma decadência perpétua e impetuosa, essa queda originária do paraíso que o homem não poderia jamais eludir. No Breviário, Cioran afirma:

Quando Adão foi expulso do Paraíso, em vez de insultar seu perseguidor, apressou-se em batizar as coisas: era a única maneira de acomodar-se com elas e de esquecê-las; foram assentadas as bases do idealismo. E o que foi apenas um gesto, uma reação de defesa no primeiro balbuciador, tornou-se teoria em Platão, Kant e Hegel.[23]

Eis aqui a ideia da fonte de toda a história e civilização humanas: o dilaceramento primordial e o sofrimento inefável do Princípio.

Veremos como Lévi-Strauss sustenta a mesma posição apocalíptica e pessimista, afirmando que toda a civilização humana não passa, no fundo, de uma “florescência passageira”[24] que não tem nenhum sentido senão “permitir à humanidade o desempenho do seu papel.”[25] Dito de outro modo, uma folha de palmeira que não pode esconder a vergonha e o absurdo do fato de existir. A contradição assinalada por Cioran, de maneira paroxística, é de fato esta: “obsessão de Adão que o Paraíso expulsou, e daquele que a Terra expulsará: os dois extremos da impossibilidade do homem.”[26]

O homem é surpreendido por Cioran como um instantâneo apocalíptico da queda livre no Irreparável. Julgamos útil citar integralmente a seguinte passagem fundamental, este manifesto de um insólito Cioran antropólogo:

Penso que, numa antropologia filosófica, o problema da decadência do homem não poderia ficar de fora. A decadência deveria ser concebida como uma negação do homem, como um desvio essencial de sua natureza específica. No fenômeno das grandes culturas, a decadência se caracteriza pelo esgotamento do fundo da vida e pela tendência de uma orientação totalmente oposta àquela da cultura organizada.

O retorno à irracionalidade da vida, o fato de transcender o processo de desintegração, levam o homem de volta ao estado original anterior à cultura. Sem desenvolver aqui uma escatologia, esse fim do homem que equivale a uma reintegração na vida, a uma renúncia ao que faz a especificidade, constitui o fenômeno da decadência do homem. Não somos nem um pouco autorizados a crer que o homem, enquanto ser produtor de valores culturais, manter-se-á ainda por muito tempo, estando dado que a inconsistência, as contradições e as antinomias imanentes a sua estrutura reduzem suas possibilidades e sua capacidade produtiva. A decadência é um fenômeno fatal que devemos admitir e compreender. A recusa de um fenômeno tal deriva do fato de que o homem, sob o impulso de uma tendência de “etização” do real, atribui a este valores da ordem do bem cujo desenvolvimento ao longo do tempo é indefinido. O fato de que ele está submetido à decadência explica porque uma antropologia está tão mais próxima da realidade quanto o trágico predomina enquanto elemento essencial em sua estruturação. O destino do homem vem a ser impressionante uma vez enquadrado em tais fenômenos, visto que sua particularidade deriva de uma singularização dolorosa do homem no universo.[27]

Acreditamos que se pode encontrar aí a chave de acesso à toda a meditação antropológica de Cioran, a “cifra” da revelação de sua verdade. Há quatro pontos fundamentais que nós gostaríamos de sublinhar antes de, em seguida, aprofundá-los um a um.

Primeiramente, sublinhamos o termo “escatologia” empregado por Cioran, em relação ao conceito de “decadência”, mais exatamente o mesmo termo utilizado por Lévi-Strauss na elaboração de sua antropologia negativa (como tê-lo-ia chamado Günther Anders). Neste sentido, uma passagem de Tristes trópicos é reveladora uma vez que ele afirma que:

O mundo começou sem o homem e terminará sem ele. As instituições, os costumes e os hábitos, que terei passado minha vida a inventariar e a compreender, são uma florescência passageira de uma criação com referência à qual não possuem nenhum sentido, senão, talvez, o de permitir à humanidade o desempenho do seu papel Longe de marcar-lhe um lugar independente, e de ser o esforço do homem – mesmo condenado – opor-se em vão a uma decadência universal, esse papel aparece, também, como uma máquina, talvez mais aperfeiçoada do que as outras, trabalhando para a desagregação de uma ordem original e precipitando uma matéria poderosamente organizada numa inércia cada vez maior e que um dia será definitiva.[28]

Lévi-Strauss vai desenvolver, nas últimas e intensas páginas de seu tratado, uma autêntica escatologia, de aparência cioraniana, da decadência e do crepúsculo inevitável do homem e do devir. Esta “escatologia”, sobre a Cioran não argumentará, como se diz, no âmago de sua antropologia filosófica, será explicitada até suas últimas consequências em todos seus outros livros de maturidade. Lévi-Strauss, por sua vez, definirá a escatologia como uma “entropologia”.

Um segundo ponto essencial que se pode extrair deste fragmento revelador é a alusão feita por Cioran ao “retorno à irracionalidade da vida” que fará o homem retornar ao “estado anterior à cultura”. É ainda em Tristes trópicos que encontraremos, nessas páginas de uma intensa e maravilhosa descrição etnográfica de algumas tribos primitivas da América do Sul, a imagem viva, concreta, real, disso que Cioran concebia como o “estado originário anterior à cultura”. Trata-se aí, certamente, de uma idealização mais ou menos consciente da parte de Cioran, uma vez que uma organização humana, por mais primitiva que nos pareça, é, não obstante, a expressão de uma cultura, e talvez seja que nunca possamos realmente conhecer o aspecto do homem primordial, anterior à aparição da cultura.

Na escatologia que ele vai elaborar no Breviário de decomposição, Cioran profetiza que o crepúsculo definitivo do Devir do mundo e das civilizações não conduzirá à extinção do homem da face da terra, pois ele continuará resistindo, transformado numa espécie de sub-homem. Cioran sonha com o retorno à humanidade primordial, vital, à época em que o homem encontrava-se no começo da civilização, mas a tensão da fascinação e da desfascinação (ou, em termos baudelairianos, “o horror da vida e o êxtase da vida”) é resolvida, para Cioran, em termos negativos.

O homem “se aniquilará enquanto criador: devemos concluir que todos os homens desaparecerão da Terra? Não é preciso ver as coisas cor-de-rosa. Uma boa parte, os sobreviventes, continuará se arrastando, raça de subhomens, exploradores do apocalipse…”[29]

Por fim, Cioran identifica na dor e no sofrimento a peculiaridade da existência humana, e essa singularização dolorosa do homem no universo” faz com que seu destino pareça pura e simplesmente “impressionante”, completamente desprovido, tal como se mostra, de todo sentido. Por esta descoberta, o pensador desenvolverá em seguida, ao longo dos anos, uma verdadeira metafísica não apenas do “inconveniente de ter nascido”, mas também da “extravagância de ter nascido”.

Cioran e a fascinação do homem primitivo. O homem primitivo como filósofo cioraniano

Minha única desculpa: não escrevi nada que não tenha surgido de um grande sofrimento. Todos meus livros são resumos de provações e de desconsolações, quintessência de tormento e de fel, todos eles não passam de um mesmo e único grito.[30]

Cioran transpôs a imitação em conceito, isto é, ele traduziu em palavras a voz do ser, que é “o grito da queda no cosmos”.[31] “Cada ser emerge sabe-se lá de onde, solta seu pequeno grito e desaparece sem deixar rastros.”[32]

Para Cioran, “tudo neste mundo se reduz a ter um destino, e ter um destino significa viver no tempo com o sentimento do irreparável.”[33]

Di Gennaro observa, a propósito da hermenêutica das lágrimas do pensador de Răşinari:

É com sarcasmo que Cioran afirmava que: “No Juízo Final só se pesarão as lágrimas.”[34] Que pena que para além deste mundo só nos espere o ventre do nada. É disto que estava perfeitamente consciente o pensador de Sibiu, que viveu toda sua vida na esperança de que não mais houvesse razão nem de se queixar, nem de rezar, nem de escrever, e que nos legou, por sua imensa obra – composta de preces e de lágrimas – uma importante confissão sobre o modo como devemos encarar o doloroso caminho da vida.[35]

De fato, Cioran nos fala, por suas lágrimas, do caso humano em sentido antropológico, universal. Essas considerações que encontram sua fonte num descascamento existencial de uma intensidade transbordante, também estão presentes na filosofia e nas crenças do homem primitivo, compreendendo-se por este termo não uma noção negativa, de conotação evolucionista e etnocentrista, mas o estágio das culturas humanas caracterizadas por uma tradição oral e por uma religião dita “pagã” ou “politeísta”, “animista”, “fetichista” – numa palavra: “ancestral”.

O tema do sofrimento, o sentimento do trágico, do desespero, a relação conflitiva e indiferente com o divino, todos estes são aspectos que se pode encontrar também nas culturas tradicionais. Não é, portanto, surpreendente observar que Cioran nutrira desde sempre uma grande admiração por essa unidade primordial, pelo pagão simples, analfabeto, porém, de uma profundidade filosófica superior à do filósofo acadêmico. Esta profundidade deriva justamente da pulsação viva, inalterada, do espírito do homem primitivo que não está apartado da vida por uma cultura artificial dedicada a produzir ideias em escala industrial, como acontece com as sociedades “avançadas”, produção à qual Cioran permanece, não por acaso, marginal, recusando os prêmios literários que lhe foram conferidos ao longo do tempo, permanecendo fiel, até o fim, à intenção declarada de praticar a escrita como procedimento terapêutico de natureza estritamente privada, e de jamais escrever pensando num público leitor.

As raras ocasiões nas quais Cioran fala da felicidade são aquelas em que são rememorados os instantes inesquecíveis de uma infância paradisíaca passada em seu vilarejo natal de Răşinari, quando, na mais perfeita liberdade, ele flanava como autêntico selvagem pelos arredores da vila e de Coasta Boacii, verdadeiro axis mundi de seu paraíso perdido. Eis os termos pelos quais o pensador romeno fala de suas lembranças da Idade do Ouro:

Uma infância maravilhosa. Acredito que me tornei infeliz na vida como uma punição por ter sido tão extraordinariamente feliz quando criança. Refiro-me à minha primeira infância, até a idade de sete ou oito anos, não mais, após o quê minha vida foi uma catástrofe. Eu nasci num vilarejo montanhoso, bastante primitivo, e estava sempre fora de casa, ao céu aberto. Eu vivia como se estivesse na natureza selvagem. Tenho lembranças maravilhosas daquele tempo.[36]

É no mesmo que vai uma outra declaração de Cioran, esta por sua vez nos Cahiers: “Andar ao longo dos rios e quebrar nozes como as crianças e os vadios – eis o que é a felicidade.”[37]

Cioran fala, com efeito, de uma infância primordial, infantil, que se desprende desse fundo atávico de autenticidade da vida indiferenciada e que se traduz nos povos primitivos, assim como se vê em Lévi-Strauss, na vivência totalizante e natural, impetuosa – ou, o que é pior, demonizada – dos instintos humanos. Outra figura-chave que sempre seduzirá Cioran é aquela do raté (“fracassado”, “zé-ninguém”), mestre do cansaço – Meister des Überdrusses –, do “desgosto em relação à pseudo-Criação e da perda do paraíso”, como o precisa Ion Vartic:

Os ratés cioranianos não têm discursos de doutorado sobre a metafísica e a filosofia, mas revivem profundamente, e da maneira mais autêntica possível, a situação do primeiro filósofo, do pensador por conta própria e por responsabilidade própria, aparentado ao camponês e ao artesão, do vagabundo, da prostituta e do mendigo, e, no limite, do “troglodita” original, “cegado” e “aterrorizado” pelo espetáculo irresoluto do mundo.[38]

Leitor apaixonado dos escritores russos, “o adolescente Cioran retém a ideia de Tolstói da salvação pela ingenuidade camponesa”.[39] Ele verá em seus amigos analfabetos “o candor vital e o charmoso pitoresco, e, ao mesmo tempo, a sede inextinguível com que eles consumiam sua existência. Francamente, os viventes sabem viver e este fato leva Cioran em sua direção.”[40]

Pelas numerosas referências à natureza, à infância, à ingenuidade, assim como ao tipo do “homem real” representado unicamente pelo troglodita pré-histórico e pelo camponês, Schiller teria considerado automaticamente o camponês como pertencente à linha dos “sentimentais”. Frases como as presentes nos Cahiers justificariam totalmente a etiqueta schilleriana […] A natureza do mundo vegetal, mineral e animal, assim como a natureza humana da criança, do mundo primitivo e do camponês, nos atrai irresistivelmente – observava Schiller – porque uns e outros são natureza, pura e simplesmente. E o sentimento do mundo moderno em relação à natureza se assemelha perfeitamente ao sentimento do doente em relação à saúde.[41]

Cioran confessa a Jason Weiss:

Se quisermos conhecer a felicidade na vida, devemos nada fazer, nada realizar, apenas viver, sem mais. Sinto que o homem não deveria ter se lançado nesta fascinante aventura que é a história. Tudo que ele faz se volta contra ele, pois não foi feito para fazer nada, apenas para contemplar e viver como os animais e as árvores fazem. E irei ainda mais longe: o homem não deveria ter existido, deveria ter permanecido uma espécie como qualquer outra e não ter rompido com o resto da Criação.[42]

E, no Cahier de Talamanca, Cioran anota:

Eu creio, como o gnóstico Basilides, que a humanidade deve retornar aos limites naturais pelo retorno a uma ignorância universal, verdadeiro signo de redenção.[43]

Conforme mencionamos na introdução deste ensaio, parece-nos que Lévi-Strauss tende a esta posição quando faz o elogio do homem primitivo preconizado por seu ilustre precursor, Jean-Jacques Rousseau. Mas qual é, de fato, “a situação do primeiro filósofo” ao qual alude Ion Vartic no fragmento supracitado? Nós apelaremos a três grandes antropólogos (Lévi-Strauss, Paul Radin, Clifford Geertz) que nos forneceram abundantes descrições dessas fascinantes figuras, e poderemos ver como o núcleo do discurso antropológico cioraniano poderia ser representado por esse perpétuo exercício antinômico de fascinação e desfascinação. A vida e o homem – verdadeiro flagelo da Criação – horrorizam a Cioran, mas, ao mesmo tempo, ele sente uma atração inelutável pela vida em suas formas mais intensas, isto é, nessas formas em que o fatal dilaceramento entre Natureza e Espírito ainda não se produziu.

Nós tentamos, à nossa maneira, projetar uma luz outra sobre a obra de Emil Cioran, adotando um ponto de vista antropológico. Descobrimos no pensador romeno um verdadeiro antropólogo crepuscular, o antropólogo do apocalipse sem apocalipse… Ao mesmo tempo, na metafísica do homem primitivo, ou seja, do “objeto de estudo” específico da disciplina antropológica, pudemos esboçar a descrição de uma forma mentis surpreendentemente trágica, mas não ainda ateia ou niilista.

