Conversación con Helga Perz

“La paradoja de mi naturaleza es la de que siento pasión por la existencia, pero al mismo tiempo todos mis pensamientos son hostiles a la vida. Desde siempre he adivinado y sentido el lado negativo de la vida, el de que todo es vacío.”

Cioran (Conversación con Helga Perz)

«Ein Gespräch mit dem Schrifsteller E.M. Cioran.» Publicada en el diario alemán Süddeutsche Zeitung, 7 y 8 de octubre de 1978.

Señor Cioran, ¿es la del sentido una cuestión que haya que evitar a toda costa?

Esa cuestión me ha atormentado toda mi vida, pero no he encontrado respuesta alguna. Después de haber leído y reflexionado no poco, he llegado a la misma conclusión que el campesino del Danubio o los analfabetos de la prehistoria: no hay respuesta. Hay que resignarse a ello y soportar la vida tal como viene.

¿Acaso no tiene una dimensión alentadora la conciencia de ser incomprendido y deber seguir siéndolo, como lo demuestran los esfuerzos sin cesar renovados para explicarse, y no podríamos deducir de ello un interés inquebrantable por el sentido?

Yo estoy un poco influido por el taoísmo, según el cual debemos imitar el agua. No hacer ningún esfuerzo y tomarnos la vida con calma. Pero por mi temperamento soy todo lo contrario de eso: un poco histérico, un epiléptico frustrado en cierto modo, en el sentido de que no he tenido la suerte de serlo. Si hubiera tenido una verdadera enfermedad, habría sido una liberación para mí. Pero he tenido que vivir siempre desgarrado interiormente, porque no he encontrado una salida fuera de mí, y con una gran tensión, contraria a mi visión de la vida. Aunque tengo una concepción sombría de la vida, siempre he tenido una gran pasión por la existencia, una pasión tan grande, que se ha invertido en una negación de la vida, porque no tenía los medios para satisfacer mi apetito de vida. Así, que no soy un hombre decepcionado, sino un hombre interiormente abatido por demasiados esfuerzos. La pasividad era para mí un ideal inaccesible. Me han preguntado por qué no opto por el suicidio, pero, para mí, el suicidio no es algo negativo. Al contrario. La idea de que existe el suicidio me ha permitido soportar la vida y sentirme libre. No he vivido como un esclavo, sino como un hombre libre.

Pero, ¿no demuestra eso que es usted un fanático de la vida?

La paradoja de mi naturaleza es la de que siento pasión por la existencia, pero al mismo tiempo todos mis pensamientos son hostiles a la vida. Desde siempre he adivinado y sentido el lado negativo de la vida, el de que todo es vacío. He sufrido fundamentalmente de tedio. Tal vez sea innato, nada puedo hacer. La palabra francesa que designa eso es absolutamente intraducibie: cafard («desánimo»). Tengo cafard. Nada puede hacerse contra eso. Tiene que pasar por sí solo.

Señor Cioran, la vida, con los años, ¿se ha vuelto más sencilla o más difícil para usted?

Imagínese: más sencilla. Mi infancia era el paraíso terrenal. Nací no lejos de Hermannstadt, en un pueblo de montaña rumano, y estaba constantemente fuera de casa, de la mañana a la noche. Cuando tuve que abandonar aquel pueblo a los diez años para ingresar en el instituto, tuve la sensación de una gran catástrofe. Lo peor llegó cuando tenía dieciséis o diecisiete años. Mi juventud fue en verdad una catástrofe. Empecé a padecer insomnio y no estaba en condiciones de hacer nada. Pasaba todo el día acostado. El contraste con mi infancia fue una gran experiencia para mí. Pero ahora, a partir de —digamos— los cincuenta años, me siento más feliz, pues ya no vivo en la misma tensión. Lo considero una derrota. Antes yo era como un demonio, podía venirme abajo en cualquier momento, pero vivía de verdad intensamente.
En comparación con el joven que fui, ahora soy, en una palabra, lo que los franceses llaman un raté («fracasado»), alguien que ha malogrado su vida —un pobre hombre— por esa idea grandiosa que tengo de mi juventud.

¿Y nunca ha recuperado la armonía de su infancia?

No, pero la recuerdo como algo totalmente perdido, como algo sucedido en un mundo anterior. Me parece tan lejana en el pasado y al tiempo tan presente… Como todas las personas de edad, recuerdo con mucha exactitud mi infancia, pero como algo absolutamente alejado: algo que no es siquiera mi vida, sino otra vida, una vida anterior. Si hubiese tenido una infancia triste, habría sido mucho más optimista en mis ideas, pero siempre he sentido, inconscientemente incluso, ese contraste, esa contradicción, entre mi infancia y todo lo que vino a continuación. Eso me destruyó interiormente en cierto modo.

¿La nostalgia del paraíso perdido?

