El grito de Benjamin Fondane

Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación, sábado 10 de julio de 1999

PARIS.- “Gritar, siempre, hasta el fin del mundo.” La invitación al espectáculo de poemas con acompañamiento de cantos judíos, presentado por Eve Griliquez, decía escuetamente: “Benjamin Fondane, Iasi 1898-Auschwitz 1944”. En la penumbra de aquel teatrito parisiense, cruzada por una cuerda que sugería la cubierta de un barco, la voz quebrada de Eve Griliquez evocaba un paisaje inesperado: “Pampa, pampa […],/ por qué tanta tierra seguida de tierras y de tierras”.

Comencemos por ella, Eve, la actriz francesa de origen rumano que, tanto a través de la radio como de discos y espectáculos, ha difundido desde hace tiempo el tango en París. Una deuda a la que se le añade la del redescubrimiento de Benjamin Fondane, ese poeta nacido en Moldavia, admirado por Artaud, Cioran y Maritain y ya descubierto en la Argentina de los años 30 por Victoria Ocampo, pero tapado desde entonces por una persistente ceniza. Basta ver el lugar donde murió para entender la causa probable del olvido. Hoy, los Cahiers Benjamin Fondane, publicados en Israel por el Centro de Estudios que lleva su nombre, intentan recordarlo. Las fotografías nos muestran una cara extraña y hermosa, de mejillas chupadas y ojos semicerrados, casi dos rayas oblicuas entre el humo del eterno cigarrillo.

En la Argentina

Aunque estos poemas distan de ser anecdóticos, no rehúyen la historia. Son poemas vivientes o, como el propio Fondane lo proclamaba, poemas “discontinuos”: un grito que corta el hilo de la lógica pero también el del aparente ilogismo de los surrealistas, que a Fondane le parecía un sometimiento a nuevas normas. El joven judío rumano llegado a París en los años 20 no comulgaba con André Breton: ni con sus imperativos estéticos ni con su adhesión a la izquierda. Para decirlo francamente, no comulgaba con el parisinismo (y quién sabe si ese rechazo a una cultura ajena al grito no está en el origen de la asombrosa desmemoria en que ha caído su nombre). El verdadero maestro de Fondane se llamó León Chestov, filósofo ruso existencial y pascaliano, místico que reformulaba las preguntas de Job.

Fue en casa de Chestov donde, en 1929, Fondane conoció a Victoria Ocampo, que lo invitó a la Argentina para presentar películas francesas de vanguardia y pronunciar una conferencia sobre Chestov en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1936, y siempre por invitación de Victoria, Fondane emprende un segundo viaje a Buenos Aires para filmar una película entre absurda y musical intitulada Tararira . La historia de este segundo viaje ha quedado plasmada en la correspondencia de Fondane con la gran dama argentina. Una historia que merecería ser llevada al cine pero que, por lo menos, corresponde contar.

Ya en años anteriores, Fondane había publicado un texto en la revista Sur , “La conciencia desventurada”, y un artículo en el Suplemento Literario de La Nación , dirigido por Eduardo Mallea, que también fue su amigo. La idea de una película argentina se remonta a 1934, cuando Fondane, que creía en el poder deconstructor de la imagen, le había propuesto a Victoria filmar Don Segundo Sombra . Por desgracia, la viuda de Güiraldes, Adelina del Carril, se había opuesto al proyecto.

Naturaleza volcánica

Entonces a Victoria se le ocurrió una idea: un film dirigido por Fondane, producido por Miguel Machinandiarena e interpretado por cuatro desopilantes actores y músicos españoles, los hermanos Aguilar: Paco, Pepe, Ezequiel y Elisa. Según Ricardo Lida Nirenberg, al que debemos estos datos, María Rosa Oliver describe en su autobiografía la escena del Bolero de Ravel que los cuatro Aguilar tocaban con utensilios de cocina y que se convirtió en el elemento central de la película: audacias que terminaron por aterrar al desventurado productor, que se negó a distribuirla. Para colmo de males, Tararira se ha perdido para siempre, y sólo quedan testimonios como el de Gloria Alcorta, que recuerda haberla visto en una exhibición privada, y para la cual la escena del Bolero , inolvidable, “es una obra maestra en la historia del cine”.

Las cartas de Fondane a Victoria Ocampo revelan una mezcla de sentimientos que van de la admiración y la gratitud a la ironía y el más o menos disimulado sarcasmo. En ellas resulta claro que tampoco Victoria se sentía cerca del “grito” de Fondane. La naturaleza volcánica del desollado vivo le exigía un afecto y una atención para ella excesivos. Pero el talento de nuestra señora de las letras consistió en reconocer el talento ajeno y, pese a su amistad con Roger Caillois, en 1937 no dudó en publicar El poeta y la esquizofrenia. La conciencia vergonzosa , donde Fondane decía pestes de Caillois, que, como Valéry, defendía la razón.

En ese segundo viaje a Buenos Aires, Fondane también conoce a dos excelentes poetas de expresión francesa: Fredi Guthmann, que siempre se negó a publicar sus obras aunque el propio Breton se lo pidiera, y Georgette Gaucher, que trabajaba en el Liceo Francés de Montevideo. La correspondencia entre Fondane y Georgette, que se prolonga hasta 1940, habla de una pasión tumultuosa. Pero Fondane está casado con Geneviéve, a la que Cioran describe, no sin cierto desdén, como “una mujer práctica”. Y Georgette es una joven exaltada capaz de amar a todos los que constituyen el universo de Fondane, incluida Geneviéve. La despedida es desgarrante. Antes de partir, Fondane ha prometido hacer publicar los poemas de su amiga y, a su regreso a Francia, no cejará hasta haberlo conseguido.

Ya en 1941 sabe lo que se avecina. En una carta a Fredi Guthmann le dice: “¡Qué contento estoy de saberlo allá, y no en un campo!” Sin embargo, no toma precauciones. Cioran, que lo consideraba “un ser superior, mejor y más auténtico que Sartre y que Camus”, relata el terror que le inspiraba verlo caminar tranquilamente por París en plena Ocupación, como si, de modo quién sabrá si inconsciente, fuera hacia su destino. Vivía con Geneviéve en el Nº 6 de la rue Rollin. Estaba en la miseria. A veces escribía a Buenos Aires para pedirle a Mallea o a Victoria que le publicaran un artículo para ganarse unos pesos.

En marzo de 1944 su portera lo denunció a la Gestapo. Benjamin Fondane y su hermana Line fueron a dar al campo de Drancy, cerca de París, donde el poeta se dedicó a recibir a los recién llegados para infundirles ánimos. Al enterarse de que Geneviéve no era judía, los alemanes le propusieron liberarlo. El no aceptó por no dejar a su hermana sola. Los dos llegaron a Auschwitz en mayo y murieron el 3 de octubre en la cámara de gas.

Georgette no volvió a escribir. Geneviéve, la “mujer práctica”, entró en el convento de Notre Dame de Sion, desde donde se escribió con Jacques y Raisa Maritain hasta su muerte, en 1954. Victoria Ocampo publicó un artículo donde decía: “Se lo castigaba por varios crímenes: el de ser judío, el de ser intelectual, el de no poseer bienes más preciosos que algunas cartas de Chestov y unos guantes de lana verde (como los que se usan para los deportes de invierno); el de ser chispeante, el de reír, el de hacer reír”.

En el fondo, todos sabían que si la película Tararira hubiera sido un éxito, Fondane se habría quedado en la Argentina, sano y salvo.

El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es la novela Mireya (Ed. Alfaguara).

Anúncios