Esperamos que este exercício não terá sido vão, concluindo-o com um parágrafo da obra de juventude de Cioran, Antropologia filosofică:

Um fato permanece certo: no futuro próximo a antropologia constituirá a preocupação central e essencial da filosofia como outrora fora o caso da religião, da mecânica ou da história, com a diferença de que aquela utilizará estas últimas, o que inversamente não fora o caso.[44]

Tradução do francês:
Rodrigo Inácio Ribeiro Sá Menezes (14/02/2017)

NOTAS:

[1] CIORAN, Emil. “O princípio satânico no sofrimento”, Nos cumes do desespero. Trad. de Fernando Klabin. São Paulo: Hedra, 2011, p. 132.

[2] IDEM, Œuvres. Paris: Gallimard, [coll. « Bibliothèque de la Pléiade »], 2011, p. 98.

[3] IDEM, “Tribulações de um meteco”, Breviário de decomposição. Trad. de José Thomaz Brum. Rio de Janeiro: Rocco, 2011, p. 134.

[4] IDEM, “No segredo dos moralistas”, Ibid., p. 202.

[5] IDEM, Œuvres. Paris: Gallimard, [coll. « Bibliothèque de la Pléiade »], 2011, p. 942.

[6] Apud Rodica Fofiu, « Un désespoir calme/un désespoir ouvert. Correspondance Noïca-Cioran », in: Cahiers Emil Cioran. Approches critiques, vol. 10, p. 242, citação de Noica, Jurnal de idei, Journal d`idées, Bucureşti, Humanitas, 1991, p. 181. Em romeno: « Mă, să n-o spui nimănui, dar mie-mi place viaţa ! »

[7] DI GENNARO, Antonio; MOLCSAN, Gabriella (orgs.), Cioran in Italia. Atti del Convegno. Roma, 10 novembre 2011. Roma: Aracne, 2012, p. 109.

[8] CIORAN, E.M., Œuvres. Paris: Gallimard, [coll. « Bibliothèque de la Pléiade »], 2011, p. 942.

[9] IDEM, Silogismos da amargura. Trad. de José Thomaz Brum. Rio de Janeiro: Rocco, 2011, p. 23.

[10] IDEM, Le mauvais démiurge, in: Œuvres, Op. cit., p. 715.

[11] IDEM, Ibid., p. 716.

[12] IDEM, Cahiers : 1957-1972. Paris: Gallimard, 1997, p. 36.

[13] IDEM, Ibid., p. 26.

[14] IDEM, Le mauvais démiurge, in: Œuvres, Op. cit., p. 715.

[15] IDEM, Ibid., p. 655.

[16] IDEM, Silogismos da amargura, p. 69-70.

[17] DI GENNARO, Antonio; MOLCSAN, Gabriella Molcsan (orgs.), Op. cit., p. 155.

[18] IDEM, Ibid., p. 11.

[19] IDEM, Cahiers : 1957-1972, p. 55.

[20] DI GENNARO, Antonio; MOLCSAN, Gabriella (orgs.), Op. cit., p. 151.

[21] CIORAN, Emil. “Antropologia filosofică”, in: Opere, vol. II (Publicistică, manuscrise, corespondenţă). Bucareste: Academia Română/Fundaţia Naţională pentru Ştiinţă şi Artă, 2012, p. 939.

[22] IDEM, “Rostos da decadência”, Breviário de decomposição, p. 159.

[23] IDEM, Ibid., p. 157.

[24] LÉVI-STRAUSS, Claude, Tristes trópicos. Trad. de Wilson Martins. São Paulo: Anhembi, 1957, p. 442.

[25] IDEM, Ibid., p. 442.

[26] CIORAN, E.M., “Rostos da decadência”, Breviário de decomposição, p. 159.

[27] CIORAN, Emil. “Antropologia filosofică”, Op. cit., p. 940.

[28] LÉVI-STRAUSS, Claude, Tristes trópicos, p. 442.

[29] CIORAN, E.M., “Rostos da decadência”, Breviário de decomposição, p. 155.

[30] IDEM, Cahiers : 1957-1972, p. 588.

[31] BARBU, Constantin, Prefácio a Antropologia filosofică. Craiova: Editura Pentagon-Dionysos, 1991, p. 42-43.

[32] CIORAN, E.M., Cahiers : 1957-1972, p. 456.

[33] IDEM, “Antropologia filosofică”, Op. cit., p. 950.

[34] IDEM, Lacrimi şi sfinţi, in: Œuvres, p. 290.

[35] DI GENNARO, Antonio, Metafisica dell’addio. Roma: Aracne Editrice, 2014, p. 41-42.

[36] WEISS, Jason, An Interview with Cioran (realizada em Paris, agosto de 1983). Publicado pela primeira vez na revista Grand Street, vol. 5, no. 3, primavera de 1986, Nova Iorque, p. 112.

[37] CIORAN, E.M., Cahiers : 1957-1972, p. 616.

[38] VARTIC, Ion, Cioran naiv şi sentimental. Iaşi-Bucureşti: Polirom, 2011, p. 59.

[39] IDEM, Ibid., p. 63.

[40] IDEM, Ibid., p. 63.

[41] IDEM, Ibid., p. 274-275.

[42] WEISS, Jason, An Interview with Cioran, p. 140.

[43] CIORAN, E.M., Cahier de Talamanca-Ibiza. Paris: Mercure de France, 2000, p. 15.

[44] IDEM, “Antropologia filosofică”, Op. cit., p. 941.

Cioran: conversación con François Bondy

¿Le gusta escribir?

Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo. […] No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno! 

*

Aparecida en la obra de François Bondy: Gespräche mit James Baldwin, Carl Burckhardt, Mary McCarthy, E.M. Cioran, Witold Gombrowicz, Eugène Ionesco, Karl Jaspers, Hans Mayer, S. Mrozek, N. Sarraute, I. Silone, Jean Starobinski, Viena, Europa Verlag, 1970

¿Cómo consiguió este apartamento en el sexto piso, con una magnífica vista sobre los tejados del Barrio Latino?
Gracias al esnobismo literario. Llevaba ya mucho tiempo harto de mi habitación de hotel en la Rue Racine y había pedido a una agente inmobiliaria que me buscara algo, pero no me había enseñado nada. Entonces le envié un libro que acababa de publicar, con una dedicatoria. Dos días después, me trajo aquí, donde el alquiler —aunque le cueste creerlo— es de unos cien francos, lo que corresponde a mis medios de vida. Es lo que ocurre con las dedicatorias de autor. La sesión de la firma en Gallimard, cada vez que aparece un libro, era algo que me aburría y una vez no llegué a firmar la mitad de mi contingente de libros. Nunca he tenido peores críticas. Es un rito y una obligación. Ni siquiera Beckett puede substraerse a él. Joyce nunca pudo entenderlo. Le habían dicho que en París un crítico espera siempre una carta de agradecimiento del autor, cuando ha hablado bien de él. Y una vez accedió a enviar una tarjeta de visita con sus saludos a un crítico que había publicado un estudio importante sobre él. Pero al otro le pareció demasiado lacónico y no volvió a escribir nunca sobre Joyce.

Comencemos por Rumania. Usted se crió en Transilvania, estudió en Bucarest y en esta ciudad publicó sus primeros escritos. ¿Tenia usted ya en aquel momento, como tantos intelectuales rumanos, de Tzara a lonesco, los ojos puestos en París?
En absoluto. En aquella época la francofilia de los rumanos presentaba rasgos grotescos. Con ocasión de la primera guerra mundial un ministro dijo muy en serio para justificar la entrada de su país en la guerra: «Que Rumania desaparezca no es tan importante, pero Francia no debe perecer». Recuerdo una revista francesa de derecho constitucional que en aquel momento tiraba mil doscientos ejemplares en Rumania y hoy ya sólo vende un ejemplar de cada número. Tuve un profesor admirable de filosofía, Todor Vianu (murió hace unos años, siendo representante de Rumania ante la Unesco), y leía sobre todo a filósofos y teóricos del arte alemanes: Georg Simmel, Wólfflin, Worringer. Georg Simmel sigue siendo para mí uno de los más grandes. Ni Ernst Bloch ni Georg Lukács reconocieron suficientemente todo lo que le debían. Su compañera, con la que había tenido un hijo, se ocultó durante el Tercer Reich y por un capricho del destino, al intentar llegar a Suiza, justo antes del fin de la guerra, fue detenida y deportada.

¿Había muchas personas en aquella época en Bucarest que hubieran optado por estudiar estética?
Millares. Como el Estado quería formar rápidamente un estrato de intelectuales, había cincuenta mil estudiantes en Bucarest. Volvían a los pueblos con sus diplomas, sin ganas ya de bensuciarse las manos, y se hundían en el tedio, la desesperación. El inmenso tedio rumano: era como un Chéjov muy malo. Además de los alemanes, yo leía también a los espiritualistas rusos, como Leo Chestov. ¿En Transilvania? Para todos los que vivían allí, seguía siendo el mundo de la monarquía imperial, que ni siquiera hoy se ha olvidado, ni allí ni en Yugoslavia. He oído incluso a comunistas hablar con emoción del emperador Francisco José. Mi padre era pope: para los intelectuales rumanos de la Transilvania húngara apenas había otras profesiones. Puede usted observar también la cantidad de intelectuales rumanos de hoy que son hijos de pope. Mis padres habían estado por un tiempo en escuelas primarias húngaras y a veces hablaban húngaro entre ellos. Durante la guerra, fueron desplazados por ser rumanos: mi padre a Sopron (Odemburgo), mi madre a Cluj (Klausemburgo). Mi padre fue primero pope en un pueblo de los Cárpatos y después párroco de Hermannstadt.

Su propia inclinación al misticismo, su odio del mundo, ¿proceden de la tradición ortodoxa?
Están más emparentados con la secta gnóstica de los bogomilos, los antecesores de los cátaros, cuya influencia fue intensa sobre todo en Bulgaria. En mi infancia yo era violentamente ateo, por no decir algo peor. Cuando recitaban la oración de la comida, me levantaba al instante y abandonaba la mesa. Sin embargo, me reconozco próximo a la creencia profunda del pueblo rumano, según la cual la Creación y el pecado son una y la misma cosa. En gran parte de la cultura balcánica, nunca ha cesado la acusación contra la Creación. ¿Qué es la tragedia griega sino la queja constante del coro, es decir, del pueblo, a propósito del destino? Por lo demás, Dionisos procedía de Tracia.

Es asombroso: sus escritos son profundamente pesimistas, pero su estilo es alegre, vivo, de un humor cáustico. También en la conversación sus ideas dan miedo, pero el tono es agudo, animado. ¿Cómo explica usted ese contraste?
Debe de ser algo heredado de mis padres, que tenían caracteres totalmente opuestos. Nunca he podido escribir de otro modo que con el desaliento de las noches de insomnio y durante siete años apenas pude dormir. Creo que en todo escritor se reconoce si los pensamientos que lo ocupan son diurnos o nocturnos. Yo necesito ese desaliento y aún hoy, antes de escribir, pongo un disco de música cíngara húngara. Al mismo tiempo, yo tenía una gran vitalidad, que he conservado y que vuelvo contra sí misma. No se trata de estar más o menos abatido, hay que estar melancólico hasta el exceso, extraordinariamente triste. Entonces es cuando se produce una reacción biológica saludable. Entre el horror y el éxtasis, practico una tristeza activa. Durante mucho tiempo Kafka me pareció demasiado deprimente.

¿Le gusta escribir?
Lo detesto y, además, he escrito muy poco. La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más ocioso de París. Creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo.

¿Cómo se gana la vida?
A los cuarenta años, estaba todavía matriculado en la Sorbona, comía en la cantina de los estudiantes y esperaba que esa situación durase hasta el fin de mis días. Pero promulgaron una ley que prohibía matricularse a partir de los veintisiete años y que me expulsó de ese paraíso. Al llegar a París, me había comprometido con el Instituto Francés a escribir una tesis y ya había comunicado su tema —algo sobre la ética de Nietzsche—… pero no pensaba en absoluto escribirla. En lugar de eso, recorrí toda Francia en bicicleta. Al final, no me retiraron la beca, porque les pareció que llevar Francia en las piernas tampoco carecía de mérito. Pero leo mucho y sobre todo releo sin cesar. Me he leído todo Dostoyevski cinco o seis veces. No se debería escribir sobre lo que no se haya releído. En Francia existe también el rito del libro anual. Hay que sacar un libro todos los años; si no, «te olvidan». Es el acto de presencia obligatorio. Basta con echar cuentas. Si el autor tiene ochenta años, ya se sabe que ha publicado sesenta libros. ¡Qué suerte tuvieron Marco Aurelio y el autor de la Imitación de no necesitar más de uno!

¿Cómo se estrenó usted?
Con un libro aparecido en Bucarest en 1933. En las cimas de la desesperación, que contiene ya todo lo que vendría después. Es el más filosófico de mis libros.

¿Qué ocurrió con la Guardia de Hierro, la variante rumana del fascismo? Dicen que usted simpatizó con ella.
La Guardia de Hierro, de la que, por lo demás, nunca formé parte, fue un fenómeno muy singular. Su jefe, Codreanu, era, en realidad, un eslavo que recordaba más bien a un general del ejército ucraniano. La mayoría de los comandos de la Guardia estaban compuestos por macedonios en exilio: de forma general, llevaba sobre todo la marca de las poblaciones circundantes de Rumania. Como el cáncer, del que se dice que no es una enfermedad, sino un complejo de enfermedades, la Guardia de Hierro era un complejo de movimientos y más una secta delirante que un partido. En ella se hablaba menos de la renovación nacional que de los prestigios de la muerte. Los rumanos son generalmente escépticos, no esperan gran cosa del destino. Por eso la Guardia era despreciada por la mayoría de los intelectuales, pero en el plano psicológico era distinto. Hay como una locura en ese pueblo profundamente fatalista. Y los intelectuales a que he aludido antes, con sus diplomas en pueblos donde se aburrían a muerte, se incorporaban de buen grado a sus filas. La Guardia de Hierro estaba considerada un remedio para todos los males, incluido el tedio y hasta las purgaciones. Ese gusto por los extremos habría podido atraer también a mucha gente hacia el comunismo, pero entonces apenas existía y no tenía nada que ofrecer. En aquella época experimenté en mí mismo cómo sin la menor convicción se puede ceder a un entusiasmo. Es un estado que posteriormente he observado con frecuencia y no sólo en personas de veinte años, como aquellas entre las que me contaba yo entonces, sino, por desgracia, también en sexagenarios. Me ha decepcionado mucho.