Sí. Hay tres lugares que son importantes para mí: París, Dresde y esa región de Hermannstadt en la que nací. París me fascinaba; cuando era joven, quería ir a París y vivir en París. Lo logré, pero hoy estoy un poco cansado de esta ciudad, llevo demasiado tiempo viviendo en ella. Dresde era la ciudad que más me gustaba, después de París. Hermannstadt queda más o menos fuera de mi alcance. Podría volver a ella, pero no quiero. Ya no tengo patria. Pero el lugar en el que pasé mi infancia está, para mí, tan presente como si lo hubiera visto hace unos días.

Usted dijo un día que ése era el mundo del antiguo Imperio austrohúngaro. ¿Significa todavía algo para usted ese estilo de vida?

En el fondo, ya nada tiene significado para mí, vivo sin porvenir. El futuro está excluido para mí en todos los sentidos; en cuanto al pasado, es en verdad otro mundo. No vivo, hablando propiamente, fuera del tiempo, pero sí como un hombre detenido, metafísica y no históricamente hablando. Para mí no hay ninguna salida, porque carece de sentido que haya una salida. Así, vivo como en un presente eterno y sin objeto y no soy desgraciado por carecer de objeto. Los hombres deben habituarse a vivir sin objeto y no es tan fácil como se cree. En todo caso, es un resultado. Creo que mis pensamientos se reducen a eso: vivir sin objeto. Por eso escribo muy poco, trabajo poco, siempre he vivido al margen de la sociedad, soy apátrida y está bien así. Ya no necesito una patria, no quiero pertenecer a nada.

Señor Cioran, ¿no son siempre las reflexiones sobre la muerte una forma de conjurar el miedo? Puesto que no tenemos otra cosa que la vida, ¿hemos de estar por fuerza aterrados por la muerte?

Cuando yo era joven, pensaba en la muerte en todo momento. Era una obsesión, incluso cuando comía. Toda mi vida estaba bajo el imperio de la muerte. Ese pensamiento nunca me ha abandonado, pero con el tiempo se ha debilitado. Sigue siendo una obsesión, pero ya no es un pensamiento. Le doy un ejemplo: hace unos meses, conocí a una señora y hablamos de un conocido común, alguien a quien yo no había visto desde hacía mucho tiempo. Ella decía que valía más que no volviese a verlo, pues era muy desgraciado. No dejaba de pensar en la muerte. Yo le respondí: «¿En qué otra cosa quiere usted que piense?». A fin de cuentas, no hay otro tema. Desde luego, es mucho mejor no pensar en ella, pero nada hay de anormal en hacerlo. No hay otro problema. Precisamente porque yo he estado a la vez liberado y paralizado por ese pensamiento de la muerte, no he hecho nada en mi vida. Cuando se piensa en la muerte no se puede tener una profesión. Sólo se puede vivir como he vivido yo, al margen de todo, como un parásito. La sensación que siempre he tenido ha sido la de inutilidad, de falta de objeto. Podemos decir que es enfermizo, pero lo es sólo en sus efectos, no desde un punto de vista filosófico. Filosóficamente, es de lo más normal que todo nos parezca inútil. ¿Por qué habríamos de hacer algo? ¿Por qué? Creo que toda acción es fundamentalmente inútil y que el hombre ha frustrado su destino, que era el de no hacer nada. Creo que el único momento justo en la historia es el periodo antiguo de la India, en el que se hacía una vida contemplativa, en el que se contentaban con mirar las cosas sin ocuparse nunca de ellas. Entonces la vida contemplativa fue verdaderamente una realidad.

Pero, ¿no querría decir eso que cada cual vive exclusivamente para sí y no está nunca ahí para algún otro?

No, no. Yo no soy egoísta. Esa no es realmente la palabra apropiada. Yo soy compasivo. El sufrimiento de los demás tiene sobre mí un efecto directo. Pero, si mañana desapareciera la humanidad, me daría igual. Recientemente, he escrito incluso un artículo al respecto: «La nécessaire catastrophe» («La catástrofe necesaria»). La desaparición del hombre es una idea que no me desagrada.

¿Son importantes los amigos para usted?

Sí, tengo muchos y buenos amigos, a los que veo con mucho gusto, pues sólo podemos descubrir nuestros propios defectos gracias a los amigos. Para mejorarnos interiormente basta con observar bien a nuestros amigos. Yo estoy muy agradecido a todos mis amigos, a los que aprecio enormemente, pues he hecho todo lo posible para no tener los mismos defectos que ellos. Pero no lo he logrado. La amistad sólo tiene sentido cuando no somos como nuestros amigos. Hay que ser diferentes de ellos. ¿De qué serviría la amistad, si no?

¿Sus amigos han sido siempre modelos negativos para usted?

Todas las personas son modelos negativos. Nadie es un santo. Pero la amistad debe ser fecunda, pues nuestros amigos son los únicos seres humanos a los que conocemos íntimamente. El ejemplo de nuestros amigos debe ser útil para nuestra propia educación.

