“¿Por qué a Cioran no le gusta Heidegger?” (José Ignácio Nájera)

Que existan ciertos paralelismos entre Heidegger y Cioran no autoriza a decir, como ha hecho Sloterdijk, que el segundo sea el doble oscuro del primero. La supuesta brillantez de tal caracterización resulta tan llamativa como desafortunada, y no pasa de ser una agitación cascabelera para llamar la atención. Son muchas más las diferencias y las disensiones que las similitudes como para favorecer tal simetrismo, incluso si es en clave negativa. La gran similitud, como es sabido, fue su común fervor por el fascismo, aunque hasta en eso se podrían esgrimir matizaciones. La siguiente coincidencia sería su admiración por Kierkegaard —digna también de matizarse.  Y la tercera,  que ambos no se consideraban filósofos, pero esta es tan retórica que ni  merecería la pena ser mencionada.

Que se sepa a nivel público, son escasas y breves las ocasiones en que Cioran ha aludido a Martin Heidegger y su filosofía. Y ni que decirse tiene que el alemán jamás citó ni tuvo en cuenta al pensador rumano, incluso da que pensar que tal vez ni siquiera supo de su existencia. En este sentido, el cotejo entre las dos partes estaría de más. Solo habría lugar, pues, al comentario de las pocas y breves ocasiones en que Cioran habla o escribe acerca de Heidegger para fijar su posición en general aversiva. Estas ocasiones fueron algunas referencias en sus primeros artículos en la revista Calendarul, allá por los inicios de los años 30; luego, unas breves líneas en el borrador del Breviario de podredumbre; varias alusiones en algunas entrevistas, y, finalmente, una pequeña glosa en Ejercicios de admiración.

Es difícil precisar cuándo se enfrentó Cioran por primera vez a un texto de Heidegger, en cualquier caso un poco antes de esas primeras noticias citadas de Calendarul, y siempre pensando que lo leyó en alemán. A este respecto hay que recordar que su infancia, aunque en la periferia, fue austrohúngara, e incluso que cuando se trasladó a Sibiu a estudiar el bachillerato se hospedó en un hogar sajón durante un par de años en el que el alemán era familiar. Para mayor abundamiento, si es cierto lo que le confesó en una entrevista a Sylvie Jaudeau, que en 1932 leía Ser y tiempo, solo existía la posibilidad de leerlo en alemán. El otro libro que Cioran menciona que leyó en aquellos años es ¿Qué es Metafísica? Luego, sabemos que ya en el 33 se trasladó a Alemania con una beca de estudios y estuvo allí hasta que retornó a Bucarest en el año 36. En estos años es posible que reincidiera en su lectura, aunque a quién alabaría como alternativa fue a Simmel por su rechazo de la jerga filosófica. De todos modos, muy pronto nos dejó indicadas las dos enseñanzas que sacó de aquel contacto con Heidegger: la artificiosidad de su lenguaje filosófico y la propia toxicidad que esta genera. Es decir, que una vez que uno se envuelve en lo oscuro ya no acierta a progresar sin su dosis de negrura. Y esas enseñanzas se las agradece al propio Heidegger: sus textos se las mostraron. El “éxito” de su estilo, nos señala Cioran, estriba en  su dificultad y en la invención de una terminología, en su aspecto esotérico y en la cofradía de adeptos que se vaya cuajando a su alrededor. De eso el heideguerismo posterior ha dado cumplida cuenta. De hecho, Cioran fue testigo de la fama francesa que gozó Heidegger en los finales de los 50 y parte de los 60. Él, sin embargo, señalaría que el rey vestía desnudo. Fue a cuento de su lectura del famoso Gelassenheit, escrito esta vez en un lenguaje totalmente accesible; Cioran dijo que se había quedado pasmado ante la inanidad que encerraba, Heidegger se diluía en cuanto que escribía normal,  aunque quizá, y lo decimos un tanto maliciosamente, lo que le molestaba era el fondo de optimismo que guardaba.   

Por todo esto, es seguro que Cioran se desentendió pronto de la lectura de Heidegger y que  renunció a seguir sus sendas. Como se sabe, el dada de la filosofía heidegueriana es el problema del ser, cosa que también podría ser del interés de Cioran, aunque con otro tratamiento, pero lo que este no aceptaba era que ante lo irresoluble de dicho problema uno se convirtiera en un profesional de la espera. Para él, Heidegger fue un funcionario de la angustia existencial que en vez de clamar (y explotar) de una vez por todas con un buen poema, se alargó hasta su extinción con seriadas lecciones y conferencias donde una y otra vez reiteraba la elusividad del ser y se acompañaba de tres o cuatro asuntos más para seguir reclamando la atención. Para más inri, a pesar de semejante simplicidad, se previó que la Biblia heidegueriana alcanzaría algo más que un centenar de volúmenes. Demasiada letra para tan poca sustancia, y sobre todo demasiada letra torpe.

En el borrador del Breviario de podredumbre (conocido como Ejercicios negativos) se encuentra un comentario a Heidegger, a su vez inserto en otro a Sartre —es decir, dispara a los dos con un mismo tiro. Ahí es donde lo califica como magnífico elaborador profesoral de la herencia de Kierkegaard. Para Cioran el análisis existencial del Dasein, que Heidegger llevó a cabo en Ser y tiempo, no deja de ser una descomunal y paciente tarea… manufacturera en donde la abstractividad alcanzada no muestra sino una sucesión de categorías o huecos en los que no caben ni los huesos ni la sangre del hombre concreto. Allí, las angustias del man son anuladas (y despreciadas) en beneficio de una angustia ontológica, muy apropiada para fundar filosofías, pero muy alejada de los miedos cotidianos con que gestionamos nuestros días. El caso Kierkegaard que tanto atrajo a ambos fue despiezado y cada uno se quedó con su parte preferida. A Cioran le subyugó el Job que el danés encierra en su drama, y a Heidegger le interesó más hacer una hegelización de la jeremiada de Kierkegaard. Y aunque no se pueda acusar a Heidegger de ser un pensador sistemático —lo cual sería un motivo más de desdén cioraniano— en cierta manera convirtió la filosofía existencial en un repertorio de lecciones ante el que Cioran no podía sentir otra cosa que rechazo, y por eso, su filosofía académica le dejó muy pronto de interesar. Esa fue la razón por la que ya no se encontrarían nunca.

José Ignacio Nájera (Xauen, Marruecos) vive en Murcia desde 1979, donde es profesor de filosofía en el Instituto Alfonso X el Sabio. Además del libro El universo malogrado – carta a Cioran, ha publicado las novelas Olvídate de AlcibíadesHermanos mayores y El enfermo epistemológico. En el 2005 ganó el premio de ensayo Miguel Espinosa con la obra Caminos de otoño. Colabora en diversas revistas con artículos, reseñas y narrativas cortas.

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