¿Lo tildan con frecuencia de reaccionario?
Lo niego. Voy mucho más lejos. Henri Thomas me dijo un día: «Usted está contra todo lo que ha ocurrido desde 1920», y yo le respondí: «¡No, desde Adán!».

¿Cuáles son hoy sus relaciones con Rumania?
A la muerte de Stalin, todo el mundo se sentía aliviado, sólo yo suspiraba: «Ahora se alzará el telón y vendrán para aquí todos los rumanos». Y eso fue, en efecto, lo que sucedió. Vi llegar de repente a mi casa a los parientes más alejados y a compañeros de clase, que se pasaban horas contándome historias de vecindad y yo qué sé qué más. Entre ellos había un médico al que conocía desde el colegio y un día tuve un acceso de ira y le grité que se largara. Entonces me dijo: «¿No sabes que las células nerviosas no se regeneran nunca y no hay que malgastarlas?». Eso me calmó y seguimos hablando. Yo tenía un amigo íntimo que era un dirigente comunista. En aquella época yo le aconsejaba que se quedara aquí. En la calle me dijo: «Nadie es profeta fuera de su país», y volvió allí. Después pasó dieciocho años en un campo de concentración por desviacionismo. Pudo conservar el equilibrio mental reflexionando sobre problemas matemáticos. Hoy está libre y recibe una renta del Estado.

Usted está contra la historia, pero le fascinan sus problemas.
Observo su explosión. Hoy vivimos en un tiempo posthistórico, del mismo modo que hay un poscristianismo. El teólogo Paul Tillich, que abandonó Alemania en 1934, se puso a hablar en los Estados Unidos del poscristianismo y no chocaba a nadie. Se habla de ello incluso en los púlpitos. Pero después se puso a luchar contra la idea de progreso y entonces se escandalizaron. Ese era el único sacrilegio auténtico. Pero hoy ya no. Estamos presenciando la demolición de la idea de progreso. Incluso los pesimistas de aquella época, como Eduard von Hartmann, estaban apegados a la idea de progreso. Sus ideas representaban para ellos un progreso del pensamiento. Pero hoy esa idea está comprometida en otro sentido. Antaño se vivía con la certidumbre de un futuro para la humanidad. Ahora ya no es así. Al hablar del futuro, se añade con frecuencia: «Si es que quedan hombres entonces». Antaño el fin de la humanidad cobraba un sentido escatológico, iba unido a una idea de salvación; hoy se lo considera un hecho, sin connotación religiosa, ha entrado dentro de las previsiones. Sabemos que esto puede acabarse y desde entonces hay algo corrupto en la idea de progreso. Nada es ya como antes y aún en nuestros días veremos producirse un cambio inaudito, inconcebible, en el hombre. El cristianismo está perdido, pero la historia también. La humanidad ha seguido un mal camino. ¿Acaso no es insoportable ese hormiguear de hombres que ocupan el sitio
de todas las demás especies? Acabaremos convirtiéndonos en una sola y única metrópolis, un Pére-Lachaise universal. El hombre ensucia y degrada todo lo que lo rodea y en los próximos cincuenta años se verá afectado él mismo muy duramente.

¿En qué figura de la tradición se reconoce usted?
La de Buda sigue siendo la más próxima. El comprendió el verdadero problema. Pero tengo demasiado temperamento para dominarlo como él. Siempre habrá un conflicto entre lo que sé y lo que siento.

¿Nunca ha sentido la tentación de llevar, como su amigo Ionesco, esos conflictos a la escena?
Imposible. Mi pensamiento no se produce como un proceso, sino como un resultado, un residuo. Es lo que queda después de la fermentación, los desechos, el poso.

CIORAN, E. M., Conversaciones. Trad. de Carlos Manzano. Barcelona: Tusquets, 1997, p. 11-16.

“Nueva refutación del tiempo”, de Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges
(1899–1986)

Otras inquisiciones (1952)

NUEVA REFUTACIÓN DEL TIEMPO

Vor mir war keine Zeit, nach mir wird keine seyn. Mit mir gebiert sie sich, mit mir geht sie auch ein. Daniel von Czepko:Sexcenta monodisticha sapientum, iii. (1655).

nota preliminar

Publicada al promediar el siglo XVIII, esta refutación (o su nombre) perduraría en las bibliografías de Hume y acaso hubiera merecido una línea de Huxley o de Kemp Smith. Publicada en 1947 —después de Bergson—, es la anacrónica reductio ad absurdum de un sistema pretérito o, lo que es peor, el débil artificio de un argentino extraviado en la metafísica. Ambas conjeturas son verosímiles y quizá verdaderas; para corregirlas, no puedo prometer, a trueque de mi dialéctica rudimentaria, una conclusión inaudita. La tesis que propalaré es tan antigua como la flecha de Zenón o como el carro del rey griego, en el Milinda Pañha; la novedad, si is hay, consiste en aplicar a ese fin el clásico instrumento de Berkeley. Éste y su continuador David Hume abun­dan en párrafos que contradicen o que excluyen mi tesis; creo haber deducido, no obstante, la consecuencia inevitable de su doctrina.

El primer artículo (A) es de 1944 y apareció en el número 115 de la revistaSur; el segundo, de 1946, es una revisión del primero. Deliberadamente, no hice de los dos uno solo, por entender que la lectura de dos textos análogos puede facilitar la comprensión de una materia indócil.

Una palabra sobre el título. No se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han denominado contra­dictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una refutación del tiempo es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la noción que el sujeto quiere destruir. Lo dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla pruebe que no exagero is importancia de estos juegos verbales. Por lo demás, tan saturado y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible que no haya en estas hojas una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque.

Dedico estos ejercicios a mi ascendiente Juan Crisóstomo La­finur (1797-1824), que ha dejado a las letras argentinas algún endecasílabo memorable y que trató de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y de Condillac. Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. [1]

j.l.b.      

Buenos Aires, 23 de diciembre de 1946.

[1] No hay exposición del budismo que no mencione el Milinda Pañha, obra apologética del siglo II, que refiere un debate cuyos interlocutores son el rey de la Bactriana, Menandro, y el monje Nagasena. Éste razona que así como el carro del rey no es las ruedas ni la caja ni el eje ni la lanza ni el yugo, tampoco el hombre es la materia, la forma, las impresiones, las ideas, los instintos o la conciencia. No es la combinación de esas partes ni existe fuera de ella… Al cabo de una controversia de muchos días, Menandro (Milinda) se convierte a la fe del Bruddha.

El Milindra Pañha ha sido vertido al inglés por Rhys Davids (Oxford, 1890, 1894).

A

I

En el decurso de una vida consagrada a las letras y (alguna vez) a la perplejidad metafísica, he divisado o presentido un refutación del tiempo, de la que yo mismo descreo, pero que suele visitarme en las noches y en el fatigado crepúsculo, con ilusoria , con ilusoria fuerza de axioma. Esa refutación está de algún modo en todos mis libros: la prefiguran los poemasInscripción en cualquier sepulcro y El truco, de mi Fervor de Buenos Aires(1923); la declaran cierta página de Evaristo Carriego (1930) y el relatoSentirse en muerte, que más adelante transcribo. Ninguno de los textos que he enumerado me satisface, ni siquiera el penúltimo de la serie, menos demostrativo y razonado que adivinatorio y patético. A todos ellos procuraré fundamentarlos con este escrito.

Dos argumentos me abocaron a esa refutación: el idealismo de Berkeley, el principio de los indiscernibles, de Leibniz.

Berkeley (Principles of Human Knowledge, 3) observó: “Todos admitirán que ni nuestros pensamientos ni nuestras pasiones ni las ideas formadas por nuestra imaginación existen sin la mente. No menos claro es para mí que las diversas sensaciones, o ideas impresas en los sentidos, de cualquier modo que se combinen (id est, cualquiera sea el objeto que formen), no pueden existir más que en una mente que las perciba… Afirmo que esta mesa existe; es decir, la veo y la toco. Si al estar fuera de mi escritorio, afirmo lo mismo, sólo quiero decir que si estuviera aquí la per­cibiría, o que la percibe algún otro espíritu. Hablar de la existencia absoluta de cosas inanimadas, sin relación al hecho de si las perciben o no, es para mi insensato. Su esse es percipi; no es posible que existan fuera de las mentes que las perciben”. En el párrafo 23 agregó, previniendo objeciones: “Pero, se dirá, nada es más fácil que imaginar árboles en un prado o libros en una biblioteca, y nadie cerca de ellos que los percibe. En efecto, nada es más fácil. Pero, os pregunto, ¿que habéis hecho sino formar en la mente algunas ideas que llamáis libros o árboles y omitir al mismo tiempo la idea de alguien que los percibe? Vosotros, mientras tanto, ¿no los pensábais? No niego que la mente sea capaz de imaginar ideas; niego que los objetos puedan existir fuera de la mente.” En otro párralo, el número 6, ya había decla­rado: “Hay verdades tan claras que para verlas nos basta abrir los ojos. Una de ellas es la importante verdad: Todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra —todos los cuerpos que componen la poderosa fábrica del universo— no existen fuera de una mente; no tienen otro ser que ser percibidos; no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente de un Espíritu Eterno”.

Tal es, en las palabras de su inventor, la doctrina idealista. Comprenderla es fácil; lo difícil es pensar dentro de su límite. El mismo Schopenhauer, al exponerla, comete negligencias culpables. En las primeras líneas del primer libro de su Welt als Wille and Vorstellung —año de 1819— formula esta declaración que lo hace acreedor a la imperecedera perplejidad de todos los hombres: “El mundo es mi representación. El hombre que confiesa esta verdad sabe claramente que no conoce un sol ni una tierra, sino tan sólo unos ojos que ven un sol y una mano que siente el contacto de una tierra.” Es decir, para el idealista Scho­penhauer los ojos y la mano del hombre son menos ilusorios o aparenciales que la tierra y el sol. En 1844, publica un tomo complementario. En su primer capítulo redescubre y agrava el antiguo error: define el universo como un fenómeno cerebral y distingue “el mundo en la cabeza” del “mundo fuera de la cabeza”. Berkeley, sin embargo, le había hecho decir a Philonous en 1713: “El cerebro de que hablas, siendo una cosa sensible, sólo puede existir en la mente. Yo querría saber si te parece razonable la conjetura de que una idea o cosa en la mente oca­siona todas las otras. Si contestas que sí, ¿cómo explicarás el origen de esa idea primaria o cerebro?”. Al dualismo o cerebrísmo de Schopenhauer, también es justo contraponer el monismo de Spiller. Éste (The Mind of Man, capítulo VIII, 1902) arguye que la retina y la superficie cutánea invocadas para explicar lo visual y lo táctil son, a su vez, dos sistemas táctiles y visuales y que el aposento que vemos (el “objetivo”) no es mayor que el imaginado (el “cerebral”) y no lo contiene, ya que se trata de dos sistemas visuales independientes. Berkeley (Principles of Human Knowledge, 10 y 116) negó asimismo las cualidades primarias —la solidez y la extensión de las cosas— y el espacio absoluto.

Berkeley afirmó la existencia continua de los objetos, ya que cuando algún individuo no los percibe, Dios los percibe; Hume, con más lógica, la niega (Treatise of Human Nature, I, 4, 2); Berkeley afirmó la identidad personal, “pues yo no meramente soy mis ideas, sino otra cosa: un principio activo y pensante” (Dialogues, 3); Hume, el escéptico, la refuta y hace de cada hombre “una colección o atadura de percepciones, que se suceden unas a otras con inconcebible rapidez” (obra citada, I, 4, 6). Ambos afirman el tiempo: para Berkeley, es “la sucesión de ideas que fluye uniformemente y de la que todos los seres participan” (Principles of Human Knowledge, 98); para Hume, “una sucesión de momentos indivisibles” (obra citada, I, 2, 2).

He acumulado transcripciones de los apologistas del idealismo, he prodigado sus pasajes canónicos, he sido iterativo y explícito, he censurado a Schopenhauer (no sin ingratitud), para que mi lector vaya penetrando en ese inestable mundo mental. Un mundo de impresiones evanescentes; un mundo sin materia ni espíritu, ni objetivo ni subjetivo; un mundo sin la arquitectura ideal del espacio; un mundo hecho de tiempo, del absoluto tiempo uniforme de los Principia; un laberinto infatigable, un caos, un sueño. A esa casi perfecta disgregación llegó David Hume.

Admitido el argumento idealista, entiendo que es posible —tal vez, inevitable— ir más lejos. Para Hume no es lícito hablar de la forma de la luna o de su color; la forma y el color son la luna; tampoco puede hablarse de las percepciones de la mente, ya que la mente no es otra cosa que una serie de percepciones. El pienso, luego soy cartesiano queda invalidado; decir piensoes postular el yo, es una petición de principio; Lichtenberg, en el siglo XVIII, propuso que en lugar de pienso, dijéramos imper­sonalmente piensa, como quien dice truena o relampaguea. Lo repito: no hay detrás de las caras un yo secreto, que gobierna los actos y que recibe las impresiones; somos únicamente la serie de esos actos imaginarios y de esas impresiones errantes. ¿La serie? Negados el espíritu y la materia, que son continuidades, negado también el espacio, no se qué derecho tenemos a esa continuidad que es el tiempo. Imaginemos un presente cualquiera. En una de las noches del Misisipí, Huckleberry Finn se despierta; la balsa, perdida en la tiniebla parcial, prosigue río abajo; hace tal vez un poco de frío. Huckleberry Finn reconoce el manso ruido infatigable del agua; abre con negligencia los ojos; ve un vago número de estrellas, ve una raya indistinta que son los árboles; luego, se hunde en el sueño inmemorable como en un agua oscura. [1] La metafísica idealista declara que añadir a esas percepciones una sustancia material (el objeto) y una sustancia espiritual (el sujeto) es aventurado e inútil; yo afirmo que no menos ilógico es pensar que son términos de una serie cuyo principio es tan inconcebible como su fin. Agregar al río y a la ribera percibidos por Huck la noción de otro río sustantivo de otra ribera, agregar otra percepción a esa red inmediata de percepciones, es, para el idealismo, injustificable; para mí, no es menos injustificable agregar una precisión cronológica: el hecho, por ejemplo, de que lo anterior ocurrió la noche del 7 de junio de 1849, entre las cuatro y diez y las cuatro y once. Dicho sea con otras palabras: niego, con argimientos del idea­lismo, la vasta serie temporal que el idealismo admite. Hume ha negado la existencia de un espacio absoluto, en el que tiene su lugar cada cosa; yo, la de un solo tiempo, en el que se esla­bonan todos los hechos. Negar la coexistencia no es menos arduo que negar la sucesión.