Señor Cioran, un conflicto fundamental en el hombre es el debido a que el resultado de sus reflexiones no sea siempre conforme a lo que siente, a que haya siempre divergencias al respecto. ¿Puede remediarse ese conflicto y podríamos considerar los momentos en que el saber y el sentimiento coinciden como cimas en una vida humana? ¿O rechaza usted eso también?

El saber y los sentimientos raras veces hacen buenas migas. Para mí, sólo ha habido un descubrimiento en la historia mundial. Se encuentra en el primer capítulo del Génesis, donde se habla del árbol de la vida y del árbol del conocimiento. El árbol del conocimiento, es decir, el árbol maldito. La tragedia del hombre es el conocimiento. Siempre he notado que, cada vez que tomo conciencia de algo, el sentimiento que tengo al respecto resulta debilitado. Para mí, el título más hermoso que se haya dado jamás a un libro es Bewusstsein als Verhängnis («La conciencia como fatalidad»). Lo escribió un alemán, el libro no es bueno, pero ese título es la fórmula que resume mi vida. Creo haber sido hiperconsciente toda mi vida y en eso estriba su tragedia.

¿Hay aún, aparte de la filosofía, alguna ciencia que le interese?

No. ¿Sabe lo que me interesa? He leído un número incalculable de Memorias. Me interesa todo lo que sea relato de una vida, autobiografía, y me gusta mucho oír a alguien contarme su vida, decirme cosas de las que no hable con nadie. No hace mucho recibí una carta sorprendente de una señora. Me escribía que yo era su dios, el hombre más grande que jamás haya existido y otras locuras por el estilo. Yo no quería responderle. Y después sentí deseos de conocerla y vino a verme. Pasó cuatro horas contándome su vida con detalles increíbles, que aún no había revelado nunca a nadie, estoy seguro. Parecía un poco trastornada, lo reconozco, pero me fascinó. Por mi parte, apenas dije palabra. Al final, le pregunté por qué me contaba todo eso. Yo no había sido nunca sino un escritor entre otros y ni siquiera grande. Me respondió: «Hace tres o cuatro años el azar me hizo descubrir su libro Del inconveniente de haber nacido y, antes incluso de haberlo leído, ¡supe que era mi libro!». Y después se fue, aquella enferma cuya vida conocía yo ya. Como ve, me interesa la gente, pero sólo cuando está perturbada o cuando se encuentra mal.

Pero, ¿acaso no es algo que le ocurre a toda persona adulta, lo de encontrarse mal?

Sí, pero en grados diferentes. Tiene que haber habido un golpe duro en una vida. Esa señora anciana me gustaba como alguien que se encontraba de verdad mal y porque me dijo cosas que no volverá a contar nunca a nadie. Era algo excepcional y, si me pregunto qué me gusta más en la vida, son sin lugar a dudas esos encuentros excepcionales en los que nos lo decimos todo: con gente a la que cuento todo y que me cuenta todo. Para mí, tal vez sean la única justificación de la vida, esos encuentros excepcionales, y tal vez sean también el mayor éxito de la mía, si es que puedo hablar de éxito.

Pero, ¿no compromete a nada ese encuentro excepcional?

No, pero tiene una dimensión transcendente. Es como si sucediese en otro planeta, fuera del tiempo. Carece de historia: ni antes ni después. Hay algo eterno en ella.

Fuente: CIORAN, E. M., Conversaciones. Trad. de Carlos Manzano. Barcelona: Tusquets, 1996, p. 27-32.

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Escrito de juventude: “A sensibilidade trágica na Romênia” (Emil Cioran)

CIORAN, Emil. “La sensibilité tragique em Roumanie”, in Solitude et destin. Trad. de Alain Paruit. Paris : Arcades/Gallimard, 2004, p. 254-256. Do original: „Sensibilitatea tragică în Romania”, in Abecedar, an I, nr. 13 – 14, 3 – 10 august 1933, p. 1 – 2.

Um dos elementos da minha tristeza é só poder determinar negativamente as realidades romenas. O entusiasmo e a facilidade só encontram justificação, que é de resto aproximativa, na ordem social e política; em contrapartida, na ordem espiritual, um vazio total autoriza o pior dos pessimismos e a mais séria desconfiança. É evidente, por conseguinte, que eu não saberia falar de uma sensibilidade trágica generalizada entre os romenos, expandida numa vasta esfera e criadora de uma atmosfera, mas apenas a de alguns indivíduos. Esse estado de coisas compromete gravemente todos os impulsos e todo o atrativo que poderiam suscitar as realidades romenas. A fecundidade e a produtividade de um fenômeno dependem de zonas irracionais, profundas e anônimas da qual ele surge, e não da efervescência e do dinamismo de indivíduos isolados, educados em outras culturas, que os assimilaram. O fosso que se abriu entre os camponeses e as pessoas instruídas não é apenas a consequência de uma superioridade qualquer destes últimos, o que só podemos lamentar vivamente; muito pelo contrário, as insuficiências do camponês se encontram na passividade e na lassidão superficial do intelectual romeno. Na Espanha, o mesmo fenômeno de separação, de dissociação das camadas sociais, teve consequências bem menos desfavoráveis, a despeito das afirmações de Ortega y Gasset, que fala, de modo totalmente errôneo, de uma decadência ininterrupta do seu país, desde as origens até os nossos dias. Quem quer que seja dotado do sentido da história admitirá que é mil vezes mais legítimo declarar que os romenos viveram numa inexistência permanente do que pretender que os espanhóis teriam vegetado numa esclerose imanente ao seu ser histórico.