Niego, en un húmero elevado de casos, lo sucesivo; niego, en un numero elevado de casos, lo contemporáneo también. El amante que piensa Mientras yo estaba tan feliz, pensando en la fidelidad de mi amor, ella me engañaba,se engaña: si cada estado que vivimos es absoluto, esa felicidad no fue contempo­ránea de esa traición; el descubrimiento de esa traición es un estado más, inapto para modificar a los “anteriores”, aunque no a su recuerdo. La desventura de hoy no es más real que la dicha pretérita. Busco un ejemplo más concreto. A principios de agosto de 1824, el capitán Isidoro Suárez, a la cabeza de un escuadrón de Húsares del Perú, decidió la victoria de Junín; a principios de agosto de 1824, De Quincey publicó una diatriba contra Wilhelm Meisters Lehrjahre; tales hechos no fueron contempo­ráneos (ahora lo son), ya que los dos hombres murieron, aquél en la ciudad de Montevideo, éste en Edimburgo, sin saber nada el uno del otro… Cada instante es autónomo. Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado. No menos vanos me parecen la esperanza y el miedo, que siempre se refieren a hechos futuros; es decir, a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minu­cioso presente. Me dicen que el presente, el specious present de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción de segundo; eso dura la historia del universo. Mejor dicho, no hay esa historia, como no hay la vida de un hombre, ni siquiera una de sus noches; cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto. El universo, la suma de todos los hechos, es una colección no menos ideal que la de todos los caballos con que Shakespeare soñó —¿uno, muchos, ninguno?— entre 1592 y 1594. Agrego: si el tiempo es un proceso mental ¿cómo pueden compartirlo millares de hombres, o aun dos hombres distintos?

El argumento de los párrafos anteriores, interrumpido y como entorpecido de ejemplos, puede parecer intrincado. Busco un método más directo. Consideremos una vicia en cuyo decurso las repeticiones abundan: la mía, verbigracia. No paso ante la Reco­leta sin recordar que están sepultados ahí mi padre, mis abuelos y trasabuelos, como yo lo estaré; luego recuerdo ya haber recor­dado lo mismo, ya innumerables veces; no puedo caminar por los arrabales en la soledad de la noche, sin pensar que ésta nos agracia porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo; no puedo lamentar la perdición de un amor o de una amistad sin meditar que sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido; cada vez que atravieso una de las esquinas del sur, pienso en usted, Helena; cada vez que el aire me trae un olor de eucaliptos, pienso en Adrogué, en mi niñez; cada vez que recuerdo el frag­mento 91 de Heráclito: No bajarás dos veces al mismo río, admiro su destreza dialéctica, pues la facilidad con que aceptamos el primer sentido (“El río es otro”) nos importe clandestinamente el segundo (“Soy otro”) y nos concede la ilusión de haberlo inventado; cada ver que oigo a un germanófilo vituperan el yiddishL, rellexiono que el yiddish es, ante todo, un dialecto alemán, apenas maculado por el idioma del Espíritu Santo. Esas tautologías (y otras que callo) son mi vida entera. Naturalmente, se repiten sin precisión; hay diferencias de énfasis, de temperatura, de luz, de estado fisiológico general. Sospecho, sin embargo, que el número de variaciones circunstanciales no es infinito: podemos postular, en la mente de un individuo (o de dos individuos que se igno­ran, pero en quienes se opera el mismo proceso), dos momentos iguales. Postulada esa igualdad, cabe preguntar: Esos idénticos momentos ¿no son el mismo? ¿No basta un salo término repetido para desbaratar y confundir la serie del tiempo? ¿Los fervorosos que se entregan a una línea de Shakespeare no son, literalmente, Shakespeare.

Ignoro, aún, la ética del sistema que he bosquejado. No sé si existe. El quinto párrafo del cuarto capítulo del tratado Sanhedrín de la Mishnah declara que, para la justicia de Dios, el que mata a un solo hombre, destruye el mundo; si no hay plu­ralidad, el que aniquilara a todos los hombres no sería más cul­pable que el primitivo y solitario Caín, lo cual es ortodoxo, ni más universal en la destrucción, lo que puede ser mágico. Yo entiendo que así es. Las ruidosas catástrofes generales —incendios, guerras, epidemias— son un solo dolor, ilusoriamente multipli­cado en muchos espejos. Así lo juzga Bernard Shaw (Guide to Socialism, 86) : “Lo que tú puedes padecer es lo máximo que pueda padecerse en la tierra. Si mueres de inanición sufrirás toda la inanición que ha habido o que habrá. Si diez mil personas mueren contigo, su participación en tu suerte no hará que tengas diez mil veces más hambre ni multiplicará por diez mil el tiempo en que agonices. No te dejes abrumar por la horrenda suma de los padecimientos humanos; la tal suma no existe. Ni la pobreza ni el dolor son acumulables”. Cf. también The Problem of Pain, VII, de C. S. Lewis.

Lucrecio (De rerum natura, I, 830) atribuye a Anaxágoras la doctrina de que el oro consta de partículas de oro; el fuego, de chispas; el hueso, de huesitos imperceptibles. Josiah Royce, tal vez influido por San Agustín, juzga que el tiempo está hecho de tiempo y que “todo presente en el que algo ocurre es también una sucesión” (The World and the Individual, II, 139). Esa pro­posición es compatible con la de este trabajo.

II

Todo lenguaje es de índole sucesiva; no es hábil para razonar lo eterno, lo intemporal. Quienes hayan seguido con desagrado la argumentación anterior, preferirían tal vez esta página de 1928. La he mencionado ya; se trata del relato que se titula Sentirse en muerte:

“Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedi­cación. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.

Lo rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un sabor extraño a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de proba­bilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria ante­visión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro cons­ciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invi­síble esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos —más altos que las líneas estiradas de las paredes— parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle, la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya pampeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.

Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta años… Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo; indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí; no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la in­concebible palabraeternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.

La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homo­géneos —noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental— no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa den­tidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo.

Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una sola música, los de mucha intensidad o mucho desgano— son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni si­quiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede pues en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad dee que esa noche no me fue avara”.

B

De las muchas doctrinas que la historia de la lilosofía registra, tal vez el idealismo es la más antigua y la más divulgada. La observación es de Carlyle (Novalis, 1829); a los filósofos que alega cabe añadir, sin esperanza de integrar el infinito censo, los platónicos, para quienes lo único real son los prototipos (Norris, Judas, Abrabanel, Gemisto, Plotino), los teólogos, para quienes es contingente todo lo que no es la divinidad (Malebranche, Johannes Eckhart), los monistas, que hacen del uni­verso un ocioso adjetivo de lo Absoluto (Bradley, Hegel, Parménides)… El idealismo es tan antiguo como la inquietud meta­física: su apologista más agudo, George Berkeley, floreció en el siglo XVIII; contrariamente a lo que Schopernhauer declara (Welt als Wille und Vorstellung, II, 1), su mérito no pudo consistir en la intuición de esa doctrina sino en los argumentos que ideó para razonarla. Berkeley usó de esos argumentos contra la noción de materia; Hume los aplicó a la conciencia; mi propósito es apli­carlos al tiempo. Antes recapitularé brevemente las diversas etapas de esa dialéctica.

Berkeley negó la materia. Ello no significa, entiéndase bien, que negó los colores, los olores, los sabores, los sonidos y los contactos; lo que negó fue que, además de esas percepciones, que componen el mundo externo, hubiera dolores que nadie siente, colores que nadie ve, formas que nadie toca. Razonó que agregar una materia a las percepciones es agregar al mundo un inconcebible mundo superfluo. Creyó en el mundo aparencial que urden los sentidos, pero entendió que el mundo material (digamos, el de Toland) es una duplicación ilusoria. Observó (Principles of Hurnan KnowIedge, 3): “Todos admitirán que ni nuestros pensamientos ni nuestras pasiones ni las ideas formadas por nuestra imaginación existen sin la mente. No menos claro es para mí que las diversas sensaciones o ideas impresas en los sentidos, de cualquier modo que se combinen (id, est, cualquiera sea el objeto que formen), no pueden existir sino en alguna mente que las perciba… Afirmo que esta mesa existe; es decir, la veo y la toco. Si, al haber dejado esta habitación, afirmo lo mismo, sólo quiero manifestar que si yo estuviera, aquí la percibiría, o que la percibe algún otro espíritu… Hablar de la existencia absoluta de cosas inanimadas, sin relación al hecho de si las perciben o no, es para mí insensato. Su esse es percipi; no es posible que existan fuera de las mentes que las perciben”. En el párrafo 23 agregó, previniendo objeciones: “Pero, se dirá, nada es más fácil que imaginar árboles en un parque o libros en una biblioteca, y nadie cerca de ellos que los percibe. En efecto, nada es más fácil. Pero, os pregunto, ¿qué habéis hecho sino formar en la mente algunas ideas que llamáis libros o árboles y omitir al mismo tiempo la idea de alguien que las percibe? Vosotros, mientras tanto, ¿no las pensábais? No niego que la mente sea capaz de imaginar ideas; niego que las ideas pueden existir fuera de la mente”. En el párrafo 6 ya había declarado: “Hay verdades tan claras que para verlas nos basta abrir los ojos. Tal es la importante verdad: Todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra —todos los cuerpos que componen la enorme fábrica del universo— no existen fuera de una mente; no tienen otro ser que ser percibidos; no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente de un Espíritu Eterno”. (El dios de Berkeley es un ubicuo espectador cuyo fin es dar coherencia al mundo.)

La doctrina que acabo de exponer ha sido interpretada perversalmente. Herbert Spencer cree refutarla (Principles of Psychology, VIII, 6), razonando que si nada hay fuera de la conciencia, ésta debe ser infinita en el tiempo y en el espacio. Lo primero es cierto si comprendemos que todo tiempo es tiempo percibido por alguien, erróneo si inferimos que ese tiempo debe, necesaria­mente, abarcar un número infinito de siglos; lo segundo es ilícito, ya que Berkeley (Principles of Human Knowledge, 116; Siris, 266) repetidamente negó el espacio absoluto. Aun más indescifrable es el error en que Schopennhauer incurre (Welt als Wille und Vorstellung, II, 1), al enseñar que para los idealistas el mundo es un fenómeno cerebral: Berkeley, sin embargo, había escrito (Dialogues Between Hylas and Philonus, II) : “El cerebro, como cosa sensible, sólo puede existir en la mente. Yo querría saber si juzgas razonable la conjetura de que una idea o cosa en la mente ocasione todas las otras. Si contestas que sí, ¿cómo explicarás el origen de esa idea primaria o cerebro?”. El cerebro, efectivamente, no es menos una parte del mundo externo que la constelación del Centauro.

Berkeley negó que hubiera un objeto detrás de las impresiones de los sentidos; David Hume, que hubiera un sujeto detrás de la percepción de los cambios. Aquél había negado la materia, éste negó el espíritu: aquél no hahía querido que agregáramos a la sucesión de impresiones la noción metafísica de materia, este no quiso que agregáramos a la sucesión de estados mentales la noción metafísica de un yo. Tan lógica es esa ampliación de los argumentos de Berkeley que éste ya la había previsto, como Alexander Campbell Fraser hace notar, y hasta procuró recusarla mediante el ergo sum cartesiano. “Si tus principios son valederos, tú mismo no eres más que un sistema de ideas fluc­tuantes, no sostenidas por ninguna sustancia, ya que tan absurdo es hablar de sustancia espiritual como de sustancia material”, razona Hylas, anticipándose a David Hume, en el tercero y úl­timo de los Dialogues. Corrobora Hume, (Treatise of Human Nature, I, 4, 6): “Somos una colección o conjunto de percepciones, que se suceden unas a otras con inconcebible rapidez… La mente es una especie de teatro, donde las percepciones aparecen, desaparecen, vuelven y se combinan de infinitas maneras. La metá­fora no debe engañarnos. Las percepciones constituyen la mente y no podemos vislumbrar en qué sitio ocurren las escenas ni de qué materiales está hecho el teatro”.

Admitido el argumento idealista, entiendo que es posible —tal vez, inevitable— ir más lejos. Para Berkeley, el tiempo es “la sucesión de ideas que fluye uniformemente y de la que todos los seres participan” (Principles of Human Knowledge, 98); para Hume, “una sucesión de momentos indivisibles” (Treatise of Human Nature, I, 2, 3). Sin embargo, negadas la materia y el espíritu, que son continuidades, negado también el espacio, no sé con qué derecho retendremos esa continuidad que es el tiempo. Fuera de cada percepción (actual o conjetural) no existe la ma­teria; fuera de cada estado mental no existe el espíritu; tampoco el tiempo existirá fuera de cada instante presente. Elijamos un momento de máxima simplicidad: verbigracia, el del sueño de Chuang “Tzu (Herbert Allen Giles: Chuang Tzu, 1889). Éste, hará unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mari­posa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre. No con­sideremos el despertar, consideremos el momento del sueño; o uno de los momentos. “Soñé que era una mariposa que andaba por el aire y que nada sabía de Chuang Tzu”, dice el antiguo texto. Nunca sabremos si Chuang Tzu vio un jardín sobre el que le parecía volar o un móvil triángulo amarillo, que sin duda era él, pero nos consta que la imagen fue subjetiva, aunque la suministró la memoria. La doctrina del paralelismo psicofísico juzgará que a esa imagen debió de corresponder algún cambio en el sistema nervioso del soñador; según Berkeley, no existía en aquel momento el cuerpo de Chuang Tzu, ni el negro dormi­torio en que soñaba, salvo como una percepción en la mente divina. Hume simplifica aun más lo ocurrida. Según él, no existía en aquel momento el espíritu de Chuang Tzu; sólo existían los colores del sueño y la certidumbre de ser una mariposa. Existía como término momentáneo de la “colección o conjunto de per­cepciones” que fue, unos cuatro siglos antes de Cristo, la mente de Chuang Tzu; existían como términon de una infinita serie temporal, entre n — I y n + I. No hay otra realidad, para el idea­lismo, que la de los procesos mentales; agregar a la mariposa que se percibe una mariposa objetiva le parece una vana duplicación; agregar a los procesos un yo le parece no menos exorbitante. Juzga que hubo un soñar, un percibir, pero no un soñador ni siquiera un sueño; juzga que hablar de objetos y de sujetos es incurrir en una impura mitología. Ahora bien, si cada estado psíquico es suficiente, si vincularlo a una circunstancia o a un yo es una ilícita y ociosa adición, ¿con qué derecho le impondre­mos después, un lugar en el tiempo? Chuang Tzu soñó que era una mariposa y durante aquel sueño no era Chuang Tzu, era una mariposa. ¿Cómo, abolidos el espacio y el yo, vincularemos esos instantes a los del despertar y a la época feudal de la historia china? Ello no quiere decir que nunca sabremos, siquiera de manera aproximativa, la fecha de aquel sueño; quiere decir que la fijación cronológica de un suceso, de cualquier suceso del orbe, es ajena a él, y exterior. En la China, el sueño de Chuang Tzu es proverbial; imaginemos que de sus casi infinitos lectores, uno sueña que es una mariposa y luego que es Chuang Tzu. Imaginemos que, por un azar no imposible, este sueño repite puntualmente el que soñó el maestro. Postulada esa igualdad, cabe preguntar: Esos instantes que coinciden ¿no son el mismo? ¿No basta un solo término repetido para desbaratar y confundir la historia del mundo, para denunciar que no hay tal historia?

Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series. En efecto, si cada término es absoluto, sus relaciones se reducen a la conciencia de que esas relaciones existen. Un estado precede a otro si se sabe anterior; un estado de G es contemporáneo de un estado de H si se sabe contemporáneo. Contra­riamente a lo declarado por Schopenhauer[2] en su tabla de verdades fundamentales (Welt als Wille and Vorstellung, II, 4), cada fracción de tiempo no llena simultáneamente el espacio entero, el tiempo no es ubicuo. (Claro está que, a esta altura del argu­mento, ya no existe el espacio.)

Meinong, en su teoría de la aprehensión, admite la de objetos imaginarios: la cuarta dimensión, digamos, o la estatua sensible de Condillac o el animal hipotético de Lotze o la raíz cuadrada de — I. Si las razones que he indicado son válidas, a ese orbe ne­buloso pertenecen también la materia, el yo, el mundo externo, la historia universal, nuestras vidas.

Por lo demás, la frase negación del tiempo es ambigua. Puede significar la eternidad de Platón o de Boecio y también los dile­mas de Sexto Empírico. Éste (Adversus mathematicos, XI, 197) niega el pasado, que ya fue, y el futuro, que no es aún, y arguye que el presente es divisible o indivisible. No es indivisible, pues en tal caso no tendría principio que lo vinculara al pasado ni fin que lo vinculara al futuro, ni siquiera medio, porque no tiene medio lo que carece de principio y de fin; tampoco es divisible, pues en tal caso constaría de una parte que fue y de otra que no es. Ergo, no existe, pero como tampoco existen el pasado y el porvenir, el tiempo no existe. F. H. Bradley redescubre y mejora esa perplejidad. Observa (Appearance and Reality, IV) que si el ahora es divisible en otros ahoras, no es menos complicado que el tiempo, y si es indivisible, el tiempo es una mera relación entre cosas intemporales. Tales razonamientos, como se ve, niegan las partes para luego negar el todo; yo rechazo el todo para exaltar cada una de las partes. Por la dialéctica de Berkeley y de Hume he arribado al dictamen de Schopenhauer: “La forma de la apa­rición de la voluntad es sólo el presente, no el pasado ni el por­venir; éstos no existen más que para el concepto y por el enca­denamiento de la conciencia, sometida al principio de razón. Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el pre­sente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle… El tiempo es como un círculo que girara infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tan­gente y es el ahora. Inmóvil como la tangente, ese inextenso punto marca el contacto del objeto, cuya forma es el tiempo, con el sujeto, que carece de forma, porque no pertenece a lo co­nocible y es previa condición del conocimiento” (Welt als Wille und Vorstellung, I, 54). Un tratado budista del siglo V, el Visud­dhimagga (Camino de la Pureza), ilustra la misma doctrina con la misma figura: “En rigor, la vida de un ser dura lo que una idea. Como una rueda de carruaje, al rodar, toca la tierra en un solo punto, dura la vida lo que dura una sola idea” (Radhakrish­man: Indian Philosophy, I, 373). Otros textos budístas dicen que el mundo se aniquila y resurge seis mil quinientos millones de veces por día y que todo hombre es una ilusión, vertiginosamente obrada por una serie de hombres momentáneos y solos. “El hombre de un momento pretérito —nos advierte el Camino de la pureza— ha vivido, pero no vive ni vivirá; el hombre de un momento futuro vivirá, pero no ha vivido ni vive; el hombre del momento presente vive, pero no ha vivido ni vivirá” (obra citada, I, 407), dictamen que podemos comparar con éste de Plu­tarco (De E apud Delphos, 18): “El hombre de ayer ha muerto en el de hoy, el de hoy muere en el de mañana.”

And yet, and yet… Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espan­toso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El ‘mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciada­mente, soy Borges.

Freund, es ist auch genug. Im Fall du mehr willst lesen,
So geh und werde selbst die Schrift und selbst das Wesen.

(Angelus Silesius: Cherubinischer Wandersmann, VI, 263. 1675).

[1] Para facilidad del lector he elegido un instante entre dos sueños, un instante literario, no histórico. Si alguien sospecha una falacia, puede inter­calar otro ejemplo; de su vida, si quiere.

[2] Antes, por Newton, que afirmó: “Cada partícula de espacio es eterna, cada indivisible momento de duración está en todas partes,, (Principia, III, 42).

Artigo de juventude: “A Melancolia de Dürer” (Cioran)

Artigo publicado originalmente no periódico romeno Calendarul, em 8 de julho de 1932 (portanto, aos 21 anos de idade). Traduzido para o francês e incluído no volume Solitude et destin (2004), contendo apenas artigos de juventude Cioran.

De tudo o que Dürer criou, a gravura intitulada A Melancolia é o que mais contém elementos favoráveis à reflexão e ao abandono aos quais se pode entregar mergulhando-se na atmosfera de uma obra de arte. Minha admiração não é devida à apreciação objetiva da forma, mas à alegria suscitada por uma criação que exprime um estado de alma em si. Aqui, o psiquismo prima sobre a técnica. A melancolia opera uma dualidade, ela separa o homem de seu ambiente e do real em geral, intensificando a consciência da diferença de natureza que há entre o homem e a realidade objetiva.

A solidão e o sentimento de abandono têm, neste caso, raízes profundas, pois não resultam de condicionamentos acidentais ou de determinações insignificantes: decorrem da totalidade de nosso ser. Mais que no simples tédio, é na melancolia que o homem está só face à existência. A acuidade de sua intuição mostrou a Dürer que a melancolia só tinha significação profunda se o olhar do homem melancólico se abrisse sobre uma perspectiva do infinito. Desenvolvendo excessivamente o sentimento da finitude do indivíduo, a progressividade ininterrupta implicada na ideia de infinito cria um quadro propício à melancolia. O olhar perdido que supõem todos os estados depressivos, a intuição vaga e difusa não teriam sentido em quadro limitado, sem perspectiva. Não é inútil mencionar aqui que o sentimento do infinito desapareceu em grande parte das cidades modernas, pois o homem está apertado nelas, oprimido pelo espaço, que não se abre mais diante dele em sua grandeza natural. Em vez de viver no infinito espacial, o homem das grandes cidades vive, em compensação, o infinito temporal como devir concreto, com todas as implicações relativistas que isso implica.

A visão da melancolia em Dürer é totalmente desprovida de serenidade. Ela revela uma insatisfação próxima do trágico. Não ocorre o mesmo no Renascimento italiano. Lá também os estados melancólicos têm o infinito como quadro, lá também eles desvelam a estranha particularidade do homem no universo, mas a tensão reflexiva é atenuada por um sorriso contido e misterioso, que o homem dispersa na infinidade. O dualismo não toma a forma de uma tensão dolorosa, pois os laços com a ordem cósmica foram não foram ainda rompidos.

Precisemos que, na melancolia, não se está definitivamente separado da existência. Disso é testemunha o sentimento do lamento, sempre presente e que visa geralmente a um fato irreparável pertencente ao passado. Ele reabre uma ferida cicatrizada ou atualiza um conteúdo psíquico que não podemos mais viver em seu quadro. É certamente doloroso despedaçar-nos abandonando antigos quadros de vida em que deixamos um pouco do conteúdo de nosso ser. Mas, aqui, o divórcio com o real é, por assim dizer, retrospectivo, nada indicando quanto às possibilidades futuras.

Que diferença em relação ao desespero, que nos dá uma impressão de definitivo! O sentimento do abandono absoluto, de uma suspensão torturante no universo, da presença inelutável da morte na vida, da imanência do mal nas raízes da criação, persuade fortemente nossa consciência de que o irreparável está diante de nós, que as tentativas de melhorar a condição humana são todas destinadas ao fracasso. O tempo, que na melancolia representa essencialmente um princípio irracional, desvela no desespero seu caráter demoníaco. Em Dürer, como em geral no Renascimento do Norte, a melancolia está mais próxima do desespero que no Renascimento italiano. Este último a tempera com um sentimento embrionário da graça. Mais tarde, no século XVIII, em um Reynolds ou um Gainsborough, a melancolia será inseparável do charme da inutilidade que se desprende da graça. Mas ela terá uma coloração demasiado feminina para conservar sua capacidade de revelar o mundo. Contrariamente a Martin Heidegger, pensamos que é a melancolia que desvela ao homem o ente em si, e não o tédio, pois este resulta de condicionamentos completamente fortuitos e exteriores. Ele é a forma vulgar da melancolia e, por isso, não pode ter uma rica produtividade; corresponde essencialmente a uma ausência de ocupações ou de excitações exteriores. Pouco importa que Dürer tenha pensado ou não na capacidade de revelação incluída no estado melancólico, pois os artistas objetivam vivências irracionais sem remetê-las a um plano teórico. Há, de resto, em A Melancolia de Dürer, um fundo religioso que nós, modernos, mal apreendemos porque vivemos quase unicamente no plano da imanência.

A nostalgia que emana do olhar do estranho personagem da gravura de Dürer não exprime uma espécie de lamento religioso por realidades perdidas?  Não exprimem uma aspiração à transcendência? Pois essa aspiração a realidades transcendentes estava muito presente em todo o Renascimento, tanto o meridional quanto o nórdico, ainda que menos intenso na Itália do que no norte da Europa, onde o cristianismo tinha tido menos a sofrer da recrudescência do paganismo. Não se constata em Dürer uma oscilação entre a intencionalidade transcendente e a imanência terrestre, oscilação que é uma das facetas do seu trágico. A alma gótica sempre esteve inquieta, nunca encontrou nem a calma nem o equilíbrio. O Renascimento do Norte é um simples episódio. O barroco retomará a tradição gótica. No entanto, por essa mesma razão, o Renascimento do Norte conserva um caráter de incerteza torturante, pois uma alma se revestiu de formas heterógenas. Compreende-se então porque a melancolia é temperada pelo sorriso na Itália, enquanto que é agravada por uma tensão dolorosa no norte da Europa. Se A Melancolia de Dürer é desprovida da menor ironia que seria uma negatividade infinita, é porque a realidade opõe ao homem uma resistência demasiado grande para que ele possa por sua vez opor-lhe o sorriso de sua própria superioridade. Isso explica a inclinação do Renascimento italiano à vida e o do Renascimento do Norte à morte.

Tradução: Rodrigo Inácio Ribeiro Sá Menezes

“Curto prazo final” (George Steiner)

QUANDO LHE MOSTRARAM um epigrama de uma linha e meia, Nicolas de Chamfort (1741-94), mestre da brevidade mordaz, comentou que ele demonstraria mais espírito se fosse mais curto. O epigrama, o aforismo, a máxima são o haicai do pensamento. Procuram condensar a percepção mais aguçada no menor número possível de palavras. Quase por definição, e mesmo quando se prende estritamente a uma prosa coloquial, o aforismo está próximo da poesia. Sua economia formal pretende surpreender num clarão de autoridade; pretende ser singularmente memorável, como um poema. De fato, máximas ou apotegmas famosos oscilam frequentemente entre a grande poesia ou drama e o anonimato do provérbio. Por um instante, não conseguimos lembrar a fonte pessoal e exata. Quem nos ensinou pela primeira vez que “a discrição é a melhor parte da coragem” ou que “Deus dá o frio conforme o cobertor”? Em que texto encontramos o dito, que ajudou a deflagrar uma revolução inteira na história da forma e da percepção, de que “a natureza imita a arte”? Essas sintéticas revelações de Shakespeare, Laurence Sterne e Oscar Wilde passaram para a glória da linguagem comum.

Na literatura francesa, o aforismático e o epigramático têm um papel excepcional. A composição de pensées, formuladas com a máxima brevidade possível, é uma tradição tipicamente gaulesa. Em Pascal – e isso é uma proeza rara em qualquer língua ou  literatura – a estratégia aforismática se estende aos campos , complexos e sublimes da teologia e da metafísica. Em Paul Valéry ela permite uma elegância soberbamente concisa a uma longa tradição sobre a natureza da poesia e das artes. As máximas de Rochefoucauld, de Vauvenargues, de Chamfort são com grande probabilidade as mais eloquentes da tradição ocidental. Um contemporâneo, René Char, anulou deliberadamente a distinção entre a sententia (termo latino para o dito ou proposição de uma frase só) e o poema curto. Em seus melhores momentos, Char, como Valéry, enuncia um instante musical do pensamento.

Por que essa predileção francesa pelo aforismo? (Em alemão o estilo aforismático de Lichtenberg e de Nietzsche é claramente devedor do precedente francês.) Uma das respostas reside numa orgulhosa latinidade explícita. A literatura e o pensamento
franceses se orgulham de suas afinidades com a fonte romana. Os costumes romanos, tanto na esfera do poder político quanto na do discurso, atribuíam valor eminente à concisão. A brevidade era não só a alma do espírito, mas também uma convenção de controle e autocontrole viril mesmo sob extrema pressão de perigos pessoais ou cívicos. O costume francês das máximas e pensées parece em boa parte remontar diretamente à concisão lapidar e à a autoridade pétrea das inscrições romanas. “Ci gît Gide”, “aqui jaz Gide”, foi a recomendação de André Gide para seu epitáfio. É da herança que a língua francesa extrai seu ideal de la litote. Em inglês, “understatement” é uma tradução claudicante. A litotes, como vemos constantemente no maior escritor francês, Racine, é a expressão densa, cerrada, de alguma enormidade fundamental nas emoções e reconhecimentos humanos. Em seus traços mais característicos, ela é aquela torrente de silêncio que dizem os pilotos existir no olho de um furacão.