Minha convicção – da qual nada me demoverá – é a seguinte: as diferenças de evolução histórica encontram sua explicação em disposições constitutivas e estruturais específicas. Em condições e configurações sociais análogas, em arranjos políticos similares em forma, a Espanha proporcionou São João da Cruz e Santa Teresa, enquanto que a Romênia não produziu nenhum santo.

A opacidade de que dá provas o romeno quando se trata de compreender a vida como tragédia tem por causa principal, portanto, uma deficiência constitutiva, um defeito de sua essência e de sua conformação psíquica. Assim, o título deste artigo é de uma ironia evidente, diretamente apreensível.

O nosso drama, nesta situação, é que nós não podemos falar de uma corrente espiritual ou de uma atitude moral sem contar a nós mesmos, sem adicionar pessoas e valores. O que prova que o fenômeno é vivido por intermédio de indivíduos isolados, que ele é descontínuo, que não há participação total, significativa, reveladora. Para o bem ou para o mal, somos obrigados a enunciar alguns nomes: Blaga, Eliade, Manoliu e Holban. Sendo assim, não se pode determinar o trágico como essência; vê-se aí apenas uma diversidade de formas particulares de realização.

Enquanto que, na geração de antes da guerra, o trágico era engendrado pela angústia e pelo complexo de antinomias ligadas à vida histórica do homem, aos antagonismos sociais e à inadaptabilidade, na nossa geração ele tem sua origem em conflitos mais profundos, sua coloração metafísica é pronunciada e sua estrutura está ligada à universidade do destino humano. A tragédia da velha geração era de algum modo exterior, pois repousava apenas sobre o dualismo do indivíduo e da sociedade, sendo que o segundo termo dominava incontestavelmente, pois atribuía-se a ele mais realidade e consistência que ao primeiro, enquanto que, na nossa concepção, a essência interior da tragédia, resultante da tensão e da intensidade paradoxais do dualismo do homem e da existência, se explica pelo dramatismo da vida do indivíduo. Os únicos que vivem a tragédia são os que sentem a presença do irremediável na dialética da vida e que, mesmo tendo consciência disso, não renunciam a ela.

A vida pode ser vivida como uma tragédia apensa por aqueles para os quais seus elementos negativos não são redibitórios, para os quais a fatalidade não é a morte, mas o caminho que a ela conduz.

Tradução do francês: Rodrigo I. R. Sá Menezes

Escrito de juventude: “Indivíduo e cultura” (Emil Cioran)

“Quase ninguém mais fala de sua própria experiência, de suas penas e de suas angústias pessoais, todo mundo fala das complicações de uma cultura que não lhes fornece um sentido preciso nem uma fórmula de equilíbrio.”

Cioran, “Indivíduo e cultura” (1932)

Este texto, escrito por um jovem Cioran aos 21 anos de idade, e publicado num periódico romeno, antecipa e ilumina muitas das posições ulteriores do autor de expressão francesa, dialogando com muitas das proposições-chave presentes ao longo de sua obra. O ideal de uma “filosofia lírica” (Nos cumes do desespero), o “Adeus à filosofia” (Breviário) e o imperativo de pensar e escrever a partir da própria experiência, sobre as próprias dores, a necessidade poética da solidão, a irracionalidade da história e o determinismo cego do devir frente à exigência de autonomia do indivíduo. Um jovem Cioran preocupado com o destino do homem moderno e o caráter trágico da existência humana na história, colocando em questão as potencialidades criadoras do indivíduo inserido numa cultura cujo otimismo ingênuo dá lugar a um diagnóstico pessimista sobre o destino das individualidades e das coletividades.

CIORAN, Emil. “Individu et culture”, in Solitude et destin. Paris: Arcades/Gallimard, 2004, p. 62-65. Original romeno: „Individ şi cultură” in Floarea de foc, an I, nr. 11, 19 martie 1932, p. 2.

Hoje em dia se produz um fenômeno que passou totalmente despercebido, por mais que ele traga à tona uma certa estrutura psíquica do homem atual: suas vivências subjetivas não são aceitas enquanto tais, buscando-se uma ilustração e uma justificação para elas na cultura contemporânea. Este fenômeno – e é aqui que ele se torna realmente interessante – é realizado precisamente pelo homem que o experimenta e é determinado, entre outras coisas, pela impossibilidade de viver só, pela ausência de uma interioridade consistente, por uma deficiência do sentido da unicidade de cada indivíduo. Ele se sobressai nas estruturas da cultura em que vivemos. Numa cultura dominada por uma única tendência, chega um momento histórico em que, uma vez a cristalização de um estilo tendo imposto uma forma determinada e suprimido as divergências e as heterogeneidades, as individualidades que escapam aos moldes e se distanciam deles só podem justificar o seu desvio alegando disposições originais particulares que especificam necessariamente um conteúdo e uma forma de vida. A referência ao momento cultural dado não pode mostrar ao indivíduo senão o seu isolamento: é uma ilusão crer numa correspondência entre as próprias tendências e aquelas do meio-ambiente.

O indivíduo dotado sente a solidão mais intensamente nas formas culturais homogêneas do que nas formas complexas, pois a especificidade de um fundo de vida subjetivo o impede de descobrir uma direção particular que poderia conduzi-lo à integração. O indivíduo transcende a solidão estabelecendo relações e correspondências graças às quais ele deixa de constituir uma irredutibilidade para tornar-se uma expressão simbólica de uma totalidade supra-individual. A inserção nas objetividades ideais do espírito objetivo é o resultado da necessidade de se integrar na cultura. Hoje em dia a multiplicidade de tendências oferece a cada um a possibilidade de uma incorporação, de uma inclusão em uma forma e uma categoria gerais. Quase ninguém mais fala de sua própria experiência, de suas penas e de suas angústias pessoais, todo mundo fala das complicações de uma cultura que não lhes fornece um sentido preciso nem uma fórmula de equilíbrio. Esse processo de objetivação é bastante vivaz. Lembra o fenômeno que, no mito, objetiva nos meios de expressão extraídos do mundo natural as realidades e os problemas mais profundos da vida espiritual.

A necessidade de encontrar no plano cultural equivalências e afinidades com as próprias experiências pessoais, de considerar historicamente os seus dados íntimos, de transpor a sua vivência subjetiva em objetividade, deve-se ao fato de que a maioria dos homens tem consciência, hoje, da evolução inelutável da cultura, da necessidade de se submeter a um curso fatal e a um devir irracional. A única concepção da relação entre indivíduo e cultura que me parece aceitável e suficientemente profunda é aquela que situa a ideia de destino no centro das considerações sobre a evolução das culturas. Há um destino e uma necessidade interiores face aos quais o homem fica desarmado. O sentido e a conclusão do filosofar é a compreensão da necessidade. O núcleo da existência em geral e o da cultura em particular revelam uma necessidade e uma realidade do destino que só a variação das formas e das aparências pode nos ocultar. A ilusão do homem moderno, que perdeu o sentido da eternidade, consiste em crer que o esforço individual muda a direção essencial de um processo, que a ação modifica a estrutura irracional da existência, que o ato moral tem uma significação metafísica. A modernidade possui como próprios os sistemas de filosofia moral que falam de uma moralização progressiva do mundo, o que não significaria senão subtrai-lo a seus quadros irracionais e assimilá-lo à esfera de valores éticos por um processo de transcendência cósmica. Essa grande ilusão provocou de início a perplexidade dos nossos contemporâneos. Mas a renúncia às ilusões finalmente realizou-se ao meio de um ato que se aparenta ao cinismo.

Para uma cultura, o indivíduo não possui outra função ou outro valor que o de agir no seio de suas categorias. Pouco a pouco, os valores que ele produz perdem a marca de sua subjetividade e se integram na estrutura autônoma da cultura. Onde aparece a tragédia do homem encerrado no processo fatal da cultura? Aí onde o esgotamento e a decadência desta última provocam fenômenos similares no homem. Ele segue a curva de evolução da cultura. O que significa ser prisioneiro da história. Ser incorporado na necessidade, ser prisioneiro do destino imanente da cultura, eis o que exclui toda concepção do fenomenalismo da história, pois o destino e a necessidade conduzem ao existencial e à essência. A perspectiva idealista da história conduz, ao contrário, a uma ilusão inadmissível que atribui ao homem valores e capacidades positivamente inexistentes.

Uma das causas da visão pessimista da história e da cultura é que o homem se dá conta, em determinado momento, da independência da evolução delas em relação a suas exigências. O indivíduo se torna consciente, então, da nulidade dos seus esforços, da vaidade de todos os esforços que visam modificar o sentido da história. Substituindo um ativismo gerador de todo tipo de ilusões, a contemplação serena situa as coisas na sua ambiência normal.

Tradução do francês: Rodrigo Menezes

Cioran: “Como Pascal, busco razões para não crer” (carta a George Bălan)

9788857541488_0_0_0_75Publicado em Avvenire.it, quarta-feira, 27 de setembro de 2017

O pensador romeno confessa nesta carta a sua luta com o sagrado: “Uma das coisas que mais bem entendo é a prece e as razões que levam a ela, o terrível dilaceramento do qual deriva.”