Como afirmei, a tradição francesa abarca no terreno aforismático áreas tão diversas como religião e estética, psicologia e política. Mas o foco predominante é o dos moralistes. Aqui também a tradução é falha. Um moraliste, especialmente na forma como floresceu nos séculos XVII e XVIII, aplica valores e princípios universais a problemas de conduta social. Ele observa com agudeza, ele “disseca” as convenções mundanas à luz implícita da eternidade. O verdadeiro moraliste moraliza apenas de maneira indireta, isolando laconicamente, dando formulação monumental a algum gesto, rito ou lugar-comum efêmero, mas sintomático, da sociedade de sua época. O gênio de La Rochefoucauld ou de Vauvenargues consiste na exata riqueza da conduta humana observada que sustenta a escassez, a aparente generalidade de suas anotações. Por trás da serena observação de La Rochefoucauld, radical como nenhuma outra nos anais da percepção, de que há algo que não nos desagrada nos infortúnios de um bom amigo, encontra-se não só o fulgor de um escrutínio individual, mas o conhecimento prático dos modos da corte e do beau
monde tão amplo quanto o de Saint-Simon ou de Proust.

Tendo emigrado de Bucareste para Paris às vésperas da Segunda Guerra Mundial, E. M. Cioran criou para si, nos últimos quarenta anos, uma fama esotérica mas incontestada de ensaísta e aforista do desespero histórico-cultural. Drawn and Quartered [Arrastados e esquartejados] (Seaver Books, 1983) é a tradução de um texto publicado em francês como Ecartèlement [Esquartejamento], em 1971. As máximas e reflexões que constituem o principal de Drawn and Quartered são precedidas por um prólogo apocalíptico. Olhando os imigrantes, os híbridos, os destroços soltos de humanidade que agora flutuam por nossas cidades anônimas, Cioran conclui que agora é de fato – como proclamou Cyril Connolly — “horário de fechamento nos jardins do Ocidente”. Somos Roma em seu declínio febril e macabro: “Tendo governado dois hemisférios, o Ocidente agora se toma seu alvo de risadas: espectros sutis, final da linha em sentido literal, condenados à condição de párias, de escravos trôpegos e balofos, condição à qual talvez escapem os russo; estes últimos brancos”. Mas a dinâmica da inevitável degradação vai muito além da situação específica do hemisfério ocidental capitalista e tecnológico. E a própria história que degringola:

Em todo caso, é evidente que o homem deu o melhor de si e mesmo se fôssemos presenciar o surgimento de outras civilizações, certamente não valeriam as antigas, nem mesmo as modernas, sem contar que não poderiam evitar o contágio do fim, que se tornou
espécie de obrigação e programa para nós. Da pré-história até nós, e de à pós-história, esta é a rota para um fiasco gigantesco, preparado e anunciado em todos os períodos, inclusive as épocas de apogeu. Mesmo os utopistas veem o futuro como um fracasso, já que inventam um regime para escapar a qualquer espécie de devir: concebem outro tempo dentro do tempo [. . .] algo como um inesgotável fracasso, não atravessado pela temporalidade e superior a ela. Mas a história, da qual Ahriman é o mestre, pisoteia tais divagações.

A espécie humana, entoa Cioran em sua ladainha, está começando a ficar ultrapassada. O único interesse que um moraliste e profeta do fim pode sentir pelo homem nasce do fato de ele ser “perseguido e acuado, afundando-se cada vez mais”. Se prossegue em seu caminho sórdido e fatídico, é porque lhe faltam as necessárias para capitular, para cometer um suicídio racional. Existe apenas uma coisa absolutamente certa em relação ao homem: “Está ferido no mais fundo de si [. . .] está podre até a raiz”. (Vem-nos irresistivelmente à lembrança a cançoneta plangente, mas trocista, do “rotten to the core, Maude”.)

Então o que há pela frente? Cioran responde:

Avançamos en masse para um tumulto sem igual, vamos nos erguer uns contra os outros como aleijados em convulsões, como bonecos alucinados, porque, como tudo se tornou impossível e irrespirável a para todos nós, ninguém se dignará a viver, exceto para liquidar e liquidar a si mesmo. O único frenesi de que ainda somos capazes é o frenesi do fim.

A soma da história é “uma vã odisseia” e é legítimo – na verdade, necessário – “imaginar se a humanidade, tal como está, não faria melhor eliminando a si mesma em vez de definhar e se afundar na expectativa, expondo-se a uma era de agonia na qual corre o risco de perder todas as ambições, até mesmo a ambição de desaparecer”. Depois de tal ruminação, Cioran se inclina numa pequena pirueta de ironia caçoando de si mesmo: “Renunciemos pois a todas as profecias, aquelas hipóteses frenéticas, não nos deixemos mais enganar pela imagem de um futuro remoto e improvável; conformemo-nos a nossas certezas, a nossos abismos indubitáveis”.

O problema com esse tipo de escrita e de pseudopensamento não é a comprovação. O século de Auschwitz e da corrida armamentista, da fome em escala mundial e da loucura totalitária realmente pode estar se precipitando para um final suicida. É concebível que
a ganância humana, as enigmáticas necessidades de ódio mútuo que alimentam a política intema e externa, a tremenda complexidade dos problemas econômico-políticos possam gerar conflitos internacionais catastróficos, guerras civis calamitosas e o desmoronamento interno das sociedades, sejam as imaturas, sejam as mais velhas. Todos nós sabemos disso. E esse conhecimento é o que está sob o pensamento político sério, sob os debates filosóficos sobre a história, desde 1914-18 e o modelo de Spengler da decadência do Ocidente. E tampouco é possível negar uma sensação intuitiva, uma sugestão persuasiva de que há uma espécie de esgotamento nervoso, de entropia nas fontes interiores da cultura ocidental. Parece que somos governados por anões e charlatães mais ou menos mentirosos. Nossas respostas às crises mostram certo automatismo de sonâmbulos. Nossas artes e letras são provavelmente epigônicas. Em si, o sermão fúnebre de Cioran (que já foi proferido por muito outros antes dele) pode se revelar correto. Na verdade, meu próprio instinto não aponta para direções muito mais animadoras.

Não, as objeções a serem levantadas são de dupla ordem. As passagens citadas demonstram um excesso de simplificação maciça e brutal. O teor dos assuntos humanos é e sempre foi tragicômico. Daí a importância central de Shakespeare, com sua recusa das trevas absolutas. Fortinbrás, como ser, é menor do que Hamlet; muito provavelmente, governará melhor. Birnam Wood reflorirá depois que avançar sobre Dunsinane. A história e a vida das políticas e sociedades são variegadas demais para ser subsumidas a qualquer padrão único grandiloquente. As bestialidades de nossos tem seu potencial de autodestruição, são evidentes por si sós; mas igualmente evidente é o puro e simples fato de que nunca na história deste planeta foi tão grande a quantidade de pessoas que come
a ter moradia, alimentação e tratamento médico adequado. Nossas políticas se regem pelo assassinato em massa, é verdade, mas é a primeira vez na história social documentada que se começa expressar e praticar a ideia de que a espécie humana tem responsabilidadades positivas concretas em relação aos deficientes e aos doentes mentais, em relação aos animais e ao meio ambiente. Tenho escrito bastante sobre o veneno que é o nacionalismo atual, sobre o vírus da fúria étnica e regional que leva os homens a massacrar seus vizinhos e a reduzir suas próprias comunidades a cinzas (no Oriente Médio, na África, na América Central, na Índia). No entanto, estão começando a surgir contracorrentes sutis, mas poderosas. Empresas e organizações multinacionais, a comunidade de interesses das ciências naturais e aplicadas, as culturas da juventude, a revolução na disseminação da informação, as artes populares estão gerando oportunidades e imperativos de coexistência totalmente novos. Estão eliminando as fronteiras. As chances continuam pequenas; mas pode ser que, com o tempo, venham a reduzir o cenário do Armagedão. Seria arrogância e presunção decretar de outra maneira. Colocando em termos anedóticos, lembro um seminário dado por C. S. Lewis. Sabendo da profunda nostalgia de Lewis pelo que chamava de “imagem unitária” do cosmo durante a Idade Média e o início do Renascimento, sabendo do desagrado de Lewis pelas vulgaridades e indistinções morais do espírito do século XX, um estudante de pós-graduação se pôs a desfiar louvores aos tempos de outrora. Lewis ouviu por alguns instantes, com a cabeçorra enfiada entre as mãos. Então se virou ríspido para o expositor e exclamou: “Pare com essa bobagem fácil! Feche os olhos e concentre sua alma sensível no que seria exatamente sua vida antes do clorofórmio”.

A palavra-chave aqui é “fácil”. Há em toda a lamentação de Cioran uma facilidade sinistra. Não se requer nenhum pensamento analítico sólido, nenhum conhecimento ou clareza argumentativa, para pontificar sobre .a “podridão”, a “gangrena” do homem, o câncer terminal da história. As páginas de onde extraí as citações não só são fáceis de escrever, como deleitam o escritor com o tenebroso incenso do oracular. Basta ver a obra de Tocqueville, de Henry Adams ou de Schopenhauer para sentir a drástica diferença. Estes são mestres de uma tristeza clarividente não menos ampla do que a de Cioran. Suas leituras da história não são mais róseas. Mas o que apresentam é meticulosamente argumentado, não declamado; suas posições são moldadas, em cada conexão e cada articulação do que é proposto, por um justo senso da complexidade e ambiguidade dos fatos históricos. As dúvidas que esses pensadores manifestam, as ressalvas que fazem a suas próprias certezas, honram o leitor. Pedem não a anuência indiferente ou o eco complacente, mas o reexame e a crítica. A pergunta que se mantém é a seguinte: as convicções apocalípticas, a náusea e 0 pessimismo mortal de Cioran são percepções originais e radicais? Os pensées, os aforismos e máximas que constituem seu título à fama pertencem realmente à linhagem de Pascal, de La Rochefoucauld ou de seu modelo mais próximo, Nietzsche?

Drawn and Quartered traz muitos aforismos sobre a a morte.Esse é um tema sempre caro aos aforistas pois, de fato, existe muito a se dizer sobre a morte? “A morte é um estado de perfeição, o único ao alcance de um mortal.” (o ponto implícito é um trocadilho fraco e batido com 0 sentido de “perfeição” em latim)*. “Não existe ninguém cuja morte não desejei em algum momento” (ecoando La Rochefoucauld). “Morte, que desonra! De repente virar um objeto” – a que se segue a asserção absolutamente inconvincente de que “nada nos faz modestos, nem mesmo a visão de um cadáver”. O tom se eleva a um macabro chique: “O que está isento do funéreo é necessariamente vulgar”. E a portentosa asneira atinge o clímax com “A morte é a coisa mais sólida que a vida inventou até agora.”
Experimentemos outro tópico, a atividade de escrever e pensar. “Um livro deve abrir velhas chagas, e até infligir novas. Um livro deve ser um perigo.” Isso mesmo – e Franz Kafka já o disse muito tempo atrás, quase nos mesmos termos. “Escreve-se não porque se tem alguma coisa a dizer, mas porque se quer dizer alguma coisa.” Correto. “Existir é plágio.” Pista espirituosa e sugestiva. “Quando sabemos 0 que valem as palavras, o surpreendente é que tentemos dizer alguma coisa, e consigamos. Isso requer, de fato, uma coragem sobrenatural.” Verdade; e já professada com muita frequência c autoridade irrefutável por Kafka, Karl Kraus, Wittgenstein e Beckett. “Os únicos pensadores profundos são os que não têm senso de ridículo.” Cf. Rousseau e Nietzsche, que chegaram à mesma descoberta, mas com uma força circunstancial muito maior. (A essa objeção Cioran poderia responder: “Não invento nada, sou apenas o secretário de minhas sensações”.) “Um autor que diz escrever para a posteridade deve ser ruim. Nunca devemos saber para quem escrevemos.” A advertência pode ser irrepreensível; mas basta pensar um instante em Horácio, Ovídio, Dante, Shakespeare ou Stendhal e logo se revela sua superficialidade.

Cioran é o autor de um ensaio interessante sobre De Maistre, o grande pensador da contrarrevolução e do pessimismo antidemocrático. Vários aforismos – e estão entre os mais substanciais – apontam para essa propensão na política soturna do próprio Cioran: “Nunca esqueçam que as plebes prantearam Nero”. “Todas essas pessoas na rua me fazem pensar em gorilas exaustos, todas elas cansadas de imitar o homem.” “A base da sociedade, de qualquer sociedade, é um certo orgulho na obediência. Quando esse orgulho deixa de existir, a sociedade se desmorona.” “Quem fala a linguagem da Utopia me é mais estranho do que um réptil de outra era geológica.” “Torquemada era sincero, portanto inflexível, desumano. Os papas corruptos eram caridosos, como todos os que podem ser comprados.” Ate acredito que o elitismo estoico de Cioran, seu repúdio do progresso à l’américaine, traz mais verdade em si do que a maioria dos modismos atuais do liberalismo ecumênico. Mas aqui não se acrescenta nada de muito novo ou interessante à defesa do obscurantismo que temos em De Maistre, em Nietzsche ou na política visionária de Dostoiévski. O aforismo sobre Torquemada, por exemplo, com seu frisson de moda, sai diretamente do poderoso em favor do carrasco.

Os aforismos mais reveladores são aqueles nos quais Cioran, atesta sua própria esterilidade e cansaço: “Todas as minhas ideias se resumem a desconfortos reduzidos a generalidades”; “Só me sinto ativo, competente, capaz de fazer algo positivo quando me deito e me entrego a divagações sem objeto nem finalidade”. Há um páthos de lucidez em Cioran quando ele confessa que lhe seria mais fácil fundar um império do que formar uma família, e sente-se uma força persuasiva imediata em seu comentário de que apenas quem
teve filhos duvidaria do pecado original. Instintivamente acreditamos e refletimos na proposição: “Não luto contra o mundo, luto contra uma força maior, contra meu cansaço do mundo”. Como diz uma máxima britânica, um pouco de tédio faz bem. Só que 180 páginas, culminando na (ridícula) exclamação “O homem é inaceitável”, nos deixam um tanto recalcitrantes.

O problema pode estar no dito de Cioran segundo o qual nos aforismos, como nos poemas, o que reina é a palavra sozinha. Talvez isso seja verdade em relação a alguns tipos de poesia, sobretudo a lírica. Não é verdade em relação aos grandes aforistas, para os quais a sententia é soberana, e soberana justamente porque traz à mente do leitor toda uma riqueza interiorizada e recôndita de antecedentes históricos, sociais, filosóficos. O mais belo texto aforismático das últimas décadas, Minima moralia, de Theodor W. Adorno, transborda com a autoridade de uma autêntica taquigrafia, de um roteiro cuja concisão se retraduz, obriga a se retraduzir, numa psicologia e sociologia completa da consciência histórica atenta. Qualquer comparação honesta com Drawn and Quartered é demolidora. Sem dúvida existem exemplos melhores da obra de Cioran, sobretudo antes que seus textos se reduzissem a meras repetições de si mesmos. Porém uma coletânea dessa ordem, fielmente traduzida por Richard Howard, de fato nos faz perguntar não se o rei está nu, mas se afinal há algum rei.