A carta inédita que aqui é extraída do epistolário entre Emil Cioran e o musicólogo e teólogo romeno George Bălan, agora publicado por Edizioni Mimesis, da Itália, no volume Tra inquietudine e fede. Corrispondenza (1967-1992).

Paris, 6 de dezembro de 1967

Caro senhor Bălan,

Eu te agradeço pela carta e pelas revistas. Conheço o seu artigo sobre Bayreuth porque recebo [a revista romena] Contemporanul. Se tivesse assistido ao festival, teria reagido como você: é inconcebível compartilhar o culto a um “deus” tão prolixo e enfadonho. Creio que fez bem em manter a distância. Interessa-me o que você diz sobre a compatibilidade entre a fé e a inquietude.

É justo que fique surpreso com todas as minhas reflexões em que sublinho a separação quase absoluta entre as duas atitudes. Não se esqueça, contudo, que toda minha vida foi uma busca frenética, acrescida do medo de encontrar. Tal anomalia irrompe sobretudo em âmbito religioso. Estou certo de ter buscado Deus, mas agora estou ainda mais certo de ter feito tudo para não encontrá-lo. Um amigo francês me disse um dia que eu sou como um Pascal que inventa qualquer razão para não crer. Você poderia objetar: “Em tais condições, para que ler os místicos e discuti-los? Por que tratar do problema religioso?”

Eu poderia dar-lhe muitas respostas, mas vou me referir a uma apenas, a principal, ao menos no que me concerne: não foi por necessidade de certeza, nem por um impulso interior e tampouco por curiosidade metafísica que eu fui ao encontro de Deus; a origem de todos meus gritos a Ele, como também de todo o sarcasmo com o qual eu o glorifiquei, deve ser buscada em um sentimento de total e opressiva solidão, ao cabo da qual Deus aparece, por assim dizer, automaticamente. Ele nunca teria aparecido na minha existência se a minha solidão não fosse maior do que eu. Mas como ela ia além das minhas forças, era necessário que houvesse alguém para me ajudar a superá-la. Não tem nada a ver com a fé; é o fruto passageiro de um daqueles momentos difíceis, quase insuportáveis, que eu conheci e ainda conheço. Eis porque uma das coisas que entendo mais bem, até hoje, é a prece – vale dizer, as razões que levam a ela, o terrível dilaceramento do qual ela deriva.

Com frequência eu comparei os meus ataques de solidão àqueles experimentados por um assassino depois do homicídio. Acho que já disse que uma das obras que eu mais li na juventude foi Macbeth. Interpretada perfeitamente, com a necessária paixão e profundidade, uma obra como esta me conduziria literalmente à loucura; creio que não poderia nem mesmo sobreviver ao espetáculo… Felizmente, para mim, os atores não são dignos do texto. Enviei o pôster a Mircea Eliade, pois apareciam também ele e o seu nome. Ele cairá na ilusão: é necessário que eu o informe da proibição. Eu deveria ter feito isso desde o início, pois era evidente que a coisa não se realizaria. Se eu ainda acreditasse na Transfiguração… deveria retornar à pátria para ver o que fizeram com as minhas “ideias”… Você sublinha justamente, com ironia, a minha situação: toda a minha história é isso, e nada além disso. Eu me iludi escrevendo, não lembro em qual livro, sobre a “santidade e as caretas do absoluto”. O termo “careta” não é apropriado se não respeito as considerações históricas, etc., etc. Fico contente que as coisas tenham andado bem na ocasião da sua viagem à Transilvânia.

Muito cordialmente,

Cioran

(tradução do italiano por Rodrigo Menezes)

“Mystique et sagesse” chez Cioran (Sylvie Jaudeau)

UNE THÉOLOGIE NEGATIVE

“Celui qui ne pense pas li Dieu demeure étranger à lui-même.” (Des larmes et des saints, p. 93)

“Peut-on parler honnêtement d’autre chose que de Dieu ou soi ?” (Syllogismes de l’amertume)

Se vivre dans l’exil entraîne inevitablement un questionnement sur une dimension interdite : Dieu ou le divin. Malgré des apparences qui la démentent, elle est au coeur de la pensée de Cioran. “Tous les nihilistes, reconnaît-il, ont eu maille à partir avec Dieu. Une preuve de plus de son voisinage avec le rien” (LS 75).

Avec lui, certes, les éternels debats philosophiques cessent de prevaloir, Il ne sert il rien d’ elaborer des preuves ontologiques, de disserter sur les causes quand les effets seuls suffisent. Dieu nous habite jusque dans la farouche ardeur que nous deployons pour le contester. Que son inexistence préoccupe suffit à lui rendre ses lettres de noblesse. Un debat sur l’ athéisme de Cioran ne serait pas de mise et fausserait les enjeux. Ce qui importe n’est pas l’existence de Dieu mais le seul fait qu’il nous hante et qu’il nous presente un miroir ou se fixent nos manques. Dieu en tant que nostalgie de l’absolu avive la conscience et le malaise d’être. Les imprécations qui lui sont adressées ne sont que des prières négatives où s’exprime le regret de sa perte. Cioran ne se remet pas d’ avoir perdu l’acces à l’absolu et d’avoir dû renoncer à Dieu faute de foi. TI prefere des injures contre un Dieu definitivement absent, “fonction de notre desespoir”, car “les injures elles mêmes sont plus proches de lui que la théologie” (LS 127)… [Pdf]

JAUDEAU, Sylvie. Cioran ou le dernier homme. Paris : José Corti, 1990, p. 92-117.

 

Gombrowicz’s reply to Cioran’s ‘‘The Conveniences and Inconveniences of Exile’’

Giedroyc wanted me to reply to Cioran’s (a Rumanian writer) article, ‘‘The Conveniences and Inconveniences of Exile.’’ The answer contains my view of the role of literature in exile.

Cioran’s words reek of a basement coolness and the rot of the grave, but they are too petty. Who is he talking about? Who should one understand to be the ‘‘writer in exile’’? Adam Mickiewicz wrote books and so does Mr. X, quite correct and readable ones, both are ‘‘writers’’ and nota bene, writers in exile, but here all parallels end.

Rimbaud? Norwid? Kafka? Słowacki? (There are a variety of exiles.) I believe that none of them would have been too horrified at this category of hell. It is very painful not to have readers and very unpleasant not to be able to publish one’s works. It certainly is not sweet being unknown, highly unpleasant to see oneself deprived of the aid of that mechanism that pushes one to the top, that creates publicity and organizes fame, but art is loaded with elements of loneliness and self-sufficiency, it finds its satisfaction and sense of purpose in itself. The homeland? Why, every eminent person because of that very eminence was a foreigner even at home. Readers? Why, they never wrote ‘‘for’’ readers anyway, always ‘‘against’’ them. Honors, success, reknown, fame: why, they became famous exactly because they valued themselves more than their success.

And that which is a little Kafka, Conrad, or Mickiewicz in even the smaller caliber writer, that which is genuine talent and real superiority or real maturity, will in no measure fit into Cioran’s basement. I would also like to remind Cioran that not only émigré but all art remains in the most intimate contact with decay, it is born of decadence, it is a transmutation of illness into health. All art, generally speaking, borders on silliness, defeat, degradation. Is there an artist who is not, as Cioran says, ‘‘an ambitious being, aggressive in his defeat, embittered, a conniving conqueror’’? Has Cioran ever seen an artist or writer who was not, who did not have to be, a megalomaniac? And art, as Boy once correctly said, is a graveyard: for every thousand people who were incapable of ‘‘coming into existence’’ and who remained in a sphere of painful insufficiency, barely one or two is capable of really ‘‘coming into existence.’’ This dirt, therefore, this venom of unsatisfied ambitions, this tossing and turning in a vacuum, this catastrophe has very little to do with emigration and a lot to do with art. They make up an aspect of every literary café and truly it is a matter of indifference where in the world the writers who are not writers enough in order to really be writers, suffer.

And perhaps it is healthier that they were deprived of doles, applause, all those tiny caresses that the state and society lavished upon them in the good old days in the name of ‘‘supporting native creativity.’’ This family playing at greatness and distinction, the sympathetic noise created at one time by the condescendingly smiling press and the half-baked critics, deprived of a feeling for the scale of events, that process of artificially pumping candidates up into a ‘‘national writer’’ . . . didn’t all this reek of kitsch? And the result? Nations that at best were capable of producing a few authentic writers nurtured entire hosts of wonders in this incubator, and in this familial warmth, which was a mixture of spinsterish goodness and a cynical disregard for values, all hierarchy disintegrated. Is it surprising then that these hothouse creations, nurtured in the womb of the nation, wilt when out of the womb? Cioran writes about how a writer torn away from his people is lost. If that is the case, this writer never existed in the first place: he was a writer in embryo. Instead, it seems to me that theoretically speaking and bypassing material hardship, the immersing of oneself in the world, that is, emigration, should constitute an incredible stimulus for literature.

For lo and behold the country’s elite is kicked out over the border. It can think, feel, and write from the outside. It gains distance. It gains an incredible spiritual freedom. All bonds burst. One can be more of oneself. In the general din all the forms that have existed until now loosen up and one can move toward the future in a more ruthless way.

An exceptional opportunity! The moment everyone has dreamed of ! It would seem, therefore, that the stronger individuals, the richer individuals would roar like lions! Then why don’t they? Why has the voice of these people faded abroad?

They do not roar because, first of all, they are too free. Art demands style, order, discipline. Cioran correctly underscores the danger of too much isolation, of excessive freedom. Everything to which they were tied and everything that bound them homeland, ideology, politics, group, program, faith, milieu—everything vanished in the whirlpool of history and only a bubble filled with nothingness remained on the surface. Those thrown out of their little world found themselves facing a world, a boundless world and, consequently, one that was impossible to master. Only a universal culture can come to terms with the world, never parochial cultures, never those who live only on fragments of existence. Only he who knows how to reach deeper, beyond the homeland, only he for whom the homeland is but one of the revelations in an eternal and universal life, will not be incited to anarchy by the loss of his homeland. The loss of a homeland will not disturb the internal order of only those whose homeland is the world. Contemporary history has turned out to be too violent and borderless for literatures too national and specific.