16 de abril de 1984

George STEINER. Tigres no espelho (e outros textos da revista New Yorker). Trad. de Denise Bottman. São Paulo: Globo, 2012, pags. 293-303.

“A Rússia e o vírus da liberdade” (E. M. Cioran)

Às vezes penso que todos os países deveriam se parecer com a Suíça, comprazer-se e arruinar-se, como ela, na higiene, na insipidez, na idolatria das leis e no culto ao homem; por outro lado, só me atraem as nações desprovidas de escrúpulo tanto em pensamento quanto em atos, sempre prestes a devoras as outras e a devorar-se a si mesmas, pisoteando os valores contrários à sua ascensão e a seu êxito, insubmissas à sensatez, essa chaga dos velhos povos cansados de si mesmos e de tudo, e como que satisfeitos de cheirar a mofo.

Do mesmo modo, esforço-me em vão para detestar os tiranos, pois não deixo de constatar que constroem a trama da história, e que sem eles não seria possível conceber nem a ideia nem a marcha de um império. Superiormente odiosos, de uma bestialidade inspirada, os tiranos evocam o homem levado a seus extremos, a última exasperação de suas ignomínias e de seus méritos. Ivã, o Terrível, para citar apenas o mais fascinante deles, esgota os escaninhos da psicologia. Tão complexo em sua demência quanto em sua política, fez de seu reino e, até certo ponto, de seu pais um modelo de pesadelo, um protótipo de alucinação viva e inesgotável, mescla de Mongólia e de Bizâncio, acumulando as qualidade e os defeitos de um clã e de um basileu, monstro de cóleras demoníacas e de sórdida melancolia, dividido entre o gosto pelo sangue e o gosto pelo arrependimento, com uma jovialidade enriquecida e coroada por risos de escárnio. Tinha a paixão do crime; todos nós, enquanto existimos, também a experimentamos, seja atentando contra os outros ou contra nós mesmos. Só que, quaisquer que sejam, provêm de nossa incapacidade de matar ou matar-nos. Não estamos sempre de acordo com isso, já que desconhecemos habitualmente o mecanismo íntimo de nossas debilidades. Se os czares, ou os imperadores romanos, me obsedam, é porque essa debilidades, veladas em nós, aparecem neles a descoberto. Eles nos revelam a nós mesmos, encarnam e ilustram nossos segredos. Penso naqueles que, condenados a uma grandiosa degenerescência, perseguiam seus parentes e, por medo de ser amados, os enviavam ao suplício. Por mais poderosos que fossem, eram no entanto infelizes, pois não se saciavam graças ao tremor dos outros. Não são como a projeção do espírito mau que nos habita e nos convence de que o ideal seria criar o vazio em torno de nós? É com tais pensamentos e tais instintos que se forma um império: para isso coopera esse subsolo de nossa consciência onde se escondem nossas taras mais queridas.

Surgida de profundezas insuspeitadas, de um impulso original, a ambição de dominar o mundo só aparece em certos indivíduos e em certas épocas, sem relação direta com a qualidade da nação onde se manifesta: entre Napoleão e Gengis Khan a diferença é menor do que entre o primeiro e qualquer político francês das repúblicas sucessivas. Mas essas profundezas e esse impulso podem secar, esgotar-se.

Carlos Magno, Frederico II de Hohenstaufen, Carlos V, Bonaparte, Hitler tiveram a tentação, cada um à sua maneira, de realizar a ideia do império universal: fracassaram, com mais ou menos felicidade. O Ocidente, onde essa ideia suscita apenas ironia ou mal-estar, vive agora na vergonha de suas conquistas; mas, curiosamente, é no momento mesmo em que ele se volta para si próprio que suas fórmulas triunfam e se propagam; dirigidas contra seu poder e sua supremacia, elas encontram eco fora de suas fronteiras. Ele ganha perdendo-se. Foi assim que a Grécia só triunfou no domínio do espírito quando deixou de ser uma potência e mesmo uma nação; saquearam sua filosofia e suas artes, asseguraram o sucesso às suas produções, mas não assimilaram seus talentos. Da mesma maneira, pode-se roubar tudo do Ocidente, salvo seu gênio. Uma civilização se revela fecunda pela capacidade que tem de incitar outras a imitá-la; se cessa de deslumbrá-las, reduz-se a um conjunto de resíduos e vestígios.

Quando a ideia de império abandonou esta parte do mundo, encontrou seu clima ideal na Rússia, onde, aliás, sempre existiu, singularmente no plano espiritual. Depois da queda de Bizâncio, Moscou se tornou, para a consciência ortodoxa, a terceira Roma, a herdeira do “verdadeiro” Cristianismo, da verdadeira fé. Primeiro despertar messiânico. Para conhecer um segundo, foi preciso esperar nossos dias; mas desta vez, ela deve o despertar à demissão do Ocidente. No século XV, aproveitou um vazio religioso, como aproveita hoje um vazio político. Duas grandes ocasiões de compenetrar-se de suas responsabilidades históricas.

Quando Maomé II sitiou Constantinopla, a cristandade, dividida como sempre e, além disso, feliz por haver perdido a lembrança das cruzadas, absteve-se de intervir. Os sitiados sentiram primeiro uma irritação que, ante a iminência do desastre, tornou-se assombro. Oscilando entre o pânico e uma satisfação secreta, o Papa prometeu auxílio, mas o enviou tarde demais: para que apressar-se por causa de uns “cismáticos”? O cisma entretanto, ia adquirir força em outra parte. Roma preferiu Moscou à Bizâncio? É sempre preferível um inimigo longínquo do que um próxima. Do mesmo modo, em nossos dias, os anglo-saxões preferiram, na Europa, a preponderância Russa à preponderância Alemã. É que a Alemanha estava perto demais.

As pretensões da Rússia de passar da primazia vaga à hegemonia caracterizada têm um fundamento. O que teria ocorrido com o mundo Ocidental se a Rússia não tivesse detido e absorvido a invasão mongólica? Durante mais de dois séculos de humilhação e de servidão ela foi excluída da história, enquanto que no Oeste as nações se davam ao luxo de despedaçar-se mutuamente. Se a Rússia tivesse sido capaz de desenvolver-se sem obstáculos, teria se tornado uma potência de primeira ordem já no princípio da era moderna; o que ela é agora, o teria sido no século XVI ou XVII. E o Ocidente? Talvez hoje fosse ortodoxo, e, em Roma, em lugar da Santa Sé, se pavonearia o Santo Sínodo. Mas os russos podem recuperar o tempo perdido. Se, como tudo parece prever, levam a cabo seus desígnios, é possível que acertem as contas com o Sumo Pontífice. Seja em nome do marxismo ou da ortodoxia os russos estão chamados a arruinar a autoridade e o prestígio da Igreja, cujos objetivos não poderiam tolerar sem abdicar do ponto essencial de sua missão e de seu programa. Sob os czares, identificando-a como um instrumento do Anticristo, rezavam contra ela; hoje em dia, considerada como um agente satânico da Reação, a sobrecarregam de invectivas um pouco mais eficazes do que seus antigos anátemas; logo a destruirão com todo o seu poder, com toda a sua força. E até é possível que a desaparição do último sucessor de São Pedro permaneça, em nosso século, como uma curiosidade, à maneira de um apocalipse frívolo.

Ao divinizar a história para desacreditar Deus, o Marxismo só conseguiu tornar Deus mais estranho e mais obsedante. Pode-se sufocar tudo no homem, salvo a necessidade de absoluto, que sobreviverá à destruição dos templos, e mesmo ao desaparecimento da religião sobre a Terra. E como a essência do povo russo é religiosa, ela inevitavelmente se reerguerá. Razões de ordem histórica contribuirão em grande medida para isso.

Ao adotar a ortodoxia, a Rússia manifestou seu desejo de separar-se do Ocidente; era sua maneira de se definir desde o princípio. Nunca, fora dos meios aristocráticos, deixou-se seduzir pelos missionários católicos, no caso os jesuítas. Um cisma não exprime tanto divergências de doutrina quanto uma controvérsia abstrata de um reflexo nacional. Não foi a questão ridícula do filioque que dividiu as Igrejas: Bizâncio queria sua autonomia total, e com maior razão Moscou. Cismas e heresias são nacionalismos disfarçados. Mas enquanto a Reforma tomou somente o aspecto de uma disputa familiar, de um escândalo no seio do Ocidente, o particularismo Ortodoxo, ao afetar um caráter mais profundo, ia marcar uma divisão no próprio mundo ocidental. Recusando o catolicismo, a Rússia retardava sua evolução, perdia uma ocasião capital de civilizar-se rapidamente, ao mesmo tempo em que ganhava substância e unicidade, pressentindo, sem dúvida, que o Ocidente lamentaria um dia a vantagem que tinha sobre ela.

Quanto mais forte se tornar, mais adquirirá consciência de suas raízes, das quais, de uma certa maneira, o marxismo a afastou; após uma cura forçada de universalismo, ela se russificará de novo em proveito da ortodoxia. Além disso, marcou de tal maneira o marxismo que o tornou eslavo; todo povo de alguma envergadura que adota uma ideologia estranha a suas tradições, a assimila e a adultera, a desvia no sentido de seu destino nacional, a falseia em seu favor ate torná-la indiscernível de seu próprio gênio. Possui uma ótica própria, necessariamente deformadora, um defeito de visão que, longe de desconcertá-lo, o lisonjeia e estimula. As verdades das quais se orgulha, mesmo que desprovidas de valor objetivo, são no entanto vivas, e produzem, como tais, esse gênero de erros que contrapõem a diversidade da paisagem histórica, entendendo-se aí que o historiador, cético por profissão, temperamento e opção, situa-se de início fora da Verdade.

Enquanto que os povos ocidentais se desgastavam em sua luta pela liberdade e, mais ainda, na liberdade adquirida (nada esgota tanto quanto a posse ou o abuso da liberdade), o povo russo sofria sem desgastar-se dentro da história e como foi eliminado dela, foi obrigado a sofrer os infalíveis sistemas de despotismos que lhe infligiram: existência obscura, vegetativa, que lhe permitiu fortalecer-se, aumentar sua energia, acumular reservas e tirar de sua servidão o máximo de proveito biológico. A ortodoxia ajudou-o a isso, mas a ortodoxia popular, admiravelmente articulada para mantê-lo fora dos acontecimentos, contrariamente à ortodoxia oficial, que orientava o poder para objetivos imperialistas. Duplas face da Igreja ortodoxa: por um lado, trabalhava para o entorpecimento das massas; por outro, auxiliar dos czares, despertava neles a ambição e tornava possível imensas conquistas em nome de uma população passiva. Feliz passividade que assegurou aos russos seu predomínio atual, fruto de seu atraso histórico. Favoráveis ou hostis, todos os empreendimentos da Europa giravam em torno deles, e, ao situá-los no centro de seus interesses e de suas ansiedades, reconhecem seu domínio virtual. Eis aí quase realizado um de seus mais antigos sonhos. Que o tenham alcançado sob os auspícios de uma ideologia de origem estrangeira acrescenta um suplemento paradoxal e atraente ao seu êxito.O que definitivamente importa é que o regime seja russo e que esteja inteiramente dentro das tradições do país. Não é revelador que a Revolução, saída em linha direta das teorias ocidentalistas, tenha se orientado cada vez mais para as ideias dos eslavófilos? De resto, um povo representa não tanto um conjunto de ideias e de teorias como de obsessões: as dos russos, de qualquer parte que sejam, são sempre, senão idênticas ao menos aparentadas. Tchaadaev, que não via nenhum mérito em sua nação, ou Gogol, que a ridicularizou impiedosamente, estão tão ligados a ela quanto Dostoievski. O mais arrebatado dos niilistas, Netchaiev, estava tão obcecado por ela como Pobiedonostsev, violento reacionário procurador do Santo Sínodo. Só esta obsessão importa. O resto é apenas pose.

Para que a Rússia se ajustasse a um regime liberal, teria que debilitar-se consideravelmente, teria que extenuar seu vigor, mais ainda: teria que perder seu caráter específico e desnacionalizar-se em profundidade. Como conseguiria isso com seus recursos interiores intactos e seus mil anos de autocracia? Supondo que o conseguisse por um movimento brusco, se desarticularia de imediato. Muitas nações, para conservar-se e expandir-se, têm necessidade de uma certa dose de terror. A própria França só pôde engajar-se na democracia a partir do momento em que suas forças começaram a diminuir, e quando, não tendo mais como objetivo a hegemonia, preparava-se para se tornar respeitável e sensata. O primeiro Império foi sua última loucura. Depois, aberta à liberdade, teria que assumi-la penosamente, através de numerosas convulsões, contrariamente à Inglaterra que, exemplo desalentador, havia se habituado a ela há muito tempo, sem choques nem perigos, graças ao conformismo e à esclarecida estupidez de seus habitantes (ao que eu saiba, ela não produziu nenhum anarquista).

A longo prazo, o tempo favorece as nações subjugadas que, acumulando forças e ilusões, vivem no futuro, na esperança: mas, em liberdade, o que se pode esperar? Ou no regime que a encarna, feito de dissipação, de quietude e de amolecimento? A democracia maravilha que não tem nada a oferecer, é, ao mesmo tempo, o paraíso e o túmulo de um povo. A vida só tem sentido graças à democracia, mas a democracia carece de vida. Felicidade imediata, desastre iminente, inconsistência de um regime ao qual não se adere se, enredar-se em um dilema torturante.

Melhor provida, mais afortunada, a Rússia não precisa colocar-se tais problemas, já que o poder absoluto é, para ela, como já observava Karamzine, o “fundamento mesmo de seu ser”. Aspirar à liberdade sem jamais alcançá-la, não é essa sua grande superioridade sobre o mundo ocidental o qual, ai de mim!, já conseguiu há muito tempo? Ela não tem, além disso, nenhuma vergonha de seu império; pelo contrário, só pensa em ampliá-lo. Quem melhor que ela apressou-se em se beneficiar das aquisições de outros povos? A obra de Pedro o Grande, e mesmo a da Revolução, participam de um parasitismo genial. Até os horrores do jugo tártaro ela suportou engenhosamente.

Se, ao confinar-se em um isolamento calculado, a Rússia soube imitar o Ocidente, também soube fazer-se admirar e seduzir seus espíritos. Os enciclopedistas se entusiasmaram com as empresas de Pedro e de Catarina, assim como os herdeiros do Século das Luzes – falo dos homens de esquerda – se entusiasmaram com as de Lênin e Stalin. Este fenômeno advoga em favor da Rússia, mas não em favor do Ocidentais que, complicados e devastados na medida de seus desejos, e buscando o “progresso” em outra parte, fora de si mesmos e de suas criações, encontram-se hoje paradoxalmente mais próximos dos personagens de Dostoievski do que os próprios Russos. Ainda convém precisar que eles só evocam o aspecto enfraquecido desses personagens, pois não têm nem suas extravagâncias ferozes nem sua ira viril: são “demônios” débeis por causa de tantos raciocínios e escrúpulos, corroídos por remorsos sutis, por mil interrogações, mártires de dúvida, deslumbrados e aniquilados por suas perplexidades.

Cada civilização acredita que seu modo de viver é o único bom e o único concebível, e que tem o dever de converter o mundo a esse modo de viver, ou infligi-lo a ele; equivale, para ela, a uma soteriologia expressa ou camuflada; trata-se, de um fato, de um imperialismo elegante, que deixa de sê-lo quando é acompanhado pela aventura militar. Não se funda um império unicamente por capricho. Submetemos os outros para que nos imitem, para que tomem por modelo nossas crenças e nossos hábitos; vem depois o imperativo perverso de farelos escravos para contemplar neles o esboço lisonjeiro ou caricatural de si mesmo. Concordo que existe uma hierarquia qualitativa de impérios: os mongóis e os romanos não subjugaram os povos pelas mesmas razões, e suas conquistas não tiveram o mesmo resultado. Entretanto, ambos foram igualmente peritos em fazer parecer o adversário reduzindo-o à sua imagem e semelhança.

Quer tenha provocado ou sofrido, a Rússia jamais se contentou com desgraças medíocres. O mesmo ocorrerá no futuro. Ela se abaterá sobre a Europa por fatalidade física, pelo automatismo de sua massa, por sua vitalidade superabundante e mórbida tão propícia à geração de um império (no qual se materializa sempre a megalomania de uma nação), por essa saúde tão sua, cheia de imprevistos, de horror e de enigmas, destinada ao serviço de uma ideia messiânica, rudimento e prefiguração de conquistas. Quando os eslavófilos sustentavam que a Rússia devia salvar o mundo, empregavam um eufemismo: não se pode salvá-lo sem dominá-lo. No que diz respeito a uma nação, esta encontra seu princípio de vida em si mesma ou em parte alguma: como poderia ser salva por outra? A Rússia sempre pensou – secularizando a linguagem e a concepção dos eslavófilos – que é sua incumbência assegurar a salvação do mundo, a do Ocidente em primeiro lugar, com respeito ao qual, aliás, nunca experimentou um sentimento claro, mas sim atração e repulsa, ciúme (mistura de culto secreto e de aversão ostensiva) inspirado pelo espetáculo de uma podridão tão invejável quanto perigosa, cujo contato tem que buscar, mas mais ainda evitar.

Recusando-se a se definir e a aceitar limites, cultivando o equívoco em política, em moral e, o que é mais grave, em geografia, sem nenhuma das ingenuidades inerentes aos “civilizados”, que se tornaram opacos ao real pelos excessos de uma tradição racionalista, a Rússia, sutil tanto por intuição como pela experiência secular da dissimulação, talvez seja uma criança historicamente falando, mas de maneira alguma o é psicologicamente. Daí sua complexidade de adulto com instintos jovens e velhos segredos, daí também as contradições, levadas até o grotesco, de suas atitudes. Quando resolve aprofundar (e consegue isso sem esforço), desfigura o menor fato, a mínima ideia. Dir-se-ia que tem a mania da gesticulação monumental. Tudo é vertiginoso, horrível e inapreensível na história de suas ideias, revolucionárias ou de qualquer índole. É ainda um incorrigível entusiasta das utopias; ora a utopia é o grotesco cor-de-rosa, a necessidade de associar a felicidade, logo o inverossímil, ao devir, e de levar uma visão otimista, aérea, até o limite em que se una a seu ponto de partida: o cinismo que pretendia combater. Em suma, um conto de fadas monstruoso.

Que a Rússia seja capaz de realizar o seu sonho de um império universal, é uma eventualidade, mas não uma certeza; em compensação, é óbvio que pode conquistar e anexar toda a Europa, e mesmo que o fará, nem que seja para tranquilizar o resto do mundo… Ela se satisfaz com tão pouco! Onde encontrar prova mais convincente de modéstia, de moderação? Um pedacinho de continente! Enquanto espera, ela o contempla com o mesmo olho com que os mongóis contemplavam a China e os turcos Bizâncio, com a diferença, no entanto, que já assimilou um bom número de valores ocidentais, enquanto que as hordas tártaras e otomanas não tinha sobre sua futura presa senão uma superioridade material. É sem dúvida lamentável que a Rússia não tenha passado pelo Renascimento: todas as suas desigualdades vêm daí. Mas com sua capacidade para queimar etapas será, em um século , ou menos, tão refinada e vulnerável como o é o Ocidente, que atingiu um nível de civilização que só se ultrapassa decaindo. Ambição suprema da história: registar as variações desse nível. O da Rússia, inferior ao da Europa, só pode elevar-se, e ela com ele: isso quer dizer que está condenada Pa ascensão. No entanto, de tanto subir, não se arrisca – desenfreada que está – a perder o equilíbrio, explodir e arruinar-se? Com suas almas modeladas nas seitas e nas estepes, dá uma singular impressão de espaço e de clausura, de imensidão e de sufocamento, de Norte em suma, mas de um Norte especial, irredutível a nossas análises marcado por um sono e por uma esperança que fazem tremer, por ma noite rica em explosões, por uma aurora da qual se guardará lembrança. Nada de transparência e de gratuidade mediterrânea nesses Hiperbóreos cujo passado e presente parecem pertencera uma duração distinta da nossa. Ante a fragilidade e o renome do Ocidente, eles sentem um mal-estar, consequência de seu despertar tardio e de seu vigor ocioso: é o complexo de inferioridade do forte… Eles o vencerão, o superarão. O único ponto luminoso em nosso futuro é sua nostalgia, secreta e crispada, por um mundo delicado, de encantos dissolventes. Se o atingirem (tal parece o sentido evidente de seu destino), se civilizarão à custa de seus instintos, e, perspectiva jubilosa, conhecerão também o vírus da liberdade.

Quanto mais um império se humaniza, mais se desenvolvem nele as contradições que o farão perecer. De atitudes heteróclitas, de estrutura heterogênea (ao contrário de uma nação, realidade orgânica), o império necessita para subsistir do princípio coesivo do terror. Abre-se à tolerância? Ela destruirá sua unidade e sua força, e atuará sobre ele como um veneno mortal que ele próprio teria administrado. É que a tolerância não é apenas o pseudônimo da liberdade, mas também o do espírito; e o espírito, mais nefasto ainda para os impérios que para os indivíduos, os corrói, compromete sua solidez e acelera seu desmoronamento. Assim, ele é o instrumento que uma providência irônica utiliza para golpeá-los.

Se nos divertíssemos, apesar do arbitrário da tentativa, estabelecendo na Europa zonas de vitalidade, comprovaríamos que, quanto mais nos aproximamos do Leste, mais se acentua o instinto, e que ele decresce à medida que nos dirigimos para o Oeste. Os russos não têm a exclusividade do instinto, embora outras nações que o possuem pertençam, em graus diversos, à esfera da influência soviética. Essa nações não disseram ainda sua última palavra; algumas, como a Polônia ou a Hungria, tiveram na história um papel nada desprezível; outras como a Iuguslávia, a Bulgária e a Romênia, tendo vivido na sombra, só conheceram sobressaltos sem futuro. Mas qualquer que tenha sido seu passado, e independentemente de seu nível de civilização, todas dispõem de um fundo biológico que em vão buscaríamos no Ocidente. Maltratadas, deserdadas, precipitadas em um martírio anônimo, dilaceradas entre o desamparo e a sedição, conhecerão talvez no futuro uma compensação para tantos infortúnios, humilhações e mesmo covardias. O grau de instinto não se avalia do exterior; para ,medir sua intensidade, é preciso haver percorrido ou adivinhado esses países, os únicos no mundo a crer ainda, em sua bela cegueira, nos destinos do Ocidente. Imaginemos agora nosso continente incorporado ao império russo, imaginemos depois este império, demasiado vasto, debilitando-se e desagregando-se, tendo como corolário a emancipação dos povos: quais dentre eles tomarão a dianteira e trarão à Europa esse incremento de impaciência e de força sem o qual uma irremediável paralisia a espreita? Não saberia duvidar: são os países que acabo de mencionar . Dada a reputação que têm, minha afirmação parecerá risível. A Europa Central ainda vai, me dirão, mas os Balcãs? Não quero defendê-los, mas também não quero ocultar seus méritos. Esse gosto pela devastação, pela desordem interior, por um universo semelhante a um bordel em chamas, essa perspectiva sardônica sobre cataclismas fracassados ou iminentes, essa aspereza, esse ócio de insones ou de assassinos, não são uma rica e pesada herança que beneficia seus possuidores?ão uma rica e pesada herança que beneficia seus possuidores? E como sofrem de uma “alma”, provam por isso mesmo que conservam um resíduo de selvageria. Insolentes e desolados, gostariam de chafurdar na glória, cujo apetite é inseparável da vontade de afirmação e de ruína, da propensão para um crepúsculo rápido. Se suas palavras são virulentas, seus sotaques inumanos e às vezes ignóbeis, é porque mil razões os impelem a berrar mais alto do que esses civilizados que esgotaram seus gritos. Únicos “primitivos” na Europa, darão a ela talvez um novo impulso; impulso que a Europa considerará sua última humilhação. E, no entanto, se o Sudeste só fosse horror, por que, quando o deixamos e nos encaminhamos para esta parte do mundo, sentimos uma espécie de queda – admirável, é verdade – no vazio?

A vida profunda, a existência secreta dos povos que, tendo a imensa vantagem de haver sido rejeitados pela história, puderam capitalizar sonhos, essa existência escondida, destinada às desgraças de uma ressurreição, começa para além de Viena, extremidade geográfica do enfraquecimento ocidental. A Áustria, cuja deterioração quase atinge o limite do símbolo ou do cômico, prefigura o destino da Alemanha. Não há mais desvios de envergadura entre os germanos, nem mais missão nem frenesi, nada mais que os torne atraentes ou odiosos! Bárbaros predestinados, destruíram o Império romano para que a Europa pudesse nascer; eles a fizeram, cabia a eles desafazê-la; cambaleando junto com eles, ela sofre a consequência de seu esgotamento. O dinamismo que ainda lhes resta já não possui o que esconde ou justifica toda energia. Condenados à insignificância, helvécios em germe, afastados para sempre de seu habitual exagero, reduzidos a ruminar suas virtudes degradadas e seus vícios diminuídos, tendo como única esperança o recurso de ser uma tribo qualquer, os germanos são indignos do temor que ainda possam inspirar: crer neles ou temê-los é fazer-lhes uma honra que não merecem de modo algum. Seu fracasso foi providencial para a Rússia. Se tivessem tido êxito, a Rússia teria sido afastado de seus propósitos por mais um século pelo menos. Mas não podiam triunfar, pois atingiram o ápice de seu poderio material no momento em que não tinham mais nada a nos propor, quando eram fortes e vazios. Havia chegado a hora dos outros. “Não são os eslavos antigos germanos em relação ao mundo que desaparece?”, perguntava-se, no meio do século passado, Herzen, o mais clarividente e o mais dilacerado dos liberais russos, espírito de interrogações proféticas, enojado de seu país, decepcionado com o Ocidente, tão inapto para instalar-se em uma pátria como em um problema, embora gostasse de especular sobre a vida dos povos, matéria vaga e inesgotável, passatempo de emigrado. Os povos, entretanto, segundo outro russo, Soloviev, não são o que imaginam ser, mas o que Deus pensa deles na Eternidade.Ignoro as opiniões de Deus sobre os germanos e eslavos; sei contudo que Ele favoreceu estes últimos, e que é tão inútil felicitá-Lo como condená-Lo.

Hoje está respondida a pergunta que tantos russos se colocavam, no século passado, a respeito de seu país: “Esse colosso foi criado para nada?”; O colosso tem um sentido, e que sentido! Um mapa ideológico revelaria que ele se estende para além de seus limites, que estabelece suas fronteiras onde quer, onde lhe convém, que sua presença evoca, por toda parte, menos a ideia de uma crise que de uma epidemia, salutar às vezes, frequentemente nociva, fulgurante sempre.

O Império romano foi obra de uma cidade, a Inglaterra fundou o seu para remediar a exiguidade de uma ilha; a Alemanha tentou erigir um para não sufocar em um território superpovoado. Fenômeno sem paralelo, a Rússia ia justificar seus desígnios de expansão em nome de seu imenso espaço. “Já que tenho o suficiente, por que não ter demasiado?”, esse é o paradoxo implícito em suas proclamações e em seus silêncios. Ao transformar o infinito em categoria política, ia transtornar o conceito clássico e os padrões tradicionais do imperialismo, e suscitar através do mundo uma esperança grande demais para não degenerar em confusão.

Com seus dez séculos de terrores, de trevas e de promessas, ela estava mais apta do que qualquer outra nação para ajustar-se ao aspecto noturno do momento histórico que atravessamos. O apocalipse lhe convém perfeitamente, está habituada a ele e o aprecia, exercita-se nele hoje mais do que nunca, já que mudou visivelmente de ritmo. “Para onde te apressas dessa maneira, ó Rússia?”, perguntava-se já Gogol, que tinha percebido o frenesi que se escondia sob sua aparente imobilidade. Hoje sabemos para onde ela corre, sabemos sobretudo que, à semelhança das nações com destino imperial, está mais impaciente para resolver os problemas alheios do que os seus próprios. Isso quer dizer que nossa carreira no tempo depende do que ela decidirá ou levará a cabo: ela tem nosso futuro em suas mãos… Felizmente para nós, o tempo não esgota nossa substância. O indestrutível, o alhures, é concebível: em nós? Fora de nós? Como sabê-lo? No ponto em que as coisas se encontram, só merecem interesse as questões de estratégia e de metafísica, aquelas que nos fixam na história e as que nos afastam dela: a atualidade e o absoluto, os jornais e os Evangelhos… Vislumbro o dia em que só leremos telegramas e orações. Fato notável: quanto mais o imediato nos absorve, mais sentimos necessidade de tomar a direção oposta, de forma que vivemos, no interior do mesmo instante, dentro e fora do mundo. Da mesma maneira, ante o desfile dos impérios, só nos resta buscar um meio termo entre o ricto e a serenidade.

E. M. CIORAN, História e utopia. Trad. de José Thomaz Brum. Rio de Janeiro: Rocco, 1994.