And it is exactly this excess of freedom that inhibits the writer most. Threatened by the enormity of the world and the finality of its affairs, they grasp at the past convulsively; they cling desperately to themselves; they want to remain as they were; they fear even the slightest change in themselves, thinking that everything will then fall apart; and, finally, they cling convulsively to the only hope remaining: the hope of recovering the homeland. Recovering the homeland, however, cannot come to pass without waging a battle, and a battle requires strength and collective strength can be achieved only by giving up one’s I. In order to produce this strength, the writer must impose a blind faith, among other deficiencies, on himself and his compatriots and the luxury of objective and free thinking becomes a grievous sin. He does not know how to be a writer without a homeland or in order to regain his homeland, he has to stop being a writer, at least a serious writer.

Though perhaps there is yet another reason for this spiritual paralysis, at least where it is not a matter of intellectuals but artists. I have in mind the very concept of art and the artist, as it has come to be accepted in Western Europe. It does not seem to be that our modern beliefs concerning the essence of art, the role of the artist, the relationship of artist to society have tallied with reality. The artistic philosophy of the West derives from the elite in crystallized societies where nothing interferes with conventional language but there is nothing a man thrown outside the limits of convention can do with such a philosophy. The concept of art forged on that side of the curtain by the victorious bureaucracy of the proletariat is even more elitist and more naive. An artist in emigration, however, is forced to exist not only outside of his people, but also outside of the elite. He confronts the spiritually and intellectually inferior sphere far more directly. Nothing isolates him from this contact, he has personally to endure the pressure of a brutal and immature life. He is like a bankrupt count who sees that the manners of the salon are worthless if there is no salon. Sometimes this pushes people in the direction of ‘‘democratic’’ shallowness, into a kindly ordinariness or into a crude ‘‘realism’’ and sometimes it condemns them to isolation. We have to find a way to feel like aristocrats once again (in the deeper sense of the word).

Therefore, if there is talk about the disintegration and decadence of émigré literature, then this notion of the issue would be closest to me because here, at least, we liberate ourselves for a moment from the vicious circle of trivialities and touch the difficulties capable of destroying authentic writers. I do not deny at all that overcoming these problems requires a great determination and boldness of spirit. It is not easy to be an émigré writer, which means almost total isolation. Why should it be surprising, therefore, that overcome by our own weakness and the enormity of the tasks, we bury our heads in the sand and, organizing parodies of the past for ourselves, we flee the big world to live in our little one?

Yet sooner or later our thought must work its way out of the impasse. Our problems will find people to solve them. At some point, it is no longer a matter of creativity itself, but the recovery of the capacity to create. We have to produce that portion of freedom, boldness, ruthlessness, and even, I would say, irresponsibility, without which creation is impossible. We have to accustom ourselves to a new scale of existence. We will have to treat our most cherished feelings unceremoniously, with sangfroid in order to attain other values. The minute we begin to shape the world in the place where we happen to be and with the means at our disposal, the enormity of the task will shrink, the boundlessness will become delineated, and the turbulent waters of chaos will begin to recede.

GOMBROWICZ, Witold. Diary. Transl. by Lillian Vallee. New Haven & London: Yale University Press, 2012, pps. 48-52.

“En torno a Cioran” (Freddy Téllez)

Ideas y Valores, Volumen 49, Número 113, 2000. ISSN electrónico 2011-3668. ISSN impreso 0120-0062.

Freddy Téllez. En torno a Cioran. Cuadernos Filosófico-literarios 8, Universidad de Caldas, Manizales, 1999.

La Universidad de Caldas ha publicado recientemente este cuaderno, elaborado por Freddy Téllez y dedicado al filósofo rumano, en el cual se incluyen tres ensayos analíticos propios y seis textos traducidos, de los cuales tres corresponden a ideas y respuestas directas de Cioran, y tres contienen puntos de vista de personas que lo conocieron. Este libro antológico contribuye a la difusión y presentación del pensamiento crítico del escritor rumano, y, sobre todo, a despejar el camino para un conocimiento más riguroso de sus ideas y visión del mundo, que han sido tergiversadas y mal comprendidas. Aporta decididamente la perspectiva del abundante humor y la riqueza de la ironía cioraniana, tan poco apreciadas por la crítica española e hispanoamericana, y que obligan al lector cuidadoso a romper muchos de los prejuicios sobre Cioran. Téllez es el latinoamericano que mejor lo conoce. Aunque los textos son de desigual interés, y algunos más anecdóticos que analíticos, en su conjunto ofrecen, a partir de una amplia formación cultural y una rica gama de relaciones, muchos elementos que conducen a una más certera interpretación del pensador modemo… [+]

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